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viernes, 29 de mayo de 2020

Parroquia en fase 1 (18)

viernes, 29 de mayo de 2020
San Pablo VI

Anoche murió Aurelia. La enterraremos maña en Torremendo. D.E.P.

He quedado a las once con Concepción. El hermano coronavirus interrumpió nuestras catequesis en su casa pero no nos rendimos. Vamos a hacer una lista de difusión de wasap y enviaré las catequesis en audio. 

12:30
Misa de doce y media. No he contado cuántos hemos sido y no recuerdo quienes han venido. Joan, Teresa y Jeanette sí que estaban. 

17:00
Después Teresa me ayuda a preparar el funeral.

18:00
Funeral de Aurelia. Asisten su marido, José, sus hijos, Jose María y Marisol, su yerno Emilio y unas veinte personas más. Teóricamente solo podríamos admitir a quince personas. A lo mejor solo eran quince. 

18:30
Teresa se queda recogiéndolo todo mientras voy al cementerio de Torremendo. Bendigo la sepultura, rezamos un responso y nos despedimos.

19:15
Vuelvo a San Miguel. Simon me está esperando. Necesita la añrgadera para cortar las baldosas que va a poner en el umbral del planchero y del comedor de Cáritas. Me enseña la ventana de la sacristía que estaba echa una pena y está como nueva. Propone pintarla color café con leche por fuera —a juego con las puertas del planchero, del garaje y del comedor— y de blanco por dentro, a juego con toda la sacristía. Me parece estupendo. 

19:30
Pongo la homilía en el blog y chateo con Mim que, amablemente, ha corregido la traducción. 
Javier me ha dejado un mensaje. Al parecer un joven uruguayo ha venido a trabajar a Españita pero la persona que lo iba a alojar le ha fallado. Quieren saber si puede alojarse en la parroquia. Le llamo y no contesta. Le dejo un wasap. 

20:00
Me preparo una infusión de manzanilla y anís y me pongo a escribir esto. 
Me llama Javier. Quedamos en vernos dentro de una hora para llevar a su amigo a Torremendo. 

20:30
Leo el artículo sobre Newman que Jack Valero publicó hace un año en La Vanguardia y que ayer me mandó PDG. Se titula Amor de hombre, es estupendo y acaba así: «San John Henry Newman pasará a la historia como un gigante intelectual con un legado que tardaremos décadas en entender con la profundidad debida. Pero cuando sea canonizado, el nuevo santo también nos recordará uno de los frutos más valiosos del celibato sacerdotal bien vivido: el poder amar a muchas personas –una a una– muy intensamente, con un amor casto, desinteresado, de amistad, de servicio, de entrega total de sí». 
Pues ya está canonizado. 
20:42
Me llaman Javier y Michelle y nos vamos a Torremendo. Me presentan al amigo uruguayo que también se llama Javier. Lo acomodamos en la casa parroquial de Nuestra Señora de Monserrate. 

21:40
Vuelvo a casa y me preparo una cena ligera. 
La tercera parte de Dignidad se titula En la esfera pública. Y empieza con una errata monumental así: «El primer apartado de este libro presentó la amistad como una cualidad del individuo que le hace acreedor de un respeto universal». Y a mí me da que donde dice «amistad» debería decir «dignidad». 
El primer capítulo de esta parte propone adoptar la amistad —ahora sí—como modelo de ciudadanía que concierta personas de igual dignidad. 
Precisamente el artículo Amor de hombre trata de la amistad que san Juan Enrique Newman supo trabar con muchas personas. 
Para los clásicos «la amistad representa el ápice de la sociabilidad humana». 

Twardowsky
Y aquí, otra vez, esta preciosa oración:
¡Oh Dios, a Quien hoy no veo,
pero a quien veré algún día!
Me acerco a Ti como un parado,
me pongo en la cola
y Te pido amor como si Te pidiera un pesado trabajo.

jueves, 28 de mayo de 2020

Parroquia en fase 1 (17)

jueves, 28 de mayo de 2020

8:30
Voy hacia la iglesia y un señor viene hacia mí. Me saluda cortésmente, le devuelvo el saludo y me pregunta que si puedo celebrar la Misa por sus padres. Le digo que sí y tomo nota de sus nombres. ¿Cuánto debo? Le digo que no debe nada y que, si quiere dar algo, que Dios se lo pague. Insiste. Le digo que el estipendio está fijado en diez —10— euros. ¿Por cada uno? No, es el estipendio máximo que un sacerdote puede cobrar cada día por la Misa. Saca treinta euros de la cartera y me ruega que celebre tres Misas por sus padres. Digo lo que decimos siempre los mendigos: «Que Dios se lo pague». 

