martes, 13 de octubre de 2026

Diario. Martes, 13 de octubre de 2026

Granja de Rocamora

martes, 13 de octubre de 2026


6:57

Mensaje de Matt: «He llegado al airopuerto bien, pasado seguridad sin problema ninguno, y ahora estoy en el avión. Puertas cerradas, listos para salir». 

Encomiendo a Matt y su viaje. 


Salgo de La Torre a las siete y media. Dentro de media hora tengo que estar en el taller «El Rubio» de Cox. 

Paro en el área de servicio de Elche para expulsar de mi Lamborghini a una polilla que revolotea a mi alrededor poniéndome en peligro de naufragar. 

Llego a Cox las ocho y diez. El taller está abierto pero el jefe no ha llegado. Saludo a otra clienta —musulmana— que me devuelve, con el saludo, una encantadora sonrisa. También la encargada me sonríe y, cuando no encuentra mi nombre en la lista de los que han pedido hora, me tranquiliza: «No se preocupe, a veces pasa que a alguien se le olvida apuntar las citas». Esas palabras hacen que me sienta como en casa. 

Justo entonces llega un ser humano que tiene todo el aspecto de ser el jefe. Enérgico, pero también sonriente, me pregunta que qué le pasa a mi coche. Luego ordena a la encargada que se encargue de mí y la encargada cumple su misión eficientísimamente. 

Ahora me toca caminar hasta Granja. Cuando llego a la iglesia, son las nueve menos cuarto y ya he dado casi tres mil pasos. Muy bien. 


Abro la iglesia y me siento para mirar fijamente al sagrario. 

Media hora después voy a la ermita. Tengo que llevar allí algunas cosas. Por el camino leo un mensaje de Matt:«9:33 Touchdown». El vuelo a Birmingham ha durado dos horas y media. 

Me quedo en la ermita para rezar el oficio de lectura y laudes. Ni un alma en la plaza, ni un alma en la ermita. 


Vuelvo a la iglesia para preparar la misa de la tarde. De paso leo un mensaje de Matt que dice: «11:07. I’m Home. Safe and sound«. Ha llegado a Coventry. Muy bien. 


El supermercado de Estefanía está muy animado. En la caja encuentro en a don Estanislao. Charlamos brevemente. Resulta —y ahora me entero— que vive en Granja cuidando de su madre. Es párroco de San Cayetano de Crevillente. 


Encarna me recuerda que esta tarde tenemos retiro en la parroquia. Bendigo a Dios y a Encarna por el amable recordatorio porque lo había olvidado. Me pongo a preparar el retiro. Como Encarna —qué amable— se encarga de preparar la lectura y el examen de conciencia, solamente tengo que preparar una meditación de unos treinta minutos. 


María me manda un mensaje de voz y me anuncia la llegada de un Vía Crucis que estaba en san Fermín de los Navarros y de un leccionario que estaba en La Torre y que ella ha restaurado. ¡Qué amable!


Don Paco me recuerda que tengo que llamar al cerrajero. Llamo al cerrajero y quedamos a las cuatro en el despacho parroquial. 


Saco del congelador dos albóndigas que le compré a Estefanía la semana pasada, rezo sexta y voy al despacho para dejar allí el expediente matrimonial de la boda de antier. 


En una cazuela sofrío cebolla, ajo, pimientos y la salsa boloñesa que sobró de los espaguetis de antaño. En una sartén preparo arroz blanco con caldo de carne. 

Cuando la cazuela está contenta, añado una salchicha de Novelda y —todo salpimentado— lo remuevo sin pesares. 

El olfato me dice cuándo hay que poner las albóndigas en la cazuela y cubrirlas con el mismo caldo de carne que he usado para el arroz y añadir el arroz para que acabe de hacerse con el mejunje. 

Apago el fuego y, mientras se enfría la cosa en sí, friego la sartén, pongo la mesa y me preparo un aperitivo a base de queso  —comprado en Estefanía— y Beronia —regalo de mi prima—. 

Antes de comer bendigo los alimentos en latín y después doy gracias en latín y recojo la cocina en español. 


Voy a la iglesia para rezar los misterios dolorosos. 


Voy al despacho para hacer algunas cosas mientras espero al cerrajero. 

Un suplicante —Reinaldo— pide fecha para bautizar a dos bebés. 


El cerrajero es un ser humano maravilloso y un excelente profesional. Hace muy bien su trabajo, explica muy bien lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, me cuenta que su suegro se llamaba igual que el párroco de Cox y me cobra las piezas que ha cambiado pero no el desplazamiento ni la mano de obra. Ya somos amigos. 


Llamo a Laura. No puede venir ahora, pero puede venir en media hora. 

Media hora después llega Laura para anotar en los libros parroquiales una partida de defunción, una de matrimonio y una nota marginal. ¡Qué amable!

Respondo a un mensaje de AVP. Quiere saber si soy feliz en Granja. Le mando unas fotos del pueblo. 


A las cinco y media me siento en el confesonario. Cuatro penitentes. Mu bien. 

A las seis empiezo la predicación de media hora. La capilla del Santísimo está llena y encendemos el aire acondicionado. 


A las seis y media vuelvo al confesonario. Seis penitentes. Muy bien. 

A las siete menos cinco corro a la sacristía. ¿Habrá venido Mari Carmen? Mari Carmen no ha venido, pero ha venido Antonio y todo está preparado. 


A las siete y dos minutos —con dos minutos de retraso— empieza la misa de siete. 


Terminada la misa, mientras me quito los ornamentos y atiendo a unos visitantes y a unos suplicantes, Antonio lo recoge todo. 

Marilén y Jesús se quedan retirando flores viejas y manchas de cera. Marilén me cuenta que se llama María Elena pero que creció en Francia y que por eso la llaman Marilén. También me cuenta que vive en un barrio llamado «París» porque los vecinos de allí trabajaron en la capital francesa. Rezo completas y me despido de Jesús y de Marilén. 


Mientras preparo una cena ligera y escribo esto, recibo algunas llamadas de suplicantes y de amigos. Armin, por ejemplo, me recuerda que mañana comemos en su casa y que tengo que levar a doña Nati. 


Son las 22:03 cuando agradezco al cura de Callosa su invitación para la misa de clausura del retiro de Bartimeo el domingo a las siete. 

Son las 22:05 cuando leo un mensaje de Fátima que anuncia que Jesús Z hablará en COPE a las 22:30. 

Por nada del mundo querría perdérmelo.

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