lunes, 14 de septiembre de 2026

Diario. Domingo, 13 de septiembre de 2026

Granja de Rocamora

domingo, 13 de septiembre de 2026


10:00

Don Paco ha convocado a Ana para una reunión en el despacho de Granja. Consigue abrir la puerta del despacho y recupero mi Mac, lo cual me llena de contento. 

11:30

Dejo a don Paco con Ana y salgo para el tanatorio. 


No recuerdo lo que hago después. Creo que como en el palacete parroquial. 


16:45

Sé que, a esta hora, estoy mirando fijamente al sagrario. 


17:30

Estoy entrando en casa cuando me llaman los campaneros. Vuelvo a la iglesia para abrirles el campanario. 


18:00

Estoy entrando en casa cuando viene a buscarme  don Paco. 

Vamos a la ermita de la Santa Cruz. Habíamos quedado en rezar allí vísperas, pero don Paco propone rezar en la parroquia.  

Trasladamos la estauroteca de la ermita a la parroquia. Ya han llegado don Venancio y don X —hijos del pueblo— y ha empezado a congregarse la congregación. Adiós vísperas. 

19:00

Misa con la estauroteca sobre el altar. Luego procesión de enfermos. Don Paco no se queda porque ha quedado con unos amigos en el bingo, o algo así. 

La procesión es maravillosa. 

El Lignum Crucis va bajo palio. Abre la procesión Martín con el incienso. Detrás van Domingo y los dos sacerdotes hijos del pueblo. 

En la puerta de la iglesia chan- chan, chan-chan, tachín tachan, tachán tachin tachón chon chon… la banda toca el himno nacional. 

Cuando termina el himno, fui, fui, fuuuuui —una flauta— y porrom pom pom —un tambor— acompañan la danza de dos abanderadas y dos niñas. 

Cuando termina la danza, chan tarachán chan chan, otra vez avanzamos acompañados por la bada de música y clap, clap clap el sonido de los seis varales del palio que chocan contra el suelo marcando el paso. 

Los enfermos esperan en las puertas de sus casas para recibir entre lágrimas la bendición y besar la estauroteca. Y luegom otra vez, la danza de las abanderadas y de las niñas.  

Así hasta la ermita de la Santa Cruz donde dejamos la veneradísima reliquia. 

De vuelta a la iglesia hago una parada en casa de Rosi, la madre de Laura y de Rosa y de Lourdes y de Rebeca, que en paz descanse,  y la abuela de Martín y de Rebeca y la suegra de José Luis. Jose Luis y Rebeca están en su casa. Lourdes está en Orihuela. Los demás nos sentamos a charlar con un refresco y un jamón buenísimo. Luego me enseñan la habitación donde murió la sierva de Dios Rebeca Rocamora, y me cuentan algunas cosas de su vida. 

Me despido y voy para la iglesia. Me cruzo en la plaza con los campaneros que han pasado la tarde limpiando el campanario de gratis. 

Vísperas. 

Cierro la iglesia y vuelvo a casa.

Son las diez.  

domingo, 13 de septiembre de 2026

Diario. Sábado, 12 de septiembre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 12 de septiembre de 2026


06:00

Suena el despertador. 

Oficio de lectura con Lamentaciones —«hemos pactado con Egipto y Asiria para saciarnos de pan»— y San Atanasio. 

Descongelo cuatro rebanadas de pan y me preparo el desayuno. Luego abro todas las ventanas de la casa para que entre el fresco de la mañana y me aplico a la limpieza de la cocina especialmente. 


Cuando salgo de casa son ya las ocho y cuarto. Tengo que mejorar los tiempos. 

Abro la iglesia de par en par: las puertas grandes, las del cortavientos, las de la sacristía —quitando antes la alarma— y las del garaje. Ahora la brisa de la mañana recorre todo el templo. Muy bien. 

Hay que encender las luces: la de la capilla del Santísimo cuya alarma —no sé por qué— está desconectada; la del Sagrado Corazón de Jesús, la de san José, la de la Virgen del Carmen, la de la Dolorosa y el Cristo yacente, la de san Antonio de Padua, la de la Virgen del Rosario y la de san Pedro. Muy bien. 

Cuando me doy la vuelta veo ante mí, plantado, mirándome en silencio, a Horacio. Ayer lo llamé Bernardo por confusión. Nos saludamos y juzgo que ha llegado el momento de rezar laudes paseando por la iglesia y disfrutando de la brisa matutina. 

Será cosa de las nueve menos diez cuando me siento ante el sagrario. Tengo que mejorar los tiempos. 

A las nueve y media preparo los libros para la misa de la tarde. 

