jueves, 30 de abril de 2020

Parroquia en estado de alarma (14)

jueves, 30 de abril de 2020
San Pío V

A las 12:35 me uno al retiro sacerdotal por Skype. 

A las cuatro menos cuarto me llama Mari Mar. Su marido ha dado positivo en la prueba del COVID-19. Ella ha dado negativo. Charlamos largamente. 

A las siete envío por WhattsApp la homilía de hoy y otro capítulo de las catequizis de Juana Manuel Cotelo que están teniendo un gran éxito. Trece minutos después, recibo un mensaje de Mariano: «Padre ¡qué breve la homilía de hoy! Y me ha mandado la catequizis 19 cuando ya íbamos por la 20. ¿Se encuentra bien?». Envío la catequizis 21. Avisan desde el obispado: alguien ha perpetrado un robo informático en la cuenta de una parroquia. 

Capítulo octavo y hora octava de La luz del sol
Pasamos de la luz furiosa a la luz generosa. «El día se serena, no en vano es la hora de la siesta». 
La tarde empieza a ser, em las cosas, divina. (JRJ citado por Galmés)

En Fracasología encuentro este sitio www.ibarrareal.com desde donde, al parecer, uno puede instalar letrería o tipografía española en su procesador de textos. Habrá que probarlo. 
Y otro fraile para la historia de la ciencia: fray Agustín Frafán fue el primero en proporcionar un remedio para prevenir el escorbuto. (p. 151)

El mundo de ayer
«…saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor». (p.447)
Dejo a Stefan Zweig celebrando su quincuagésimo aniversario, en un día de noviembre de 1931 (p. 451)

Las voces del eco (p. 51)
¿Qué me importa a mí que tengas
o que no tengas razón
si lo que tú no has tenido
ni tienes es corazón?
(José Bergamín)

Nueve y media: felicito a don José Manuel Rico por su quincuagésimo quinto cumpleaños. 

Cuadragésima segunda homilía en una iglesia vacía

jueves, 30 de abril de 2020
Jueves de la III semana de Pascua

«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado».

Todos recordamos esa imagen impresionante del 27 de marzo pasado.  La Plaza de San Pedro vacía con el Papa adorando en silencio a Jesús sacramentado. 
La presencia real de Cristo en la Eucaristía no termina cuando acaba la Misa. El sacerdote despide a los fieles diciendo «podéis ir en paz» pero en el sagrario queda reservada la Eucaristía para llevarla a los enfermos y para la adoración silenciosa.

Al entrar en la iglesia el turista va, con los ojos muy abiertos, buscando curiosidades para ver. El cristiano, incluso si está haciendo turismo, busca en la iglesia a Cristo para adorarlo y lo hace atraído por el Padre hacia ese misterio de fe. 

«Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaeramente bajo estas apariencias». 

Santa María, enséñanos a tratar bien a Jesús sacramentado. 


2020 April 30th, Thursday
Thursday of the third week of Easter

"No one can come to me unless the Father who sent me draws them."

We all remember that stunning image from last March 27th. An empty St. Peter's Square with the Pope silently adoring Jesus in the sacrament.

The real presence of Christ in the Eucharist does not end when the Mass ends. The priest dismisses the faithful saying "go in peace" but in the tabernacle the Eucharist is reserved to take it to the sick and for silent adoration.

Upon entering the church the tourist goes, with his eyes wide open, looking for curiosities to see. The Christian, even if he is sightseeing, searches the church for Christ to adore Him and he does it drawn by the Father to that mystery of faith.

“I devoutly adore you, hidden deity, truly present beneath this appearance."

Holy Mary, teach us to treat Jesus in the sacrament well.

miércoles, 29 de abril de 2020

Cuadragésima primera homilía en una iglesia vacía

miércoles, 29 de abril de 2020
Santa Catalina de Siena (*)

«Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Una de las siete peticiones del Padre Nuestro es esta: «hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». 

En el discurso del Pan de Vida Jesús nos revela cuál es la Voluntad de Dios con respecto a Él y cuál es la voluntad de Dios con respecto a nosotros. 
Lo que Dios quiere de Él es que nos salve. Él ha venido al mundo no para acabar con las guerras o con el hambre sino para darnos Vida Eterna. Por eso mismo se econde cuando lo buscan para hacerlo rey. No quieren someterse a Él por la fe sino someterlo a Él al programa político y mundano que ellos han imaginado. 

Lo que Dios quiere de nosotros es que creamos en Él y que así alcancemos vida eterna. 

