lunes, 26 de octubre de 2026

Diario. Sábado, 24 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 24 de octubre de 2026


Cuando fui a estrenar el lavaplatos me emocioné mucho. Luego comprobé que no funcionaba y ¡qué decepción!

Hoy estreno la secadora. Recuerdo la bienaventuranza que Chesterton dedica a «los que nada esperan, porque se llevarán una agradable sorpresa».  

Sin esperanza ni miedo —nec spe nec metu—estreno la secadora. Cuando se pone en marcha pospongo  parsimoniosamente la celebración recordando que fue Solón o alguien así  quien me dijo: μήπω μέγαν εἴπῃς πρὶν τελευτήσαντ᾽ ἴδῃς. Que se traduce asina: «no seas impaciente para elogiar, la parsimonia te enseñará a callar hasta el final». 


A eso de las diez y veinte me llama don Paco: que va a reunirse en Cox con los catequistas de las dos parroquias y que estoy invitado. 


A las doce salgo para Cox. 

El despacho parroquial está cerrado pero —a través de una ventana baja y abierta aunque velada por una cortina— oigo voces. 

Desde la calle introduzco mi mano derecha por la ventana para retirar la cortina pero mi mano va a parar a la cabeza de una muchacha que grita —¡ay, ay, ay, ay!— y que aún se asusta más cuando se da la vuelta y me ve pálido y susurrando: «Perdón, perdón». 

Don Paco me abre la puerta. Todos están muertos de risa excepto la de la cabeza tocada por mí. 

Con nobles palabras y con reverencias expreso mi pesar por haber metido la mano por la ventana, por haber causado alarma en una cabeza y  por haber interrumpido una reunión. 

Me ofrecen —qué amables— un asiento. 


La reunión acaba a las dos.  

Podría haber acabado a las cuatro o no haber acabado nunca si no fuera porque yo iba carraspeando de vez en cuando: «son las doce y media… es la una… es la una y media…». 

Nos despedimos. 

Algunos de los presentes tienen que salir para Valencia. Por fortuna han traído bocatas para el camino. Don Paco les da la bendición del viaje. 


Es el caso que, de don Paco, se podría decir lo que mi galante y enamorado padre decía de mi nobilísima madre: «no tiene ni idea de programación lineal». 

Cuando don Paco se encuentra bien con las personas —y siempre se encuentra bien con las personas—  se olvida de la tiranía del tiempo. En su agenda todo está atado y bien atado y programado linealmente pero, luego, su corazón —que va a otro ritmo— va siendo atrapado por una suplicante, por un penitente, por un bromista, por un alquimista… 


Como sabe que mi estómago es el único reloj al que hago caso, decide desagraviarme invitándome a comer a un sitio que se llama Frasquinín o algo así. 

El comedor ocupa casi lo que el aeropuerto de Barajas y está lleno pero nos hacen sitio unos camareros ubicuos. 

Apenas nos hemos sentado cuando ya la mesa cruje bajo el peso de un plato de pan de hogaza tostado, otro de tomate y ali-oli, otro de calamares a la romana, otro de jamón y quesos… 

No nos ha dado tiempo a bendecir la mesa cuando nos preguntan por la bebida que llega justo cuando acabo de decir: el Rey de la Gloria eterna nos haga partícipes de la mesa celestial. 

Nos levantamos para saludar a un sacerdote a quien yo no conozco. No revelo su nombre porque no le he pedido permiso para mencionarlo en mi diario y, si dijera que se llama don Eustaquio Mínguez del Alipori, podría buscarme un disgusto con la Inquisición:

    -Ha mencionado usted el nombre de un menor. 

    -Pero, oiga, si es un sacerdote de ochenta años.

    -Ahora ha revelado usted su edad su edad. 

    ¡Bendito sea Dios!


Comemos sin hablar de política y paga don Paco que podría denunciarme ante el tribunal de la Inquisición porque lo he mencionado aquí si el Nihil Obstat del amable obispo. ¡Qué cosas!


A las cinco me llama Paloma. Que habíamos quedado a las cinco pero que se van a retrasar un poco. 

Les contesto que no tengan prisa ni se preocupen porque había olvidado nuestra cita pero voy volando. 

