La Torre
sábado, 15 de agosto de 2026
03:00
Me despierto con un agudo dolor en el brazo izquierdo. Oficio de lectura. Pasear me alivia. Paseo leyendo El milagro del padre Malaquías hasta que me vence el sueño.
04:00
Me acuesto pero no puedo dormir por el calor y el dolor. Me levanto y paseo. Me acuesto. Me levanto y paseo. Me acuesto. Y así.
06:00
Desayuno, me tomo una pastilla cuyo nombre he olvidado —una pastilla azul— y me pongo a colocar libros y cosas que he traído de San Miguel. También lleno una caja con cosas inútiles que aparecen en cajones y armarios.
07:00
Ducha.
07:30
Laudes.
08:00
Salgo para Torremendo escuchando una piadosa meditación.
09:20
Llego a Torremendo, saludo al archidiácono y me siento en el confesonario. Un penitente. Muy bien.
10:00
Misa de la solemnidad de la Asunción. Homilía solemne.
11:00
Voy a buscar a Laura.
11:30
Recojo a Laura y vamos a San Miguel. Mientras ella prepara el altar yo me siento en el confesonario. Tercia. Dos penitentes. Muy bien.
12:30
Segunda misa solemne de la Asunción con órgano, homilía solemne y todo.
Después de misa voy a la casa abadía, lleno una maleta con libros y cosas y salgo para La Torre.
…
A las ocho celebro en la ermita la misa de víspera del domingo con una breve homilía.
La Torre
domingo, 16 de agosto de 2026
03:00
Me despierto, me tomo un paracetamol, rezo el oficio de lectura y me acuesto.
08:30
Salgo para Torremendo.
10.00
Misa en Torremendo. Es mi última misa en Torremendo.
Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Después del pecado de nuestros primeros padres, no nos abandonó al poder de la muerte sino que tendió la mano a todos para que lo encuentre quien lo busca. Hizo una Alianza con Abraham y eligió al pueblo de Israel para que, por medio de él, todos los pueblos llegasen al conocimiento del único Dios verdadero.
El mismo Dios puso en el corazón de Israel un deseo que el rey David convirtió en plegaria: Oh Dios, que te alaben los pueblos; que todos los pueblos te alaben.
Muchos profetas y justos de Israel —desde José, el de Egipto, hasta José de Nazaret— brillaron en las tinieblas como una luz y fueron luz para las naciones. Muy bien.
Por desgracia, otros muchos se entontecieron un poco pensando vanidades: «somos hijos de Abraham», «te doy gracias, Padre, porque no soy como los demás hombres, adúlteros y eso»… En vez de buscar a los gentiles para llevarlos a Dios empezaron a llamarlos «perros» y otras cosas peores. Y no los dejaban entrar en sus casas ni les dirigían la palabra.
Jesús sabía que había sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. La primera misión que dio a sus apóstoles fue la de anunciar el evangelio en las aldeas de Israel. Tenía que ser así. El evangelio tenía que ser anunciado primero a los judíos y luego a los gentiles.
Claro que Jesús se tomó alguna libertad: charló largo y tendido con una samaritana; curó a diez leprosos pero solamente elogió a uno de ellos, al samaritano; elogió la fe de un centurión y atendió a sus ruegos curando a su criado…
Hoy vemos que Jesús, enviado a buscar a las ovejas descarriadas de Israel, se toma otra libertad y decide dar un paseo por la parte de Tiro y Sidón que hoy llamamos Líbano.
Una mujer sirofenicia y cananea por más señas, lo aborda con audacia —gritando— y con gran delicadeza —llamándolo «hijo de David»— para pedirle que tenga que compasión porque una su hija tiene un demonio muy malo.
Jesús se hace el sordo.
También se hará el sordo con el ciego de Jericó.
Jesús se hace el sordo. ¿Qué van a hacer sus discípulos?
¿Van a acercarse a la cananea para interesarse por ella? No.
¿Van a acercarse a Jesús para interceder por la desgraciada? No.
¿Qué van a hacer? Van a decirle a Jesús: «Deshazte de esta pelma».
Muy mal los apóstoles.
