La Torre
domingo, 2 de agosto de 2026
10:00
Misa en Torremendo.
11:30
Funeral de Eugenio en San Miguel.
12:30
Misa en san Miguel.
La parábola del trigo y la cizaña nos habla de la semilla buena que Dios ha sembrado en el mundo y de la semilla del diablo. El trigo y la cizaña crecen juntos por todas partes y no nos corresponde a nosotros separarlos. Será el mismo Dios quien los separe para siempre al final de los tiempos.
La misma enseñanza encontramos en la parábola de la red barredera.
¿Promete Jesús un Iglesia libre de pecado o un futuro maravilloso? ¿Acaso ha venido al mundo para acabar con el dolor, con el hambre, con la pobreza con el pecado y con la muerte?
Se ve que no. Él nos avisa: a los pobres los tendréis siempre con vosotros y, hasta el final, crecerán juntos el trigo y la cizaña.
Hoy el evangelio nos recuerda aquella ocasión en la que Jesús alimento a cinco mil hombres —sin contar mujeres y niños— con cinco panes y dos peces.
Hay quien dice que no fue un milagro porque, en realidad, lo que pasó fue que aquellos cinco mil hombres llevaban sus viandas y se decidieron a compartirlas. Claro que, para aceptar eso, hay que negar el testimonio del evangelio que dice que solamente tenían cinco panes y dos peces.
«Compartir». ¡Qué bonito! Hay quien dice que, en este evangelio, lo que Jesús nos enseña es que hay que compartir. Más aún, Jesús habría enseñado que para acabar con el hambre en el mundo bastaría con que aprendiéramos a compartir.
Pues no, Jesús nunca enseñó eso. Más aún, ni siquiera se propuso acabar con el hambre en el mundo ni dio a la Iglesia la misión de acabar con el hambre en el mundo aunque enseñó a sus discípulos a hacer todas las obras de misericordia espirituales y corporales.
Entre la gente que está empeñada en acabar con el hambre en el mundo abundan los partidarios de impedir que los pobres tengan hijos, de abortar a todos los niños que «sobran» y de otras cosas semejantes. La gente empeñada en jugar a ser Dios es muy peligrosa.
A lo nuestro.
Jesús no vino a acabar con el dolor, el hambre, la pobreza y la muerte sino a enseñarnos a vivir con todo eso como hijos de Dios. A ser fuertes y pacientes para no exagerar nuestras penas y a ser misericordiosos con las penas de los demás para aliviarlas.
Jesús se entera de que Juan ha sido decapitado por Herodes. Juan es su primo y Jesús lo aprecia de verdad. Busca entonces retirarse para encontrar algo de consuelo en la oración. Pero, cuando llega al lugar de su retiro, la gente se le ha adelantado. Entonces Él se olvida de su pena y se pone a curar a los enfermos y a enseñar. Luego viene el asunto de los cinco mil hombres alimentados con cinco panes y dos peces.
Los que dicen que no fue un milagro quieren que creamos que ellos van a acabar con el hambre en el mundo a base de compartir. Van a acabar con el hambre en el mundo y van a hacer un mundo mejor y dos huevos duros.
¡Cuánta bobada!
Jesús se presenta como un nuevo Moisés que atraviesa el mar y da de comer al pueblo en el desierto para enseñarnos que es Dios quien nos cuida y que no solamente de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de boca de Dios, única semilla sobrenatural que puede dar frutos de vida eterna.
Alimentados con la eucaristía, los santos fundan hospitales y escuelas para los pobres, reparten sus bienes y hacen maravillas sin jugar a ser dioses.
Pero, enseguida, vendrá el malo y sembrará su mala semilla también en esos hospitales y en esas escuelas y entre todas esas obras buenas de los santos.
No hay que olvidar que los apóstoles tenían una bolsa común y que la administraba Judas.
Muy bien. Hagamos obras de misericordia sin jugar a ser dioses, con humildad. Y no terminemos nunca una obra buena sin suplicar: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
…
Después de la misa de doce y media salgo para La Torre y, como en la Casa Grande con Pilar, Rosario, Carmen, Pupé, Jaime, Urraquita, María, Ana, Pablo y Lucía.
La tarde transcurre plácidamente con dos baños en la piscina y misa de ocho.
Luego cena en el patio de La Torre con Almudena, Pepe, Almudena jr, Mariana, Alex, Fátima, Fátima jr, Alejandra, Bea, Jorge, Borja, Ignacio, Carlota, Patuca y una muchacha que cuida de los niños y cuyo nombre he olvidado.
Jorge y Borja me dan las gracias por la Misa y me dicen que les ha gustado mucho. Bendito sea Dios.