10:00 / 10:30
Viene María José. Enterramos a su madre, Josefa, el domingo pasado. Hablamos de Josefa —que fue cartera— y de su marido que fue salinero, sindicalista y concejal de San Miguel. Celebraremos la Misa por ella el domingo.

10:30 
Oficio de Lecturas y Laudes.

11:00

Preparo y traduzco la homilía. Envío la traducción a Sidmouth. 

11:30
Llegan Teresa y Joan. Teresa se va al despacho de Cáritas, Joan a la sacristía y yo a leer a Newman.
Las quince páginas del sermón de la Santísima Trinidad de 1834 habría que leerlas, releerlas, subrayarlas, resumirlas, ampliarlas, analizarlas comentarlas y editarlas en un libro de oro para regalarle un ejemplar a cada obispo, sacerdote y diácono. 
La idea fundamental es que la fe se nos da en depósito para que la transmitamos íntegramente y que no es algo vago sino algo perfectamente definido. Por ella «debe luchar hasta el más humilde miembro de la Iglesia». 
Algunos dirán que todo «puede reducirse a una sola proposición: Dios es amor. Las demás noticias de su gloria insondable (…) no son más que modificaciones de esta expresión. Esto les lleva a negar, primero, la doctrina del castigo eterno porque no casa con esa idea del Amor Infinito. Luego, transformando expresiones como «la ira de Dios» en figuras retóricas, niegan la idea de Expiación como la verdadera reconciliación con sus criaturas de un Dios al que se ha ofendido. También sostienen que la verdadera finalidad de la revelación del Evangelio es meramente práctica y por tanto las doctrinas teológicas son enteramente innecesarias, puras especulaciones, un estorbo para la religión. (…) O dicen que el fin principal del Evangelio es la unión de los corazones en el amor de Cristo y de unos con otros y que, por tanto, los credos no son más que trabas para las almas que han recibido el espíritu de adopción. (…) Otros, en cambio, hacen descansar todo el peso del Evangelio en la doctrina de la Expiación y la Santificación. Y otros hacen de la Justificación por Fe el único punto cardinal que abre y cierra las puertas de la vida». 
Newman dedica el resto del sermón a insistir en la importancia de guardar íntegro el depósito de la fe con sus fórmulas y a recordar que todo lo revelado se nos ha dado como alimento y luz. 
Magistral. 

12:30
Misa. Somos diez.
Han venido: Gloria y su hermana Rita, Carmela y Encarnita, Teresa y Joan, Carmen, Rosario y Jeanette
Ofrezco la Misa por Soledad y Alfonso. Encomiendo a PDG que me ha mandado esta mañana un wasap desde Montevideo. 

13:00
Me despido de las feligresas en la puerta. Le digo a Encarnita que la hemos echado de menos y me cuenta que su nieto, que nació hace tres meses, lleva dos —media vida— sin verla, por el coronavirus, y que ahora se lo dejan todos los días para recuperar el tiempo perdido. 
En la sacristía Joan me dice señalándose la lengua: «Tú has olvidado mí», expresión inglesa que significa: «No me has dado la comunión». Reparo mi olvido. 
Llega un penitente y me pide que escuche su confesión. 

13:45
Las correcciones de Mim desde Sidmouth llegan justo a tiempo para que yo pueda poner la homilía en el blog antes de…

14:00
…ir a recoger la comida a casa de doña Nati. Como Simon no ha dado señales de vida hoy y no me abre la puerta, se queda sin comida. 

14:30
Un viento impetuoso detiene el vuelo de las aves, agita las palmeras de la plaza y la bandera de España que tiene Corrina en su azotea, se cuela por mi ventana, levanta las cortinas y cierra con estrépito la puerta del pasillo. Las cortinas, en su exaltación, tiran al suelo varios libros de la estantería y el cielo se cubre de nubes oscuras. 
Salgo de la cocina para cerrar la ventana y observo que los pájaros se han zampado todo el grano que les puse ayer y que no era poco. Pongo más grano, cierro la ventana y sigo limpiando la cocina mientras oigo The Rose, cantado por The Kings Singers en un video que me ha mandado Mim desde Sidmouth. 
Luego pongo a hervir el agua, saco dos bolsitas de té y me acomodo para reposar trasteando en mis RRSS. 
15:30
Misterios de luz. 