Unos vieron al Hijo del Hombre y creyeron. ¿Tuvieron más suerte que nosotros que no lo hemos visto? El mismo Jesús le dijo a Tomas: «Dichosos los que crean sin haber visto». Y san Pedro felicitará a los primeros cristianos  que no habían visto a Cristo y lo amaban, creían en Él y se regocijaban. 

Lo que da la vida eterna no es el amor humano, ni la solidaridad ni los gestos de paz sino la fe en Cristo. Con ella se nos darán la esperanza y la caridad.

¿No hemos dicho todos alguna vez «lo siento, no puedo perdonar a esta persona» o «esto que Dios me pide es imposible»? Al menos yo sí lo he dicho y lo digo a veces. Lo digo cada vez que intento vivir apoyándome en mis fuerzas. Quiero ser bueno haciendo mis obras buenas. Y, además, todos me animan a hacer actos de caridad, que están muy bien. Pero mi amor tiene un límite. También eso lo digo muchas veces: «mi paciencia tiene un límite». 

Otras veces decimos: «¿Cómo es posible que esa persona haya cometido ese crimen horrible? Yo eso no lo haría nunca». Y otra vez, como san Pedro, estamos confiando demasiado en nosotros mismos. 

San Josemaría, que se conocía a sí mismo, decía: «Soy capaz de todos los errores y de todos los horrores». En cambio yo, como san Pedro, presumo: «Eso yo no lo haré nunca». Luego caigo y recuerdo la advertencia de san Pablo: «El que piense estar firme, mire no caer». 

¿Cómo es posible que haya caído tan bajo? Es que Dios me está haciendo ver hasta dónde puedo llegar con mis fuerzas. Cuando ya sé que mis fuerzas son muy limitadas viene Él a ofrecerme Vida eterna. No me dice «esfuérzate más» sino cree en Mí.

Por eso, si alguien me dice que a estas horas del día ha salvado a mil focas del Ártico, ha repartido un millón de dólares en limosnas y ha rescatado a cien cautivos temeré que lo pierdan su vanidad y su confianza en sí mismo. Pero si alguien me dice que esta mañana ha reconocido sus miserias delante de Dios y, haciendo un acto de fe, ha orado diciendo «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío, no en mis fuerzas porque tu amor y tu paciencia no tienen límites», pensaré que ese es un cristiano de verdad y aprenderé de él una lección de humildad y de fe. 

¿Cuántos actos de fe he hecho hoy? Creo, Señor, pero aumenta mi fe.

Santa María, ruega por nosotros. 

(*) Esta mañana se me ha olvidado cambiar el leccionario de la ferias de Pascua por el de la fiesta de Santa Catalina de Siena. Hemos proclamado las lecturas de la feria. El evangelio que aquí se comenta es el del miércoles de la III semana de Pascua. ¡Viva Santa Catalina!

...

2020 April 29, Wednesday
Saint Catherine of Siena (*)

"This is the will of Him who sent me, that I shall lose none of all those He has given me, but raise them up at the last day. For my Father’s will is that everyone who looks to the Son and believes in Him shall have eternal life, and I will raise them up on the last day. ”

One of the seven requests of the Our Father is this, "Thy will be done on earth as it is in heaven."

In the Bread of Life speech, Jesus reveals to us what the Will of God is with respect to Him and what the will of God is with respect to us.

What God wants from Him is to save us. He has come into the world not to end wars or hunger but to give us eternal life. That is why He hides when they look for Him to make Him king. They do not want to submit to Him by the faith but to submit Him to the worldly and political program they have imagined.

What God wants from us is that we believe in Him and thus achieve eternal life. "For my Father’s will is that everyone who looks to the Son and believes in Him shall have eternal life, and I will raise them up on the last day.”

Some saw the Son of Man and believed. Were they luckier than us who haven't seen Him? Jesus Himself said to Thomas, "Happy are those who believe without having seen." Saint Peter will congratulate the first Christians who had not seen Christ and loved him, believed in him and rejoiced. We can't see Him, but we can look at Him with faith.

What gives eternal life is not human love, nor solidarity nor gestures of peace, but faith in Christ. With faith will be given hope and charity.

Have we not all once said "I'm sorry, I can't forgive this person?” Or "What God asks of me is impossible"? At least I have said it and I say it sometimes. I say it every time I try to live leaning on my strength. I want to be good at doing my good deeds. Besides, everyone encourages me to do acts of charity, which are very good things. But my love has a limit. I also say that many times: "My patience has a limit."

Other times we say, "How could that person have committed that horrible crime? I would never do that ». Again, like Saint Peter, we are trusting ourselves too much.

