miércoles, 1 de abril de 2026

Diario. Miércoles, 1 de abril de 2026

 San Miguel de Salinas

miércoles, 1 de abril de 2026


Me visto con harta dificultad y desayuno con ibuprofeno porque no tengo paracetamol. 


6:56

Salgo al Paseo. Aún es de noche y hace fresquito. Ni un pájaro ni nada. 


7:00

He abierto la iglesia y he encendido las luces. Estoy bajando con dificultad las escaleras que van de la sacristía al garaje cuando dan las siete. 


7:40

Misa en el hospital. Luego el doctor GL me pide que vaya a bendecir cierto ingenio que se ha estropeado. 


9:30

Volviendo a San Miguel se me cierran los ojos. Aparco y me quedo frito instantáneamente.

10:00

Me despierto con la cabeza apoyada en el volante. ¿Hola? ¡No me duele nada! ¿Hola? ¡Puedo cerrar casi completamente el puño de mi mano izquierda. Me felicito y sigo mi camino.


10:30

Voy al banco. No me duele nada. 


11:00

Misa. 

Luego voy al confesonario. Dos penitentes. No me duele nada. 


12:00

Despacho. Hay que actualizar las cuentas.


13:00

Compro seis pasteles en la panadería y salgo para Crevillente. Aparco y e cuesta un poco salir del coche. Se están pasando los efectos de la poción mágica. 


13:45

Llego con quince minutos de retraso a la casa de Mari Mar y Manuel que me han invitado a comer. Están con tres de sus hijos: María, Ricardo y Josemaría que viene a mi encuentro con gran contento y me abraza y trata de subírseme a la chepa sin saber —pobriño— que se están pasando los efectos de la poción mágica y que sus carantoñas son como mordiscos de piraña. 

Esperan a Manu —el mayor— que llegará de Valencia a las cinco o así. Pascual está en Fátima y no volverá —creo— hasta el lunes.

Mari Mar ha preparado un rico cocido con pelotas. Bendigo la misa con el Vetus Ordo: Benedic Domine nos et haec tua dona.. 

Charlamos y charlamos y charlamos. 

Luego Mar me prepara una marmita con caldo para que me la lleve a San Miguel. ¡Qué amable! 

Me tomo un gramo de Ibuprofeno.

Ella va a Alicante para recoger a Manu, Manuel se queda con los niños y yo salgo para La Torre. 

En la primera gasolinera que encuentro me detengo para dar una cabezada. 

Llego a La Torre a las cuatro y media o así. Los amigos oxonienses de Rocío y Dominic —con sus muchísimos hijos— se han ido, pero han llegado Ana VP, Pablo P y sus hijos: Lucía y Javier. 

Censo de La Torre:

Rosario.

Rocío.

Dominic.

Jose.

Rafa.

Teresa.

Ana.

Pablo.

Lucía.

Javier. 

Once, contando al cura.

Quedamos en que la misa será a las seis y voy a echarme una siesta. (Cada vez me identifico más con el lirón de Alicia en el País de las Maravillas).  

18:00

Misa en La Torre. Cuando voy a distribuir la comunión veo que está allí Urraquita. Colijo que han venido Pupé y Jaime. 

Al terminar la misa y la acción de gracias después de la misa puedo comprobar con mis propios ojos que, en efecto, acaban de llegar Jaime y Pupé. Beso a Pupé, abrazo a Jaime y la comprobación visual se ve corroborada por el tacto. 

Censo de La Torre:

Rosario.

Rocío.

Dominic.

Jose.

Rafa.

Teresa.

Jaime

Pupé

Urraquita.

Ana.

Pablo.

Lucía.

Javier. 

Catorce, contando con el cura. 


Ya en San Miguel, consigo en la farmacia diez comprimidos de paracetamol de un gramo. 

La procesión del encuentro de Cristo y la Verónica la va a presidir el Archidiácono. ¡Qué amable!

martes, 31 de marzo de 2026

Diario. Martes, 31 de marzo de 2026

 San Miguel de Salinas

martes, 31 de marzo de 2026


Misa a las 12:00. Sirve al altar Pablo. Schola de portugueses. Muy bien. 


Luego mantengo una conversación secreta con Rosario. 

Dominic prepara un delicioso arroz con bacon. Muy bien. 


Después de comer me despido de los amigos de Rocío y Dominic porque se marchan mañana por la mañana. Todos coinciden en que ha sido un placer para ellos conocerme. ¡Qué coincidencia!


Doy una cabezadita, me tomo un café y vuelvo a San Miguel parando en el área de servicio del Realengo para tomar una Coca-cola. Misterios dolorosos por la tía Janusa. 


Aparco en el garaje cuando están dando las cinco y media. Tengo media hora para preparar la misa pero aparece él; sí, él,  el amable vendedor de calcetines que milita en la iglesia de Filadelfia. 

Pare, cómpreme unos calcetines payudar a mis niños. 

—Lo siento, tengo prisa. Sal del garaje, por favor que voy a cerrar la puerta. 

