jueves, 8 de octubre de 2026

Diario. Jueves, 8 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

jueves, 8 de octubre de 2026


A las seis me despierto y no me duele nada. Además no tengo sueño. Bendito sea Dios. 


Salgo de casa a eso de las siete y suena el teléfono. ¿Una llamada a as siete? Son de la central de alarmas: que ha sonado la alarma de la iglesia. Me piden la contraseña. Me invento la primera que se me ocurre: «Don Quijote de la Mancha». Me parece que la amable operadora de la central de alarmas se ríe un poco. Mecachis, no he acertado. 


La iglesia está abierta de par en par y todas las luces están encendidas. ¿A las siete? Sí. 

El misterio se esclarece enseguida. Resulta que están limpiando y han encontrado abierta la sacristía y han pensado que no estaba puesta la alarma, pero estaba puesta. 


Me refugio en la capilla del Santísimo para rezar. 


A las diez llegan los técnicos que van a arreglar el órgano. Vienen de Madrid y están recorriendo las iglesias de la Vega Baja del Segura. 


Un ser humano entra en la sacristía y pide permiso para recoger un atril del garaje. Todo en él inspira confianza. Se presenta como Juan Antonio. Estrechamos nuestras manos. Empezamos a hablar y colijo que es el ebanista y lutier del que me hablaron Ana María y Pep. No me equivoco. Fue él quien hizo los magníficos muebles de la sacristía y los violines que se exhiben en el museo del pueblo. Lo de hacer violines se le ocurrió cuando se jubiló, para entretenerse. Ya somos amigos. 


Llega Pep y trae unos carteles y me cuenta cosas. 


Me llama don Paco. 


Voy a la ermita. 


Cuando vuelvo a la iglesia todavía están trabajando los organeros. 


A las dos me preguntan que dónde pueden ir a comer. Les recomiendo el hotel Costa Blanca. 

Quedamos en que volverán después de comer y en que me llamarán para que les abra la iglesia. 


Ellos se van al hotel y yo me voy al palacio parroquial. 


A las cuatro vuelvo a la iglesia y, justo entonces, me llaman los organeros. 


Terminan su trabajo a las cinco y media o así. Me ha dado tiempo a mirar fijamente al sagrario, a rezar el rosario y a preparar la exposición del Santísimo y la misa. 


Llega Andrés, el organista. 


A las seis y media comienza la exposición con órgano y todo.  Rezo vísperas delante del Santísimo y leo en voz alta la segunda lectura del Oficio de Santa Faustina. Luego misa celebrada ad orientem. 

Todo muy solemne. 

Al final oigo a alguien decir: «Otra vez ha celebrado la misa al revés». 

Pero Pilar, la madre de Domingo, entra en la sacristía para recoger un certificado y dice que menuda misa bonita. Se ve que a ella sí le ha gustado. 


Aún tengo tiempo para ir a casa Estefanía para comprar y hacer tertulia.

Y tiempo para cenar, para escribir esto y todo. 

Diario. Miércoles, 7 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

miércoles, 7 de octubre de 2026


Paso la noche en blanco con dolores de huesos —por la artritis— y de estómago —por los antiinflamatorios—. Muy bien. 


En la iglesia me encuentro con Antonio y con Laura. Laura quiere charlar. Nos sentamos en la sacristía para charlar. Muy bien. 


Vienen a poner as flores al paso de la Virgen del Rosario. Muy bien. 


A eso de las doce y media salgo para San Miguel. Tengo que parar en Jacarilla para dar una cabezada porque me duermo. 


En casa de doña Nati me encuentro con Eva y con Samira. Me han preparado huevos fritos y patatas fritas. ¡Qué amables!

Después de comer, doña Nati se sienta en su butaca de hacer frivolité y yo, enfrente, en mi butaca de ver Pasapalabra. Le pido que me dé unos minutos para sestear. 

Unos minutos después rezamos el Rosario. Yo lo rezo paseando para no dormirme. 

Después de rezar pido a doña Nati otros minutos para sestear. 