15:50
Voy a la iglesia para visitar al Santísimo y hacer la oración de la tarde. Pero, antes, paso por casa de doña Nati para devolverle sus corotos. 

17:00
Decenario al Espíritu Santo: el fruto de la Fidelidad.

18:00
Exposición del Santísimo.

18:10
Nona y Vísperas.

18:30
Bendición con el Santísimo.

19:00
Twiter arde con el espectáculo de la llamada «Comisión para la reconstrucción» o algo así. Patxi López, el presidente, reconce por la tarde que no estuvo a la altura por la mañana y ruega a los comisionados que dejen de insultarse y se ponga a trabajar. 
Tiendo la ropa.
Me perparo una merienda-cena.

Fracasología
Roca Barea le da un repaso al indigenismo: «Los indios no se sintieron en general ni representados ni incluidos en las nuevas repúblicas. Mientras las poblaciones indígenas, que viven en su mayoría en condiciones de marginalidad, estén entretenidas clamando contra Colón y los conquistadores no mirarán con ojos críticos a sus gobernantes de aquí y ahora». 
Luego le da un repaso al victimismo criollo: A los que lloriquean porque los botánicos no respetaron los nombres indígenas de las plantas «y aplicaron el sistema de Linneo» los consuela recordándoles que en su pueblo —que es El Borge (Málaga)— hicieron lo mismo y empezaron a llamar Forficula auricularia a la tijereta de toda la vida. Y a los que lloriquean porque en México se ordenó arrancar vides y olivos los consuela diciéndoles que en 1985 «media España estaba arrancando viñas. Era la política agraria de la CEE». Y los anima a replantar las viñas como hicieron en su comarca —la Axarquía— que ahora produce más y mejor vino que nunca. En fin que viene a decirles que menos lloriqueos. Ella lo dice mejor. «Si apetecía y apetece tener vino mexicano, ha habido doscientos años para plantar viñas». 

Dignidad
«Podría ocurrir que elevar la literatura no sea al final un quehacer meramente literario y necesite la contribución de un impulso exterior de naturaleza moral». 
Aquí cita Javier Gomá al retórico griego Longino para quien «no es posible que aquellos que han tenido toda su vida hábitos y pensamientos bajos y propios de esclavos realicen algo digno de admiración y de la estima de la posteridad». 
Aquí andamos —concluye— «a la espera de un maestro retórico que devuelva a nuestra lengua la dignidad de gran estilo que un día tuvo y luego perdió». 

Busco a Twardowski y no lo hallo. Recuerdo que ayer lo dejé en mi mesilla de noche. Nada. ¿En la cocina? Nada. ¡Mira! ¡Debajo del teléfono! 
Tengo poco de franciscano y, aunque me agrada —porque es poética y agradable— esa ¿ingenua? simpatía hacia los animales y las plantas que exhibe Twardowsky, lo que me desarma y me rinde es su Ciencia poética y teológica o como se diga. Por ejemplo en Ovejas entre lobos empieza con unos versos que harían las delicias de los animalistas:
¡Vaca, que permites que te ordeñe tantas veces!
¡Todos vosotros, conejos, martirizados para que enfermemos según las normas!
Y sigue así, doliéndose de todo bicho viviente, hasta que alumbra el verso clave:
¡Verdaderos cristianos, bautizados con sangre y no con agua del grifo,
que andáis como ovejas entre lobos!
Y, abierto ya el torrente con la clave de la Ciencia poética y teológica que es la de los humanistas y, sobre todo, la de los santos, me desarma y me rinde su confesión:
Siento vergüenza ante vosotros cuando corro de mí mismo a mí mismo
cuando pongo mala cara ante el sufrimiento inocente,
cuando, frívolamente serio, 
pido cita hasta con tres médicos para escapar de la muerte, 
cuando no quiero ser pan molido en manos de Dios. 

sábado, 23 de mayo de 2020

Parroquia en fase 1 (12)

sábado, 23 de mayo de 2020

9:00
Leo un emocionado elogio de Ignacio Trujillo a Ángel Ruiz. Me uno al elogio y a la alegría. 

