martes, 6 de octubre de 2026

Diario. Lunes, 5 de octubre, y martes, 6 de octubre de 2026

 lunes, 5 de octubre de 2026

Granja de Rocamora


06:00

Suena el despertador. 


08:00

Abro la iglesia. 


08:30

Salgo para Cox. 


09:00

Misa en el convento. 


09:30

Empieza mi peregrinación en busca de un taller para mi Lamborghini. 

En el primer taller hay un mecánico que está debajo de un coche y no puede atenderme. 

En el segundo taller hay dos mecánicos que están trabajando en sendos coches y que no siquiera me saluda,

Decido ir al concesionario de SEAT en Orihuela. Un atento conserje me manda llevar el coche a la parte de atrás, que es donde están los talleres. En la parte de atrás, un atento jefe de taller me dice que si n¡o he pedido hora no pueden atenderme. Pido hora. Me dice que hasta el mes que viene no es posible porque solamente tienen un mecánico. Muy bien. 


Vuelvo a casa. El teléfono no para de sonar. 

Aparco el coche y en al puerta de casa me está esperando una señora que me pasa un teléfono. Oigo la voz de una amable joven que me comunica que ha muerto su querido abuelo y me pregunta si será posible hacer el entierro mañana a las cinco de la tarde en la parroquia. Le digo que sí, que celebraremos la misa por su abuelo con mucho cariño. 

Subo a casa y suena el teléfono. Es Ana María: que me están buscando por todo el pueblo porque ha muerto una persona y no me encuentran. Le doy las gracias y le digo que todo está solucionado. 

Suena el teléfono. Del obispado. Que me están buscando como locos por todo el pueblo y que no me encuentran y que hay un entierro. Le doy las gracias y les digo que todo está solucionado y que, por favor, no hagan mucho caso a las alarmas del tanatorio o de los deudos excitados por el tanatorio porque el entierro será, si Dios quiere, mañana a las 17.00 y ni el difunto ni sus dolientes tienen prisa. 

Suena el timbre. Abro la puerta. Es la nieta del difunto que viene acompañada por —creo— su novio. Que en el tanatorio les dicen que no basta con que ella haya hablado conmigo. Que tengo que llamar yo para confirmarlo.

En primer lugar pregunto a la nieta que cómo se encuentra.  Cuando me dice que está triste pero bien, le manifiesto mi estupor: ¿es posible que los del tanatorio la hayan obligado a venir a mi casa para decirme que necesitan confirmar la hora conmigo? 

Le ruego que llame al tanatorio y que me pase el teléfono. Oigo la voz de una atenta empleada y —después de saludar amablemente— le explico la situación. Una feligresa me ha comunicado el fallecimiento de su abuelo y hemos concertado el funeral para mañana a las cinco en la parroquia. No puedo creer que —en vez de facilitarle las cosas— la hayan obligado a venir a buscarme para que yo les confirme la hora. La amable empleada —supongo que siguiendo instrucciones— toma la palabra: 

—Pues sí, caballero, necesitamos su número de teléfono para hablar con usted. 

Yo:

—Se lo voy a decir con toda la cordialidad y el cariño del mundo: ustedes no tienen que hablar conmigo ni antes, ni durante ni después del entierro para nada. Deben arreglar sus asuntos con sus clientes. Espero que, en adelante, quede claro que todo lo que se refiere a los funerales, lo trato directamente con los feligreses de mi parroquia y solamente con ellos. ¿Me ha entendido?

—Sí, Padre Javier— responde la amable operadora. 

—Muy bien, pues muchas gracias. 


Devuelvo el teléfono a la nieta del difunto y comenzamos a conversar distendidamente. Su novio —si es que es su novio— conviene que en que, con lo de los teléfonos y guasaps nos estamos volviendo locos y que si no conseguimos lo que queremos a la primera montamos un escándalo.

Les cuento mis aventuras de esta mañana buscando taller y se ríen mucho sobre todo con lo del concesionario de la SEAT. 

En fin, a las once y media, nos despedimos. Eran las once y cuarto cuando convinimos por teléfono en que el funeral del abuelito sería mañana a cinco de la tarde. 


Voy a la ermita. Trato de quitar la alarma pero no lo consigo. No importa. 

Hay mercado —están retirando los puestos— y una señora se asoma y muestra gran contento cuando le digo que puede pasar.

Tomo nota. Sería buena idea abrir la ermita los días de mercado. 


Tertulia en casa de Estefanía. 


Como en la casa abadía. 


Sé que se me olvidan cosas muy interesantes pero no se me olvida que Martín viene para ayudarme a misa de siete. 

Tampoco se me olvida que, después de misa de siete, comento el soneto Un pastorcico solo y doy una breve catequesis sobre el rito de la paz que acaba cuando el sacerdote dice «La paz del Señor esté con vosotros» y la congregación responde «Y con tu espíritu». 

