Granja de Rocamora
domingo, 18 de octubre de 2026
Llueve durante toda la noche.
Abro la iglesia a las nueve. A las diez llega Horacio y a las diez y media José Luis y Martín.
Mientras José Luis dirige el rezo del rosario, Martin limpia las pilas de agua bendita.
Varias veces resuelvo sentarme en el confesonario pero siempre hay algo que lo impide.
A las once menos cuarto se nos une Venancio Jr. Hoy dos monaguillos. Uno llevará la Cruz y el otro el incensario. Muy solemne.
Veo una cara conocida. ¿No es ese el señor que me atendió ayer en la gasolinera de Josefina?
Empieza en punto la misa de once. No ha venido el coro. Cantamos a coro sin coro.
Hoy comienza la catequesis y la iglesia está llena. En la homilía hago algunas preguntas dificilísimas a los niños que están más cerca y explico el significado de la palabra «hipócrita».
Cuando llega el momento de la comunión veo que se acercan Ana Isabel, Wilder, Camila y su abuela. Muy bien.
Al final salgo a la puerta para despedir a la congregación y repartir sobres para el DOMUND.
—¿No os vimos ayer en la gasolinera? —pregunto al señor de la cara conocida.
—Sí, —contesta— tiene usted buena memoria.
A continuación hay un bautizo. Va a hacerlo un sacerdote de Murcia, don Manuel, hartísimo siervo de Dios. Venancio Jr es ahijado suyo y se ofrece a prepararlo todo mientras yo voy a abrir los salones parroquiales para la catequesis.
Mientras los niños están en catequesis, los padres de los más pequeños tienen una charla con Laura y Jose Luis. Lleno total
Voy al palacio parroquial con Ana Isabel, Wilder, Cristina y Camila. Han traído un gran salmón y me lo regalan. Tengo que trocearlo para congelarlo e ir descongelando cada porción cuando me la vaya a zampar. Muy bien.
Nos preparamos un aperitivo con queso gouda y pan de cristal de casa Estefanía.
Cuando don Manuel me llama para decirme que el bautizo ha terminado, vamos a cerrar la iglesia.
…
El bollo de la lotería.
En la reunión del consejo de economía se habló de la lotería de Navidad. ¿Quién se encargaría de ello? Al parecer, la persona que se ocupó otros años no podía seguir haciéndolo. ¿A quién se le podía pedir?
Después de harta deliberación salió un nombre: Primitivo.
Ayer por la tarde, Primitivo y Guadalupe entraron en la sacristía antes de la misa. Primitivo se presentó —ser humano cordial y sonriente donde los haya— y me dijo que, en vez de vender lotería de Navidad, era partidario de hacer una rifa.
Mientras Primitivo hablaba, Guadalupe sonreía. En realidad, Guadalupe vive sonriendo. Yo entendí que su sonrisa era asentimiento y quedé convencido de que este año no habría lotería de Navidad sino rifa.
Hoy, después de misa, mientras me quitaba los ornamentos Mari Carmen me ha preguntado por la lotería.
—Creo —le he respondido— que este año no habrá lotería sino rifa.
Luego le he explicado la idea de Primitivo.
Se ve que Mari Carmen se lo ha dicho a Domingo y él ha entrado en la sacristía algo agitado y me ha dicho que la lotería ya se ha encargado y que no se puede devolver sin penalización.
Yo, que odio las penalizaciones, le he dicho que hablaría con don Paco.
Cuando don Manuel me ha llamado para decirme que el bautizo había terminado, he ido a cerrar la iglesia.
Estaba yo apagando luces cuando ha aparecido Guadalupe sonriente y radiante como siempre. A Guadalupe le habían dicho que el cura no quiere lotería este año y venía a explicarme que es su nuera la que ha encargado la lotería y que tiene un disgusto grande porque no puede devolverla.
Estaba yo aclarando a Guadalupe que el cura sí quiere lotería pero que Primitivo no puede ocuparse de la venta cuando ha llegado la nuera de Guadalupe muy afligida, la pobre. Se llama Nieves.
Después de aclarar a Nieves que el cura sí quiere lotería siempre y cuando no tenga que venderla él, Nieves y yo hemos sacudido nuestras manos.
Ya somos amigos.
…
Me he divertido harto con el bollo de la lotería. Retomo el hilo.
Cierro la iglesia y vamos a comer a Il Popolo.
Casi no hablamos de política. Ana Isabel me pregunta que a quién voy a votar y le contesto que ravioli gigante de rabo de toro. Ella dice que, si pudiera votar, votaría a Alvise. Luego pide ravioli gigante de rabo de toro y su madre se apunta al mismo plato. Los tres coincidimos en que ha sido una gran elección.
Nos despedimos a eso de las tres y cuarto y voy a la iglesia para hacer la visita al Santísimo. Luego, aprovechando el silencio y la soledad, me siento para mirar fijamente al sagrario.
Hay que hacer ejercicio. Salgo a pasear con los misterios gloriosos.
Vuelvo al palacio parroquial y me siento en mi sillón rojo de leer cómodamente.
