sábado, 24 de octubre de 2026

Diario. Viernes, 23 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 23 de octubre de 2026

Son las siete menos cuarto cuando abro la puerta de la iglesia y salta la alarma. La apago. 

Abro la sacristía y el corazón me da un vuelco: 

—¿Quién anda ahí?

Nadie responde, pero algo se agita en la oscuridad. Enciendo la luz. Un gato se ha colado por la ventana y trata de escapar. Ha podido entrar forzando la malla que cubre las rejas pero le cuesta encontrar la salida. Recuerdo todas las historias que hablan de sacerdotes que han perdido la vida o los ojos por el ataque de un gato y me quedo paralizado. Cuando el gato consigue huir —probablemente a él también le han contado historias de gatos envenenados por un cura— cierro la ventana. 

Hay que abrir la puerta del garaje para que todo se ventile bien. Suena el teléfono. Son de la central de alarmas y me piden la contraseña:

—«Elefantes» —digo al azar. 

No acierto, pero, como ya me van conociendo, me creen cuando les explico que he sido yo quien —involuntariamente— ha hecho saltar la alarma y se muestran muy comprensivos cuando les cuento lo del gato.

Son las siete y ocho minutos cuando me siento ante el sagrario. Inmediatamente suena el teléfono. La culpa es mía porque no lo he apagado. Lo apago. ¿Y si es el Papa? Al Papa ya le he explicado que nunca contesto las llamadas que recibo cuando estoy ante el Rey de reyes. 

Media hora después, oficio de lectura y laudes con los himnos cantados en latín gracias a YouTube. 

A la ocho voy a la sacristía para preparar la misa del domingo.

En una elegante mesita:

  — El cáliz con su purificador, la cucharilla, la patena, la hostia grande, la palia, el velo y el corporal en su carpeta. Pero, oiga, si eso ya no se usa. ¿Cómo que no? ¡Claro que sí! Mire.

— La campanilla. 

— Las vinajeras. 

— El lavabo con su manutergio. ¿Lavabo? ¿No es usted un poco ritualista? Sí, mucho. (Todo esto pasa por mi mente y, para ahuyentarlo, empiezo a recitar las alabanzas de desagravio).


A las ocho y cuarto suena el teléfono. Son los de la central de alarmas. Que ha saltado la alarma del despacho parroquial. Me piden la contraseña. 

— «¡Oh tú que de venablos impedido!» —digo al azar recordando la dedicatoria de las Soledades al duque de Béjar. 

No acierto, claro, pero me conocen de sobra y me creen cuando les digo que soy el párroco, que estoy en la iglesia y que voy al despacho parroquial para interesarme por el fenómeno. También, que amables, se muestran muy empáticos cuando les ruego que si en media hora no tienen noticias mías, ofrezcan sufragios por mi alma y digan que mis últimas palabras fueron de perdón para mis enemigos. Creo que los dejo muy edificados. 


Estoy dirigiéndom                                                                                      e a la puerta de la iglesia cuando se abre la puerta de la iglesia, entra mi doña X y se lleva un susto al verme. Detrás de ella entra mi doña Y que no solamente no se asusta sino que me dirige un elocuente alegato que —en algunas partes— parece una bronca. Porque han ido —como siempre— a limpiar el despacho parroquial. Porque han puesto —como siempre— la tarjeta en el dispositivo de la alarma. Porque, en vez de desactivarse —como siempre— la alarma ha empezado a sonar. Y porque a ella le sabe mal despertar a todo el mundo y llamar la atención que es algo muy feo en personas honradas. 

Le digo que no solamente entiendo sus razones sino que estoy de su lado en la lucha. Ya somos amigos. 


Como mis doñas  X e Y van a limpiar la iglesia, me retiro al palacio parroquial porque tengo que poner lavadoras, y eso. 

Escribo a don Paco. Quedamos en que vendrá a recogerme a las doce menos cuarto para ir juntos al obispado. 


A las diez —cuando calculo que mis doñas han acabado de limpiar— vuelvo a la iglesia. 

Tercia. 