Cuando llego los encuentro en la plaza con Martina, la dulce bebita a la que vamos a bautizar. 

La madrina no ha llegado porque ha tenido un esguince. El padrino no ha llegado porque no hay padrino. 

Cuando ya estamos todos empieza la reunión. La madrina tiene un esguince porque trabaja en el mercado y se resbaló. Por su manera de hablar puedo apostar mil dólares a que ha estudiado algo. Sí, tiene un máster en Derecho. Por su aplomo y elegancia sospecho que hay algo más: sí, está preparando unas oposiciones. 

No quiero seguir interrogando pero me da la impresión de que también ha hecho algún cursillo en la estoy. 

Cuando terminamos la charla es ruego que acepten un cambio en el programa. El bautimo estaba previsto para para el domingo a las doce. ¿Podría ser a las doce y cuarto? 

Me dicen que mucho mejor a las doce y cuarto. ¿Cabe mayor elegancia? Sí.

Llamo a don Paco. Mañana celebrará él la misa. No sabe que hay bautismo a las doce. Se lo digo. Me ruega que retrase el bautismo hasta las doce cuarenta y cinco. 

Llamo a los padres de Martina. Que hay un problema y que el bautismo no podrá ser hasta la una menos cuarto. Me dicen que qué buena noticia. ¿Cabe mayor elegancia? Si. 

Les explico que cada noche escribo mi diario y les pregunto que si les importa que mencionen mi encuentro con ellos. Responden que estarán encantados. ¿Cabe más elegancia?


Antes de la misa de siete, Pilar —pariente de Ángel— reza el rosario por Ángel. 

Me acerco a ella. ¿Puedo mencionarla en mi diario? Caro que sí. Quedamos en que iré a leerles el diario del día que estuve en su casa. Se monda. 


Al terminar la misa recuerdo a la congregación que esta noche hay que adelantar los relojes. Protestas. La asamblea se divide entre los partidarios de adelantar y los partidarios de atrasar. Para evitar un tumulto digo que cada uno haga lo que quiera con sus reloj y añado: «Podéis ir en paz». 


Entran en la sacristía María Dolores y José Ángel. Van a preparar el retrato de Rebeca Rocamora para la misa de mañana. 

María Dolores me da las gracias porque —dice— he celebrado Misa con misterio. Luego me explica qué diablos es eso de la misa con misterio. Por «misa con misterio» entiende misa católica, sin protagonismo del cura y sin payasadas: como Dios manda. 

    Me siento bendecido por María Dolores. Me hincho como un pavo y les explico lo de mi diario y les pregunto que si me denunciarán a la Inquisición en el caso de cuente mi encuentro on ellos. Y ellos: «Al contrario, será un honor«.

    Sacudimos nuestras manos y quedamos tan amigos. 


Voy a Hiperber. 

Oigo «La Murada» y miro a la muchacha que ha pronunciado el nombre de mi primera parroquia. 

Está detrás de un mostrador de quesos y me dice qué qué deseo. No le digo lo que deseo pero le pido —por favor— queso de cabra. 

Me ofrece uno verde que es con bífidus. 

Cuando le pregunto que qué es eso mira disimuladamente a un lado y a otro y luego, bajando mucho la voz y mirándome a los ojos susurra: pa cagar. 

Nos da la risa. 

—Se lo digo así para que me entienda— dice en plan pedagógico. 

—Pues, por favor, póngame del normal— sugiero. 

Me cuenta que mañana —si Dios quiere— irá al mercado de La Murada que es el único mercado que se se organiza en domingo.

Otra señora se monda oyéndonos y me pegunta que si conozco La Murada. Le explico que fue mi primera parroquia. La señora se llama Martina pero no por santa Martina sino por san Martín de Porres. Es de Benferri y conoce mucho don Paco Hernández que es el cura de la familia. Nos salen algunos conocidos comunes. Sacudimos nuestras manos. Ya somos amigos. Se va dejando un rastro de olor a chicle de menta. ¿Le importa que hable en mi diario de nuestro encuentro? ¡Qé va! 

    Y, tras el olor a chicle de menta, va resonando su risa. 


    Entonces vuelvo a la casa abadía para prepararme una cena ligera. 

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