9:30
Del tanatorio. Que ha muerto Josefina. El entierro será mañana a las diez. 

10:15
Remedios. Que si podemos hablar. Que sí. Nos sentamos en la antesacristía y charlamos largamente. Llega Simon. Que va a cambiar una bombilla del campanario. La charla con Reme se prolonga hasta las once. Nos despedimos. 

11:15
Jessica & Kyle. Que han pensado retrasar la boda hasta el 31 de mayo del año que viene. Iban a casarse el mes que viene. 
12:30
Misa por Josefina. 

13:00
Llega Mari que va a limpiar la iglesia. Le pago los 54 —cincuenta y cuatro— euros que le debo. Apunto el gasto y me voy a casa. 
Escribo la homilía de hoy y mando la traducción a Joan para que la revise, por favor. Me contesta en seguida.

13:45
Publico la homilía en el blog. 
Voy a recoger las viandas que ha preparado doña Nati para Simon y para mí. Me dice que ha muerto otra persona en el pueblo pero no sabe quién. Encuentro a Simon pintando la puerta del comedor de Cáritas. Es un artista. Me entrega una nota de compras por valor de euros 35 —treinta y cinco— centavos 43 —cuarenta y tres—. Le doy veinte porque necesita más pintura. Anoto los gastos. 

15:30
Después de comer, de recoger la cocina y de tender la ropa, ha llegado el momento de rezar los misterios gozosos del Rosario. Vamos allá. 

16:00 
Hay que sacar los cacharros la fregasa— del lavaplatos y llevarle a doña Nati, limpitos, los suyos. Luego hay que ir a la iglesia para meditar sobre ese fruto del Espíritu Santo —el segundo— que es el Gozo.
Pero, antes, mando a IGdL un wasap:
«Hola Iñaki: Ya me he zampado La muerte de Ivan Ilich. ¡Gracias por la recomendación! De la primera lectura me queda —además de los buenos ratos que he pasado— la confirmación de una idea: solamente sabremos lo que es la muerte un par de horas antes de que nos llegue, a menos que nos llegue por sorpresa y como de repente. Tolstoi lo dice mejor, claro. Nadie diría que una larga agonía como la de Ivan Ilich pueda ser una bendición pero ¿que es la vida sino una larga agonía? Y si, al cabo de tanta lucha o un par de horas antes, uno descubre que todo era muy sencillo y aunque no sepa o no pueda decir unas palabras memorables confía en Aquel que todo lo sabe y lo explica mejor que Tolstoi, por horrible que haya sido su vida, el desenlace puede ser una feliz y rápida ascensión. Otra vez: ¡Gracias! Sigue recomendándome libros, querido amigo, por favor». 

Volviendo de casa de doña Nati me encuentro con Esperanza y con su hija. 

17.00
Tercer día del Decenario al Espíritu Santo: el Gozo

17:30
Me despido de Teresa. Diecisiete wasaps.
IGdL aprueba mi exégesis de La muerte de Iván Ilich y me recomienda más libros: «La impaciencia del corazón de Zweig te deslumbrará como su La Marcha Radetzky, imperdible. Y el Job de Joseph Roth ni te cuento». Tomo nota.
18:10 
Mari Sol, de Torremendo. Que si puedo llevarle darle la Unción a su madre en el hospital. Que sí, que voy volando. ¿Podrá comulgar? No, no podrá comulgar. En una bolsa de plástico con cierre hermético pongo una cápsula de aceite de oliva y un bastoncillo de algodón esterilizado. Mascarilla nueva, pantalla para los ojos, guantes de látex y gel hidroalcoólico.
Mari Sol me cuenta un poco emocionada que le preguntó a su madre, «¿me perdonarás por todas las cosas malas que te he hecho?» y que ella le respondió mirándola con los ojos muy abiertos: «No hay nada que perdonar, Siempre has sido buena conmigo». 
Hasta ayer no la dejaron entrar en su habitación. 

19:45
De vuelta a san Miguel paso por Mercadona. 