Saint Josemaría, who knew himself, said, "I am capable of all errors and all horrors." Instead I, like Saint Peter, presume, "I will never do that." Then I fall and remember Saint Paul's warning: "He who thinks he is firm, watch that he does not fall."

How could I have fallen so low? It is that God is making me see the limits of my strength. When I know that my strength is very limited, He comes to offer me eternal Life. He does not say to me “try harder" but "believe in Me".

If someone tells me that at this time of the day he has saved a thousand seals from the Arctic, distributed a million dollars in alms and rescued a hundred captives, I will fear that he will lose his soul because of his vanity and his self-confidence. But if someone tells me that this morning he has recognised his miseries before God and, making an act of faith, he has prayed saying "Sacred Heart of Jesus, I trust in You, not in my strength because Your love and Your patience have no limits" I will think that this is a true Christian and I will learn from him a lesson in humility and faith.

How many acts of faith have I done today? I believe, Lord, but increase my faith.

Holy Mary, pray for us.

(*) This morning I forgot to change the lectionary of the Easter fairs for that of the feast of Saint Catherine of Siena. We have proclaimed the readings of the fair. The gospel commented here is that of the Wednesday of the third week of Easter. Long live Saint Catherine!

martes, 28 de abril de 2020

Parroquia en estado de alarma (12)

martes, 28 de abril de 2020

Sitting in the sun under the dove.
(Romeo y Julieta, Shakespeare)
17:00
Estoy en el campanario. Barriendo la escalera, por más señas. Abro la puerta y Teresa —que está del otro lado tratando de poner orden en las bolsas de ropa que han traído para Cáritas— se pega un susto. 
Repuesta del susto me anuncia que, en la puerta de la iglesia, me espera un sacerdote. 
Me asomo a la puerta y me encuentro con un amigo enmascarado. Diácono es, no sacerdote. Charlamos largamente. 

17:30
Voy a rezar el rosario al cementerio. Me encuentro allí con el ex alcalde de San Miguel. Charlamos brevemente bajo una fina lluvia. 

18:00
Llega el coche de la funeraria con el cortejo de amigos de Antonio. Rezamos un responso en la puerta del cementerio. En el panteón bendigo la sepultura. 

18:20
Simon me ayuda a llevar a los locales parroquiales los trescientos —300— kilos de ropa que han traído a la iglesia. Luego nos tomamos un güisqui pascual y brindamos: Cheers. Charlamos largamente. 

19.30
Hay que mirar fijamente al sagrario durante media hora. 

20:00
Capítulo sexto de La luz del sol. 
La hora sexta es la del mediodía en calquier lugar del mundo donde el sol salga a las seis. Quizá por eso Galmés titula asina este capítulo: Pleno sol. Los meridionales a esa hora, rezado el Ángelus, echamos nuestra primera siesta. 
Sostiene Galmés que al llegar a este punto y hora estuvo a punto de cambiar el tema del libro para ponerse a hablar de las chicharras cuyas voces amenizan la hora sexta del Mediterráneo desde junio hasta agosto. 
Los ronquidos del chamán que sestea dirigen el canto de las cigarras, «paréntesis de luz que ni avanza ni termina».
Galmés ha descubierto seis maneras de visitar el panteón de Agripa según el tiempo disponible. Yo a estas horas dispongo de menos de un minuto porque tengo que cantar las Vísperas. Pero a usted, amable y desocupado lector, le aconsejará Galmés que, en vez de venir a Benidorm, si quiere tomar el sol, pase quince días soleados en Roma. 

Vísperas. 

21:30
Buenas noches, amables señoras. Buenas noches.

Cuadragésima homilía en una iglesia vacía

martes, 28 de abril de 2020
Martes de la III semana de Pascua

«En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús».