Termino la lectura de La familia de Pascual Duarte. Me parece una novela españolísima y genial y me alegro de haberla leído ahora y no cuando estudiaba literaturas en el cole.
Tengo que concelebrar en la iglesia arciprestal de Callosa a las siete de la tarde. Tengo que hacerlo porque es la clausura de Bartimeo y hay dos chicas de Cox y una de Granja que han ido al retiro.
Según mi GPS, el trayecto desde el palacio parroquial hasta la iglesia arciprestal de San Martín de Callosa, se puede hacer diez minutos.
Salgo del palacio a las seis —con una hora de antelación— y voy a la sacristía para recoger un alba, un cíngulo y una estola verde.
De camino hacia Callosa me detengo en una estación de Repsol para preguntar si puedo cambiar una bombona de gas de CAMPSA por una de Repsol. No puedo.
Ya en Callosa, hay que aparcar.
Después de aparcar hay que caminar hasta la iglesia entre gigantes plátanos y eucaliptos.
Cuando llego a la iglesia son las siete menos cuarto.
¡Qué iglesia! ¡Qué belleza! Cierto que está pidiendo a gritos una restauración y que —mientras se encuentran los millones necesarios— le vendría muy una piadosa mano que quitase el polvo, los manteles, las macetas y los ninots expuestos a la veneración del pueblo fiel.
Lo que yo no esperaba —encontrar allí al obispo— ocurre en la sacristía.
El amable párroco me da un cordialísima bienvenida y —después de agradecerla— saludo al obispo vasco y risueño.
Ahora hay que reunirse con los jóvenes que han hecho el retiro de Bartimeo. Son cuarenta y tantos y están de un humor excelente.
Una joven me saluda y, al ver que no la reconozco, se presenta: soy Claudia, de Thader. ¡Qué amable!
La misa va a empezar.
¿Con una solemne procesión de entrada? No, con una carrera de San Fermín.
Los jóvenes bartimeos echan a correr por la vía sacra. Don José Ignacio, advirtiendo mi palidez, me tranquiliza: «Javier, nosotros a nuestro ritmo».
Cuando llegamos ante el altar, el presbiterio ya ha sido ocupado por una multitud que baila al son de una música horrorosa.
Como encabezo la procesión del clero y no sé qué hacer, me vuelvo hacia el amable párroco justo a tiempo para ver cómo invita al obispo a unirse a los danzantes.
No me importa reconocerlo: soy cobarde. Abandono al obispo a su suerte y me escaqueo.
Mientras el obispo danza con los chicos, yo me dedico a observar los elegantísimos arcos que sostienen la cubierta del templo y la delicada decoración renacentista y barroca que ha sobrevivido a la furia iconoclasta de los marxistas y al celo pastoral de los curas postconciliares.
Hay que reconocer que —pasado ese momento delirante— la misa sigue como de costumbre. No hay que lamentar víctimas y los jóvenes se muestran respetuosos y muy atentos.
El párroco me invita a proclamar el evangelio.
Me inclino ante el obispo —Iube Domine benedicere—suplicando su bendición.
Después de proclamar el evangelio, llevo el Evangeliario ante el obispo para que lo bese.
De la predicación del obispo recuerdo una anécdota que ha contado. Celebramos el DOMUND que cumple cien años. En estos cien años, la iglesia ha hecho un gran esfuerzo evangelizador que puede expresarse en números asina:
Una nueva parroquia se ha erigido cada día en tierras de misión durante cien años: 36.500 nievas parroquias en tierras de misión.
Tres nuevos colegios se han inaugurado cada día en tierras de misión durante cien años. Más de cien mil colegios en cien años.
Después de la comunión vuelve a hacer acto de presencia el espíritu de la originalidad. Los jóvenes se abrazan y danzan al son de Tú, el único Rey.
Lo peor no ha llegado. El obispo se sienta y empiezan a subir al presbiterio algunos jóvenes que van a dar sus testimonios. Pierdo la cuenta pero creo que son más de seis los que intervienen. Algunos lloran emocionados. Yo no consigo entender lo que dicen porque no vocalizan mucho, porque la megafonía no es la mejor del mundo y porque me estoy quedando sordo.
Lo peor no ha llegado. Cuando terminan los testimonios interminables y e obispo da la bendición final, los jóvenes vuelven a invadir el presbiterio y, entre cantos, aplausos y bailes vuelven a envolver al obispo.
Estoy escabulléndome disimuladamente cuando uno de los organizadores me invita —qué amable— a unirme a los danzantes. Yo, disimulando, le pregunto: «Dónde está el aseo, por favor».
Pues nada, que me despido del obispo y del párroco y voy a la busca de mi Lamborghini.
Por el camino charlo con una señora simpatiquísima que se presenta como Josefina y resulta ser la madre de don Eloy, el rector del seminario. Ya somos amigos.
Vuelvo al palacio parroquial de Granja. Aún tengo que hablar con don Paco para aclarar lo de la lotería. Aún tengo que prepararme una cena ligera.
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Es usted muy amable. No lo olvide.