Si alguien se pone nervioso y empieza a gritar «no, oiga, no, hay que decir “daos fraternalmente la paz”, conviene mirarlo con misericordia y —a solas— corregir su yerro si se deja, 


Granja de Rocamora.

martes, 6 de octubre de 2026


Paso buena parte de la mañana en el despacho parroquial cumpliendo órdenes. 

Necesito, urgentemente, una impresora.


A las once he quedado en la sacristía con Mari Carmen y con don Paco. 

Llego a la iglesia a las diez y media. Mari Carmen ya está allí mirando fijamente al sagrario. 

Don Paco llega a las once y don Paco. 


Nos sentamos en tres sillas —cada uno en la suya— que he traído del garaje. 

Mari Carmen y don Paco convienen en que las sillas están mejor en el garaje que apiladas en la nave. Me felicito. 

Tratamos graves asuntos y nos despedimos a la una, casi. 


Jesús, el de las camisas de palmeras, se ha aficionado a las estampas de la Virgen del Rosario y se las lleva en tacos de cincuenta. A veces me las pide y, a veces, se las lleva disimuladamente. 


Como en la casa abadía. 


A las cinco enterramos a Anastasio. 


Luego tengo que ir al despacho parroquial. 


Luego tengo que ir a la ermita donde me esperan Ana, Lourdes, Pep y otros. 


Y, sin saber ni cómo ni nada, das las diez de la noche y tengo que decir: «hasta aquí».

domingo, 4 de octubre de 2026

Diario. Domingo, 4 de octubre de 2026

Granja de Rocamora  

domingo, 4 de octubre de 2026


A las cinco suena el despertador. Una hora después comienza el Rosario de la Aurora. A las ocho, terminado el Rosario, cuando ya el cielo se ha teñido del dolce color d'oriental zaffiro, empieza la misa. 

Martín me ayuda a preparar el altar, me ayuda en la misa y me ayuda a recogerlo todo y a preparar la misa de once que celebrará don Paco. 

Laura —¡qué amable!—me regala una bandeja de almojábanas para desayunar. 


A las nueve y media vuelvo a la iglesia para rezar. Yo miro fijamente al sagrario y Horacio me mira fijamente a mí. 


A las diez y media voy a Cox. 


Lola, a quien administré la unción de enfermos antier, murió ayer. El entierro es hoy a las once. Descanse en paz. 


A las doce celebro misa en el convento. Misa rociera con coro y todo. Muy bien. 


Felicito a don Paco por su santo porque hoy es san Francisco de Asís. 


Como en el palacio parroquial. 


Después de comer dedico un rato a Schumann: 12 Klavierstucke, Op. 85. 


También dedico un rato a Jack London: Ensoñación. 


También dedico un rato a Salvatore Quasimodo y —¿casualidad?— encuentro esto: l’ombra delle certose e il mistico Francesco. 


Pilar B me escribe por messenger: que lee mis diarios, que a veces se tiene que reír y que me da la bienvenida a Granja. Entro en su perfil de FBK y descubro que es una notable pintora. 


Me llama por teléfono María. Charlamos. 


Llamo a don Paco y no puede resolver mi problema. 


Llamo a Mari Carmen: no contesta. Llamo a Domingo: contesta y soluciona mi problema. 


Llamo a doña Nati. Charlamos.

sábado, 3 de octubre de 2026

Diario. Sábado, 3 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 3 de octubre de 2026


Ayer no lo conté pero, trajinando en la cocina, me abrasé la mano derecha con aceite hirviendo. No lloré ni nada porque he sido educado en el espíritu de Lacedemonia. Durante la noche, creció en mi dedo anular una ampolla descomunal. 


…


Paso la mañana en la iglesia. 


Jose Luis y Martín, que han salido a pasear, recalan en la sacristía, saludan y se ofrecen ayudar en lo que haga falta. Les ruego que me ayuden a cambiar el agua bendita de las pilas y lo hace de muy buena gana y con la maestría de quien no hubiera hecho otra cosa durante toda su vida. Luego se despiden y se van. Pero, antes, les muestro mi dedo abrasado y les da mucha pena. 


Jesús llega con su camisa de palmeras mucho antes de la una. Entra en el garaje y vuelve a preguntarme que si no podemos poner en la sacristía un crucifijo que estaba en la sacristía y que yo llevé al garaje. Le explico que en la sacristía ya tenemos un bonito crucifijo y que quité los otros dos para que no parecieran los dos ladrones crucificados junto al Señor. Creo que no queda convencido. Le muestro mi dedo abrasado y me dice que hay que tener cuidado con el aceite. 


Limpio el fanal de la lámpara votiva del sagrario. Cada vez que se cambia la vela hay que limpiar el fanal. 


