viernes, 23 de octubre de 2026

Diario. Martes, 20 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

martes, 20 de octubre de 2026


Voy al taller para pagar la reparación del carro. 

Tengo que subir por unas empinadísimas escaleras a uno de esos despachos maravillosos que son como una pecera colgada del techo del garaje. ¡Qué emoción! 

Pago doscientos quince euros. Me perdonan doce centavos. ¡Qué amables!


De vuelta a Granja, paro en Hipeber para comprar una bombona de gas. Una vez allí aprovecho para comprar unas berenjenas de Almagro, coliflor y cebollitas en vinagre.

La cajera llama al individuo que va a darme la bombona de gas: 

—¿Puedes darle a este hombre una bombona?

Y él, jovial: 

—Puedo pero ¿quiero? 

Pago treinta y ocho euros y diez centavos. Me dan la bombona.

Descargo el carro en el palacio parroquial y voy al despacho. Lo fumigo bien porque hay una plaga de mosquitos y me pongo a archivar facturas. Hago una transferencia a San Jorge, tiro bastantes papeles y veo que dos mujeres me observan desde la calle con una dulce y bondadosa expresión en sus labios y en sus ojos: 

—¿Sabe usted que Dios tiene un nombre?— pregunta la mayor de las dos. Sin duda es española y da la impresión de que desea iniciar un diálogo de salvación. 

—¡Oh, sí: YAHVEH!— digo abriendo mucho los ojos y pronunciando el Nombre Santo como en un susurro y aspirando mucho las aches. 

—Su nombre es Jeovah y venimos a traerle un tratado — me corrige la más joven tendiéndome un papelito con un código QR. 

—¡Jeovah no! ¡Jeovah no! ¡Elohim! ¡Adonai! ¡Jeovah no!— grito levantando y agitando los brazos como un profeta en trance y abriendo aún más los ojos. Y —bajando otra vez la voz, como en un susurro— empiezo a hablar de los masoretas y de la Virgen y San José y de los ángeles custodios y de san Pedro Apóstol y del Papa… 

Pero ellas ya han huido calle arriba y las veo llamar a la puerta de una simpática familia mahometana. 


Voy a la iglesia. 

Rezo el ángelus ante el trono de la Virgen del Rosario. 

Sexta. 

Lectura del Evangelio de San Marcos. 

Lectura de las Fundaciones. 

Preparo el altar para la misa votiva de los ángeles y llamo a José y a Carmen. ¿Puedo llevarles la comunión a las cinco de la tarde? Sí, puedo, y están deseando que vaya. 


A las cuatro y diez voy a la iglesia y me siento en la capilla del Santísimo. 

A las cinco menos cuarto salgo con el Santísimo en el portaviático hacia la casa de José y Carmen. 


Me abre su hija y, en seguida, me reciben José y Carmen con vivas muestras de alegría. 

Tienen un patio que parece tropical: un naranjo, un limonero, miles de macetas y una papaya enorme. 

Allí nos sentamos para charlar un poco. ¿Quieren comulgar? No desean en este mundo otra cosa. 

Luego me regalan una botella de vino de La Romana envejecido en un barril que tienen ellos y me prometen que, en cuanto maduren las papayas me regalarán una. 

Desde el patio se ven la cúpula de la parroquia y un cielo limpísimo. 


Vuelvo a la parroquia considerando cuán fácil y amable es la vida del párroco de Granja. Paso por delante de la peluquería que está abierta y me asomo. El peluquero está afeitando a un ser humano:

—Buenas tardes. ¿Hay alguien en la cola?

—No, pase y siéntese. 

—Voy un momento a la iglesia y vuelvo. 

Dejo la botella de vino en un rincón de la iglesia. Reservo el Santísimo y vuelo a la peluquería. 


Hay peluquerías en las que se habla y peluquerías en las que no se habla. En esta no se habla. 

Entro y me siento para esperar mi turno. 

Dos minutos después, el afeitado se levanta, paga y se va sin decir nada. 

El peluquero me dice: 

—Cuando quiera. 

Me siento en el sillón de pelado. 

—¿Qué le hago?

—Arréglelo un poco, por favor. 