20:15
Vuelvo a casa, me preparo una merienda-cena, tiro la basura y saco unas fotos a las golondrinas que, este momento, andan —o vuelan— haciendo carreras. Van en grupos de quince o veinte; aparecen por una esquina de la iglesia, giran a la izquierda y pasan piando por la fachada, justo delante de la imagen de san Miguel, vuelven a girar a la izquierda y bajan por la fachada del Collie. Otra vez giran a la izquierda y las pierdo de vista hasta que vuelven a aparecer por la primera esquina. Y así puede estar quince minutos jugando a dar vueltas alrededor de la iglesia como locas. 

21:00
Veamos qué pasa en el mundo. 
Leo que Julio Anguita le dijo al obispo de Córdoba: «Usted no es mi obispo, pero yo sí soy su alcalde». Pienso que, si alguien me rechaza como párroco, lo que rechaza es mi servicio. Y si, además, insiste en que nuestra relación es la del ciudadano con su alcalde me lo pone a huevo porque, en ese caso, estoy por encima de él y es él quien debe callar, escuchar mis demandas humildemente y ponerse a trabajar para mí. Espero y pido a Dios que esté en Cielo y que se ría de buena gana de todas las bobadas que dijo en la vida. Allí sabrán recordarle también las cosas buenas que hizo y, desde allí, podrá ayudar a los alcaldes a servir  y a atender a todos —también a sus párrocos— y a reconocer con humildad que no hay nadie más necesitado del servicio de un obispo que un alcalde. 

Vamos con la Antología poética de Twardowsky. Es una bonita edición de Rialp. 
¡San Francisco,
soy incapaz de imitarte!
No tengo un ápice de santidad;
la Biblia me da dolor de cabeza.

Los peces no salieron a escucharme;
no sé conversar con los pájaros;
me mordió el perro del cura;
y mi corazón he descuidado.

Las montañas y los bosques son hermosos,
las rosas siempre llaman la atención,
pero entre todas las maravilla de la Naturaleza
sólo a la hierba aprecio. 

Pisoteada, siempre a ras del suelo, 
sin dar frutos o espigas de ningún tipo…
¡Hierba, eres mi hermana
carmelita descalza!

martes, 19 de mayo de 2020

Parroquia en fase 1 (8)

martes, 19 de mayo de 2020
Martes de la sexta semana de Pascua.

7:00
El Papa ha entrado en la primera fase y ya no se transmite por televisión la Misa de Santa Marta. La cámara fija muestra la plaza de San Pedro solitaria y dorada bajo los rayos del primer sol. Una paloma se posa en el obelisco sin saber que la estoy vigilando. Despreocupada de todo echa a volar y se va. 

10:15
Salgo para Torremendo.

10:30
Confesiones en Torremendo. 

11:00
Misa de once de Torremendo. Recojo el correo de allí. 

12:00
Vuelvo a San Miguel. Joan ha venido. Me alegro y le pregunto por su espalda. Está mejor. ¡Qe bien!

12:30
Misa de doce y media. 

13:30
Estoy poniendo la homilía en el blog cuando llega don Rafael porque hemos quedado para comer. ¿Me hará la caridad de oír mi confesión? ¡Oh sí! Hacemos juntos una visita al Santísmo y nos vamos a comer a Casa Graciela. 

16:00
De vuelta a San Miguel enciendo el aire acondicionado por primera vez en lo que va de año. En la iglesia, fresca y silenciosa, miro fijamente al sagrario. 

17:00
Novena a santa Rita, día séptimo. Después, Teresa y yo, charlamos largamente. 