Invito a don Paco a comer en el palacio parroquial. Acepta. 

Voy a comprar viandas a casa de Estefanía. Aprovechando que se ha reunido allí una buena cantidad de gente, exhibo mi dedo abrasado y recibo las condolencias de todos. ¡Qué amables!


Para comer preparo unos fletes de pollo remojados en leche y rebozados en harina como me enseñaron Almudena y Fátima en agosto. Don Paco me dice que soy un buen cocinero. Nadie jamás me había dicho tal cosa. Para disimular mi emoción le muestro el dedo abrasado pero no hace mucho caso porque está hablando por teléfono. 


Antes de marcharse, don Paco me ruega encarecidamente que recoja unos carteles que ha dejado en el despacho parroquial y que los lleve a la iglesia donde los recogerá Jesús. 


Pare vencer la pereza que me grita «¡siesta, siesta!» me entrego con frenesí a la tarea de lavar los platos y eso. 


Luego sesión de Schumann. ¿Fue él quien asistió a un concerto de Liszt y se quedó dormido? 


Rosario, etc. 


A las cinco y media voy al despacho para recoger los carteles que me ha dejado don Paco. La puerta del despacho parroquial está cerrada con llave y yo no tengo llave. Mando un mensaje a don Paco para que sepa. 


En la iglesia encuentro a Antonio. Me es de gran ayuda porque no han venido ni Martín ni Mari Carmen. Le muestro mi dedo abrasado para inclinarlo a la compasión 


Homilía sobre la diferencia entre un inquilino —como la Maricarmen de Saiz de Baranda— y un propietario como Dios. Si la Maricarmen —olvidando que el piso no es suyo— maltrata a los que van de parte del propietario para hacer valer los derechos del propietario, el mismo Dios la desahuciará sin contemplaciones y, si no se reforma, la mandará al infierno por los siglos de los siglos amén. 


Al terminar la misa se forma en la sacristía una cola de suplicantes. 

Una de las suplicantes —muy jovial— me saluda así: «Don Javier, leo sus diarios. Soy una suplicante». 

Con semejante exordio —naturalmente— capta mi benevolencia y, ya antes de despedirse, ha conseguido todo lo que suplicaba. 

Pep me aborda no como suplicante sino como demandante. Esta es su demanda: ayer, después de la misa en la ermita de la Santa Cruz, bajé el interruptor general y dejé la ermita sin alarma y la Santa Reliquia sin luz. 

La demanda de Pep ni es injusta ni es ácida. Al contrario: es cierto que que bajé el interruptor general y que dejé la ermita a oscuras y a merced de cualquier desaprensivo y Pep lo dice amabilísimamente. 

Me acuerdo de Adán: «la mujer que me diste como compañera me engañó y comí». 

Me acuerdo de Eva: «la serpiente me engañó y comí».

Algo se ilumina en mi mente y digo: «La culpa es de Martín, el monaguillo que me dijo que bajase el interruptor general antes de irme». 

Empiezo a encontrarme en Granja como en casa. 

¿Quien necesita decir «la culpa es de Matthew» cuando pude decir «la culpa es de Martín?».  


Son las nueve y media de la noche cuando termino de escribir esto. Mañana hay Rosario de la Aurora a las seis de la aurora. Si me duermo y no llego, diré que la culpa es de Martín. 

viernes, 2 de octubre de 2026

Diario. Viernes, 2 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 2 de octubre de 2026


Encuentro la iglesia abierta. ¿A qué se debe el fenómeno? Se debe a que los viernes —de siete a nueve— la limpian. 

Paso allí la mañana. 

Sagrario, liturgia de las horas, un penitente…

Antonio termina su oración en la capilla y entra en la sacristía para saludarme. Empezamos a charlar. ¿Sobre qué? Hablamos de teología del dolor. Él sabe más que yo. 

Luego me ayuda a cambiar el agua bendita de las pilas y a llevar al garaje las sillas del coro. Muy bien. 

Cuando se va Antonio, llega Águeda. También ella es experta en teología del dolor y, quizá por eso, no deja de sonreír mientras me instruye desde el silencio en el que la recluye su sordera. 

Escribo un plan de trabajo para la sacristía y se lo mando a don Paco para que —por favor— lo imprima. 


Llega Jesús con sus bermudas y su camiseta de palmeras y tucanes y sé que es la una porque siempre viene a la una para cerrar la iglesia. 

Charlamos un poco, apagamos las luces, cerramos la iglesia y nos despedimos. 


En el supermercado de Estefanía saludo a Estefanía, a su padre, a su marido, a su sobrino y a medio pueblo. 

También compro mercancías por valor de cuarenta euros y cuarenta y cuatro centavos. Tengo ante mí la nota de compra y puedo dejar constancia de que, de esos cuarenta euros y cuarenta centavos, cinco euros y sesenta y siete centavos son impuestos —IVA— para hacer carreteras en Ceuta. 