Eclesiástico y san Mateo hablan del perdón. Esta tarde tengo que predicar en tres misas, una con boda. Don Paco dejó en la sacristía un ejemplar de «El año litúrgico predicado por Benedicto XVI». Busco el Domingo XXIV. Justo ese no tiene comentario. Me aplico a hacer un esquemita de homilía. 


A eso de las diez reanudo mi labor de exploración y limpieza de cajones. 

Luego felicito a algunas Marías y contesto algunos mensajes de WhatsApp. 

Llamo a don Paco para interesarme por el paradero de los libros parroquiales y caigo en la cuenta de que los tengo en el coche. 


Son las once cuando llegan Jose Luis y Martín para sentarse a mirar fijamente el sagrario. Nos saludamos y me despido. Cierro la sacristía y voy al despacho para guardar allí los libros parroquiales y hacer un certificado de bautismo. 

Hago el certificado y aviso al que la pidió de que puede pasar a recogerla. Hallo en el despacho seis comunicaciones de matrimonios para la anotación marginal. Anoto tres y dejo las otras tres para otro rato porque han dado las doce. 

Ángelus. 

Felicito a otras Marías y voy al supermercado. Hay un ambientazo estupendo. Pido paté, e dicen que el bueno llega en Navidad. Me llevo del regular. 

Don Paco se ha ido a Biar para el entierro de la madre de un sacerdote. Le mando un mensaje: que hay paté para comer, que si se apunta. Que sí, que no se lo pierde por nada del mundo, que llegará a las dos menos cuarto. 


A las dos menos cuarto en punto, la comida está lista y llega don Paco. Justo cuando llega don Paco, estoy limpiando la encimera y la cocina de gas empieza a comportarse de modo excéntrico. Una chispa eléctrica salta continuamente de cada uno de los quemadores. Don Paco saca el teléfono y se pone a hablar con una IA como si estuviera hablando con una amigo de toda la vida: 

—Mira, tenemos un problema en la cocina, aquí tienes el video, parece que el encendedor se ha vuelto loco y no paran de salta chispas. 

A lo que el amigo responde: 

—Ya veo. Apaga el gas, corta la corriente, vuelve a conectarla y dime qué pasa. 

Al cortar la corriente cesa el chisporroteo. Al volver a conectarla se reinicia. Decidimos no contarle nada más a la IA y ponernos a comer con la esperanza de que la cosa se arregle cuando se seque la encimera. 

Bendecimos los alimentos. Comemos y bebemos y charlamos alegremente. 

Cuando nos despedimos volvemos a conectar la electricidad y ya no chisporrotea la cocina. Nos felicitamos. 


Por la tarde, don Paco tiene que hacer un entierro en Cox antes de ir a Agost con dos autobuses de seres humanos que quieren acompañar al ex vicario parroquial que toma posesión de su nueva parroquia. Yo tengo que celebrar tres msas, una con boda. No hay tiempo que perder.


Después de recogerlo todo voy a la iglesia para mirar fijamente al sagrario. Tengo que mirarlo muy fijamente porque en cuanto la vista se me va a la derecha o al izquierda me distraigo con mil objetos de cotillón. 


A las cuatro y media salgo para Cox. La boda empieza cuando llega la novia con cinco minutos de retraso para darle emoción a la cosa.

—Queridos Nerea y Adria…—saludo. Muy bien. 

Vienen las lecturas. Muy bien va a empezar la homilía…

—Queridos… Queridos… Lo siento he olvidado el nombre de la novia. 

Se oye un rumor: 

—¡Nerea! ¡Nerea!

—Oh sí, perdón. Queridos Nerea y Adriá…

La homilía sigue como de costumbre. 

Todo va bien hasta el momento de la exploración de las voluntades. 

—Queridos… Queridos…

Me inclino disimuladamente hacia los novios:

—Otra vez he olvidado el nombre de la novia— les digo en voz baja aunque todo se oye por los altavoces. 

Y otra vez el rumor que llena la Iglesia:

—¡Nerea! ¡Nerea!

En la homilía les hablo de la importancia del perdón en la vida matrimonial y de la oportunidad que hoy se les presenta de comenzar su andadura perdonando el despiste del sacerdote. Para compensar, les hago un regalo: les recito un soneto que mi padre dedicó a mi madre en sus bodas de plata. Y les ruego que vuelvan a invitarme dentro de veinticinco años, cuando celebren las suyas. 

Después del «Sí quiero», los novios se besan y todos aplauden. Aplauden a los novios, no a mí. 

Después del Padrenuestro se me olvida darles la bendición matrimonial pero nadie se da cuenta. Se la doy después de la comunión como si fuera la cosa más normal del mundo y veo que la reciben piadosamente. 