El gentío. 
Vemos a Jesús delante de una multitud que, como suele pasar, no habla con una sola voz. 
Allí hay discípulos que querrían escuchar a Jesús y tienen que hacer una gran esfuerzo porque hay mucho ruido y están lejos del Maestro.  
Pero no todos son discípulos. Algunos se aburrían en casa y han ido a allí a pasar el rato. Otros se han unido a la multitud, no para oír a Jesús, sino para discutir con Él. Hay quienes han ido a título personal y hay quienes han sido enviados por otros para espiar. Hay, como en todas partes cuando se reúne un gentío, personas que entienden las cosas a la primera, otras que no entenderán nada aunque se lo expliquen mil veces y, probablemente, más de un sordo y más de un extranjero que ni siquiera saben qué está pasando. 
No parece que ese sea el mejor ambiente para hacer un bonito discurso porque todos interrumpen al orador. Uno grita: «No se oye». Otro grita «¡muy bien dicho!», pero nadie sabe si está aplaudiendo al orador o al sordo. Otro, un poco enfadado, suelta: «Y tú quién eres para estar ahí hablando». 
Jesús, sereno, no se acobarda ni tira la toalla. Va sembrando la Palabra: «Mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo… Yo soy el pan de vida». 
Ahora podemos hacernos algunas preguntas. ¿Somos discípulos de Jesús que lo buscan para escuchar su palabra? ¿Somos curiosos que se unen a la multitud para pasar el rato? ¿Somos espías que oyen a Jesús para ir corriendo a informar a sus jefes? Esto es lo primero: saber quiénes somos. 
Y, si soy discípulo: ¿Cómo ando de oído y de inteligencia? Porque si tengo un oído fino y una inteligencia aguda quizá entienda a la primera. Pero si soy un poco sordo y, además, no soy muy listo, no será raro que haya que repetirme las cosas. Jesús tendrá paciencia conmigo y yo tendré que agradecerle que, a pesar de mi sordera y de mi poca inteligencia, me haya acogido entre sus discípulos. 
Y, después de esas preguntas que todos podemos hacernos, puede ser bueno considerar que también nosotros, como discípulos, tendremos que esforzarnos a veces para poder escuchar a Jesús. Porque Jesús, que quiere hablar a solas con cada uno en la intimidad, también quiere que aprendamos a escuchar su voz en medio de la multitud, en la calle, en el ajetreo diario, entre los pucheros o incluso en una iglesia en la que uno está con el teléfono móvil, otro anda buscando en su bolso las gafas y, cuando las encuentra, empieza a revolver buscando el monedero o el pañuelo, y otro no para de hablar desde que empieza la misa hasta que acaba. 
¿Busco a Jesús como discípulo? ¿Cómo ando de oído y de inteligencia? ¿Sé reconocer y escuchar a Jesús también en medio del gentío?
Emociona la imagen de Santa María y de San Juan al pie de la Cruz. A su alrededor una multitud vocifera e insulta. Ellos dos, en silencio, escuchan a Dios y guardan su Palabra en el corazón. Luego podrán contarnos que Jesús estaba allí orando por nosotros: «Padre, perdónalos, no saben lo que hacen». 


"At that time, the crowd said to Jesus."

The crowd.
We see Jesus in front of a crowd that, as usually happens, does not speak with one voice.
There are disciples there who would like to listen to Jesus and have to make a great effort because there is a lot of noise and they are far from the Master.
But not all are disciples. Some were bored at home and have gone there to hang out. Others have joined the crowd, not to hear Jesus, but to argue with Him. There are those who have gone by themselves and there are those who have been sent by others to spy. There are, like everywhere when a crowd gathers, people who understand things inmediately, others who will not understand anything even if it is  explained to them a thousand times and, probably, more than one deaf person and more than one foreigner who do not even know what is happening.
That doesn't seem like the best environment to make a nice speech because everyone interrupts the speaker. One yells, "we can't hear." Another yells, "well said!" But no one knows if he is applauding the speaker or the deaf man. Another, a little angry, says, "who are you to be talking here?"
Jesus, serene, does not flinch or throw in the towel. He sows the Word: "My Father is the one who gives you the true bread from heaven ... I am the bread of life."
Now we can ask ourselves some questions. Are we disciples of Jesus who seek Him to hear His word? Are we curious  people joined to the crowd to hang out? Are we spies who hear Jesus and are ready to run to report to our bosses or to call the police? This is the first thing -knowing who we are.
If I am a disciple, how is my ear? How is my intelligence? Because if I have a fine ear and a sharp intelligence, perhaps I will understand inmediately. But if I am a little deaf and, furthermore, I am not very smart, it will not be strange that they neeed to repeat the things to me. Jesus will be patient with me and I will have to thank Him for that, despite my deafness and my little intelligence, He had welcomed me among his disciples.
After those questions that we can all ask ourselves, it may be good to consider that we, as disciples, will also have to strive sometimes to be able to listen to Jesus. Because Jesus, who wants to talk to each one alone in privacy, also wants us to learn to hear his voice in the middle of the crowd, on the street, in the daily hustle, among the pots and pans or even in a church where one is talking on a mobile phone, another is looking in his bag for his glasses and, when he finds them, he starts to rummage for his wallet or handkerchief and another does not stop talking from the beginning of mass until the end.
Do I seek Jesus as a disciple? How is my ear and how is my intelligence? Do I know how to recognise and listen to Jesus also in the midst of the crowd?
The image of Our Lady and Saint John at the foot of the Cross is very moving. Around them, a crowd are shouting. The two of them, in silence, listen to God and keep His Word in their hearts. Yet they can tell us that Jesus was there praying for us: "Father, forgive them, they don't know what they are doing."

