miércoles, 27 de mayo de 2026

Diario. Miércoles, 27 de mayo de 2026

 La Torre

miércoles, 27 de mayo de 2026


Desde las 5:30 hasta las 7:00


A las 5:30 me despierto. Mis hombros —tengo dos— están como anquilosados. Las dos manos, que están unidas a ellos por sendos brazos. no solamente no obedecen a mis órdenes sino que —en franca rebeldía— me responden con latigazos. 

La filosofía me ha enseñado a no quejarme pero nunca he hecho mucho caso a la filosofía. 

El Evangelio me ha enseñado a alabar a Dios: «Bendito seas, Señor, por la hermana artritis y por el Antalgín que tengo en la cocina. Si es tu voluntad que llegue a la cocina y pueda beneficiarme del efecto curativo que le has dado a esa píldora milagrosa, toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote». 

A las 5:45 consigo sentarme al borde de la cama, poner los pies en el suelo y levantarme. Nada más levantarme noto que se me desbloquean los hombros. Quiero celebrarlo y casi me tira al suelo el latigazo que me mandan mis manos. Las miro y las reconozco aunque los diez dedos que suelen servirme amablemente se han convertido en diez morcillas dolorosas.

A las 6:00 llego a la cocina y me preparo una taza de leches con Nescafé y miel y me la zampo con una píldora mágica de Antalgín. 

A las 7:00, cuando abro la iglesia, enciendo las luces, abro la puerta del garaje y saludo a la pareja de la Guardia Civil que me devuelve el saludo y retira el coche del vado para que yo pueda sacar mi Lamborghini 27, ya no me duele nada. 

Bendito sea Dios. 


Desde las 7 hasta las 13:30


Hay que ir a hospital y celebrar al gran san Agustín de Canterbury. 

Hay que volver a San Miguel y volver a celebrar al gran san Agustín de Canterbury en su calidad de pastor misionero 

Hay que preparar la exposición y la misa de mañana y salir para Alicante. 

Hay que aparcar junto al Rico Pérez y caminar hasta la librería San Jorge. Allí hay que contener la ganas de abrazar a Carmen que me abre la puerta con una sonrisa que dice: «estoy conteniendo mis ganas de abrazarte». Estrechamos nuestras manos conteniendo nuestros deseos de abrazarnos amable y castamente.  Hace como veinte años que no nos vemos.

Salgo de allí contento por el encuentro y cargado con una bolsa que no pesa mucho porque lleva como doscientos cincuenta gramos de material sacramental altamente explosivo y dos libros.


Desde las 13:30 hasta las 17:30


Voy a la Torre con parsimonia. 

Encuentro en mi piso un huevo, pan de molde y una lata de pisto.

Frío el huevo, tuesto dos rebanadas de pan de molde, caliento el pisto después de comprobar que caducará en 2036, lo revuelvo todo, lo bendigo y me lo zampo. 

Recojo todo y me siento en la butaca de la abuela Paquita para oír a Schumann: Op 27 —lo anoto entre mis favoritos— Op 28 —otra joya buena, no como las de Zapaterix y Op 29. 

Armado con mi rosario salgo  a pasear por el palmeral —misterios gloriosos— para vencer el sueño y al diablo. 

Desde las 17:30 hasta las 19:30


Me aplico a la lectura de La asamblea que condenó a Jesucristo. Me siento bajo el algarrobo y me rocío los tobillos con Aután para orar. 


Desde las 19.30 hasta las 20.30


Vuelvo con ansias a la lectura de La asamblea que condenó a Jesucristo


Desde las 20:30 hasta las 21.30 


Rezo vísperas, vuelvo a la lectura y luego, me enredo en las RRSS y tuiteo esto: 


Dos hermanos judíos se convirtieron a Cristo, fueron bautizados y confirmados, recibieron el sacramento del orden sacerdotal y escribieron esta maravilla: La asamblea que condenó a Jesucristo


Amable san Gamaliel (+ 3 de agosto del 52) a cuyos pies se sentaron Saulo, Bernabé y Esteban de quienes —luego— escuchaste la Buena Nueva que salva: ruega por nosotros. 


Nosotros, los que como Simeón —hijo de Gamaliel— hemos sido educados desde la infancia entre sabios, sabemos que nada hay más valioso que el silencio. 