Minutos después estamos los dos roncando. 

No sé si mis ronquidos despiertan a doña Nati o son los suyos los que me despiertan a mi. 

Me levanto, me despido —muac, muac y todo eso— y doña Nati me dice que cada vez me echa más de menos. Doña Nati es de una generación que aprendió a decir cosas amables. 

Compruebo que llevo mis llaves, el apagavelas que he comprado por Amazon y que ha llegado a casa de doña Nati, la cesta de Caperucita que me ha preparado con los restos de la comida y mi ordenador. Me voy. 

Cuando estoy llegando al coche descubro que he olvidado mi teléfono en casa de doña Nati. Hago el viaje de vuelta con mi coche. Doña Nati está esperándome en la puerta con el teléfono. 


Consigo volver a Granja sin parar para sestear pero, una vez aparcado el coche en el garaje, a duras penas llego al palacio parroquial. Dejo en la nevera la ensalada que viene con la cesta de Caperucita. Me como una patata frito y dejo las demás en la cocina. Me derrumbo en la cama —vestido y todo— y me quedo frito. 


Son las cinco o así cuando me despierto. Me ducho y voy a la iglesia. 


Ester entra en la sacristía, me dice —mondándose de risa— que lee mis diarios y se va. 


Empieza dolerme el estómago. 


Mari Carmen entra en la sacristía para decirme que no se explica por qué no se enchufaron los carbones del incensario durante la misa funeral de ayer. Ella misma los enchufó en el garaje y comprobó que echaban humo. 


Martín entre en la sacristía para preguntarme que si hay que enchufar ya las velas. 


La iglesia está atestada. Autoridades, reinas, coro, pueblo… Enchufados las velas del altar, las del ambón, el carbón del incensario… 

Tolón. Martín toca la campana del presbiterio y empieza la fiesta. Gloria, Credo, homilía y todo. 

En la comunión —¡oh sorpresa!— veo que han venido de La Murada Mari Carmen y Manuel. 

Después de la misa el alcalde va a entregar unas placas a los vecinos que nacieron en 1946 y que, por tanto, cumplen o han cumplido ochenta este año. 

Me acerco disimuladamente a Laura: 

—¿Podrías, gentil Laura, por favor, conseguirme un omeprazol?— pregunto. 

Ella asiente y sale volando con Rebeca. Yo aprovecho para quitarme la casulla, ponerme la capa pluvial y sentarme en la semioscuridad de la sacristía con la intención de hacer un rato de oración. 

Entran en la sacristía Mari Carmen y Manuel, me saludan, quedamos en que iré a comer a su casa y se van. 

Desde la capilla del sagrario, Rebeca y Laura me hacen señas y me muestran un bote de omeprazol de 20 gramos. Vuelo hacia ellas con un corazón desbordante de bendiciones. Pronuncio nobles palabras de gratitud, les arrebato el frasco y me zampo dos cápsulas. 

Luego vuelvo a sentarme. 

Cuando empieza la procesión, el omeprazol ha empezado a hacer efecto y vuelvo a ser el presbítero más feliz del mundo.

Reinas, estandarte… Hay un problema con el estandarte. Un ser humano me dice que no puede salir la procesión si no hay estandarte. Miro a Martín como esperando que a él se le ocurra una solución. Martín me pregunta que si la procesión puede salir sin incienso. Reconozco con toda sencillez que no tengo ni idea de qué cosas son necesarias para que salga la procesión de la Virgen del Rosario aparte de la Virgen del Rosario. Entonces Martín toma una audaz decisión. Deja el incensario y la naveta en la sacristía y alza en sus manos el estandarte que es bastante pesado. 


Ahora sí: reinas, estandarte, el paso, el cura acompañado de Ana María —de la Hermandad de la Santa Cruz— las filas de fieles alumbrando, las autoridades, la banda con su tachín, tachán tachón…. Empieza la procesión. 


Aitor está por todas partes, sacando fotos. 


Me pongo a rezar vísperas. 