lunes, 27 de abril de 2020

Parroquia en estado de alarma (11)

lunes, 27 de abril de 2020

Cita con Newman. 
A este sermón, que predicó en la fiesta de la Conversión de San Pablo, hay que volver. 
San Esteban pidió el perdón para sus enemigos y vio al Salvador. Su petición fue escuchada y el mismo Salvador se apareció a Saulo. Así «el primer mártir logró de Dios el surgimiento del más grande de los apóstoles». 
«En medio de su furia fue golpeado y derribado por un milagro y se convirtió a la fe que perseguía».
A las doce misa. La ofrezco por Ángel. 

A eso de la una y media voy a arrancar mi coche pero mi coche no arranca. Simon me ayuda con una batería pero nada. Viene Bruno y —¡zas!— lo pone en marcha. Llevo el coche al taller de Bruno. 

A las dos paso por casa de doña Nati que ha preparado dos bolsas de comida: una —grandísima— para Simon y otra —pequeñita— para mí. Tomo nota. Venciendo la tentación de quedarme con la grande se la llevo a Simon. Ya en casa bendigo a doña Nati. Luego bendigo el cocido que ella me ha preparado y me lo zampo. 

A las cuatro y media doña Nati me deja su lujoso coche y voy al cementerio. A las cinco bendigo la sepultura de Ángel y rezamos un responso. Una señora a la que no reconozco porque lleva mascarilla va respondiendo entre lágrimas «el Señor es mi pastor, nada me falta». La miro y me sonríe con los ojos. 

Paso por el despacho de Torremendo para recoger los libros de bautismos y defunciones. Me encuentro con Emilio, el colmenero. Charlamos. Le agradezco el regalazo que me hizo: un frasco enorme de miel. Me cuenta que le han robado veinte colmenas de las cincuenta y seis que tenía. Me lo cuenta con la sonrisa de siempre y con la tranquilidad de quien siempre es dueño de sí mismo, aunque reconoce que ha pasado unos días malos por eso. Tomo nota. 

Vuelvo a San Miguel. Bruno me trae el coche con una batería nueva. Me cobra solamente 115 —ciento quince— euros. Recuerdo que vino esta mañana para ayudarme arrancar el coche, que ha vuelto esta tarde para traérmelo, que en Navidad me regaló una cesta de golosinas y el Domingo de Ramos un pan hecho en casa y lo veo como a Emilio, como siempre, sonriente y sereno. 

Invito a Simon a tomar un güisqui. Lo tomamos sentados en las butacas de Ikea que están en un rincón de la antesacristía. Charlamos largamente. 

«Exultante» es el título del capítulo quinto de La luz del sol que Álvaro Galmés dedica a la hora quinta. Hora de la «exaltación de la luz» en la que «el espacio es plenamente transparente y el aire limpio y diáfano». Me demoro en la consideración de esa palabra —diáfano— tan griega, tan dulcemente sonora. 
El capítulo se abre ex abrupto con una paradoja zigzagueante: «No hay nada mejor que un mal escritor para expresar bien un pésimo tópico». Luego da la bienvenida a esos males escritores que han cantado la felicidad de esta hora como debe ser cantada «desde el exceso y la sobreexcitación». 
Entre esos malos y bienvenidos escritores aparece Alejandro Sawa con una cita de su diario y otra de Valle Inclán que lo recordaba así: «Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso». Para terminar de justificar la bienvenida a Sawa, Álvaro Galmés añade: «Sin talento para la literatura, todo su genio se consumió en un vivir desaforado». Dios lo tenga en su Gloria. No debió ser mala persona porque, aunque confiesa que en los días de sol lee a Hobbes y a Schpenhauer, reconoce con gratitud hacia su Málaga natal: «Nacido en un país de brumas, en Inglaterra, yo sería malo quizás». 
¿Vas a contarnos aquí el capítulo entero? Bueno, puedo esforzarme un poco para resumirlo en una palabra. ¡Adelante! Pues no sé: ¿emocionante? Vale ¿has acabado ya? Hombre, si me dejas añadiría algo. ¿Qué? Una cita que he encontrado en este capítulo. es de un tipo que se preguntaba sobre nuestra conciencia de lo real. Tienes exactamente veinte segundos para añadir esa cita, luego a rezar Vísperas. Gracias, amigo. Allá va la cita: «Es el mismo mundo que conocemos, pero visto como en un día de fiesta». 

Vísperas. 