Tenía fama de gran conciliador pero lo cierto es que sembró la cizaña en la ciudad.

martes, 26 de mayo de 2026

Diario. Martes, 26 de mayo de 2026

 San Miguel de Salinas

martes, 26 de mayo de 2026


Dos misas: 

A las once, memoria de San Felipe Neri en San Miguel.

A las seis de la tarde, entierro de Joaquín. Sesenta años. Estaba trabajando en el campo con su madre cuando, de repente, cayó muerto a los pies de ella. (Mt 24,40) 



Gerardo viene a echarme una mano. Hay que tirar las flores secas, mover dos bombonas de butano, barrer la iglesia, comprar un enchufe y arreglar un ventilador. Muy bien. 



Inglaterra y la masonería fragmentaron Hispanoamérica.

lunes, 25 de mayo de 2026

Diario. Sábado 23, domingo 24 y lunes 25 de mayo de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 23 de mayo de 2026


A las 20:00 comienza la misa de Víspera de Pentecostés. La ofrecemos por Ana. Su familia ha venido y me ha perdonado el despiste del otro día. Lo sé porque han sonreído mucho durante la homilía, porque han dejado un donativo muy generoso y porque, el salir, en la puerta, me han hablado con mucho afecto. 


San Miguel de Salinas

domingo, 24 de mayo de 2026

 

Gerardo y su madre y han emigrado de Torremendo a San Miguel. Yoli y David están en Nápoles. ¿Quién me abrirá la puerta de la iglesia? 


Tales cosas pienso mientras mi Lamborghini serpentea por la verde campiña que rodea el embalse de La Pedrera. 


La iglesia está abierta. Dentro está Antonio. Benditos sean Dios y Antonio. 



Tomás está de viaje con su esposa. Están celebrado cuarenta añitos de matrimonio. Merecen unos días de asueto pero ¿qué será del coro de San Miguel? 


A las doce y media empieza la misa en San Miguel. Gema ha traído un teclado y el coro suena muy bien. 



Doña Nati y yo vamos a comer a casa de Hedi y Armin con Gracia y con José María.  


Al empezar la comida, Gracia —observando que su marido rechaza el vino que le ofrece Armin— le dice: «Cariño, bebe, que solamente voy a tomar una copa y luego conduzco yo». Pero se ve que se le olvida. No me extraña porque el vino es excelente. Total que , mientras Armin le sirve la tercera copa, ella se vuelve hacia José María: «Hemos quedado en que conduces tú, ¿verdad?». Y José María: «Sí, querida, en eso hemos quedado». 


San Miguel de Salinas

lunes, 25 de mayo de 2026


La rutina del lunes es: misa en el hospital, banco y misa en San Miguel. 


Hoy no será así. Tengo que celebrar en el hospital a la una y media, así que voy al banco a las nueve —cuando abren— celebro la memoria de Santa María Madre de la Iglesia y Corredentora y luego hago un propósito: hoy tengo que zamparme la primera encíclica de León XIV. 


¿Qué me mueve a hacer ese propósito? Un twit. De don @ricardocrc, por más señas. Dice don Ricardo Calleja que el Papa cita a Tolkien en su primera encíclica. Y eso me basta para decirme: «Hoy te zampas esa encíclica». Aunque enseguida me digo: «Si Dios quiere». 


Empiezo a leerla después de la misa de once pero no avanzo mucho porque la busco en Vatican.va, la paso a PDF para abrirla en «Libros» y luego pierdo bastante tiempo aprendiendo a manejar el texto en «Libros». Confieso que además —juguetón como soy— le doy a «buscar» y escribo «primerear». Ese horror no sale en la primera encíclica de León XIV. Me felicito. Escribo «sinodalidad» y me da la risa. Pero se me corta enseguida porque ese horror aparece dos veces en la primera encíclica de León XIV. 


A las doce y media, cuando salgo para el hospital, apenas he leído diez páginas de la encíclica Optima Humanitas. 


A una y media voy a empezar la misa en el hospital pero me ruegan que espera un tantico porque hay médicos y enfermeras que desean asistir —vamos a ofrecer la misa en sufragio por el Dr Espetia—y terminan su turno justo ahora. 


A las dos menos veinte, cuando empezamos la misa, la capilla ya está llena y luego siguen llegando amigos y colegas del doctor al que asistí en la UCI hace unas semanas. 