Unos minutos después: 

—¿Qué le debo?

—Doce cincuenta. 

—Aquí tiene, gracias. 

—A usted. 

Antes de salir me veo en el espejo. Me veo como un actor de cine, o como un pincel o algo así. Muy bien. 


Aún tengo tiempo para pasar por casa Estefanía y para saludar a su marido que va al salón de acupuntura. 


Aún tengo tiempo de ir a la farmacia. Allí reconozco una cara sonriente: 

—¿Eres Lola? 

Sí, es Lola. Hermana de don Venancio, esposa de Patrick y madre de Venancio Jr, el monaguillo de los domingos. 


Aunque en mi receta figuran el metotrexato y el acfol, en el ordenador de la farmacia no salen. 

Lola sugiere que podría ayudarme su prima Laura. Tomo nota. 


Voy a la iglesia para preparar la misa y llevo la receta y mi carné de la SS por si viene Laura. 

Laura no viene. Martín tampoco. Mari Carmen tampoco. 

Me ayuda Antonio. Saludo a su hermana Antonia y a su cuñado Carmelo. 


Misa votiva de los Ángeles porque es martes. 


Después de misa tengo que atender a algunos suplicantes y  a un penitente. 


A las ocho llego —con media hora de retraso— a la Casa de Culturas porque hay una mesa redonda para hablar del Camino de la Cruz que va hasta Caravaca. 


A las nueve y piquito llego al palacio parroquial silbando la melodía de ¿Quién teme al lobo feroz?

martes, 20 de octubre de 2026

Diario. Lunes, 19 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

lunes, 19 de octubre de 2026


Lunes, día de asueto de don Paco, me toca celebrar a las nueve en el convento. Voy escuchando a Rafa Latorre que lee el santoral: santa Laura. 

¿Quien es esa señora que acaba de aparcar cabe el convento? Laura. Sí, exactamente. 

Aparco no lejos y suena el teléfono. Es Laura: que me ha visto pasar, que ya se va y que —si lo necesito— me guarda el aparcamiento. ¡Qué amable! La felicito y lo agradece aunque celebra su santo no sé qué otro día. 


Misa de nueve: memoria de san Pedro de Alcántara. 


De vuelta a Granja, paso por el taller El Rubio porque aún no me han mandado la factura de la reparación de mi Lamborghini. Me aseguran que la mandarán mañana. 

Justo en ese momento me llama Javier del A. Charlamos. Ha nacido Carmen, su quinta nieta. Muy bien. 


Toca ordenar la sala en la que se reunieron ayer los padres de catequesis. Voy a convertirla en biblioteca y despacho del palacio parroquial. 


En septiembre visitamos a los enfermos con el lignum Crucis. Toca llevarles la eucaristía. Empiezo hoy. Pido a Pep que —si es tan amable— me mande la lista de los enfermos que visitamos con sus direcciones. 

Pep —¡qué amable!— me manda una lista provisional con trece direcciones y se disculpa por no poder acompañarme. 


Me hago una agenda de enfermos y llamo a Carmen Rocamora —hermana de Conchita— que no está en la lista de Pep pero me rogó que fuera a visitarla. Quedamos en que iré a las cinco. Muy bien. 


A las cinco en punto llego a la dirección que me dieron. Carmen está en la calle y sale a mi encuentro. Me recibe con muestras de contento y cariño no fingidos, me presenta a su marido y me muestra una casa repleta de imágenes, ordenadísima, limpísima y confortable como cueva de hobbit. 

Me conduce hasta el dormitorio donde dormita Conchita a quien, al verme, se le iluminan los ojos y se le pinta una linda sonrisa en los labios. Está envuelta en mil capas suaves como de algodón y casi solamente se le ven la dicha luz y la sonrisa. 

No sé por qué, al verla, recuerdo el mote cariñoso que Dios le puso a su pueblo: gusanito de Jacob. 

Cuando saco el portaviático, Carmen se arrodilla a los pies de su hermana. Conchita parece a punto de llorar, pero de alegría, y rompe en alabanzas a Jesús sacramentado. 

Comulgan las dos hermanas y empezamos con las aspiraciones de san Ignacio. Luego, Carmen y Cochita, recitan una oración que aprendieron de su madre quien, a su vez, la había aprendido de la suya. 