Son las seis cuando salgo de vuelta para el palacete parroquial de Granja. Decido volver sin GPS y me pierdo. 

Son las seis y cuarto cuando llego al palacete. Hago una pausa de hidratación solemne —la que incluye ducha y cambio de camisa— y voy a la iglesia. Saludo al Santísimo, saludo a san Pedro, saludo a Mari Carmen —la sacristana— y a Domingo —sacristán y marido de Mari Carmen— me pongo mi traje de pescador y me siento en el confesonario. 

—Buenas tardes, Padre, soy Ronald, el que le pidió la partida de bautismo. 

Como no es un penitente sino un suplicante, salgo de la sede y le ruego que me acompañe a la sacristía. Luego ruego a Domingo que lo acompañe al despacho parroquial y que le dé la partida que dejé en la mesa esta mañana. Luego vuelvo al confesonario rogando a san Antonio que Domingo y Ronald encuentren la partida en medio del desbarajuste de papeles que dejé esta mañana en el despacho. 


Son las siete cuando empieza la misa de siete en san Pedro de Granja de Rocamora. 

Empiezo la homilía con una clase magistral sobre el valor de un talento y el valor de un denario. Cuando ya he captado la benevolencia de la congregación, concluyo ex abrupto: «Hermanos, si no queréis despertaros mañana en el infierno, perdonadlo todo antes de iros a la cama». 

Durante la comunión veo —con sorpresa y gozo— que han venido de Crevillente Mari Mar y Manolo. 

Después de misa compruebo que han venido con Josemaría —apenas un enanito amente que se abraza a mis rodillas— y con Pascual que ya es más alto que sus padres, que ya es decir.

Les agradezco la visita y les digo que —sintiéndolo mucho—tengo que volver a Cox para celebrar allí otra misa. Me dicen que no han venido a verme, que han venido a Misa, pero que a lo mejor esperan a que vuelva de Cox para invitarme a cenar. 


A las ocho en punto empieza la misa de ocho en Cox. 

Durante la boda estaba puesto el aire acondicionado y daba gusto. Ahora, en cambio, hace un calor de mil demonios. 

El altar sigue bellamente adornado con las multicolores flores de la boda pero el ambiente sería insoportable si no fuera porque la congregación es católica. 

Se nota en todo que son católicos. En lo mal que cantan y en lo limpios que van. Las señoras llevan peinados rocambolescos y los hombres se arrodillan y abren mucho la boca para comulgar. 

Después de misa —como para que mi gozo sea completo— veo que Mari Mar, Manolo, Pascual el Alto y Josemaría el Amente me están esperando. ¿Quieren invitarme a cenar en un exclusivo restaurante de Cox? Sí. ¿Acaso carezco de algo? 


Son las diez y media o así cuando terminamos de cenar en Cox y nos despedimos. 

Voy a aparcar mi coche en el garaje de la parroquia pero un amable vecino ha aparcado su lindo camión al borde del vado. Total, que la puerta del copiloto de mi Lamborghini acaba acariciando una de las jambas del garaje. Me gusta cómo ha quedado la puerta del copiloto, la verdad. 


Camino hacia el palacete parroquial. Me detengo en el despacho parroquial para recuperar mi ordenador pero no consigo abrir el despacho ni —por tanto— recuperar mi ordenador ni, por tanto, escribir esta página de mi Diario que publico hoy.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Diario. Viernes, 11 de septiembre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 11 de septiembre de 2026


06:00

Suena el despertador. 

Desayuno con antiinflamatorios 

Oficio de lectura y laudes. Seguimos con el libro de las Lamentaciones: «Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor». Y el beato Isaac: «Nada podría perdonar la Iglesia son Cristo. Nada quiere perdonar Cristo sin la Iglesia».


07.30

Oigo voces en los locales y colijo que han venido a limpiarlos. 

Bajo y saludo a dos seres humanos que me dicen sus nombres. Olvido sus nombres y les revelo el mío. Estrechamos nuestras manos. 


Cuando llego a la iglesia la hallo abierta. La abro más. Abro las puertas grandes y el cortavientos y las puertas laterales para que entre el fresco de la mañana. Luego me siento ante el sagrario para mirarlo fijamente pero me distraigo mucho con los objetos de cotillón que lo rodean. 


Paso toda la mañana en la iglesia saludando a los que entran y salen y tomando posesión de la sacristía. 