—Te invito a una copa en el bar. 

—No gracias. Con lo que te ahorres, invita a tus churumbeles. 

Empiezo a subir las escaleras apoyándome en la pared por la artritis y oigo al amable vendedor de calcetines que milita en la iglesia de Filadelfia: 

—¿Y no va borracho el payo que no pue ni andar derecho? Anda, deja el vino que Dios lo puede todo. 

Y yo, cerrando el garaje: 

—¡Gloria a Dios!


Doy el primer toque, enciendo las luces y preparo el altar dando gracias a Dios que, para mi crecimiento interior, me envía profetas carismáticos de la iglesia de Filadelfia. Gloria a Dios, aleluya. 


Llegan Teresa y doña Nati y me preguntan que cómo estoy. Les digo que bien, aunque algo perjudicado por la artritis. Teresa me dice que cuente con ella si puede ayudar en algo. Se lo agradezco. 


Ya en la misa, tras la oración colecta, miro a Teresa para invitarla a hacer las lecturas. Nuestras miradas no se encuentran. Persevero. Nada. Entonces, un joven que está en el último banco me hace señas, se acerca al presbiterio, sube al ambón y proclama  —muy bien— la primera lectura y el salmo. 


Después de misa tengo que enviar las lecturas del Jueves Santo —fotografías y audios— al grupo de lectores. 


Llamo a Juli para encargarle las flores del Jueves Santo. Llamo a Zoila. 


Zoila viene con su madre —Milagros— a la que ha conseguido traer de Cuba. Tienen pasaporte español y no les ha sido difícil salir de aquel infierno. Doy la bienvenida a Milagros y encargo algunas tareas a las dos. Una hora después, vuelvo y nos vamos a Masymas. El presupuesto de Caritas para esta compra es de 50 euros. Hacen una compra por valor de 78 euros. Quedamos en que deben 28 euros a Caritas. Les parece justo. 


Luego las llevo a casa y paso por la iglesia antes de retirarme a la casa abadía. No la cierro porque las cofrades de la Dolorosa están arreglando el trono y porque el coro va a ensayar. 


Son las 22:04 cuando termino de escribir esto. 

Diario. Lunes, 30 de marzo de 2026

 La Torre

lunes, 30 de marzo de 2026


El Jueves Santo —gran día sacerdotal—empieza a celebrarse por adelantado hoy con la misa crismal.

Por nada del mundo querría llegar tarde. Como la misa empieza a las once, salgo de La Torre a las diez. Muy bien. 

Veintitrés minutos después, estoy en el aparcamiento del puerto deportivo, frente al Meliá. 

Camino sin prisa hacia la catedral. La mañanita está soleada. Muy bien. Muy bien.

En la puerta de la catedral de San Nicolás, todo el cabildo se ha reunido con sus sotanas y cogullas carmesíes no para recibirme a mí sino para recibir al obispo. Da igual, entro por medio de ellos dándome importancias. 

Me detengo un momento en la capilla del Santísimo. No me arrodillo —por la artritis— pero me inclino profundamente para adorar. 

Se me acerca un hermano sacerdote: que si puedo oír su confesión. 

En el claustro  oigo su confesión y le doy la absolución y el oye la mía y lo mismo. I do like Mondays. 

La catedral de San Nicolás, vista desde fuera, es una masa enorme y nada más. Por dentro —y hoy he podido admirarlo largamente— es un prodigio de espacio y de luz.


Por azar o por otras causas, he venido a sentarme solo, lejos de los demás sacerdotes concelebrantes, pero muy cerca del obispo. Nunca antes había disfrutado tanto de una misa crismal como he disfrutado hoy al renovar mis promesas treinta y ocho años después de mi ordenación. La liturgia, por cierto, cuidadísima. 


De vuelta a La Torre comida con los mayores. Los niños han comido antes. 

Rosario y su amiga Teresa llegan de Cádiz o de Sevilla hacia las cinco y media. Programamos el Via Crucis con niños para las 16:00 y la misa para las 18:00. 


Via Crucis con niños a las 16:00. Los niños leen en inglés las catorce estaciones. Muy bien. 


Terminado el Via Crucis, Sebastian me acompaña al almacén de CEPSA para comprar dos bombonas de butano. Necesito ayuda por la artritis. Él puede llevar una bombona llena en cada mano sin esfuerzo aparente. Muy bien. 


Misa en inglés a las 18:00. Ayuda al altar Dominic. Los portugueses cantan algunos himnos ingleses y latinos a dos voces. Cuando ellos cantan, los niños callan; cuando ellos callan, los niños gritan. Muy bien. 


Al terminar la misa, Dominic me ayuda a quitarme el alba. Necesito ayuda por la artritis. 


Cenamos a las nueve o así. Con Rosario y Teresa el censo de La Torre llega a las treinta y dos almas. Muy bien.

lunes, 30 de marzo de 2026

Diario. Domingo, 29 de marzo de 2026

 La Torre

domingo, 29 de marzo de 2026


Anoche olvidé tomarme el Paracetamol. Me he despertado con un entumecimiento general. No importa. Omeprazol en ayunas y diez minutos después, desayuno y Paracetamol de 1 gramo. 