Hay que ordenar los bancos que han pasado por una toma de posesión, varios rosarios de la Aurora, una procesión y otras calamidades. 

Son cincuenta bancos y no hay uno en paralelo con otro. La Vía Sacra parece diseñada por Paletabis o por el urbanista de los acampados en Sol. 


Voy a la ermita para preparar la misa de la tarde y mando un mensaje a don Paco para que me recoja allí.  


Don Paco me recoge a eso de las doce menos cuarto y salimos para el obispado. Pregunto a don Paco si prefiere que hablemos de política o que recemos el rosario.  Prefiere el rosario. Misterios dolorosos. Terminamos de rezarlo llegando a Elche. 


Al llegar al obispado, don Paco pregunta por el Vicario General porque —dice— tenemos reunión con él. Muestro mi extrañeza porque tenemos reunión con don Miguel Ángel Cerezo. ¿Acaso él es el Vicario General? Resulta que sí, que desde hace meses es el Vicario General. Yo sin enterarme. Por si acaso me he perdido algo más, y por asegurarme, pregunto que si el obispo sigue siendo el mismo. Sí, el obispo no ha cambiado. 


La reunión prevista para las doce treinta empieza a la una. Tratamos graves asuntos de pastoral. 

Resulta que don Paco y yo somos las cabezas visibles de un experimento diocesano vanguardista conocido como Agrupación Parroquial Pastoral, o algo así. Cada uno es párroco en su parroquia —San Juan Bautista de Cox y San pedro Apóstol de Granja de Rocamora— y vicario parroquial de la otra. Se espera de nosotros que evitemos insultarnos en público y que cooperemos en todo. Por ejemplo, don Paco será el responsable —no único pero último— de la catequesis. Por ejemplo, yo seré responsable —no único pero sí último— de la liturgia y de la pastoral de enfermos. Esto es muy gracioso porque el Delegado Diocesano de la pastoral de la Salud es don Paco. 

También se espera de nosotros que trabajemos bajo la supervisión del Vicario General con quien nos reuniremos periódicamente.  

La reunión termina a las dos. Muy bien. 


He prometido a don Paco una comida en Juanín, Torrellano. Duarante la comida no hablamos de política. 


Después de comer volvemos a Granja y don Paco —qué amable— me pide permiso para poner la radio porque —dice— le gusta escuchar a Antonio Herrero que habla de política. 


Cuando llego al palacio parroquial encuentro un montón de cartas en el buzón. Me fijo en una —un paquete, a decir verdad— porque veo un nombre en el remite: «Enrique García-Máiquez». Lo abro sin controlar —seamos sinceros— mi impaciencia. Dentro hallo un tesoro: un libro preciosamente editado para mí por el editor y  dedicado a mí en los términos más cordiales por el autor. Abrumado y harto agradecido, escribo a don Enrique.


Granja de Rocamora

viernes, 23 de octubre de 2026


Son las siete menos cuarto cuando abro la puerta de la iglesia y salta la alarma. La apago. 

Abro la sacristía y el corazón me da un vuelco: 

—¿Quién anda ahí?

Nadie responde, pero algo se agita en la oscuridad. Enciendo la luz. Un gato se ha colado por la ventana y trata de escapar. Ha podido entrar forzando la malla que cubre las rejas pero le cuesta encontrar la salida. Recuerdo todas las historias que hablan de sacerdotes que han perdido la vida o los ojos por el ataque de un gato y me quedo paralizado. Cuando el gato consigue huir —probablemente a él también le han contado historias de gatos envenenados por un cura— cierro la ventana. 


Hay que abrir la puerta del garaje para que todo se ventile bien. Suena el teléfono. Son de la central de alarmas y me piden la contraseña:

—«Elefantes» —digo al azar. 

No acierto, pero, como ya me van conociendo, me creen cuando les explico que he sido yo quien —involuntariamente— ha hecho saltar la alarma y se muestran muy comprensivos cuando les cuento lo del gato.


Son las siete y ocho minutos cuando me siento ante el sagrario. Inmediatamente suena el teléfono. La culpa es mía porque no lo he apagado. Lo apago. ¿Y si es el Papa? Al Papa ya le he explicado que nunca contesto las llamadas que recibo cuando estoy ante el Rey de reyes. 


