Granja de Rocamora
martes, 20 de octubre de 2026
Voy al taller para pagar la reparación del carro.
Tengo que subir por unas empinadísimas escaleras a uno de esos despachos maravillosos que son como una pecera colgada del techo del garaje. ¡Qué emoción!
Pago doscientos quince euros. Me perdonan doce centavos. ¡Qué amables!
De vuelta a Granja, paro en Hipeber para comprar una bombona de gas. Una vez allí aprovecho para comprar unas berenjenas de Almagro, coliflor y cebollitas en vinagre.
La cajera llama al individuo que va a darme la bombona de gas:
—¿Puedes darle a este hombre una bombona?
Y él, jovial:
—Puedo pero ¿quiero?
Pago treinta y ocho euros y diez centavos. Me dan la bombona.
Descargo el carro en el palacio parroquial y voy al despacho. Lo fumigo bien porque hay una plaga de mosquitos y me pongo a archivar facturas. Hago una transferencia a San Jorge, tiro bastantes papeles y veo que dos mujeres me observan desde la calle con una dulce y bondadosa expresión en sus labios y en sus ojos:
—¿Sabe usted que Dios tiene un nombre?— pregunta la mayor de las dos. Sin duda es española y da la impresión de que desea iniciar un diálogo de salvación.
—¡Oh, sí: YAHVEH!— digo abriendo mucho los ojos y pronunciando el Nombre Santo como en un susurro y aspirando mucho las aches.
—Su nombre es Jeovah y venimos a traerle un tratado — me corrige la más joven tendiéndome un papelito con un código QR.
—¡Jeovah no! ¡Jeovah no! ¡Elohim! ¡Adonai! ¡Jeovah no!— grito levantando y agitando los brazos como un profeta en trance y abriendo aún más los ojos. Y —bajando otra vez la voz, como en un susurro— empiezo a hablar de los masoretas y de la Virgen y San José y de los ángeles custodios y de san Pedro Apóstol y del Papa…
Pero ellas ya han huido calle arriba y las veo llamar a la puerta de una simpática familia mahometana.
Voy a la iglesia.
Rezo el ángelus ante el trono de la Virgen del Rosario.
Sexta.
Lectura del Evangelio de San Marcos.
Lectura de las Fundaciones.
Preparo el altar para la misa votiva de los ángeles y llamo a José y a Carmen. ¿Puedo llevarles la comunión a las cinco de la tarde? Sí, puedo, y están deseando que vaya.
A las cuatro y diez voy a la iglesia y me siento en la capilla del Santísimo.
A las cinco menos cuarto salgo con el Santísimo en el portaviático hacia la casa de José y Carmen.
Me abre su hija y, en seguida, me reciben José y Carmen con vivas muestras de alegría.
Tienen un patio que parece tropical: un naranjo, un limonero, miles de macetas y una papaya enorme.
Allí nos sentamos para charlar un poco. ¿Quieren comulgar? No desean en este mundo otra cosa.
Luego me regalan una botella de vino de La Romana envejecido en un barril que tienen ellos y me prometen que, en cuanto maduren las papayas me regalarán una.
Desde el patio se ven la cúpula de la parroquia y un cielo limpísimo.
Vuelvo a la parroquia considerando cuán fácil y amable es la vida del párroco de Granja. Paso por delante de la peluquería que está abierta y me asomo. El peluquero está afeitando a un ser humano:
—Buenas tardes. ¿Hay alguien en la cola?
—No, pase y siéntese.
—Voy un momento a la iglesia y vuelvo.
Dejo la botella de vino en un rincón de la iglesia. Reservo el Santísimo y vuelo a la peluquería.
Hay peluquerías en las que se habla y peluquerías en las que no se habla. En esta no se habla.
Entro y me siento para esperar mi turno.
Dos minutos después, el afeitado se levanta, paga y se va sin decir nada.
El peluquero me dice:
—Cuando quiera.
Me siento en el sillón de pelado.
—¿Qué le hago?
—Arréglelo un poco, por favor.
Unos minutos después:
—¿Qué le debo?
—Doce cincuenta.
—Aquí tiene, gracias.
—A usted.
Antes de salir me veo en el espejo. Me veo como un actor de cine, o como un pincel o algo así. Muy bien.
Aún tengo tiempo para pasar por casa Estefanía y para saludar a su marido que va al salón de acupuntura.
Aún tengo tiempo de ir a la farmacia. Allí reconozco una cara sonriente:
—¿Eres Lola?
Sí, es Lola. Hermana de don Venancio, esposa de Patrick y madre de Venancio Jr, el monaguillo de los domingos.
Aunque en mi receta figuran el metotrexato y el acfol, en el ordenador de la farmacia no salen.
Lola sugiere que podría ayudarme su prima Laura. Tomo nota.
Voy a la iglesia para preparar la misa y llevo la receta y mi carné de la SS por si viene Laura.
Laura no viene. Martín tampoco. Mari Carmen tampoco.
Me ayuda Antonio. Saludo a su hermana Antonia y a su cuñado Carmelo.
Misa votiva de los Ángeles porque es martes.
Después de misa tengo que atender a algunos suplicantes y a un penitente.
A las ocho llego —con media hora de retraso— a la Casa de Culturas porque hay una mesa redonda para hablar del Camino de la Cruz que va hasta Caravaca.
A las nueve y piquito llego al palacio parroquial silbando la melodía de ¿Quién teme al lobo feroz?