viernes, 30 de octubre de 2026

Diario. Martes, 27 de octubre de 2026

Granja de Rocamora

martes, 27 de octubre de 2026


Me despierto convencido de que es lunes y mando un mensaje a don Paco porque hemos quedado para comer y pienso que quizá se le ha olvidado que le toca comer con su madre. 


A las ocho, cuando voy a la iglesia y me dispongo a rezar el oficio divino, caigo en la cuenta de mi error y mando otro mensaje a don Paco: «hoy es martes».  


Los del ayuntamiento están podando las moreras porque —aunque no lo parezca— estamos en otoño. Hablo con uno de los podadores y le pregunto cosas. 

En mi plaza hay tres moreras, un árbol del amor —también llamado begonia pómez— y una jacaranada. Van a podarlos todos menos la jacaranda y una morera que no pueden podar porque hay dos coches aparcados a su sombra. Uno es el mío. Estoy retirándolo cuando me llama Pep. Son las 10:09. Habíamos quedado a las diez en la Taberna de la Cruz —me encanta el nombre— y yo lo había olvidado. 


Llego a la Taberna deshaciéndome en excusas por mi retraso. Ana María y Pep —que ya se están zampando sus cafés— no dan muestras de irritación o de impaciencia. Pido un agua con gas y empezamos a charlar. 

La Taberna de la Cruz ha cambiado de dueños pero no de aspecto. Es la primera vez que la visito. Me gusta. 

Ana María y Pep empiezan a explicarme la programación de la Hermandad de la Santa Cruz para este año. La taberna se va llenando y los parroquianos hablan con voces recias. Pep sugiere que salgamos a la terraza y a Ana y a mí nos parece una idea excelente. 

Salimos a la terraza y seguimos con nuestra amable charla. Al poco, seis varones fornidos ocupan la mesa de al lado y empiezan a hablar y a reír y a blasfemar de tal modo y manera que tiemblan las mesas, huyen los pájaros de la plaza y hasta Pep —caballero parsimoniosísimo y valenciano— se inmuta. 


Me llama don Paco para preguntarme que dónde estoy. 

—Estoy bautizando a unos mahometanos —miento. 

Me dice que ha quedado con los de las alarmas y que viene para Granja. 

Le digo que voy a preparar unos muslitos de pollo al chilindrón y que lo invito. Titubea un poco primero pero luego no titubea. 


Comemos y bebemos en el palacio parroquial. ¿Qué bebe don Paco? Don Paco bebe agua. ¿Agua? Sí, agua. Y me trae a la memoria un recuerdo de agosto: la imagen del gorrioncillo que chapoteaba en el caz de una huerta. 

Don Paco y yo nos despedimos. Voy a hacer la visita al Santísimo y a preparar la charla que —si Dios quiere— balbucearé esta noche. 


Misa de siete. 


A las ocho y media exposición. La capilla del Santísimo está está llena. Tengo que predicar. Veon que ha venido don Paco y titubeo un poco, pero luego no titubeo y predico. 

Llega Martín justo a tiempo para el Tantum ergo con incienso y todo. 

miércoles, 28 de octubre de 2026

Diario. Domingo 25 y lunes 26 de octubre de 2025

 Granja de Rocamora

domingo, 25 de octubre de 2026


5:00

Suena el despertador. 

6:00

Rosario de la Aurora. 

Hoy toca visitar el cementerio. Rosario me coge del brazo y me cuenta —muy contenta— que a su nieta la han nombrado Miss Alicante y, luego, poniéndose muy triste, me lleva hasta el nicho donde está enterrada su Susana que murió cuando no tenía que morir. Allí rezamos y Rosario encuentra algún consuelo aunque sigue llorando. 

X me cuenta que en la sierra de Callosa hay cabras. Algún día contaré la historia de las cabras de la sierra de Callosa. 

    Pasamos por la ermita de la Trinidad cuando empiezan a cantar los gallos. 

7:30

Martín me ayuda a preparar la misa. 

8:00

Misa de auroros. 

9:00

Llamo a doña Nati que ya está despierta y se alegra no poco.

10:00

Preparo la misa de once. 

10:30

Martin limpia las pilas de agua bendita y yo voy a sentarme en el confesonario. 

10:55

Voy a la sacristía para explicarle a don Paco —que va a celebrar la misa— algunos detalles que debe tener en cuenta.

