Granja de Rocamora
domingo, 25 de octubre de 2026
5:00
Suena el despertador.
6:00
Rosario de la Aurora.
Hoy toca visitar el cementerio. Rosario me coge del brazo y me cuenta —muy contenta— que a su nieta la han nombrado Miss Alicante y, luego, poniéndose muy triste, me lleva hasta el nicho donde está enterrada su Susana que murió cuando no tenía que morir. Allí rezamos y Rosario encuentra algún consuelo aunque sigue llorando.
X me cuenta que en la sierra de Callosa hay cabras. Algún día contaré la historia de las cabras de la sierra de Callosa.
Pasamos por la ermita de la Trinidad cuando empiezan a cantar los gallos.
7:30
Martín me ayuda a preparar la misa.
8:00
Misa de auroros.
9:00
Llamo a doña Nati que ya está despierta y se alegra no poco.
10:00
Preparo la misa de once.
10:30
Martin limpia las pilas de agua bendita y yo voy a sentarme en el confesonario.
10:55
Voy a la sacristía para explicarle a don Paco —que va a celebrar la misa— algunos detalles que debe tener en cuenta.
Luego, mientras empieza la misa, vuelvo al confesonario. Tres penitentes. Muy bien.
11:15
Salgo del confesonario. Don Paco está con el Gloria. Voy a Cox para la misa de doce en San Juan Bautista.
11:30
Me siento en el confesonario de Cox. Doce penitentes. Muy bien.
12:00
Misa de doce. Hay una chica apoyada en la puerta de la sacristía. Le pregunto que si es ella la que va a hacer la monición de entrada y me contrapregunta: «¿Eso qué es?». Colijo que no es ella la que va a hacer la monición de entrada y le pido al sacristán —David— que llame a la catequista para que el monitor encargado de hacer la monición de entrada haga la monición de entrada. La catequista llega, habla con la chica de la puerta y la chica de la puerta hace la monición de entrada sin saber que está haciendo la monición de entrada. ¿Qué dice? Yo no alcanzo a entender ni una palabra. Juraría que nadie en el la iglesia —incluida la amable monitora— ha entendido más que yo.
12:44
Termina la misa de doce.
Se me acerca un sonriente feligrés con una amable consejo: «Padre, la próxima vez, hable más fuerte porque no hemos entendido nada».
Me da risa y consuelo.
13:10
Llego a San Pedro de Granja. Paloma, su marido, la niña Martina, la madrina con su esguince y todos los invitados al bautizo están esperando. ¿No ha venido don Paco? No. Pido disculpas mientras me revisto a toda prisa para el bautizo. Llega don Paco. Pide disculpas mientras me ayuda encendiendo el cirio pascual.
Todos hacen gala de una paciencia y de una comprensión poco comunes en los tiempos que corren. Mi primer bautizo en Granja me confirma algo que intuí desde el primer día: estoy en un pueblo de señoras y caballeros.
15:00
Invitado a comer con don Paco por María Dolores y José Ángel, entro en una hermosa casa en la que han preparado arroz con conejo. Excelente, por cierto.
No hablamos de política.
Antes de comer me piden que bendiga la mesa y bendigo la mesa. Después de comer me piden que dé gracias (a Dios) por los alimentos y doy gracias por los alimentos.
Ya en la puerta, mientras nos despedimos, digo algunas nobles palabras de agradecimiento por su hospitalidad —tan amable— y les pregunto si, por ventura, tendrán algún inconveniente en que cuente nuestro encuentro cuando escriba mi diario. No, no lo tienen. ¿Puedo contar que la suya es una casa muy linda, y que me zampado dos platos de arroz con conejo? Sí.
Don Paco me deja en la casa abadía. Necesito una siestecilla.
Siestecilla.
Luego sigue una apacible tarde de domingo entre lecturas, oraciones y tareas domésticas.
De cena, salmón al horno. Muy bien.
Ganja
lunes, 26 de octubre de 2026
Unos desaprensivos irrumpen en la parroquia gritando y prendiendo fuego a todo. Salgo a su encuentro armado con un candelabro y descalabro a más de uno pero son muchos los bribones. Uno me golpea por la espalda y caigo por las escaleras. Justo entonces me despierto.
Estoy en el suelo de mi dormitorio. Me he caído de la cama y tengo el hombro derecho y la rodilla izquierda bastante malheridos. Tardo como quince minutos en reunir fuerzas para sentarme al borde de la cama. Lloriqueo durante otros quince minutos y luego voy hacia la ducha haciendo muchos aspavientos de dolor porque nosotros, los actores de toda la vida, sabemos que el dolor fingido mitiga el dolor real y que —por eso mismo— el público nos llama «cómicos».
Misa de diez en Cox porque es lunes y don Paco está de asueto.
Luego voy a La Torre a buscar mis melicinas. Las hallo. Laura tenía razón. En agosto me dieron una caja de acfol y en septiembre —como había olvidado la medicación en San Miguel— me dieron otra. Sí, Laura tenía reazón: tecgo acfol de sobra hasta abril.
De vuelta a Granja voy a la ermita para recoger la misa del viernes pasado y preparar la del próximo. Suena la alarma. Suena el teléfono. Son los de la central de alarmas. Me piden la contraseña.
—«Hipopótamos» —digo. Y oigo aplausos al otro lado del teléfono. Celebran que, por fin, he recordado la contraseña secreta.
A las siete, misa de siete en Granja. Muy solemne y todo pero sin genuflexiones porque tengo la rodilla izquierda muy malherida.