Trigésima novena homilía en una iglesia vacía

lunes, 27 de abril de 2020
Lunes de la tercera semana de Pascua

«Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Uno es el pan que alimenta el cuerpo y otro el pan que perdura para la vida eterna. 
El pan que alimenta el cuerpo lleva el sello del hombre; el pan que perdura para la vida eterna, Cristo, lleva el sello de Dios. 
A menudo, sobre todo cuando el pan es muy abundante, no vemos en él el sello del hombre. Lo comemos sin pensar cuánto trabajo —sembrar, recoger moler, amasar, hornear— ha costado ponerlo en nuestra mesa. Y, por eso mismo, si sobra, lo tiramos a la basura. Y al tirar el pan a la basura estamos tirando a la basura algo que lleva el sello del hombre. 
Después de la multiplicación de los panes y de los peces Jesús mando recoger las sobras para que no se perdiera nada. Fue un gesto muy delicado del Señor que nos enseñaba así a no ver en el alimento —como los animalitos— solamente una cosa que se come y, si sobra, se tira o se pisotea sino un don que lleva el sello del hombre y es también don de Dios. 
Cuando presentamos nuestras ofrendas en el altar, el sacerdote hace lo que hizo Jesús en la multiplicación de los panes y los peces. Toma en sus manos las ofrendas y da gracias a Dios por el pan y el vino, frutos de la tierra y de la vid que llevan impreso el sello que el trabajo del hombre ha puesto en ellos. Y hacemos lo mismo en nuestras casas cuando bendecimos la mesa antes de comer. 
Dios, que no desprecia las obras de nuestras manos, aprecia nuestro trabajo y nuestros dones. Más aún, los bendice y nos enseña a valorar el trabajo y a descubrir incluso en el pan ese sello del hombre que tiene algo de divino. 
¿Apreciamos nosotros los dones de Dios?
Cuando comulgar es muy fácil podemos recibirla eucaristía sin percibir que lleva el sello de Dios y entonces la comemos de cualquier manera, sin fe, sin pensar cuánto trabajo y cuánto dolor han sido necesarios para traerla a la mesa del altar, sin tomarnos el trabajo de examinar nuestra conciencia ni de dirigir a Cristo una  mirada agradecida. 
Jesús, que pasó la mayor parte de su vida trabajando con sus manos en un taller, conoce el valor del trabajo y de las obras humanas y puede presentarlas al Padre para que nos las devuelva selladas con su bendición. 
El que, por nosotros, se hizo Hombre y murió en la Cruz, se nos da en la eucaristía como un don, como un regalo. A nosotros toca agradecerlo abriéndole el corazón para que Él reine en nosotros. 
Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. 

2020 April 27, Monday
Monday of the third week of Easter

"Do not work for food that spoils, but for food that endures to eternal life, which the Son of Man will give you. For on Him God the Father has placed His seal.”
One is the bread that nourishes the body and the other is the bread that endures to eternal life.
The bread that feeds the body bears a human seal; the bread that endures for eternal life, Christ, bears the seal of God.
Often, especially when the bread is very abundant, we do not see in it that human seal. We eat it without thinking how much work — sowing, gathering, grinding, kneading, baking — it has taken to put it on our table. For that reason, if it is left over, we throw it away, and by throwing the bread in the trash we are throwing away something that bears the seal of man.
After the multiplication of the loaves and the fish, Jesus ordered the leftovers to be collected so that nothing was lost. It was a very delicate gesture of the Lord who taught us not to see in food, like animals, only a thing that is eaten and, if it is left over, thrown away or trampled, but a gift that bears the seal of man and is also a gift of God.
When we present our offerings on the altar, the priest does what Jesus did in the multiplication of the loaves and fishs.He takes the offerings in his  hands and gives thanks to God for the bread and wine, fruits of the earth and of the vine that bear the stamp that the work of man has put on them. And we do the same in our houses when we bless the table before eating.
God, who does not despise the works of our hands, appreciates our work and our gifts. Furthermore, He blesses them and teaches us to value work and to discover even in bread, that the seal of human work has something divine.
Do we appreciate the gifts of God?
When it is very easy to take the Communion, we can receive the Eucharist without perceiving that it bears the seal of God and so we eat it without piety, without faith, without thinking how much pain and how much love was necessary to bring it to the altar, without taking  time to examine our conscience nor to give Christ a grateful look.
Jesus, who spent most of His life working with His hands in a workshop, knows the value of human work and can present the works of our hands to the Father so that they can be returned to us sealed with His blessing. He who, for us, became a Man and died on the Cross, is given to us in the Eucharist as a gift, as a present. It is our task to thank Him by opening our hearts so that He reigns in us.
"I wish, my Lord, to receive You, with the purity, humility and devotion with which your Most Holy Mother received You, with the spirit and fervour of the saints."