Media hora después, oficio de lectura y laudes con los himnos cantados en latín gracias a YouTube. 


A la ocho voy a la sacristía para preparar la misa del domingo.

En una elegante mesita:

  — El cáliz con su purificador, la cucharilla, la patena, la hostia grande, la palia, el velo y el corporal en su carpeta. Pero, oiga, si eso ya no se usa. ¿Cómo que no? ¡Claro que sí! Mire.

— La campanilla. 

— Las vinajeras. 

— El lavabo con su manutergio. ¿Lavabo? ¿No es usted un poco ritualista? Sí, mucho. (Todo esto pasa por mi mente y, para ahuyentarlo, empiezo a recitar las alabanzas de desagravio).


A las ocho y cuarto suena el teléfono. Son los de la central de alarmas. Que ha saltado la alarma del despacho parroquial. Me piden la contraseña. 

— «¡Oh tú que de venablos impedido!» —digo al azar recordando la dedicatoria de las Soledades al duque de Béjar. 

No acierto, claro, pero me conocen de sobra y me creen cuando les digo que soy el párroco, que estoy en la iglesia y que voy al despacho parroquial para interesarme por el fenómeno. También, que amables, se muestran muy empáticos cuando les ruego que si en media hora no tienen noticias mías, ofrezcan sufragios por mi alma y digan que mis últimas palabras fueron de perdón para mis enemigos. Creo que los dejo muy edificados. 


Estoy dirigiéndome a la puerta de la iglesia cuando se abre la puerta de la iglesia, entra mi doña X y se lleva un susto al verme. Detrás de ella entra mi doña Y que no solamente no se asusta sino que me dirige un elocuente alegato que —en algunas partes— parece una bronca. Porque han ido —como siempre— a limpiar el despacho parroquial. Porque han puesto —como siempre— la tarjeta en el dispositivo de la alarma. Porque, en vez de desactivarse —como siempre— la alarma ha empezado a sonar. Y porque a ella le sabe mal despertar a todo el mundo y llamar la atención que es algo muy feo en personas honradas. 

Le digo que no solamente entiendo sus razones sino que estoy de su lado en la lucha. Ya somos amigos. 


Como mis doñas  X e Y van a limpiar la iglesia, me retiro al palacio parroquial porque tengo que poner lavadoras, y eso. 

Escribo a don Paco. Quedamos en que vendrá a recogerme a las doce menos cuarto para ir juntos al obispado. 


A las diez —cuando calculo que mis doñas han acabado de limpiar— vuelvo a la iglesia. 

Tercia. 

Hay que ordenar los bancos que han pasado por una toma de posesión, varios rosarios de la Aurora, una procesión y otras calamidades. 

Son cincuenta bancos y no hay uno en paralelo con otro. La Vía Sacra parece diseñada por Paletabis o por el urbanista de los acampados en Sol. 


Voy a la ermita para preparar la misa de la tarde y mando un mensaje a don Paco para que me recoja allí.  


Don Paco me recoge a eso de las doce menos cuarto y salimos para el obispado. Pregunto a don Paco si prefiere que hablemos de política o que recemos el rosario.  Prefiere el rosario. Misterios dolorosos. Terminamos de rezarlo llegando a Elche. 


Al llegar al obispado, don Paco pregunta por el Vicario General porque —dice— tenemos reunión con él. Muestro mi extrañeza porque tenemos reunión con don Miguel Ángel Cerezo. ¿Acaso él es el Vicario General? Resulta que sí, que desde hace meses es el Vicario General. Yo sin enterarme. Por si acaso me he perdido algo más, y por asegurarme, pregunto que si el obispo sigue siendo el mismo. Sí, el obispo no ha cambiado. 


La reunión prevista para las doce treinta empieza a la una. Tratamos graves asuntos de pastoral. 

