Granja de Rocamora
viernes, 16 de octubre de 2026
A las siete y media encuentro la iglesia abierta: están limpiando. Muy bien. Me refugio en la capilla del Santísimo.
Cargo en el maletero de mi Lamborghini todas las sillas plegables que caben y las llevo a los locales parroquiales.
Después de tratar inútilmente de hacer una transferencia en la banca en línea, voy al banco de carne y huesos.
A las once tengo que estar en el hospital universitario de Torrevieja para ver a mi reumatólogo o, mejor, para que me vea él. Como no quiero llegar tarde, me propongo salir a las diez. Como el hombre propone y Dios dispone, salgo a las diez y cuarto.
Llego a las once menos diez. A las once y diez sale mi número en la pantalla. Tengo que entrar en la consulta 3. ¡Qué emoción!
—Bueno —dice el doctor—, ¿cómo está?
—Pues —respondo— regular. A base de antiinflamatorios.
El doctor examina mis manos en silencio. Luego me pregunta que qué me duele. Le voy nombrando todos los huesos cuyo nombre me sé.
Decide darme un tratamiento de choque con corticoides y aumentarme la dosis de metotrexato. Además, me da el número de teléfono de la enfermera por si me da un ictus o algo así.
Luego nos despedimos y me instalo, otra vez, en la sala de espera porque he quedado con Joan allí a las once y media.
Joan llega a las once y veinte y salimos con su coche para la notaría. Joan va a hacer su testamento, yo a servirle de intérprete y a hacer el mío.
Tráfico lento, obras en Torrevieja, un aparcamiento lleno, otro cerrado… Cuando conseguimos aparcar son las doce, cuando caigo en la cuenta de que he olvidado mi DNI en el coche que está en el aparcamiento del hospital son las doce y y cinco y, cuando llegamos a la notaría, son las doce y diez. Vamos bien porque teníamos hora para las doce y media.
Cuando salimos de la notaría es la una y media. Hemos triunfado a pesar de ser yo, técnicamente, un indocumentado.
Joan no ha desayunado. Nos sentamos en el casino. Ella pide para desayunar una ensalada y un café con leche —tiene sentido— y yo un bocadillo de tortilla francesa. Todo sin carnes porque es viernes.
Joan dice que me echa de menos. Nunca sé que decir cuando alguien me dice eso. Por una parte me alegro porque es una cosa bonita. Pero tampoco me parece bien decir que me alegro o que gracias. No sé. Hago como que no la he oído y le doy un buen mordisco a mi bocadillo de tortilla.
También hablamos del novio de Laura. Joan me enseña algunas fotos. Es un inglés de unos dos metros de altura y muy ancho y sonriente. Joan va a viajar a Inglaterra para verlo en carne y huesos. Él tiene previsto venir en Navidad. Entonces podré tocarlo yo con mis propias manos.
También hablamos de Nick.
Luego me devuelve al hospital y nos despedimos. La primera parte del viaje a Granja va sobre ruedas: misterios dolorosos. En algún lugar —no sé dónde— me extravío.
La carretera discurre en paralelo a la vía del tren por un paraje desierto. Varias veces —dos—me anuncia el GPS que hay un puente para cruzar la vía y no. Cincuenta minutos después de salir de Torrevieja llego a Granja. El viaje —si uno no se pierde— no dura más de media hora.
De todas formas llego a tiempo para rezar un poco y para preparar el entierro de las cinco con ayuda de Mari Carmen.
Viene a concelebrar otro hijo del pueblo: don Antonio Rocamora. Tiene noventa y tres años. ¿Querrá presidir? No, no quiere.
Salimos a la puerta para recibir al difunto. Don Antonio me ruega que vayamos pasito y se agarra a mi brazo para no caer. Del mismo modo hacemos la procesión de entrada.
Terminada la homilía, don Antonio me pide permiso para decir unas palabras. Lo ayudo a subir a la sede y dice unas palabras muy cariñosas y estimulantes de la fe.
En el momento de la comunión se siente con fuerza para bajar al comulgatorio. Muy bien.
El difunto había formando parte de la banda municipal de Elche que ha venido al funeral. Muy bien.
Terminada la misa lo recojo todo y preparo la misa de la víspera del domingo.
Estoy en ello cuando llegan Ana y su sobrino de tres años. Vienen a recoger los libros de la catequesis porque tienen reunión con don Paco y con algunos padres.
Me ofrezco a ayudar con los libros porque pesan bastante. Los distribuyo en dos cajas y los llevamos a los locales.
Allí pregunto a don Paco que qué diablos le hicieron Aitor y él a mi ordenador porque me pide una clave misteriosa para arrancar. Don Paco pone cara de no saber de qué le hablo.
Voy a la farmacia y al supermercado de Estefanía. Me atiende Patrice que se llama así porque nació en Francia.
Vuelvo al palacio parroquial para leer, cenar frugalmente y escribir esto.
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