A las tres de la tarde llamo a la puerta de doña Nati. ¿Ha comido ya? No, no ha comido, me está esperando con la mesa puesta. Y ¡qué mesa!

Cuando nos despedimos me acompaña hasta la puerta para el rito de de despedida: 

—Gracias doña Nati. 

—Gracias a ti por tu compañía y por muchas cosas. 

Y allá que va el cura, todo ufano,  hacia la iglesia para hacer la visita al Santísimo y seguir con la rutina del lunes. 



A la seis de la tarde acabo de leer la primera encíclica de León XIV. 

Lo que más me ha gustado ha sido la parte del primer capítulo que compendia la Doctrina Social de la Iglesia desde León XIII. 

Lo segundo que más me ha gustado ha sido la cita de Tolkien en la que Gandalf —una especie de Papa— confiesa que no tiene ni idea de qué hay que hacer para hacer un mundo mejor —esa bobada— pero que nadie puede escudarse en eso para dejar de cumplir con su deber.

sábado, 23 de mayo de 2026

Diario. Viernes, 22 de mayo de 2026

San Miguel de Salinas

viernes, 22 de mayo de 2026


De seis a nueve


Ttres horas de rutina tranquila y magnífica: levantarse con movimientos muy lentos, ofrecer las obras del día, desayunar, asearse, abrir la iglesia, ir al hospital alabando al creador por el sol saliente sobre las salinas, preparar el altar, rezar laudes, celebrar la primera misa del día, sentarse ante el sagrario, recogerlo todo con la ayuda del doctor S, ir a visitar a los enfermos, rezar el oficio de lectura, volver a San Miguel…



¿Volver a San Miguel? Adiós rutina tranquila y magnífica. El coche no arranca. 

Aunque, si bien se mira, esto de que el coche no arranque empieza a tener ya algo de rutinario, de previsible, de familiar y hasta de entrañable. 

Después de varios intentos, consigo ponerlo en marcha con la batería auxiliar. 

El resto de la mañana va a llevarme a realizar una serie de gestiones imposibles en cualquier lugar que no sea San Miguel de Salinas. 

Ante todo hay que llevar el Lamborghini al taller de Bruno. En cualquier otro lugar del mundo te dirían «vuelva usted mañana» o «hasta el mes que viene no podemos dedicarle nuestro valioso tiempo». Bruno se queda con mi coche. Muy bien. 

De paso hacia la iglesia, entro en el ayuntamiento. Una amable funcionaria me saluda: «¿Qué le trae por aquí, don Javier?». Le explico que he perdido mi DNI y que necesito hora para la unidad móvil de la Policía Nacional que vendrá en junio para expedir esos documentos. La amable funcionaria me dice que ya están repartidas todas las horas, pero que me pone en la lista de espera y que no deje de ir al Paseo el tres de junio porque lo más probable será que me hagan un hueco. Pero necesito algo más: necesito que me gestionen la firma digital. ¿Podré hacerlo presentando mi pasaporte? Sí. Muy bien, gracias. Ya tengo hora para renovar el DNI. 

Cruzo una calle y voy al cuartelillo de la Guardia Civil. Allí encuentro a Angelita. Está desolada porque el miércoles, al volver del mercadillo, encontró su casa desvalijada. Me conduelo con ella. Un guardia sale a mi encuentro. Nos conocemos porque es el que suele tratar conmigo la organización de la fiesta de la Patrona. Le explico lo que me lleva allí: necesito denunciar la pérdida de mi cartera con mi DNI, licencia de manejar, tarjeta de crédito y tarjeta de puntos de Masymas. Amable y diligentemente, me lleva a una dependencia en la que otro guardia redacta la denuncia y me entrega una copia. En el entre tanto, una guardia me pregunta que si soy el párroco. Cuando le digo que sí, me da las gracias. ¿Por qué me da las gracias? Porque hace unos días desayuné en la panadería y pagué también su desayuno y el del otro guardia con el que ella estaba. ¿Por qué lo hice? Lo hice porque unos narcotraficantes malos acababan de asesinar a dos guardias. Era mi manera de solidarizarme con los buenos. Nos despedimos estrechando nuestras manos. 

