lunes, 9 de marzo de 2026

Diario. Sábado, 7 de marzo de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 7 de marzo de 2026


1:30

Me despierto en La Torre con un estruendo como de tempestad. Está diluviando. 


5:00

Oficio de lectura. 


8:00

Laudes. 

Lira trigésima segunda del Cántico espiritual. 

Quando tú me miravas,

su gracia en mí tus ojos imprimían;

por esso me adamavas,

y en esso merecían

los míos adorar lo que en ti vían.

Es sabido que repartir todos los bienes entre los pobres y aún dejarse quemar vivo, no sirve de nada si no hay amor. En cambio, el alma que ama tiene a Dios por prisionero y como atado con un cabello. Pues no hay cadena que ate a Dios, mas un cabello de amor si lo ata. El alma lo sabe, sabe que no hay mérito en ella y canta: «Si hay en mí alguna gracia es la de tus ojos que, al mirarme, la imprimen en mí». 


9:00

Misa en La Torre con MVP, AZV y sus diecinueve amigas de Recoletos. 

Luego —qué amables— me regalan un bizcocho hecho por ellas. 


9:45

Tercia. 

Salgo para San Miguel. 


10:40

Llego a San Miguel y encuentro la iglesia invadida por el grupo teatral que va a representar la Pasión. Joan ha huido. No me extraña. Por doquier pululan técnicos de luz y sonido; focos, cables por el suelo… Preparo el altar para la misa. 


11:00

Cesa el jaleo, empieza la Misa. 

Terminada la misa, reaparecen y reconquistan el espacio los de la compañía teatral. También yo huyo. 


13:30

Voy a casa de doña Nati. Me ha pedido que vaya pronto porque después de comer se va Murcia con Roberto. 


14:15

Visita al Santísimo aprovechando que los cómicos se han ido a comer.

Misterios gozosos. 

Vuelven los cómicos y huyo. 


15:00

Hay que preparar la homilía del tercer domingo de Cuaresma: el pozo de Sicar. 


15:30

Hay que meditar. Me encierro en el despacho y paso la media hora de oración espantando aves ligeras y ninfas de Judea. 


16:00

Vísperas. 


16:30

Viene Miriam con su novio y dos testigos para hacer el expediente matrimonial. Bajamos a los locales que, invadidos por los comediantes, tienen muy buen ambiente. El aula en la que hacemos el expediente ha sido convertida en un camerino que tiene hasta un espejo enmarcado en candilejas y todo. 


17:20

Me despido de los novios y vuelvo a la iglesia. Caos. Todo está manga por hombro. Me digo a mí mismo: «Muy bien, Vicens, no pasa nada». Pero ni yo mismo me lo creo. Respiro hondo y me digo: «¡Parsimonia!». Una señora regordeta y muy simpática me pide permiso para preparar en la sacristía la mesa de la Última Cena. Le doy permiso. Un señor alto, con barba y bigote, me dice que si puedo abrir la puerta del garaje. La abro. Una señora me pregunta que dónde está el cuarto de baño. El señor alto me dice que quién tiene las llaves de los locales parroquiales porque alguien ha cerrado la puerta los comediantes tienen que entrar…


18:00

Empieza la misa. En el banco de autoridades, las autoridades. En los bancos de cofrades los cofrades que han erigido en el presbiterio los estandartes de sus cofradías. 

Empiezan las lecturas. Al fondo de la iglesia, un niño llora, su padre lo agita, unos entran y otros salen. Yo, para mí: «Oh ninfas de Judea». Pero nada. Empieza el salmo y empieza a sonar un teléfono. Acaba el salmo y el teléfono sigue sonando. Un señor muy grande avanza por el pasillo central y decide sentarse en uno de los primeros bancos. El archidiácono ha empezado a proclamar el evangelio justo en el momento en que el señor grande provoca un tumulto entre los que ocupaban el banco en el que quiere sentar sus reales. 

Termina el evangelio e incoo el Credo porque no veo cómo puedo predicar en medio de tanta agitación. 

Durante la comunión, una niña toma la Hostia en la mano y se va con ella por el pasillo. La persigo hasta el último banco donde ella se sienta y —con gran inocencia— sonríe a su madre mientras le muestra la Sagrada Hostia. Tomo el Cuerpo de Cristo de las manos de la inocente niña y vuelvo al comulgatorio. El coro sigue cantando y el archidiácono ha subido allí para dar la comunión a la Schola Cantorum. 

Terminada la misa, dos señoras entran en la sacristía. Sus ojos —cuatro— están llenos de lagrimas. Al parecer, la misa de hoy tendría que haberse celebrado por una señora que murió la semana pasada. La familia de la difunta ha acudido a iglesia y está desolada porque ni siquiera he mencionado su nombre. 

Salgo al presbiterio y pido silencio. Los cómicos ya están retirando la alfombra y los muebles del presbiterio y hay un follón notable. Vuelvo a pedir silencio. Entonces pido perdón a los deudos de la difunta y les prometo que mañana celebraré la misa en sufragio por su alma. 

Necesito —¡Oh ninfas de Judea!— un respiro, un poco de silencio. Huyo. En la puerta de la iglesia sale a mi encuentro una señora y me explica con gran delicadeza que, desde su punto de vista, yo he obrado mal al arrebatar la Sagrada Hostia de las manos de la inocente niña. Tomo sus manos entre las mías, le doy la razón en todo y sigo mi camino. Me sale al paso JM, el presidente de la Junta de Cofradías. Imposible encontrar en San Miguel alguien tan amable y cortés y considerado como él. Me dice que tengo un puesto de honor reservado en el banco de los cofrades. Para mí, la verdad, es un consuelo ese detalle. Pero —después de agradecerle ese consuelo— le ruego que me disculpe y que me permita seguir mi camino. Él es un caballero y me deja en libertad.

domingo, 8 de marzo de 2026

Diario. Viernes, 6 de marzo de 2026

 La Torre

viernes, 6 de marzo de 2026


4:30

Oficio de lectura. 