Cuando vamos a despedirnos, vuelve el marido de Carmen cuyo nombre he olvidado por mis pecados. Empezamos a charlar y no paramos porque su vida da para una novela. 

Era uno de los niños de aquella Granja pobrísima que no podía dar de comer a sus hijos. Con catorce años —sin estudios— fue a trabajar a Francia. Allí ganaba bastante como para vivir y mandar a su madre un buen pico. Cuando volvió, con esos picos, su madre había comprado una casa. 

Viéndome fascinado por el cuento, me piden que me siente y me invitan a tomar algo. Agradezco la invitación y me despido prometiendo que vendré un día con más tiempo y con un cuaderno para tomar notas. 


Misa de siete en San Pedro Apóstol: memoria de san Pedro de Alcántara.

Laura me pide que la ofrezca en acción de gracias y súplica a san José. 

Martín limpia las pilas de agua bendita y me ayuda en el altar. 


Vanse todos y me quedo solo. Muy bien. Tengo tiempo de sobras —y soledad— para hacer mis oraciones. 


A las nueve y media —según lo previsto— llega don Paco al palacio parroquial. 

La cena está lista: una picaeta y un plato hecho de tostada cubierta con habitas y jamón y bañada en bechamel. De postre un platito con cuatro porciones de melón del tamaño de quesitos El Caserío y tres uvas. 

Le ofrezco agua, cerveza o vino.

Don Paco —que es un santo— pide agua y no añade la bechamel al guiso. 

Don Paco —que es un santo— elogia el guiso. 

Durante la cena tratamos graves asuntos de la parroquia. De política no hablamos. 


Se oye un rumor como de lluvia intensa y recuerdo que he tendido unos pantalones en la azotea. Don Paco me acompaña en la ascensión. Nos mojamos un poco pero recuperamos los pantalones. 


Son las once o así cuando nos despedimos. Lo acompaño hasta el portal. Allí se envuelve en un impermeable —con capucha y todo— y sale a la calle en busca de su carromato.  Lo veo perderse en la noche. Parece un Aragorn.

lunes, 19 de octubre de 2026

Diario. Domingo, 18 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

domingo, 18 de octubre de 2026


Llueve durante toda la noche. 


Abro la iglesia a las nueve. A las diez llega Horacio y a las diez y media José Luis y Martín. 

Mientras José Luis dirige el rezo del rosario, Martin limpia las pilas de agua bendita. 

Varias veces resuelvo sentarme en el confesonario pero siempre hay algo que lo impide. 

A las once menos cuarto se nos une Venancio Jr. Hoy dos monaguillos. Uno llevará la Cruz y el otro el incensario. Muy solemne. 

Veo una cara conocida. ¿No es ese el señor que me atendió ayer en la gasolinera de Josefina? 


Empieza en punto la misa de once. No ha venido el coro. Cantamos a coro sin coro. 

Hoy comienza la catequesis y la iglesia está llena. En la homilía hago algunas preguntas dificilísimas a los niños que están más cerca y explico el significado de la palabra «hipócrita». 

Cuando llega el momento de la comunión veo que se acercan Ana Isabel, Wilder, Camila y su abuela. Muy bien. 


Al final salgo a la puerta para despedir a la congregación y repartir sobres para el DOMUND. 

—¿No os vimos ayer en la gasolinera? —pregunto al señor de la cara conocida. 

—Sí, —contesta— tiene usted buena memoria. 


A continuación hay un bautizo. Va a hacerlo un sacerdote de Murcia, don Manuel, hartísimo siervo de Dios. Venancio Jr es ahijado suyo y se ofrece a prepararlo todo mientras yo voy a abrir los salones parroquiales para la catequesis. 

Mientras los niños están en catequesis, los padres de los más pequeños tienen una charla con Laura y Jose Luis. Lleno total 


Voy al palacio parroquial con Ana Isabel, Wilder, Cristina y Camila. Han traído un gran salmón y me lo regalan. Tengo que trocearlo para congelarlo e ir descongelando cada porción cuando me la vaya a zampar. Muy bien. 