Oficio de lectura, laudes, oración ante el sagrario y, a las 9:30 salgo para Torremendo. Justo a esa hora comienza la procesión de Ramos presidida por el archidiácono. Acaban de entrar en la iglesia cuando llego yo y empieza la misa. 


A las once vuelvo a San Miguel y ayudo a Joan a poner orden en la iglesia que, después del concierto de ayer, quedó patas arriba. 


El amable archidiácono se ha ofrecido a presidir también la procesión de san Miguel para que yo no tenga que exhibir —como Coriolano— mis heridas ante el pueblo. 


A las doce y media en punto, con volteo de campanas y todo, el archidiácono, revestido con dalmática roja, irrumpe en la iglesia como torbellino de fuego seguido por los niños hebreos que llevan ramos de olivos y salen al encuentro del Señor aclamando: Hosana en el Cielo. El coro rompe a cantar. Yo espero en la sede hasta que todos —autoridades, niños, catequistas, monaguillo, archidiácono, lectores— hallan sus sitios. Luego pido al archidiácono que —por favor— me traiga las gafas que he olvidado en la sacristía y hago la hermosa oración colecta que es todo un programa para celebrar la Semana Santa: aprender de los misterios de la Pasión de Cristo para merecer —si tal cosa es posible— participar en la gloria de su Resurrección. 


La breve homilía que pronuncio es, con ligeras modificaciones, la que he pronunciado en Torremendo. 


Durante la comunión, Macarena protagoniza un episodio de «descanso en el Espíritu» con desmayo incluido. Como los feligreses de San Miguel no saben mucho de fenómenos paranormales, se produce un revuelo y hasta el jefe de la Policía Local con su uniforme de gala acude a socorrer a la mística Macarena. Yo, impertérrito, parsimonioso, impasible el ademán y eso, sigo distribuyendo la comunión como si nada. He atendido a unos cien comulgantes y el archidiácono ha subido a dar la comunión a los del coro. Calculo que me quedan unas treinta formas y veo que la cola de comulgantes llega hasta el final de la iglesia y no decrece porque, por cada comulgante que comulga, se incorpora otro que aspira a comulgar. Por fin vuelve el archidiácono pero —vaya— no tiene más que dos formas. Como es venezolano está acostumbrado a hacer milagros. Mientras voy al sagrario para partir la forma grande que está en el viril, él, con sus dos formas, da la comunión a unos veinte feligreses. Por vía de milagro han comulgado todos y ha quedado una partícula para la reserva.


Al terminar la misa salimos —el archidiácono, el monaguillo y yo— a la puerta para saludar a la congregación y para asegurarnos de que nadie se va sin un programa de mano de la Semana Santa. 


A las dos y cuarto recojo a doña Nati y vamos a comer a casa de Heidi y Armin. 


A las cuatro y media dejo a doña Nati en casa de Esperanza porque tienen partida de parchís. Yo preparo mi maleta, rezo la hora sexta y salgo para La Torre. 


La población de La Torre, hoy, asciende a treinta almas: 

1. Once adultos: cinco matrimonios y un cura. Todos católicos. 

2. Diecinueve niños de entre cero y diez años. Todos bautizados pero no todos civilizados y muchos de ellos, amentes. 

Todos —adultos y niños con uso de razón— hablan inglés. Algunos hablan, además, español. Cinco hablan —además de inglés— alemán. Cinco hablan —además de inglés—portugués. 


A las siete menos cuarto estoy revestido de fuego en la sacristía de La Torre. 

En la ermita hay un caos como de jungla vietnamita: uuu, aaa, Ha. No importa. Me revisto parsimoniosamente. 

Cuando subo al altar los portugueses empiezan a cantar una antífona en latín a dos voces y —como por ensalmo— los amentes dejan de hacer ruidos. Cesa el canto de entrada y los amentes se agitan de nuevo. 


A las diez y media los niños ya han cenado y me avisan: va a empezar la cena de los mayores. Los que nos sentamos en una table ronde somos once:

1. Marta —catalana—y Víctor —gallego. 

2. Dominic —inglés— y Rocío, mi sobrina. 

3. Lucía y Pablo. 

4. Nuno —a mi derecha— y Leonor —a su derecha. 

5. Yaminah y Sebastian, alemanes.

Todos viven en Oxford. 


Dominic ha preparado un pollo al horno con muchas patatas y guisantes. 


Hablando con Nuno intuyo que estoy ante un santo que —además— es un sabio. Busco su libro en Amazon y lo hallo: The Traveling Anatomist. 


Rocío me anuncia que van a acostar a los niños y que, luego, se reunirán en el zaguán para la tertulia y la última copa. La `parte más alta y más noble de mi alma me grita que allí he de estar yo. La parte más baja y rastrera y miserable de mi alma dice que tengo sueño, que me voy a la cama y que mañana será otro día.