San Miguel de Salinas
viernes, 10 de abril de 2026
Voy contando las horas de la noche. Hacia las tres o así decido apagar el teléfono para ver si así logro cargarlo. A partir de ese momento ya no tengo modo de saber qué hora es ni puedo decir cuánto ha durado los duermevelas ni cuánto los paseos o las sentadas al borde de la cama.
Cuando, por fin, decido reiniciarlo son las cinco de la madrugada. Pongo ruido blanco y trato de dormir hasta las seis.
A las seis me tomo un Omeprazol y, a las seis y media, un café con leches y un Ibuprofeno.
Definitivamente, estoy mucho mejor de pie que en la cama.
A las siete abro la iglesia y bajo al garaje para comprobar que me he dejado en la casa abadía las llaves del coche. Vuelvo a la casa abadía, rastreo, las encuentro y salgo para el hospital con diez minutos de retraso.
La misa empieza con cuatro minutos de retraso y varias veces pierdo el hilo. ¿Estoy dormido? Sí. La amable congregación no afea mi conducta pero sé que coger el coche en estado es suicida de modo que, antes de volver a San Miguel, echo una cabezadita en el aparcamiento. Con todo, ya al volante, tengo que volver a aparcar en algún lugar para dormir. Es parar, cerrar los ojos y quedarme frito.
A las nueve toca hacer oración pero no mirando fijamente al sagrario sino paseando, porque si me siento me duermo. Luego hay que rezar el oficio de lecturas y las laudes.
Joan está en el médico. Me toca preparar el altar.
A las once, misa de once. Luego lo recojo y voy a la casa abadía para poner lavadoras y lavaplatos y limpiar y hacer cualquier cosa que no requiera sentarse.
A la una y media voy al banco y, desde allí, a casa de doña Nati que está con Eva y Samira.
Como tres boquerones fritos, dos patatas fritas y un Ibuprofeno. Bebo media botella de agua y un café. Estoy inapetente y no como las lentejas. Doña Nati, solidaria, decide también dejar las lentejas para otro día.
Me despido de doña Nati y voy a hacer la visita al Santísimo. Hay una señora gordita, sonriente y extranjera orando. No saludamos sin decir nada.
Tengo que hacer un certificado a doña Nati para que pueda desgravar los donativos a la parroquia. Como no quiero que se me olvide, lo hago inmediatamente. Luego me acuesto y me quedo frito. A las cuatro y cuarto me levanto y me pongo a ver una charla de Armesilla sobre la Escuela de Salamanca. Muy buena.
A las cinco, interrumpo la clase y voy a la iglesia para hacer un rato de oración sentado y otro rato de oración paseando. Luego rezo vísperas y luego vuelvo a la casa abadía para tender ropa y hacer cosas que no requieran sentarse.
A las seis salgo para Los Montesinos. La misa de seis media empieza con cinco minutos de retraso.
A las siete y media —ya de vuelta en san Miguel— me tomo un vaso de agua y un vaso de leche. Tengo cientos de mensajes y llamadas. Mañana será otro día.
Voy a la iglesia para rezar completas y, de paso, tiro la basura. No cierro la iglesia porque hoy ensaya el coro.
Vuelvo a la casa abadía, me tomo otro vaso de leche y el último Ibuprofeno y escribo esto.
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Es usted muy amable. No lo olvide.