domingo, 26 de abril de 2020

Parroquia en estado de alarma (10)

domingo, 26 de abril de 2020

Sin el afán de Dios nuestro planeta sería un yermo de fealdad.
(Luis  Barragán)

Veamos qué dice Álvaro Galmés de la hora cuarta. Por cierto ¿no es esa la campana del reloj de la iglesia dando las siete? Anda, toma el libro y lee.
¡Hum! Hora de la gimnasia y de la desnudez esta en que el sol calienta nuestros cuerpos sin quemarlos
Probablemente, bajo esta luz, descubrió Juvenal la diferencia entre un desnudo griego y un griego desnudo. 
Y ¿cómo llamaremos a esta hora? ¡Sí! ¿Por qué no? La hora de Hopper. 
Ahora la mirada. Ved ahí al Arquitecto encorvado sobre su viejo tablero de dibujo: el ceño fruncido, la lengua asomando ligeramente por la comisura derecha de sus labios y empeñado en colorear una casa sin ventanas ni muros, hecha, solo, de luz solar. Ved ahí a Barragán a quien —según dicen— la muerte sorprendió cambiando los colores de su casa. Aunque yo, que de la muerte algo sé, apostaría los mil dólares que no tengo a que fue Barragán quien sorprendió a la muerte. 

Vísperas. Qui morte victa praenites. Que, vencida la muerte, resplandeces.
Mañana, a las cinco de la tarde, entierro de Ángel en Torremendo. Dale, Señor, el descanso eterno. Brille para él la luz perpetua. 

Trigésima octava homilía en una iglesia vacía

domingo, 26 de abril de 2020
III domingo de Pascua

¿Por qué iban tristes los discípulos de Emaús? Pues iban tristes porque les pasaba lo que nos pasa a muchísimos cristianos, incluidos sacerdotes como yo, obispos y teólogos mucho más listos que yo y personas mucho más buenas que yo que trabajan y están muy comprometidas con la Iglesia. Y es que conocemos a Jesús y amamos a Jesús pero, como los discípulos de Emaús, no hemos entendido a Jesús o, peor, lo hemos entendido al revés. 
Decían los discípulos de Emaús, muy tristes y muy decepcionados: «Nosotros creíamos que Jesús iba a traer el Reino de Dios, o sea, que iba a traer el Cielo a la tierra y que iba a acabar con el hambre, el dolor, la enfermedad, la injusticia y la muerte. Mientras creíamos eso íbamos con Él a todas partes muy ilusionados. Y, ahora que lo hemos visto morir, solo nos queda de Él un recuerdo amable pero triste: el recuerdo de una persona buena que fracasó». 
Pues estas cosas siguen oyéndose en la Iglesia dos mil años después. Cada vez que me pasa algo que me hace sufrir y digo «por qué me pasa esto a mí, que soy cristiano y sacerdote», lo que estoy diciendo es: «Yo pensaba que, por ser cristiano y sacerdote, no me iba a pasar nada malo en la vida y ahora, mira tú qué decepción». Cada vez que he oído decir que la ciencia, o la política o la solidaridad humana iban a acabar con el dolor, con la injusticia y con la pobreza me he entusiasmado. Pero ahora, después de haber oído eso desde que tengo uso de razón, veo que, en los países más ricos y avanzados del mundo, un virus ha acabado con la vida de doscientas mil personas mientras que la guerra, el hambre y la injusticia siguen haciendo estragos y, mira tú qué decepción». 
Y ¿cuál es el remedio contra esa tristeza y esa decepción? Pues el remedio es Jesús. Necesitamos encontrarnos con Él y escuchar otra vez sus palabras. 
Quizá Jesús nos diga: «¿Por qué pensabas que tú, mi discípulo, y yo, tu Maestro, no íbamos a sufrir? ¿No os había dicho yo que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho para entrar en la gloria? Y ¿no os había dicho que también vosotros ibais a ser perseguidos y a sufrir mucho?». 
Y tendremos que decirle: «Sí, Jesús, nos lo habías dicho, pero lo entendimos al revés». 
Quizá Jesús nos diga: «¿Por qué creíste a los que te decían que iban a acabar con la pobreza, el dolor y la injusticia en el mundo? ¿No os había dicho yo que a los pobres los tendréis siempre con vosotros? ¿No os había anunciado yo que, hasta el final de los tiempos, habría en el mundo guerras y calamidades?».
Y tendremos que decirle: «Sí, Señor, pero luego vinieron los políticos diciendo que no necesitábamos a Dios porque ellos iban a convertir la tierra en un paraíso. Y no solamente me fui detrás de ellos sino que animé a otros diciéndoles que esto era lo que Tú querías, que trabajásemos por un mundo feliz sin Dios. Te entendí al revés». 
Y es posible que, entonces, Jesús nos diga: «Pues mira —y, ahora, entiéndeme bien- ni tú ni todos los hombres juntos podéis salvar al mundo porque no sois Dios. Yo sí. Yo, tu Maestro y tu Señor, he vencido sobre el pecado y sobre la muerte. Ahora vuelve a la Iglesia, pero vuelve para hablar de mi victoria. No creas que te voy ayudar a acabar con el hambre en el mundo. Recuerda que quiero que todos los días te levantes, venciendo la pereza, para trabajar; que compartas con los demás tus bienes venciendo el egoísmo y la avaricia; que te humilles ante los demás venciendo la soberbia. No olvides que, para conseguirlo, tendrás que ayunar, rezar, confesar tus pecados y comulgar. Y no olvides que, aún siendo, como eres, un pecador, yo he dado la vida por ti y quiero que, con tus hermanos, lleves por todo el mundo la Buena Nueva del Evangelio».
Si escuchamos su palabra ya no nos cansaremos corriendo detrás de cualquiera que se presente como un salvador. Cargando cada uno con su Cruz, iremos cada día al encuentro del Señor. Y, en el camino, encontraremos siempre el rostro amable de nuestra Madre, la Virgen, Santa María. 