18:00
¿Y si me preparo un té? ¡Nada más fácil!
Empiezo a leer La muerte de Iván Ilich por consejo y apremio de IGdL. 
Empieza así: «Durante una pausa en el proceso Melvinski, en el vasto edificío de la Audiencia, los miembros del tribunal y el fiscal se reunieron en el despacho de Ivan Yegorovich Shebek y empezaron a hablar del célebre asunto Krasovski. Fyodor Vasilyevich declaró acaloradamente que no entraba en la jurisdicción del tribunal, Ivan Yegorovich sostuvo lo contrario, en tanto que Pyotr Ivanovich, echaba una ojeada a la Gaceta que acababan de entregarle
Señores —dijo de pronto— ha muerto Iván Illich».
Pyotr Ivanovich decide ir al velatorio: «Entró sin saber a punto fijo lo que tenía que hacer. Lo único que sabía era que en tales circunstancias no estaría de más santiguarse. Pero no estaba enteramente seguro de si, además de eso, había que hacer también una reverencia. Así pues, adoptó un término medio. Al entrar en la habitación empezó a santiguarse y a hacer como si fuera a inclinarse. Al mismo tiempo, en la medida en que se lo permitían los movimientos de la mano y la cabeza, examinó la habitación.
(…)
El muerto yacía, como siempre yacen los muertos, con los miembros rígidos hundidos en los blandos cojines del ataúd y con la cabeza sumida para siempre en la almohada. (…) pero, como sucede con todos los muertos, su rostro era más agraciado y, sobre todo, más expresivo de lo que había sido en vida. La expresión de ese rostro quería decir que lo que hubo que hacer quedaba hecho y bien hecho. Por añadidura, ese semblante expresaba un reproche y una advertencia para los vivos. A Pyotr Ivanovich esa advertencia le parecía inoportuna o, por lo menos, inaplicable a él. Y, como no se sentía a gusto, se santiguó de prisa una vez más, giró sobre los talones y se dirigió a la puerta demasiado a la ligera —según él mismo reconocía— y de manera contraria al decoro».
En fin, el primer capítulo cuenta lo que ocurre en torno al cadáver de Iván Ilich. Pensamientos —«sí, es una pena, pero, en fin, se ha muerto él, no yo»— y palabras de condolencia que, en realidad, no expresan ninguna verdadera compasión; pero también cálculos: «quién sabe si ahora su puesto lo puede ocupar mi primo y, entre tanto, a lo mejor podemos pasar un buen rato en el velatorio jugando a las cartas». Claro que hay que hablar del precio de la sepultura, y de cómo ha muerto el muerto, y saludar a unos y a otros por no mencionar el «oficio de difuntos: velas, gemidos, incienso, lágrimas, sollozos» y todo ello con el fastidio de quien tiene que estar ahí fingiendo cuando podría estar en cualquier otro sitio menos deprimente. 
Así que Pyotr Ivanovich se va a jugar a las cartas a casa de Fyodor Vasilyevich. 
El capítulo se acaba y cierro el libro justo cuando suena el timbre. Es Carmela que me trae tomates de su huerta. Me río un rato y de buena gana con ella. Tiene un humor estupendo. Y los tomates de su huerta son famosos en el pueblo. 

18:30
Hay que rezar Vísperas. Muy oportunamente el salmista nos recuerda que «el hombre no perdurará en la opulencia sino que perece como los animales». Gloria Patri. 

19:00
Hay que llamar a Ana que me ayuda con la administración del cementerio parroquial en el despacho de Torremendo. Al parecer ha habido un problema. Se ha hundido el techo del cuarto de baño. 

19:20
Hay que rezar el rosario. Misterios dolorosos. 
Hay que sacar la basura. Al ir saludo a L que ha sido abuela por segunda vez y ya te puedes imagunar lo contenta que está. Al volver soy saludado por una chico que pasa con la moto diciendo «¡Paaaaaadre!». Como va con casco no lo reconozco pero lo saludo igualmente. 

