San Miguel de Salinas
miércoles, 8 de abril de 2026
A las tres me despierto adolorido. Paseo de aquí para allá y de allá para aquí hasta que mi Ángel me susurra: «la caja de los lápices». ¡Oh!
La caja de los lápices es una bonita caja de Álvarez Gómez en la que almaceno cosas que nunca uso:
1. Lápices.
2. Gomas de borrar y de las elásticas.
3. Horquillas.
4. Sellos de correos.
5. … Sí, tres pastillas de Paracetamol de 650 mg.
No es antiinflamatorio pero quita el dolor y da sueñito. Han caducado, pero no mucho. ¿Me zampo las tres? Mi Ángel me recuerda que tengo hecho voto de parsimonia y me tomo una con un vaso de leches.
Luego me acuesto y pongo en mi teléfono ruido blanco y me duermo.
A las seis me despierto fresco como una lechuga. No me duele casi nada y puedo doblar las rodillas. Hago dos genuflexiones con cada una —tengo dos— para asegurarme de que no estoy soñando. No estoy soñando. Me felicito.
Lleno de gozo pascual me aseo, y a las siete abro la iglesia, enciendo las luces y salgo para el hospital.
Después de casi una Cuaresma sin poder arrodillarme, saboreo las tres genuflexiones de la misa en el hospital. ¡Poder tocar tierra con la rodilla y poder resurgir y levantarme! No carezco de nada.
Hay que llevar la comunión a Ana María y a Mauricio y volver a la capilla para rezar el oficio de lecturas y las laudes. Y luego hay que salir para San Miguel y hacer un alto en camino para echar una cabezadita.
Una vez en San Miguel, a las diez, hay que ponerse a mirar fijamente al sagrario pero de pie, para no dormirse.
A las diez y media hay que sentarse en el confesonario. Un penitente. Muy bien.
A las once, segunda misa.
Luego hay que ir a la peluquería. Allí me atienden como a un rey. No carezco de nada.
Vuelvo al confesonario y me aplico a la lectura de las memorias de la Kowalska.
A las 13:30 en punto salgo del confesonario y saludo a Gerardo que ha llegado puntualmente a nuestra cita.
Nos vamos a comer a El Cucharón y luego, desde las tres hasta las seis, me ayuda a hacer algunos trabajos duros. Cuando digo que «me ayuda» quiero decir que los hace él.
Hay que alinear los bancos de la iglesia que, después del paso de los pasos de la Semana Santa, están un poco así.
Don Isidro me pregunta que si puedo celebrar en Los Montesinos mañana y pasado mañana. Le digo que sí.
Hay que llevar y traer de la iglesia a la gasolinera y de gasolinera a la iglesia dos bombonas de butano.
Hay que mover y remover mesas, reclinatorios, jarrones horribles y pesadísimos… Gerardo lo hace todo con buen humor. ¿Acaso carezco de algo?
A las seis nos despedimos porque ha venido su prima a buscarlo.
Yo aún tengo que sentarme para mirar fijamente al sagrario. Aun tengo que rezar el Rosario. Aún tengo que abrir de par en par las puertas de la iglesia para que el sol poniente ilumine y dé calor al sagrario que está al oriente y a cura que está helado. Y aún tengo que rezar vísperas. Y aún tengo que ir a la farmacia para suplicar que me den un antiinflamatorio.
A las 20:00 voy a la casa abadía para prepararme una cena ligera con Ibuprofeno de 400 mg.
Luego vuelvo a la iglesia para rezar completas antes de apagar las luces y cerrar las puerta.
…
Muchachas encantadoras que leen el Diario y se inquietan un poco y me preguntan si pueden hacer algo por mí:
Doña Nati.
María V.
Amelia G.
Juli.
Delia.
Ana RA.
Mar.
¡Qué amables!
Pero ninguna como una tal Bakea que ha dejado este comentario en el blog:
«Don Javier, cuánto lamento que esté con fiebre, coma mal, etc, etc...Pero piense en el pobre Trump...nada le sale como quiere…»
¡Pobre Trump!
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