7:15

Laudes. 


7:40

Misa. 



A Mauricio hay que llevarle la comunión a las 8:15 porque luego tiene que desayunar y subir a rehabilitación. 

A Pepe, en cambio, hay que llevarle la comunión después de las 9:00 porque él y su acompañante se despiertan tarde. 

Llevo la comunión a Mauricio y vuelvo a la capilla para meditar con el Cántico espiritual antes de llevarle la comunión a Pepe. 



10:30

Sexta. 


11:00

Misa. 


12:00

Hay que llevar la comunión a los padres de Mariluz. 



Doña Nati —qué amable— ha preparado una comida  de viernes cuaresmal: aceitunas, anchoas, champiñones y gambas al ajillo y tortilla de patatas. 

Luego —qué amable— me prepara una fiambrera con la tortilla sobrante para la cena. No carezco de nada. 



Tengo que ir a La Torre pero, antes, voy a dar catequesis a los niños de «despertar» que han venido. Son dos: Martín y Nico. Primero saludo a Estefanía. Ella también me saluda y me dice que Martín quiere saber qué celebramos en Semana Santa. Me rasco la cabeza como diciendo «vaya pregunta difícil» y luego lo explico en un minuto y medio. Martín dice que ya lo ha entendido. Entonces improviso tres breves catequesis: una sobre san Martín de Tours, otra sobre san Martín de Porres y otra sobre san Nicolás. 

Estefanía les dice que estoy buscando monaguillos. Me miran como diciendo: ¿es verdad? Asiento gravemente y luego, mirando fijamente a Martín, añado: «pero, para ser monaguillo o catequista, no basta con entender las cosas como los loros, hay que aprenderlas de memorieta para poder decirlas de carrrerilla, como el cura. 



En El Paseo me abordan tres niños que harán la comunión este año: «¡Don Javier, don Javier!». Justin Bieber y yo tenemos que aprender a gestionar la fama. 

Sergio, viendo que llevo una maleta, pregunta directamente: «¿Dónde vas?». 

Oigo a mis espaldas la voz de una madre que exclama: «¡Pero qué cotilla!». También oigo las risas de las otras madres. 

—Voy a Alicante— respondo. 

Entonces llega un niño mínimo y se pone a mirarme como los niños mínimos que no miran con los ojos sino con todo el cuerpo para enseñarnos a rezar. 

—Este es Arón— dice Sergio. 

—¡Arón, el hermano de Moisés!— exclamo en plan culto. 

—No—me corrige Sergio— es el hermano de Alba. 

Y, a mis espaldas, ríen las madres. 



De camino a La Torre, me detengo en El Realengo para poner gasoil. Cada litro me cuesta algo más de un euro con sesenta centavos. Reanudo el viaje: misterios dolorosos. 



Vísperas en la Torre. 



A las 21.30, sentado en el sillón de la abuela Paquita, oigo el tañido de la campana de La Torre. Colijo que han llegado de Madrid María VP y Ana ZV co sus diecinueve amigas. 



Completas en La Torre. 



Lira trigésima primera del Cántico Espiritual

En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello
y en él presso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.

Entretejer guirnaldas juntos es unirse de tal modo y manera que Dios y el alma —entretejidos por el hilo— son uno por el amor. Dice la Escritura que era tan estrecho el amor de Jonatán por David que sus ánimas se conglutinaron. ¿Qué no podrá el amor de Dios? Entiende por «cuello» la fortaleza y solo en ella puede volar un amor tan fuerte que hiere al mismo Dios. Y si quieres saber como se llega a esta fortaleza del alma mira lo que se dice en la declaración de las cuatro liras que empiezan asina: «Oh llama de amor viva». ¿Quién lo podrá entender? ¡Quedar Dios preso de un cabello! ¡Y quedarse así por detenerse a mirar su vuelo!

viernes, 6 de marzo de 2026

Diario. Jueves, 5 de marzo de 2026

 San Miguel de Salinas

jueves, 5 de marzo de 2026


Lira trigésima del Cantar:

De flores y esmeraldas,

en las frescas mañanas escogidas,

haremos las guirnaldas,

en tu amor florescidas

y en un cabello mío entretexidas.

Flores y esmeraldas escogidas en las frescas mañanas son virtudes adquiridas en los días de la juventud. Entre el Amado y la esposa harán guirnaldas con esas virtudes. El Amado las hará florecer, la esposa para entretejerlas pondrá un cabello, su voluntad que, aunque delgadísima y frágil ha de responder al amor. 



Es jueves y tengo que ir a La Lloseta pero, antes, tengo que recoger a don Paco en Orihuela. Salgo para Orihuela, recojo a don Paco y, juntos, vamos a La Lloseta rezando los misterios luminosos del rosario. Llegados a La Lloseta, ¿tendrá don Paco la caridad de escuchar mi confesión? Sí. 



Como en Torrellano con AB —el restaurador— y con su aprendiz o ayudante, un hispanoamericano cuyo nombre he olvidado. 

Después de comer, entrambos cargan el sagrario que han restaurado en mi coche. 



Vuelvo a San Miguel y preparo lo necesario para la exposición solemne —custodia, capa pluvial, incienso— y para la misa. Todo con órgano y todo. 

Después de la misa me siento en el confesonario. Un penitente. Muy bien. 



¿Tendrá Wilder la caridad de ayudarme a descargar el sagrario? Sí. Lo ponemos en el altar de san Juan.