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Why were the disciples of Emmaus so sad? Well, they were sad because, as many Christians, including priests like me, bishops and theologians much smarter than I and people much better than I am who work and are very committed to the Church, they had not understood the Lord. Like the disciples of Emmaus, we love Jesus but, like them, we have not understood Jesus or, worse, we have understood him backwards.
The disciples of Emmaus said very sadly and disappointedly: "We believed that Jesus was going to bring the Kingdom of God  bringing Heaven to earth and taking away hunger, pain, disease, injustice and death. Believing that, we were very excited and we used to go everywhere with Him. But now, when we have seen Him die, we only have a kind but sad memory of Him- the memory of a good person who failed.
These kind of complaints  continue to be heard in the Church two thousand years later. Every time something happens to me that makes me suffer, if I say, "Why is this happening to me, a Christian and a priest?", what I am saying is, "I thought that because I was a Christian and a priest, nothing bad would happen to me in life and now, look what a disappointment". Every time I have heard that science, or politics, or human solidarity were going to end pain, injustice, and poverty, I was excited. But now, after hearing that since I was a child, I see that in the richest and most advanced countries in the world a virus has killed two hundred thousand people while war, hunger and injustice continue to wreak havoc. And look what a disappointment”.
And, what is the remedy against this sadness and this disappointment? The remedy is Jesus. We need to meet Him and listen again to his words. 
Perhaps Jesus is going to tell us: “Why did you think that you, my disciple, and I, your Master, were not going to suffer? Had I not told you that the Son of Man should suffer greatly to enter glory? And didn't I tell you that you too were going to be persecuted and suffer a lot? “.
And we will have to say to him: "Yes, Jesus, you had told us, but we understood it backwards”.
Perhaps Jesus is going to tell us: “Why did you believe those who told you that they would end poverty, pain and injustice in the world? Had I not told you that you will always have the poor with you? Had I not announced to you that, until the end of time, there would be wars and calamities in the world?”
And we will have to tell him: “Yes, Lord, but then the politicians came saying that we did not need God because they were going to turn the earth into a paradise and not only did I follow them but I encouraged others by saying that this is that You wanted. That You wanted us to work for a happy world without God. I understood backwards”.
Perhaps, then, Jesus is going to tell us: “Well, look and now understand me well. Neither you nor all men together can save the world because you are not God. I am. I, your Master and your Lord, have overcome sin and death. Now, go back to Church, but go back to tell of my victory to your brothers. Do not think that I am going to help you end hunger in the world. Remember that I want you to get up early every day, conquering laziness, to work. That I want you to share your goods with others, overcoming greed. That I want you to humble yourself before others, overcoming pride and that, in order to achieve this, you will have to fast, pray, confess your sins and receive the Eucharist. Do not forget that, even being, as you are, a sinner, I have given My Life for you and I want you, with your brothers, to carry the Good News of the Gospel throughout the world”.
If we listen to His Word we will no longer waste our lives running after anyone who presents himself as the Saviour. With each one carrying his Cross we will go every day to meet the Saviour, and, along the way, we will always find the kind face of our Mother, the Holy Virgin Mary.