20:00
Capítulo segundo de La muerte de Iván Illich.
Empieza así: «La historia de la vida de Ivan Ilich fue común y corriente, y horrible». 
¡Qué buen comienzo!
Aquí te enteras de que fue juez y de que murió a los cuarenta y cinco años de edad. Nada destacable de su padre, un funcionario tan bien pagado como inútil. Nada destacable de su hermano mayor, otro funcionario, de su hermano menor, un desgraciado a quien todos procuraban evitar, ni de su hermana, casada con un barón «listo, vivaz, agradable y discreto».
Iván Illich «era, ya en la facultad, lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber suyo todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal. No había sido servil ni de muchacho ni de hombre pero, desde sus años mozos, se había sentido atraído, como la mosca a la luz, por las gentes de elevada posición social, apropiándose sus modos de obrar y su filosofía de la vida y trabando con ellos relaciones amistosas. Había dejado atrás todos los entusiasmos de su niñez y mocedad, de los que apenas quedaban restos, se había entregado a la sensualidad y la soberbia y, por último, como en las clases altas, al liberalismo, pero siempre dentro de determinados límites que su instinto le marcaba puntualmente. En la facultad hizo cosas que anteriormente le habían parecido sumamente reprobables y que le causaron repugnancia de sí mismo en el momento mismo de hacerlas; pero más tarde, cuando vio que tales cosas las hacía también la gente de alta condición social que no las juzgaba ruines, aunque no llegó a darlas por buenas, las olvidó por completo o se acordaba de ellas sin sonrojo».
Cuando terminó sus estudios «se encargó ropa en la conocida sastrería de Scharmer, colgó en la cadena del reloj una medalla con el lema respice finem, se despidió de su profesor (…) partió para una de las provincias donde, por influencia de su padre, iba a ocupar el cargo de ayudante del gobernador para servicios especiales».
Allí «fue haciéndose una carrera, a la vez que se divertía agradable y decorosamente». 
Todo, desde el trabajo hasta la vida social y las visitas a ciertas casas de dudosa reputación lo «llevaba a cabo con manos limpias, en camisas limpias, con palabras francesas y, sobre todo, en la mejor sociedad y, por ende, con la aprobación de personas de la más distinguida condición».
Cinco años después lo nombraron juez de instrucción en otra provincia. Hizo las maletas y se fue. Con su nuevo trabajo disfrutó más que con el anterior al comprobar que todas las personas «incluso las más importantes y engreídas, estaban en sus manos, y que con sólo escribir unas palabras en una hoja de papel con cierto membrete tal o cual individuo importante y engreído sería conducido ante él en calidad de acusado o de testigo; y que si decidía que el tal individuo no se sentase lo tendría de pie ante él contestando a sus preguntas».
Para que los curiosos sepan de qué tiempos se está hablando, nos dice el narrador que «Ivan Ilich fue uno de los primeros funcionarios en aplicar el nuevo Código de 1864». Y para los que pidan un retrato del personaje nos dice que «no alteró en lo más mínimo la elegancia de su atavío, cesó de afeitarse el mentón y dejó crecer libremente la barba».
Allí «conoció a la que había de ser su esposa. Praskovya Fyodorovna Mihel era la muchacha más atractiva, lista y brillante del círculo que él frecuentaba. Y, entre pasatiempos y ratos de descanso de su trabajo judicial, Ivan Ilich entabló relaciones ligeras y festivas con ella». Por su parte «ella se enamoró de él. Ivan Ilich no tenía intención clara y precisa de casarse, pero (...) se dijo a sí mismo: Al fin y al cabo ¿por qué no casarme?». Y se casaron.
Todo empezó a torcerse cuando ella, embarazada, comenzó a sentir ataques de celos y a exigir con muy malos modos la atención constante de Iván. Con el nacimiento del hijo llegaron «las dolencias reales e imaginarias del niño y de la madre en las que se exigía la compasión de Ivan Ilich, aunque él no entendía pizca de ello». Así «antes de cumplirse el primer aniversario de su casamiento, Ivan Ilich cayó en la cuenta de que el matrimonio, aunque aportaba algunas comodidades a la vida, era de hecho un estado sumamente complicado y difícil». 
Después de siete años en aquella ciudad, donde nacieron más hijos, fue trasladado a otra como Fiscal y «aunque su sueldo superaba al anterior, el coste de la vida era mayor; murieron además dos de los niños, por lo que la vida de familia le parecía aún más desagradable». Refugiándose cada vez más en su trabajo Iván, conseguía que su vida siguiera siendo «agradable y decorosa, como él juzgaba que debía ser».
El capítulo acaba pintando a la familia: dos hijos varones han muerto y quda una hija de dieciséis años y un niño «colegial, objeto de disensión. Ivan Ilich quería que ingresara en la Facultad de Derecho, pero Praskovya Fyodorovna, para fastidiar a su marido, lo matriculó en el instituto. La hija había estudiado en casa y su instrucción había resultado bien; el muchacho tampoco iba mal en sus estudios».

20:30
La verdad es que me apetece seguir leyendo La muerte de Iván Illich pero tengo que hacer un par de llamadas y dar un paseo por La senda oscura antes de cenar.
Muero porque no puedo
serlo todo, ni en los versos
finales de un poema,
ni en las auroras fulgurantes,
ni tan siquiera en las cruces
vacilantes que coronan el destino. 
(…)
Serlo todo ansío. 
Y así, con esas ansias, llego al final de la senda. Pero, mira, tengo aquí otro libro de Petit que leí el verano pasado y se intitula Que aún me duelas. También está dedicado por el autor. Lo empezaré mañana. Ahora hay que poner esto en el blog, antes de cenar con los tomates que me ha traído Carmela.