Estoy terminando de rezar vísperas cuando llega Martín. Lo han relevado del estandarte —parece aliviado— y ha decidido caminar a mi derecha. 

Termino de rezar vísperas y empiezo a hacer preguntas dificilísimas a Martín: ¿Cómo se llamaban los padres de Zacarías? ¿A cuantas personas resucitó Jesús? ¿Cómo se llamaban las hermanas de Lázaro? ¿Y el señor bajito que subió a un árbol para ver a Jesús? ¿Cómo se llama el río que atraviesa Egipto? ¿Que animales peligrosísimos nadan por allí? Martín responde a todo con soltura. Cuando le pregunto los nombres de los doce apóstoles titubea: san Pedro, Santiago… san Pablo. Tomo nota. 

La procesión llega a la recta final en, la calle de la arboleda, y se detiene para la ofrenda del castillo de fuegos artificiales. Pim, pam, tracatracatrá, pum. Precioso. 

Ya en la puerta de la iglesia, el himno nacional y sanseacabó. 

Jose Luis y Martín no solamente me ayudan a apagar las luces y a cerrar la iglesia sino que insisten en escoltarme hasta el palacio parroquial. Allí nos despedimos pero sin muac, muac ni nada de eso. 

Una vez en casa me tomo dos patatas fritas, un vaso de leche fría, un omeprazol y una pastilla para morir. 


Antes de rezar completas me pongo el pijama por si la pastilla de morir hace efecto muy deprisa. 


Ya en pijama y sentado en el borde de la cama rezo completas. 

Me arrodillo para rezar tres avemarías. La segunda la rezo en la cama. La tercera la rezo en sueños.

martes, 6 de octubre de 2026

Diario. Lunes, 5 de octubre, y martes, 6 de octubre de 2026

 lunes, 5 de octubre de 2026

Granja de Rocamora


06:00

Suena el despertador. 


08:00

Abro la iglesia. 


08:30

Salgo para Cox. 


09:00

Misa en el convento. 


09:30

Empieza mi peregrinación en busca de un taller para mi Lamborghini. 

En el primer taller hay un mecánico que está debajo de un coche y no puede atenderme. 

En el segundo taller hay dos mecánicos que están trabajando en sendos coches y que no siquiera me saluda,

Decido ir al concesionario de SEAT en Orihuela. Un atento conserje me manda llevar el coche a la parte de atrás, que es donde están los talleres. En la parte de atrás, un atento jefe de taller me dice que si n¡o he pedido hora no pueden atenderme. Pido hora. Me dice que hasta el mes que viene no es posible porque solamente tienen un mecánico. Muy bien. 


Vuelvo a casa. El teléfono no para de sonar. 

Aparco el coche y en al puerta de casa me está esperando una señora que me pasa un teléfono. Oigo la voz de una amable joven que me comunica que ha muerto su querido abuelo y me pregunta si será posible hacer el entierro mañana a las cinco de la tarde en la parroquia. Le digo que sí, que celebraremos la misa por su abuelo con mucho cariño. 

Subo a casa y suena el teléfono. Es Ana María: que me están buscando por todo el pueblo porque ha muerto una persona y no me encuentran. Le doy las gracias y le digo que todo está solucionado. 

Suena el teléfono. Del obispado. Que me están buscando como locos por todo el pueblo y que no me encuentran y que hay un entierro. Le doy las gracias y les digo que todo está solucionado y que, por favor, no hagan mucho caso a las alarmas del tanatorio o de los deudos excitados por el tanatorio porque el entierro será, si Dios quiere, mañana a las 17.00 y ni el difunto ni sus dolientes tienen prisa. 

Suena el timbre. Abro la puerta. Es la nieta del difunto que viene acompañada por —creo— su novio. Que en el tanatorio les dicen que no basta con que ella haya hablado conmigo. Que tengo que llamar yo para confirmarlo.