Luego, mientras empieza la misa, vuelvo al confesonario. Tres penitentes. Muy bien. 

11:15

Salgo del confesonario. Don Paco está con el Gloria. Voy a Cox para la misa de doce en San Juan Bautista. 

11:30

Me siento en el confesonario de Cox. Doce penitentes. Muy bien. 

12:00

Misa de doce. Hay una chica apoyada en la puerta de la sacristía. Le pregunto que si es ella la que va a hacer la monición de entrada y me contrapregunta: «¿Eso qué es?». Colijo que no es ella la que va a hacer la monición de entrada y le pido al sacristán —David— que llame a la catequista para que el monitor encargado de hacer la monición de entrada haga la monición de entrada. La catequista llega, habla con la chica de la puerta y la chica de la puerta hace la monición de entrada sin saber que está haciendo la monición de entrada. ¿Qué dice? Yo no alcanzo a entender ni una palabra. Juraría que nadie en el la iglesia —incluida la amable monitora— ha entendido más que yo. 

12:44

Termina la misa de doce. 

Se me acerca un sonriente feligrés con una amable consejo: «Padre, la próxima vez, hable más fuerte porque no hemos entendido nada». 

Me da risa y consuelo. 

13:10

Llego a San Pedro de Granja. Paloma, su marido, la niña Martina, la madrina con su esguince y todos los invitados al bautizo están esperando. ¿No ha venido don Paco? No. Pido disculpas mientras me revisto a toda prisa para el bautizo. Llega don Paco. Pide disculpas mientras me ayuda encendiendo el cirio pascual.

Todos hacen gala de una paciencia y de una comprensión poco comunes en los tiempos que corren. Mi primer bautizo en Granja me confirma algo que intuí desde el primer día: estoy en un pueblo de señoras y caballeros. 

15:00

Invitado a comer con don Paco por María Dolores y José Ángel, entro en una hermosa casa en la que han preparado arroz con conejo. Excelente, por cierto. 

No hablamos de política. 

Antes de comer me piden que bendiga la mesa y bendigo la mesa. Después de comer me piden que dé gracias (a Dios) por los alimentos y doy gracias por los alimentos. 

Ya en la puerta, mientras nos despedimos, digo algunas nobles palabras de agradecimiento por su hospitalidad —tan amable— y les pregunto si, por ventura, tendrán algún inconveniente en que cuente nuestro encuentro cuando escriba mi diario. No, no lo tienen. ¿Puedo contar que la suya es una casa muy linda, y que me zampado dos platos de arroz con conejo? Sí. 


Don Paco me deja en la casa abadía. Necesito una siestecilla. 

Siestecilla. 

Luego sigue una apacible tarde de domingo entre lecturas, oraciones y tareas domésticas. 

De cena, salmón al horno. Muy bien. 


Ganja

lunes, 26 de octubre de 2026


Unos desaprensivos irrumpen en la parroquia gritando y prendiendo fuego a todo. Salgo a su encuentro armado con un candelabro y descalabro a más de uno pero son muchos los bribones. Uno me golpea por la espalda y caigo por las escaleras. Justo entonces me despierto. 

Estoy en el suelo de mi dormitorio. Me he caído de la cama y tengo el hombro derecho y la rodilla izquierda bastante malheridos. Tardo como quince minutos en reunir fuerzas para sentarme al borde de la cama. Lloriqueo durante otros quince minutos y luego voy hacia la ducha haciendo muchos aspavientos de dolor porque nosotros, los actores de toda la vida, sabemos que el dolor fingido mitiga el dolor real y que —por eso mismo— el público nos llama «cómicos». 


Misa de diez en Cox porque es lunes y don Paco está de asueto. 


Luego voy a La Torre a buscar mis melicinas. Las hallo. Laura tenía razón. En agosto me dieron una caja de acfol y en septiembre —como había olvidado la medicación en San Miguel— me dieron otra. Sí, Laura tenía reazón: tecgo acfol de sobra hasta abril.


De vuelta a Granja voy a la ermita para recoger la misa del viernes pasado y preparar la del próximo. Suena la alarma. Suena el teléfono. Son los de la central de alarmas. Me piden la contraseña.