Entre los que entran y salen están: Antonio que pregunta por Domingo y no se han enterado de que está malito, Antonio que —como todos los días— viene a mirar fijamente al sagrario, Rosi que me presenta a la madre del alcalde que viene con ella…

Hoy reviso, vacío, limpio y ordeno otros dos cajones de la sacristía y retiro cuatro de las cinco cruces que encuentro allí. Dejo solamente una que, vista de lejos, parece vulgar pero que no lo es en absoluto. Me gustaría que Ramón Cuenca, el escultor a quien conocí en Cox, me dé su veredicto. El Cristo está delicadísimamente tallado en madera. 

También saco varias bolsas de basura. 

También leo unos veinte mensajes de WhatsApp y contesto a algunos de ellos. Por ejemplo, Alejandro —del grupo de campaneros voluntarios— me felicita por mi nuevo destino y me pregunta que si pueden visitarme y ver el campanario. Quedamos en que vendrán a las seis. Por ejemplo, invito a comer a don Paco y él acepta la invitación. Le digo que si le viene bien a las dos y me contesta que le viene mejor a las dos y cuarto. 


A eso de las doce —después de rezar el Ángelus ante la imagen de la Virgen del Rosario— voy al supermercado de Estefanía que está concurridísimo. No importa: no tengo prisa y puedo socializar con los vecinos que —como se pusieron de acuerdo para aplaudirme cuando llegué— parecen haberse puesto de acuerdo para no aplaudirme más. 

En la cola de la caja —atendida por un hijo de Estefanía, alto, enjuto y tatuado—, una amable señora insiste en que pase yo primero porque ella lleva más compra. Justo cuando estoy metiendo mis cosas en las bolsas suena mi celular. Son los de Vega Fibra. Don Paco les ha dado orden de que manipulen mi teléfono de tal forma y manera que las llamadas que se hagan al fijo de la parroquia sean desviadas automática e infaliblemete al mío. Distraído como estoy, no reparo en que he empezado a meter en mis bolsas la compra de la señora que me ha cedido el paso. Pero el hijo de Estafanía impide que consume el hurto: «esto no es suyo, oiga». Doy las gracias a los de Vegafibra y pido mil disculpas a la amable señora 

Del supermercado voy al palacete parroquial para preparar la comida pero tengo que volver a Casa Estefanía porque he olvidado la sal. 


Don paco llega a las dos y veinte. Le doy a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro, casi todas sacadas de la cesta de Caperucita que me trajeron ayer Almudena, Pepe, Fátima y María. 


Don Paco se despide a las tres y media o así. Yo termino de recogerlo todo a las cuatro o así. Para no dormirme, rezo el rosario paseando por el palacete parroquial pero, en cuanto termino de rezar, me vence el sueño y —zas— me duermo.


A las seis voy a la iglesia porque han llegado los campaneros. Subo con ellos al campanario y los dejo allí. Preparo el altar, los libros y los ornamentos rojos para la misa votiva de la Santa Cruz. Luego espero a don Paco que es quien va a celebrar la misa. Cuando llega le digo que los campaneros está en el campanario y que le he preparado la misa votiva de la Santa Cruz. Todo le parece bien. 


Voy al despacho parroquial porque tengo que hacer una partida. No encuentro los libros parroquiales. En el archivo hay un armario ignífugo y cerrado a cal y canto. Sospecho que allí están los libros pero no tengo la llave. Exploro el despacho y los locales parroquiales: también aquí tendré que desescombrar y tirar cosas. Por el momento lo fumigo todo porque los mosquitos zumban en mis orejas. 


A las ocho menos veinte salgo para el santuario de la Virgen del Carmen del Cox. 

Celebro allí a las ocho. 

Al terminar la misa se me acerca una señora que se presenta como Sandra y un muchacho de unos once años y ocho meses o doce, que se presenta como Isaac, el nombre del hijo de Abraham y del beato que escribió la lectura del oficio de hoy. Me pregunta con un dulcísimo acento colombiano que si no soy, por ventura, el padrecito que estuvo en Torremendo. Resulta que ella cuidaba de la madre de Toni, el dueño del bar que está cabe la iglesia de Nuestra Señora de Monserrate. Charlamos largamente. Ya somos amigos.


Decido volver sin usar el GPS. Casi lo consigo aunque, al final, me pierdo y tengo que dejarme guiar. Encuentro aparcamiento en la puerta de casa. Me felicito. Son las nueve menos diez pero el supermercado de Estefanía aún está abierto, Entro para comprar una botella de agua mineral porque la que sale del grifo del palacete sabe a goma de borrar. Como soy el único cliente, Estefanía y su familia me prestan toda su atención. Charlamos alegremente y nos contamos muchas cosas sin importancia, que son las que todos queremos contar cuando se acaba el día.