Granja de Rocamora
martes, 27 de octubre de 2026
Me despierto convencido de que es lunes y mando un mensaje a don Paco porque hemos quedado para comer y pienso que quizá se le ha olvidado que le toca comer con su madre.
A las ocho, cuando voy a la iglesia y me dispongo a rezar el oficio divino, caigo en la cuenta de mi error y mando otro mensaje a don Paco: «hoy es martes».
Los del ayuntamiento están podando las moreras porque —aunque no lo parezca— estamos en otoño. Hablo con uno de los podadores y le pregunto cosas.
En mi plaza hay tres moreras, un árbol del amor —también llamado begonia pómez— y una jacaranada. Van a podarlos todos menos la jacaranda y una morera que no pueden podar porque hay dos coches aparcados a su sombra. Uno es el mío. Estoy retirándolo cuando me llama Pep. Son las 10:09. Habíamos quedado a las diez en la Taberna de la Cruz —me encanta el nombre— y yo lo había olvidado.
Llego a la Taberna deshaciéndome en excusas por mi retraso. Ana María y Pep —que ya se están zampando sus cafés— no dan muestras de irritación o de impaciencia. Pido un agua con gas y empezamos a charlar.
La Taberna de la Cruz ha cambiado de dueños pero no de aspecto. Es la primera vez que la visito. Me gusta.
Ana María y Pep empiezan a explicarme la programación de la Hermandad de la Santa Cruz para este año. La taberna se va llenando y los parroquianos hablan con voces recias. Pep sugiere que salgamos a la terraza y a Ana y a mí nos parece una idea excelente.
Salimos a la terraza y seguimos con nuestra amable charla. Al poco, seis varones fornidos ocupan la mesa de al lado y empiezan a hablar y a reír y a blasfemar de tal modo y manera que tiemblan las mesas, huyen los pájaros de la plaza y hasta Pep —caballero parsimoniosísimo y valenciano— se inmuta.
Me llama don Paco para preguntarme que dónde estoy.
—Estoy bautizando a unos mahometanos —miento.
Me dice que ha quedado con los de las alarmas y que viene para Granja.
Le digo que voy a preparar unos muslitos de pollo al chilindrón y que lo invito. Titubea un poco primero pero luego no titubea.
Comemos y bebemos en el palacio parroquial. ¿Qué bebe don Paco? Don Paco bebe agua. ¿Agua? Sí, agua. Y me trae a la memoria un recuerdo de agosto: la imagen del gorrioncillo que chapoteaba en el caz de una huerta.
Don Paco y yo nos despedimos. Voy a hacer la visita al Santísimo y a preparar la charla que —si Dios quiere— balbucearé esta noche.
Misa de siete.
A las ocho y media exposición. La capilla del Santísimo está está llena. Tengo que predicar. Veon que ha venido don Paco y titubeo un poco, pero luego no titubeo y predico.
Llega Martín justo a tiempo para el Tantum ergo con incienso y todo.
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Es usted muy amable. No lo olvide.