Nos preparamos un aperitivo con queso gouda y pan de cristal de casa Estefanía. 

Cuando don Manuel me llama para decirme que el bautizo ha terminado, vamos a cerrar la iglesia. 


…


El bollo de la lotería. 


En la reunión del consejo de economía se habló de la lotería de Navidad. ¿Quién se encargaría de ello? Al parecer, la persona que se ocupó otros años no podía seguir haciéndolo. ¿A quién se le podía pedir? 

Después de harta deliberación salió un nombre: Primitivo. 


Ayer por la tarde, Primitivo y Guadalupe entraron en la sacristía antes de la misa. Primitivo se presentó —ser humano cordial y sonriente donde los haya— y me dijo que, en vez de vender lotería de Navidad, era partidario de hacer una rifa. 

Mientras Primitivo hablaba, Guadalupe sonreía. En realidad, Guadalupe vive sonriendo. Yo entendí que su sonrisa era asentimiento y quedé convencido de que este año no habría lotería de Navidad sino rifa. 


Hoy, después de misa, mientras me quitaba los ornamentos Mari Carmen me ha preguntado por la lotería. 

—Creo —le he respondido— que este año no habrá lotería sino rifa. 

Luego le he explicado la idea de Primitivo. 

Se ve que Mari Carmen se lo ha dicho a Domingo y él ha entrado en la sacristía algo agitado y me ha dicho que la lotería ya se ha encargado y que no se puede devolver sin penalización. 

Yo, que odio las penalizaciones, le he dicho que hablaría con don Paco. 


Cuando don Manuel me ha llamado para decirme que el bautizo había terminado, he ido a cerrar la iglesia. 

Estaba yo apagando luces cuando ha aparecido Guadalupe sonriente y radiante como siempre. A Guadalupe le habían dicho que el cura no quiere lotería este año y venía a explicarme que es su nuera la que ha encargado la lotería y que tiene un disgusto grande porque no puede devolverla. 

Estaba yo aclarando a Guadalupe que el cura sí quiere lotería pero que Primitivo no puede ocuparse de la venta cuando ha llegado la nuera de Guadalupe muy afligida, la pobre. Se llama Nieves.

Después de aclarar a Nieves que el cura sí quiere lotería siempre y cuando no tenga que venderla él, Nieves y yo hemos sacudido nuestras manos. 

Ya somos amigos. 


…


Me he divertido harto con el bollo de la lotería. Retomo el hilo. 


Cierro la iglesia y vamos a comer a Il Popolo. 

Casi no hablamos de política. Ana Isabel me pregunta que a quién voy a votar y le contesto que ravioli gigante de rabo de toro. Ella dice que, si pudiera votar, votaría a Alvise. Luego pide ravioli gigante de rabo de toro y su madre se apunta al mismo plato. Los tres coincidimos en que ha sido una gran elección. 


Nos despedimos a eso de las tres y cuarto y voy a la iglesia para hacer la visita al Santísimo. Luego, aprovechando el silencio y la soledad, me siento para mirar fijamente al sagrario. 


Hay que hacer ejercicio. Salgo a pasear con los misterios gloriosos. 


Vuelvo al palacio parroquial y me siento en mi sillón rojo de leer cómodamente. 

Termino la lectura de La familia de Pascual Duarte. Me parece una novela españolísima y genial y me alegro de haberla leído ahora y no cuando estudiaba literaturas en el cole. 


Tengo que concelebrar en la iglesia arciprestal de Callosa a las siete de la tarde. Tengo que hacerlo porque es la clausura de Bartimeo y hay dos chicas de Cox y una de Granja que han ido al retiro. 

Según mi GPS, el trayecto desde el palacio parroquial hasta la iglesia arciprestal de San Martín de Callosa, se puede hacer diez minutos. 

Salgo del palacio a las seis —con una hora de antelación— y voy a la sacristía para recoger un alba, un cíngulo y una estola verde. 

De camino hacia Callosa me detengo en una estación de Repsol para preguntar si puedo cambiar una bombona de gas de CAMPSA por una de Repsol. No puedo. 

Ya en Callosa, hay que aparcar. 