—«Hipopótamos» —digo. Y oigo aplausos al otro lado del teléfono. Celebran que, por fin, he recordado la contraseña secreta. 


A las siete, misa de siete en Granja. Muy solemne y todo pero sin genuflexiones porque tengo la rodilla izquierda muy malherida.

lunes, 26 de octubre de 2026

Diario. Sábado, 24 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 24 de octubre de 2026


Cuando fui a estrenar el lavaplatos me emocioné mucho. Luego comprobé que no funcionaba y ¡qué decepción!

Hoy estreno la secadora. Recuerdo la bienaventuranza que Chesterton dedica a «los que nada esperan, porque se llevarán una agradable sorpresa».  

Sin esperanza ni miedo —nec spe nec metu—estreno la secadora. Cuando se pone en marcha pospongo  parsimoniosamente la celebración recordando que fue Solón o alguien así  quien me dijo: μήπω μέγαν εἴπῃς πρὶν τελευτήσαντ᾽ ἴδῃς. Que se traduce asina: «no seas impaciente para elogiar, la parsimonia te enseñará a callar hasta el final». 


A eso de las diez y veinte me llama don Paco: que va a reunirse en Cox con los catequistas de las dos parroquias y que estoy invitado. 


A las doce salgo para Cox. 

El despacho parroquial está cerrado pero —a través de una ventana baja y abierta aunque velada por una cortina— oigo voces. 

Desde la calle introduzco mi mano derecha por la ventana para retirar la cortina pero mi mano va a parar a la cabeza de una muchacha que grita —¡ay, ay, ay, ay!— y que aún se asusta más cuando se da la vuelta y me ve pálido y susurrando: «Perdón, perdón». 

Don Paco me abre la puerta. Todos están muertos de risa excepto la de la cabeza tocada por mí. 

Con nobles palabras y con reverencias expreso mi pesar por haber metido la mano por la ventana, por haber causado alarma en una cabeza y  por haber interrumpido una reunión. 

Me ofrecen —qué amables— un asiento. 


La reunión acaba a las dos.  

Podría haber acabado a las cuatro o no haber acabado nunca si no fuera porque yo iba carraspeando de vez en cuando: «son las doce y media… es la una… es la una y media…». 

Nos despedimos. 

Algunos de los presentes tienen que salir para Valencia. Por fortuna han traído bocatas para el camino. Don Paco les da la bendición del viaje. 


Es el caso que, de don Paco, se podría decir lo que mi galante y enamorado padre decía de mi nobilísima madre: «no tiene ni idea de programación lineal». 

Cuando don Paco se encuentra bien con las personas —y siempre se encuentra bien con las personas—  se olvida de la tiranía del tiempo. En su agenda todo está atado y bien atado y programado linealmente pero, luego, su corazón —que va a otro ritmo— va siendo atrapado por una suplicante, por un penitente, por un bromista, por un alquimista… 


Como sabe que mi estómago es el único reloj al que hago caso, decide desagraviarme invitándome a comer a un sitio que se llama Frasquinín o algo así. 

El comedor ocupa casi lo que el aeropuerto de Barajas y está lleno pero nos hacen sitio unos camareros ubicuos. 

Apenas nos hemos sentado cuando ya la mesa cruje bajo el peso de un plato de pan de hogaza tostado, otro de tomate y ali-oli, otro de calamares a la romana, otro de jamón y quesos… 

No nos ha dado tiempo a bendecir la mesa cuando nos preguntan por la bebida que llega justo cuando acabo de decir: el Rey de la Gloria eterna nos haga partícipes de la mesa celestial. 

Nos levantamos para saludar a un sacerdote a quien yo no conozco. No revelo su nombre porque no le he pedido permiso para mencionarlo en mi diario y, si dijera que se llama don Eustaquio Mínguez del Alipori, podría buscarme un disgusto con la Inquisición:

    -Ha mencionado usted el nombre de un menor. 

    -Pero, oiga, si es un sacerdote de ochenta años.

    -Ahora ha revelado usted su edad su edad. 

    ¡Bendito sea Dios!


Comemos sin hablar de política y paga don Paco que podría denunciarme ante el tribunal de la Inquisición porque lo he mencionado aquí si el Nihil Obstat del amable obispo. ¡Qué cosas!


A las cinco me llama Paloma. Que habíamos quedado a las cinco pero que se van a retrasar un poco. 