En primer lugar pregunto a la nieta que cómo se encuentra.  Cuando me dice que está triste pero bien, le manifiesto mi estupor: ¿es posible que los del tanatorio la hayan obligado a venir a mi casa para decirme que necesitan confirmar la hora conmigo? 

Le ruego que llame al tanatorio y que me pase el teléfono. Oigo la voz de una atenta empleada y —después de saludar amablemente— le explico la situación. Una feligresa me ha comunicado el fallecimiento de su abuelo y hemos concertado el funeral para mañana a las cinco en la parroquia. No puedo creer que —en vez de facilitarle las cosas— la hayan obligado a venir a buscarme para que yo les confirme la hora. La amable empleada —supongo que siguiendo instrucciones— toma la palabra: 

—Pues sí, caballero, necesitamos su número de teléfono para hablar con usted. 

Yo:

—Se lo voy a decir con toda la cordialidad y el cariño del mundo: ustedes no tienen que hablar conmigo ni antes, ni durante ni después del entierro para nada. Deben arreglar sus asuntos con sus clientes. Espero que, en adelante, quede claro que todo lo que se refiere a los funerales, lo trato directamente con los feligreses de mi parroquia y solamente con ellos. ¿Me ha entendido?

—Sí, Padre Javier— responde la amable operadora. 

—Muy bien, pues muchas gracias. 


Devuelvo el teléfono a la nieta del difunto y comenzamos a conversar distendidamente. Su novio —si es que es su novio— conviene que en que, con lo de los teléfonos y guasaps nos estamos volviendo locos y que si no conseguimos lo que queremos a la primera montamos un escándalo.

Les cuento mis aventuras de esta mañana buscando taller y se ríen mucho sobre todo con lo del concesionario de la SEAT. 

En fin, a las once y media, nos despedimos. Eran las once y cuarto cuando convinimos por teléfono en que el funeral del abuelito sería mañana a cinco de la tarde. 


Voy a la ermita. Trato de quitar la alarma pero no lo consigo. No importa. 

Hay mercado —están retirando los puestos— y una señora se asoma y muestra gran contento cuando le digo que puede pasar.

Tomo nota. Sería buena idea abrir la ermita los días de mercado. 


Tertulia en casa de Estefanía. 


Como en la casa abadía. 


Sé que se me olvidan cosas muy interesantes pero no se me olvida que Martín viene para ayudarme a misa de siete. 

Tampoco se me olvida que, después de misa de siete, comento el soneto Un pastorcico solo y doy una breve catequesis sobre el rito de la paz que acaba cuando el sacerdote dice «La paz del Señor esté con vosotros» y la congregación responde «Y con tu espíritu». 

Si alguien se pone nervioso y empieza a gritar «no, oiga, no, hay que decir “daos fraternalmente la paz”, conviene mirarlo con misericordia y —a solas— corregir su yerro si se deja, 


Granja de Rocamora.

martes, 6 de octubre de 2026


Paso buena parte de la mañana en el despacho parroquial cumpliendo órdenes. 

Necesito, urgentemente, una impresora.


A las once he quedado en la sacristía con Mari Carmen y con don Paco. 

Llego a la iglesia a las diez y media. Mari Carmen ya está allí mirando fijamente al sagrario. 

Don Paco llega a las once y don Paco. 


Nos sentamos en tres sillas —cada uno en la suya— que he traído del garaje. 

Mari Carmen y don Paco convienen en que las sillas están mejor en el garaje que apiladas en la nave. Me felicito. 

Tratamos graves asuntos y nos despedimos a la una, casi. 


Jesús, el de las camisas de palmeras, se ha aficionado a las estampas de la Virgen del Rosario y se las lleva en tacos de cincuenta. A veces me las pide y, a veces, se las lleva disimuladamente. 


Como en la casa abadía. 


A las cinco enterramos a Anastasio. 


Luego tengo que ir al despacho parroquial. 


Luego tengo que ir a la ermita donde me esperan Ana, Lourdes, Pep y otros. 


Y, sin saber ni cómo ni nada, das las diez de la noche y tengo que decir: «hasta aquí».