Resulta que don Paco y yo somos las cabezas visibles de un experimento diocesano vanguardista conocido como Agrupación Parroquial Pastoral, o algo así. Cada uno es párroco en su parroquia —San Juan Bautista de Cox y San pedro Apóstol de Granja de Rocamora— y vicario parroquial de la otra. Se espera de nosotros que evitemos insultarnos en público y que cooperemos en todo. Por ejemplo, don Paco será el responsable —no único pero último— de la catequesis. Por ejemplo, yo seré responsable —no único pero sí último— de la liturgia y de la pastoral de enfermos. Esto es muy gracioso porque el Delegado Diocesano de la pastoral de la Salud es don Paco. 

También se espera de nosotros que trabajemos bajo la supervisión del Vicario General con quien nos reuniremos periódicamente.  

La reunión termina a las dos. Muy bien. 


He prometido a don Paco una comida en Juanín, Torrellano. Duarante la comida no hablamos de política. 


Después de comer volvemos a Granja y don Paco —qué amable— me pide permiso para poner la radio porque —dice— le gusta escuchar a Antonio Herrero que habla de política. 


Cuando llego al palacio parroquial encuentro un montón de cartas en el buzón. Me fijo en una —un paquete, a decir verdad— porque veo un nombre en el remite: «Enrique García-Máiquez». Lo abro sin controlar —seamos sinceros— mi impaciencia. Dentro hallo un tesoro: un libro preciosamente editado para mí por el editor y  dedicado a mí en los términos más cordiales por el autor. Abrumado y harto agradecido, escribo a don Enrique.


A las seis voy a la ermita. Llega una penitente que pide confesión. A las seis y media empieza a congregarse la congregación y charlo con Laura y José Luis. Les hablo de mis problemas para conseguir acfol en la SS y ellos me dicen que leen a diario mi diario y que suelen sonreír y que se ríen cuando hablo de Martín, su hijo. Laura me explica cómo debo proceder para conseguir el acfol. Creo que es más fácil conseguir marihuana. 


Predicación sobre san Juan de Capistrano. A terminar la misa ruego a la Congregación que me preste atención. Me la regalan. Les explico que, antes de irme a la camita, suelo escribir un diario inocente contando lo que me ha pasado durante el día y les ruego que si alguien no desea que lo mencione, por favor, me lo haga saber. Todos sonríen y la abuela de Martín me dice que la gente tendría que pagar para salir en mis diarios. Tomo nota. 


Voy a la parroquia para cerrar. Estoy en ello cuando entra una pareja de dos. Vienen a rezar. Les digo que pasen, que son bienvenidos. Tienen acento americano, hablamos. Se llaman John e Ingrid y son de Cali (Colombia). Les aseguro que no iba a cerrar, que estaba esperándolos. Sonríen y entran y se ponen de rodillas. Antes de irse me cuentan más cosas y prometen que vendrán el domingo para encargar una misa por sus difuntos. Ya somos amigos. 

Aún me aguarda otra alegría hoy. Blanca y Enrique anuncian que —si Dios quiere—, en abril nacerá su tercer churumbel. Será mi sobrino nieto número 50. ¡Bendito sea Dios!

Predicación sobre san Juan de Capistrano. A terminar la misa ruego a la Congregación que me preste atención. Me la regalan. Les explico que, antes de irme a la camita, suelo escribir un diario inocente contando lo que me ha pasado durante el día y les ruego que si alguien no desea que lo mencione, por favor, me lo haga saber. Todos sonríen y la abuela de Martín me dice que la gente tendría que pagar para salir en mis diarios. Tomo nota. 

Voy a la parroquia para cerrar. Estoy en ello cuando entra una pareja de dos. Vienen a rezar. Les digo que pasen, que son bienvenidos. Tienen acento americano, hablamos. Se llaman John e Ingrid y son de Cali (Colombia). Les aseguro que no iba a cerrar, que estaba esperándolos. Sonríen y entran y se ponen de rodillas. Antes de irse me cuentan más cosas y prometen que vendrán el domingo para encargar una misa por sus difuntos. Ya somos amigos. 

Aún me aguarda otra alegría hoy. Blanca y Enrique anuncian que —si Dios quiere—, en abril nacerá su tercer churumbel. Será mi sobrino nieto número 50. ¡Bendito sea Dios!

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