Les contesto que no tengan prisa ni se preocupen porque había olvidado nuestra cita pero voy volando. 

Cuando llego los encuentro en la plaza con Martina, la dulce bebita a la que vamos a bautizar. 

La madrina no ha llegado porque ha tenido un esguince. El padrino no ha llegado porque no hay padrino. 

Cuando ya estamos todos empieza la reunión. La madrina tiene un esguince porque trabaja en el mercado y se resbaló. Por su manera de hablar puedo apostar mil dólares a que ha estudiado algo. Sí, tiene un máster en Derecho. Por su aplomo y elegancia sospecho que hay algo más: sí, está preparando unas oposiciones. 

No quiero seguir interrogando pero me da la impresión de que también ha hecho algún cursillo en la estoy. 

Cuando terminamos la charla es ruego que acepten un cambio en el programa. El bautimo estaba previsto para para el domingo a las doce. ¿Podría ser a las doce y cuarto? 

Me dicen que mucho mejor a las doce y cuarto. ¿Cabe mayor elegancia? Sí.

Llamo a don Paco. Mañana celebrará él la misa. No sabe que hay bautismo a las doce. Se lo digo. Me ruega que retrase el bautismo hasta las doce cuarenta y cinco. 

Llamo a los padres de Martina. Que hay un problema y que el bautismo no podrá ser hasta la una menos cuarto. Me dicen que qué buena noticia. ¿Cabe mayor elegancia? Si. 

Les explico que cada noche escribo mi diario y les pregunto que si les importa que mencionen mi encuentro con ellos. Responden que estarán encantados. ¿Cabe más elegancia?


Antes de la misa de siete, Pilar —pariente de Ángel— reza el rosario por Ángel. 

Me acerco a ella. ¿Puedo mencionarla en mi diario? Caro que sí. Quedamos en que iré a leerles el diario del día que estuve en su casa. Se monda. 


Al terminar la misa recuerdo a la congregación que esta noche hay que adelantar los relojes. Protestas. La asamblea se divide entre los partidarios de adelantar y los partidarios de atrasar. Para evitar un tumulto digo que cada uno haga lo que quiera con sus reloj y añado: «Podéis ir en paz». 


Entran en la sacristía María Dolores y José Ángel. Van a preparar el retrato de Rebeca Rocamora para la misa de mañana. 

María Dolores me da las gracias porque —dice— he celebrado Misa con misterio. Luego me explica qué diablos es eso de la misa con misterio. Por «misa con misterio» entiende misa católica, sin protagonismo del cura y sin payasadas: como Dios manda. 

    Me siento bendecido por María Dolores. Me hincho como un pavo y les explico lo de mi diario y les pregunto que si me denunciarán a la Inquisición en el caso de cuente mi encuentro on ellos. Y ellos: «Al contrario, será un honor«.

    Sacudimos nuestras manos y quedamos tan amigos. 


Voy a Hiperber. 

Oigo «La Murada» y miro a la muchacha que ha pronunciado el nombre de mi primera parroquia. 

Está detrás de un mostrador de quesos y me dice qué qué deseo. No le digo lo que deseo pero le pido —por favor— queso de cabra. 

Me ofrece uno verde que es con bífidus. 

Cuando le pregunto que qué es eso mira disimuladamente a un lado y a otro y luego, bajando mucho la voz y mirándome a los ojos susurra: pa cagar. 

Nos da la risa. 

—Se lo digo así para que me entienda— dice en plan pedagógico. 

—Pues, por favor, póngame del normal— sugiero. 

Me cuenta que mañana —si Dios quiere— irá al mercado de La Murada que es el único mercado que se se organiza en domingo.

Otra señora se monda oyéndonos y me pegunta que si conozco La Murada. Le explico que fue mi primera parroquia. La señora se llama Martina pero no por santa Martina sino por san Martín de Porres. Es de Benferri y conoce mucho don Paco Hernández que es el cura de la familia. Nos salen algunos conocidos comunes. Sacudimos nuestras manos. Ya somos amigos. Se va dejando un rastro de olor a chicle de menta. ¿Le importa que hable en mi diario de nuestro encuentro? ¡Qé va! 

    Y, tras el olor a chicle de menta, va resonando su risa. 


    Entonces vuelvo a la casa abadía para prepararme una cena ligera.