lunes, 27 de abril de 2020

Trigésima novena homilía en una iglesia vacía

lunes, 27 de abril de 2020
Lunes de la tercera semana de Pascua

«Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Uno es el pan que alimenta el cuerpo y otro el pan que perdura para la vida eterna. 
El pan que alimenta el cuerpo lleva el sello del hombre; el pan que perdura para la vida eterna, Cristo, lleva el sello de Dios. 
A menudo, sobre todo cuando el pan es muy abundante, no vemos en él el sello del hombre. Lo comemos sin pensar cuánto trabajo —sembrar, recoger moler, amasar, hornear— ha costado ponerlo en nuestra mesa. Y, por eso mismo, si sobra, lo tiramos a la basura. Y al tirar el pan a la basura estamos tirando a la basura algo que lleva el sello del hombre. 
Después de la multiplicación de los panes y de los peces Jesús mando recoger las sobras para que no se perdiera nada. Fue un gesto muy delicado del Señor que nos enseñaba así a no ver en el alimento —como los animalitos— solamente una cosa que se come y, si sobra, se tira o se pisotea sino un don que lleva el sello del hombre y es también don de Dios. 
Cuando presentamos nuestras ofrendas en el altar, el sacerdote hace lo que hizo Jesús en la multiplicación de los panes y los peces. Toma en sus manos las ofrendas y da gracias a Dios por el pan y el vino, frutos de la tierra y de la vid que llevan impreso el sello que el trabajo del hombre ha puesto en ellos. Y hacemos lo mismo en nuestras casas cuando bendecimos la mesa antes de comer. 
Dios, que no desprecia las obras de nuestras manos, aprecia nuestro trabajo y nuestros dones. Más aún, los bendice y nos enseña a valorar el trabajo y a descubrir incluso en el pan ese sello del hombre que tiene algo de divino. 
¿Apreciamos nosotros los dones de Dios?
Cuando comulgar es muy fácil podemos recibirla eucaristía sin percibir que lleva el sello de Dios y entonces la comemos de cualquier manera, sin fe, sin pensar cuánto trabajo y cuánto dolor han sido necesarios para traerla a la mesa del altar, sin tomarnos el trabajo de examinar nuestra conciencia ni de dirigir a Cristo una  mirada agradecida. 
Jesús, que pasó la mayor parte de su vida trabajando con sus manos en un taller, conoce el valor del trabajo y de las obras humanas y puede presentarlas al Padre para que nos las devuelva selladas con su bendición. 
El que, por nosotros, se hizo Hombre y murió en la Cruz, se nos da en la eucaristía como un don, como un regalo. A nosotros toca agradecerlo abriéndole el corazón para que Él reine en nosotros. 
Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. 

2020 April 27, Monday
Monday of the third week of Easter

"Do not work for food that spoils, but for food that endures to eternal life, which the Son of Man will give you. For on Him God the Father has placed His seal.”
One is the bread that nourishes the body and the other is the bread that endures to eternal life.
The bread that feeds the body bears a human seal; the bread that endures for eternal life, Christ, bears the seal of God.
Often, especially when the bread is very abundant, we do not see in it that human seal. We eat it without thinking how much work — sowing, gathering, grinding, kneading, baking — it has taken to put it on our table. For that reason, if it is left over, we throw it away, and by throwing the bread in the trash we are throwing away something that bears the seal of man.
After the multiplication of the loaves and the fish, Jesus ordered the leftovers to be collected so that nothing was lost. It was a very delicate gesture of the Lord who taught us not to see in food, like animals, only a thing that is eaten and, if it is left over, thrown away or trampled, but a gift that bears the seal of man and is also a gift of God.
When we present our offerings on the altar, the priest does what Jesus did in the multiplication of the loaves and fishs.He takes the offerings in his  hands and gives thanks to God for the bread and wine, fruits of the earth and of the vine that bear the stamp that the work of man has put on them. And we do the same in our houses when we bless the table before eating.
God, who does not despise the works of our hands, appreciates our work and our gifts. Furthermore, He blesses them and teaches us to value work and to discover even in bread, that the seal of human work has something divine.
Do we appreciate the gifts of God?
When it is very easy to take the Communion, we can receive the Eucharist without perceiving that it bears the seal of God and so we eat it without piety, without faith, without thinking how much pain and how much love was necessary to bring it to the altar, without taking  time to examine our conscience nor to give Christ a grateful look.
Jesus, who spent most of His life working with His hands in a workshop, knows the value of human work and can present the works of our hands to the Father so that they can be returned to us sealed with His blessing. He who, for us, became a Man and died on the Cross, is given to us in the Eucharist as a gift, as a present. It is our task to thank Him by opening our hearts so that He reigns in us.
"I wish, my Lord, to receive You, with the purity, humility and devotion with which your Most Holy Mother received You, with the spirit and fervour of the saints."

1 comentario:

  1. En Pompeya encontró un pan con el sello del panadero y en muchos otros lugares los sellos, así que debía ser costumbre en todo el Imperio sellar el pan. "Jesús, que pasó la mayor parte de su vida trabajando con sus manos en un taller, conoce el valor del trabajo y de las obras humanas y puede presentarlas al Padre para que nos las devuelva selladas con su bendición." y las multiplica para que nuestras pequeñas obras de ingeniería sean bendición para muchos. Abrazos fraternos.

    ResponderEliminar

Es usted muy amable. No lo olvide.