Cruzo la calle y voy a la gestoría de Inma. Le explico que necesito una nueva licencia de manejar porque he perdido la cartera. Me dice que va a pedirme hora en un centro de Guardamar que se dedica a hacer las pruebas psicotécnicas a los conductores. Allí, según me dice, pueden gestionarme la nueva licencia dado que las dependencias de Tráfico están colapsadas. También me cuenta que a Zakarías le han ampliado el permiso de residencia por un año más. Nos felicitamos y nos despedimos estrechando nuestra manos. 

Son las once menos diez cuando llego a la iglesia. Eran las nueve cuando intentaba arrancar mi Lamborghini en el hospital. En menos de dos horas he vuelto a San Miguel, he dejado mi coche a Bruno y he pasado por el ayuntamiento, la Guardia Civil y la gestoría.



Ni la mañana ha terminado ni han terminado las gestiones pero hay que volver a la magnífica y tranquila rutina para celebrar la segunda misa de la memoria de santa Joaquina Vedruna con imperturbable parsimonia. 

¿Por qué celebro la memoria de santa Joaquina Vedruna y no la de santa Rita? Por error. Seem ha metido en la cabeza que santa Rita es mañana. De hecho, cuando empieza la misa —«el Señor esté con vosotros»— y veo a Rita y a su hermana Gloria pienso: «mañana es el santo de Rita». Error mío. 



No hay tiempo que perder. Tengo que ir a la casa abadía para coger mi pasaporte. 

Por la ranura del buzón que está en la puerta de la casa abadía asoma un sobre. Abro el buzón. Entre la correspondencia hay una aviso de correos. Tengo que ir a recoger una carta certificada. Muy bien. 

Voy a correos con mi pasaporte y con la denuncia de la pérdida de mi DNI por si me encuentro con uno de esos funcionarios imperiales de los tiempos de la dinastía Ming. 

Delante de mí hay cuatro seres humanos. Todos son conocidos. Celebramos encontrarnos y comentamos lo que nos ha llevado allí. Cuando me toca contar mi historia y hablo de lo de los documentos perdidos todos se conduelen conmigo sinceramente y me siento muy amado y muy importante. 

Llegar a la ventanilla me lleva como media hora pero ha sido una media hora alegre. 

Me atiende la funcionaria de siempre. Nos conocemos desde hace quince años y, además, ha oído mi relato de la pérdida de los documentos así que no me pide documentos. 

Con mi carta certificada, con mi pasaporte y con la denuncia de la pérdida del DNI, salgo para el ayuntamiento porque necesito gestionar lo de la firma digital. La funcionaria encargada de la firma digital me dice en voz alta que eso se gestiona los martes. Luego mira disimuladamente a derecha y a izquierda, baja la voz y añade: «Venga, vamos a hacerlo ahora que no hay nadie». Y, a partir de ese momento, me siento como el niño de doce años que —con dos amigos— saltaba la tapia de los Cuenca para espiar a los mayores que estaban haciendo un guateque. ¡Qué emoción!

Luego cruzo la calle y voy al ambulatorio. Allí cuento lo de la pérdida de mis documentos y la amabilísima recepcionista que me recibe me hace algunas preguntas y me entrega mi nueva tarjeta sanitaria en menos de diez minutos. Se lo agradezco mucho y miro y remiro la tarjeta que es mucho más bonita que la antigua porque la antigua era de un color verde goma de borrar —por no decir verde moco— y la nueva es como una enseña medieval, roja y plateada. 

Aún tengo tiempo para ir a La tiendesica de la marquesa que está cerrada hasta el veintisiete de mayo por descanso —merecido— del personal y para allegarme a la nueva pizzería que han abierto cabe la tienda de Isabel. También la pizzería está cerrada pero, una cartel, anuncia que abrirán a las siete y ofrece un número de teléfono para hacer reservas. 

Aún tengo tiempo para reservar una mesa para cinco —Ana Isabel, Wilder, Luciana, Camila y yo— y para las siete y media. 



Cuando me despido de Ana Isabel, de Wilder, de Luciana y de Camila y llego a la casa y me pongo a escribir el Diario y llego hasta aquí se me plantea un dilema: si cuento todo lo que ha pasado durante la cena terminaré de escribir el Diario a las seis de la madrugada de mañana pero, si no lo cuento, todo lo que he escrito carecerá de interés. 

Decido no contarlo y que sea lo que Dios quiera porque tengo mucho sueño.