La cananea insiste postrándose ante Jesús: «Señor, ayúdame».
Jesús entonces dice la cosa más sensata del mundo. Dice que no está bien dar a los perros el pan de los hijos. Esto solamente lo discuten los hijos de Satanás que estarían dispuestos a echar a los perros no solamente el pan de los hijos sino a los mismos hijos.
Si la mujer sirofenicia hubiera sido una marisabidilla de esas que ahora llaman «charos» quizá habría reaccionado —muy ofendidita ella— preguntando: «¿me estás llamando perro?».
Pero era lo que era. Era una mujer —sirofenicia y cananea y poeta por más señas— con una fe capaz de poner una montaña boca abajo y de darle la vuelta al mundo con tal de entrar en el Corazón de Jesús: «Tienes razón, Señor; pero también los chuchos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús, claro, alabó su fe y le concedió lo que pedía. Los Apóstoles, claro, tomaron nota. Y gracias a Jesús, a los Apóstoles y a la sirofenicia, hoy podemos nosotros participar del sacrificio de Cristo no como perros que comen las migajas ni como perrijos que se comen a los hijos sino como hijos de Dios.
Al terminar la misa pronuncio unas nobles palabras de despedida y salgo a la puerta para abrazar y besar a todos los que se dejen.
11:00
No tengo tiempo para ir a buscar a Laura. Le mando un mensaje y salgo para San Miguel.
11:15
Llego a San Miguel y voy a la casa abadía para llenar una maleta de libros y de objetos.
12:00
Ángelus. José Miguel da el pimer toque de misa.
12:15
Voy a la iglesia.
12:30
Misa con coro parroquial. Los del coro —qué amables— han interrumpido sus vacaciones para venir a cantar en mi última misa por ahora.
Al terminar la misa cantamos a la Virgen, como siempre, y luego, abusando de la paciencia de la congregación que lleva tres cuartos de hora en la iglesia y está de pie, me dirijo a ella con estas o semejantes palabras:
Esta ha sido mi última misa en San Miguel pero aún nos veremos por el pueblo porque mañana tengo cita con el médico, y tengo que ir a Correos para pagar una multa y aún tengo que hacer algunas gestiones. Por eso, creo que no tenemos que despedirnos ni nada de eso.
Una de mis películas favoritas es «Murieron con las botas puestas». El protagonista —un militar que va a dar su última batalla y no espera volver— se despide de su encantadora esposa diciendo: «Caminar a su lado por la vida, señora, ha sido muy agradable».
No se me ocurre nada mejor. Caminar con vosotros por la vida durante estos casi quince años ha sido una bendición de Dios.
No me llevo ningún mal recuerdo de vosotros.
El Buen Dios me ha dado —entre otros dones— una prodigiosa memoria selectiva que guarda lo bueno y olvida lo demás.
Espero no haberos dejado algún recuerdo amargo. Si os quedase de mí alguno menos dulce, ruego al Buen Dios que os regale también a vosotros esa mala memoria tan amable y tan buena y tan inclinada al perdón que nos permite vivir siempre alegres.
14:00
Recojo a Delcy en su casa. Su hija la abraza y la besa al despedirse de ella.
La llevo al aeropuerto.
15:00
Dejo a Delcy en el aeropuerto. Me regala un rosario que bendijo el Papa en Barcelona. ¡Qué amable!
Cuelgo el rosario en el retrovisor.
El avión de Delcy sale a las diez de la noche.
Voy a La Torre y me uno a los que están allí zampándose un arroz que han hecho en El Senyoret de Alicante.
…
No he dicho nada de los petirrojos, de las tórtolas, de los gorriones, de las torcaces…
…
Almudena cumple hoy cincuenta años.
Recapacito.
Veamos.
¿Esta mi sobrina cumple cincuenta años? ¡Es la edad que yo tenía cuando llegué a San Miguel hace quince!
Llegan varios camiones a La Torre. ¿Camiones? Sí. Van a servir una cena en el palmeral porque Almudena cumple cincuenta años.
Voy a la ermita para rezar un poco; mayormente dando gracias y alabando al Buen Dios.
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Es usted muy amable. No lo olvide.