lunes, 5 de octubre de 2026
Granja de Rocamora
06:00
Suena el despertador.
08:00
Abro la iglesia.
08:30
Salgo para Cox.
09:00
Misa en el convento.
09:30
Empieza mi peregrinación en busca de un taller para mi Lamborghini.
En el primer taller hay un mecánico que está debajo de un coche y no puede atenderme.
En el segundo taller hay dos mecánicos que están trabajando en sendos coches y que no siquiera me saluda,
Decido ir al concesionario de SEAT en Orihuela. Un atento conserje me manda llevar el coche a la parte de atrás, que es donde están los talleres. En la parte de atrás, un atento jefe de taller me dice que si n¡o he pedido hora no pueden atenderme. Pido hora. Me dice que hasta el mes que viene no es posible porque solamente tienen un mecánico. Muy bien.
Vuelvo a casa. El teléfono no para de sonar.
Aparco el coche y en al puerta de casa me está esperando una señora que me pasa un teléfono. Oigo la voz de una amable joven que me comunica que ha muerto su querido abuelo y me pregunta si será posible hacer el entierro mañana a las cinco de la tarde en la parroquia. Le digo que sí, que celebraremos la misa por su abuelo con mucho cariño.
Subo a casa y suena el teléfono. Es Ana María: que me están buscando por todo el pueblo porque ha muerto una persona y no me encuentran. Le doy las gracias y le digo que todo está solucionado.
Suena el teléfono. Del obispado. Que me están buscando como locos por todo el pueblo y que no me encuentran y que hay un entierro. Le doy las gracias y les digo que todo está solucionado y que, por favor, no hagan mucho caso a las alarmas del tanatorio o de los deudos excitados por el tanatorio porque el entierro será, si Dios quiere, mañana a las 17.00 y ni el difunto ni sus dolientes tienen prisa.
Suena el timbre. Abro la puerta. Es la nieta del difunto que viene acompañada por —creo— su novio. Que en el tanatorio les dicen que no basta con que ella haya hablado conmigo. Que tengo que llamar yo para confirmarlo.
En primer lugar pregunto a la nieta que cómo se encuentra. Cuando me dice que está triste pero bien, le manifiesto mi estupor: ¿es posible que los del tanatorio la hayan obligado a venir a mi casa para decirme que necesitan confirmar la hora conmigo?
Le ruego que llame al tanatorio y que me pase el teléfono. Oigo la voz de una atenta empleada y —después de saludar amablemente— le explico la situación. Una feligresa me ha comunicado el fallecimiento de su abuelo y hemos concertado el funeral para mañana a las cinco en la parroquia. No puedo creer que —en vez de facilitarle las cosas— la hayan obligado a venir a buscarme para que yo les confirme la hora. La amable empleada —supongo que siguiendo instrucciones— toma la palabra:
—Pues sí, caballero, necesitamos su número de teléfono para hablar con usted.
Yo:
—Se lo voy a decir con toda la cordialidad y el cariño del mundo: ustedes no tienen que hablar conmigo ni antes, ni durante ni después del entierro para nada. Deben arreglar sus asuntos con sus clientes. Espero que, en adelante, quede claro que todo lo que se refiere a los funerales, lo trato directamente con los feligreses de mi parroquia y solamente con ellos. ¿Me ha entendido?
—Sí, Padre Javier— responde la amable operadora.
—Muy bien, pues muchas gracias.
Devuelvo el teléfono a la nieta del difunto y comenzamos a conversar distendidamente. Su novio —si es que es su novio— conviene que en que, con lo de los teléfonos y guasaps nos estamos volviendo locos y que si no conseguimos lo que queremos a la primera montamos un escándalo.
Les cuento mis aventuras de esta mañana buscando taller y se ríen mucho sobre todo con lo del concesionario de la SEAT.
En fin, a las once y media, nos despedimos. Eran las once y cuarto cuando convinimos por teléfono en que el funeral del abuelito sería mañana a cinco de la tarde.
Voy a la ermita. Trato de quitar la alarma pero no lo consigo. No importa.
Hay mercado —están retirando los puestos— y una señora se asoma y muestra gran contento cuando le digo que puede pasar.
Tomo nota. Sería buena idea abrir la ermita los días de mercado.
Tertulia en casa de Estefanía.
Como en la casa abadía.
Sé que se me olvidan cosas muy interesantes pero no se me olvida que Martín viene para ayudarme a misa de siete.
Tampoco se me olvida que, después de misa de siete, comento el soneto Un pastorcico solo y doy una breve catequesis sobre el rito de la paz que acaba cuando el sacerdote dice «La paz del Señor esté con vosotros» y la congregación responde «Y con tu espíritu».
Si alguien se pone nervioso y empieza a gritar «no, oiga, no, hay que decir “daos fraternalmente la paz”, conviene mirarlo con misericordia y —a solas— corregir su yerro si se deja,
Granja de Rocamora.
martes, 6 de octubre de 2026
Paso buena parte de la mañana en el despacho parroquial cumpliendo órdenes.
Necesito, urgentemente, una impresora.
A las once he quedado en la sacristía con Mari Carmen y con don Paco.
Llego a la iglesia a las diez y media. Mari Carmen ya está allí mirando fijamente al sagrario.
Don Paco llega a las once y don Paco.
Nos sentamos en tres sillas —cada uno en la suya— que he traído del garaje.
Mari Carmen y don Paco convienen en que las sillas están mejor en el garaje que apiladas en la nave. Me felicito.
Tratamos graves asuntos y nos despedimos a la una, casi.
Jesús, el de las camisas de palmeras, se ha aficionado a las estampas de la Virgen del Rosario y se las lleva en tacos de cincuenta. A veces me las pide y, a veces, se las lleva disimuladamente.
Como en la casa abadía.
A las cinco enterramos a Anastasio.
Luego tengo que ir al despacho parroquial.
Luego tengo que ir a la ermita donde me esperan Ana, Lourdes, Pep y otros.
Y, sin saber ni cómo ni nada, das las diez de la noche y tengo que decir: «hasta aquí».
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Es usted muy amable. No lo olvide.