Después de aparcar hay que caminar hasta la iglesia entre gigantes plátanos y eucaliptos. 


Cuando llego a la iglesia son las siete menos cuarto. 

¡Qué iglesia! ¡Qué belleza! Cierto que está pidiendo a gritos una restauración y que —mientras se encuentran los millones necesarios— le vendría muy una piadosa mano que quitase el polvo, los manteles, las macetas y los ninots expuestos a la veneración del pueblo fiel. 

Lo que yo no esperaba —encontrar allí al obispo— ocurre en la sacristía. 

El amable párroco me da un cordialísima bienvenida y —después de agradecerla— saludo al obispo vasco y risueño. 


Ahora hay que reunirse con los jóvenes que han hecho el retiro de Bartimeo. Son cuarenta y tantos y están de un humor excelente. 

Una joven me saluda y, al ver que no la reconozco, se presenta: soy Claudia, de Thader. ¡Qué amable!


La misa va a empezar. 

¿Con una solemne procesión de entrada? No, con una carrera de San Fermín. 

Los jóvenes bartimeos echan a correr por la vía sacra. Don José Ignacio, advirtiendo mi palidez, me tranquiliza: «Javier, nosotros a nuestro ritmo». 

Cuando llegamos ante el altar, el presbiterio ya ha sido ocupado por una multitud que baila al son de una música horrorosa. 

Como encabezo la procesión del clero y no sé qué hacer, me vuelvo hacia el amable párroco justo a tiempo para ver cómo invita al obispo a unirse a los danzantes. 

No me importa reconocerlo: soy cobarde. Abandono al obispo a su suerte y me escaqueo. 

Mientras el obispo danza con los chicos, yo me dedico a observar los elegantísimos arcos que sostienen la cubierta del templo y la delicada decoración renacentista y barroca que ha sobrevivido a la furia iconoclasta de los marxistas y al celo pastoral de los curas postconciliares. 


Hay que reconocer que —pasado ese momento delirante— la misa sigue como de costumbre. No hay que lamentar víctimas y los jóvenes se muestran respetuosos y muy atentos. 


El párroco me invita a proclamar el evangelio. 

Me inclino ante el obispo —Iube Domine benedicere—suplicando su bendición. 

Después de proclamar el evangelio, llevo el Evangeliario ante el obispo para que lo bese. 


De la predicación del obispo recuerdo una anécdota que ha contado. Celebramos el DOMUND que cumple cien años. En estos cien años, la iglesia ha hecho un gran esfuerzo evangelizador que puede expresarse en números asina: 

Una nueva parroquia se ha erigido cada día en tierras de misión durante cien años: 36.500 nievas parroquias en tierras de misión. 

Tres nuevos colegios se han inaugurado cada día en tierras de misión durante cien años. Más de cien mil colegios en cien años. 


Después de la comunión vuelve a hacer acto de presencia el espíritu de la originalidad. Los jóvenes se abrazan y danzan al son de Tú, el único Rey. 

Lo peor no ha llegado. El obispo se sienta y empiezan a subir al presbiterio algunos jóvenes que van a dar sus testimonios. Pierdo la cuenta pero creo que son más de seis los que intervienen. Algunos lloran emocionados. Yo no consigo entender lo que dicen porque no vocalizan mucho, porque la megafonía no es la mejor del mundo y porque me estoy quedando sordo. 

Lo peor no ha llegado. Cuando terminan los testimonios interminables y e obispo da la bendición final, los jóvenes vuelven a invadir el presbiterio y, entre cantos, aplausos y bailes vuelven a envolver al obispo. 

Estoy escabulléndome disimuladamente cuando uno de los organizadores me invita —qué amable— a unirme a los danzantes. Yo, disimulando, le pregunto: «Dónde está el aseo, por favor». 


Pues nada, que me despido del obispo y del párroco y voy a la busca de mi Lamborghini. 

Por el camino charlo con una señora simpatiquísima que se presenta como Josefina y resulta ser la madre de don Eloy, el rector del seminario. Ya somos amigos. 


Vuelvo al palacio parroquial de Granja. Aún tengo que hablar con don Paco para aclarar lo de la lotería. Aún tengo que prepararme una cena ligera.