Para comer me preparo una ensalada con atún porque es viernes. 

Luego, venciendo la pereza, me pongo a lavar platos y a rezar los misterios dolorosos. 

Cuando ya no sé qué más hacer para vencer la pereza, voy a la iglesia. 


Mando un mensaje a don Paco: «Después de misa, si no llueve, iré a La Torre y me tomaré una pastilla para morir. A ver si consigo morir ocho horas seguidas». 

Justo entonces empieza a tronar. Poco después diluvia. 


Hemos anunciado que los viernes celebraré la misa en la ermita de la Santa Cruz. He quedado en la ermita con Antonio a las seis. 

A las seis menos cuarto voy a la ermita pero olvido las lleves en la iglesia de san Pedro. Me toca volver a la parroquia. 

A las seis y cinco me encuentro con Antonio en la ermita. Abrimos la puerta, intento apagar la alarma pero nada. 

Mientras Antonio llama a Pere para preguntar cómo diablos se apaga la alarma, yo exploro la sacristía. 

El cáliz es una birria y se encuentra un estado deplorable. No hay vino, ni corporales. Excuso decir lo que habría que decir sobre otras cosas que faltan. 

Ruego a Antonio que vaya a buscar vino a casa de Águeda y yo vuelvo a la parroquia para recoger un cáliz, una patena, un copón, un corporal, un velo blanco para el cáliz y el leccionario III. 


A las siete y dos minutos —con dos minutos de retraso— empieza la misa de siete en la ermita con Martín como monaguillo y con homilía sobre Job y con canto a los Ángeles y todo. En la homilía hago un resumen de la teología del dolor. 

Al terminar la misa veo que se ha formado una cola de suplicantes en la puerta de la sacristía: 

1. Elena viene a decirme que no he mencionado a sus difuntos y que los viernes la misa es por sus difuntos pero que no me preocupe porque, de ahora en adelante, ella traerá a la ermita cada viernes un papel con sus intenciones. Aprovecha para mostrarme el escondrijo de la sacristía donde se guarda una colección de cantos en honor a la Santa Cruz. ¡Qué amabe!

2. Una señora estupenda que suele venir a misa con su marido me pide que bendiga dos cruces de ganchillo. Las bendigo y pregunto por su nombre y por el de su marido. Enseguida comprendo que ya habíamos sido presentados. Ella es una Sivila —no Sibila—. Prima de mi amigo, el carnicero de La Murada, por más señas. 

3. Águeda —sonriente desde el silencio de su sordera— me presenta a su nieta que se casa dentro de dos domingos. Su nieta me trae —por fin— el expediente. ¡Qué amables!

4. Martín me pregunta que si sé apagar las luces de la ermita. No sé apagar las luces de la ermita pero le digo que sí porque veo que su madre lo está esperando y que tiene que irse. 

5. Un ser humano me pregunta que si he leído el mensaje de don Paco. Busco en mi teléfono el mensaje de don Paco. Don Paco me dice en su mensaje que el ser humano que ha venido se llama Jesús Pelegrín y que me fíe de él porque me va a conducir hasta la casa de una moribunda que necesita los últimos auxilios. 

El ser humano me pregunta que si no lo reconozco. Reconozco humildemente que no lo reconozco y él —humildemente— se presenta como el me ayudó en misa en Cox y, en vez de leer la primera lectura y el salmo, proclamó solemnemente el evangelio. 

Me pongo en su manos: se llama Jesús Pelegrín. 

Me lleva a la parroquia para que pueda yo recoger el óleo y el ritual de la unción de enfermos y dejar allí el expediente de la boda.

Me lleva a la casa de la moribunda Lola donde me reciben como al que viene en Nombre del Señor. 

Dado el estado de Lola, no le doy la unción de enfermos sino lo que de toda la vida de Dios se ha llamado la extremaunción por no decir la última. Sin que nadie lo note, hago la recomendación del alma de Lola que agoniza. 

Luego, mientras nos despedimos, pido por favor que me den un vaso de agua. Me dan una jarra enorme de agua fresquísima que sabe a gloria. 

Entonces una nuera de Lola me cuenta que una su amiga es amiga de una de mis cuñadas y que su amiga le anunció mi llegada a Granja de Rocamora mucho antes de que los vecinos de Granja supieran que iban a tener un nuevo párroco. 


Jesús Pelegrín me lleva de vuelta a la ermita donde tengo aparcado el coche pero, antes, me muestra el taller que hace el mantenimiento de su coche. Me lo muestra porque le he comentado que mi coche necesita urgentemente una revisión. 

Nos despedimos en la ermita. 

Pensar en ir a La Torre a estas horas es pensar en lo impensable. 

Voy al palacio parroquial, me preparo una frugal colación y escribo esto.