La Torre
miércoles, 26 de agosto de 2026
05:00
Me despierto. No me duele nada. Me felicito, apago el ventilador y me duermo otra vez.
06:00
Me despierto. No me duele nada. Cierro la ventana y me duermo otra vez.
08:00
Me despierto. No me duele nada. Me levanto.
Rosarito y Encarna me preguntan que si pueden entrar a limpiar La Torre. Que sí.
09:00
En la almazara encuentro a I que ya ha desayunado. Viene conmigo a la cocina para acompañarme durante el desayuno. ¡Qué amable! Charlamos.
Después del desayuno, él se va a lo suyo y yo a lo mío.
Mando un mensaje a María y a JB: «La misa será a la una».
En la ermita hago mis oraciones.
Hay que lavar un manutergio y cuatro purificadores. Luego hay que plancharlos. El planchado de los purificadores deja mucho que desear pero me doy refuerzos positivos: «Muy bien, Vicens; para ser la segunda vez está muy bien». Me felicito.
Preparo el altar para la misa de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars. Me alegro porque, en cuanto patrona de la ancianidad, es mi patrona. También me alegro porque fui capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en Jijona y en Villena.
Lectura del Evangelio según san Marcos.
Lectura de Frankenstein.
11:30
Busco a I y no lo hallo. Le mando un mensaje: «La misa será a la una».
Hago la pre-preparación de la comida. Olla, agua, aceite, sal hierbas. Dos platos, dos vasos, dos copas de vino, cubiertos.
Contesto a algunos suplicantes que me escriben por WhatsApp y reviso el correo.
Ángelus.
Actualizo las cuentas parroquiales.
Termino de escribir y publico los diarios de ayer y de antier.
13:00
Misa con María, JB, I, María, Lourdes, Pablo y Sofia en brazos de María. Sofía tiene hipo.
14:00
I y yo nos tomamos un aperitivo de boquerones y olivas con vino.
Un movimiento de mi mano vuelca mi copa y el vino se derrama graciosamente sobre el mantel, sobre el polo de I y sobre sus blancos pantalones de hilo inglés.
—¡Perdóname!—suplico.
Él, con gran parsimonia, se levanta, me perdona y anuncia que va a cambiarse de ropa.
Entre tanto retiro el mantel, limpio el suelo y retiro los espaguetis del fuego.
Cuando I vuelve, untamos su ropa con jabón de Marsella y la extendemos sobre la mesa de la plancha. La comida transcurre como de costumbre hasta que —antes del postre— ponemos la ropa de I en la lavadora con un programa de quince minutos a veinte grados. Terminamos con un yogur.
14:45
I tiende su ropa y va a echarse una siesta. Yo me quedo recogiendo algunas cosas.
15:00
Visita al Santísimo.
Siesta.
15:45
Me despierto. No me duele nada. Ducha.
Schumann: Dichterliebe Op. 48
16:50
Voy a La Torre.
I ha recogido su ropa y, al parecer, las manchas del vino han desaparecido. Muy bien.
Nos preparamos sendos vasos de café con horchata y hielo.
17:15
I se dispone a continuar su periplo por el Reino de Valencia. Lo acompaño hasta el contenedor de la basura porque he llenado una bolsa de papeles y cartones que estorbaban en mi casa. Allí, junto al contenedor, intercambiamos nobles palabras de despedida y un abrazo.
De vuelta al jardín de La Torre, me asomo al patio de la Casa Grande donde juegan los niños, con el propósito de farmear aura entre ellos. Al verme entrar, José se asusta, se echa a llorar y corre a abrazar la pierna de Serafina, su ángel guardián. Supongo que la frustración que siento es la misma que sentía el monstruo de Frankenstein cuando quería hacer amigos y todos huían de él.
17:30
Pongo una lavadora con los manteles tintos de vino tinto.
17:45
Voy a la ermita para orar con Leclercq.
18:15
Voy a mi piso y escribo esto.
…
19:00
Vuelvo a La Torre para tender los manteles. Las manchas de vino no se han ido. Espero que Rosarito o Encarna, que vendrán mañana si Dios quiere, sepan qué hacer.
Me siento cómodamente para hacer algo que deseaba desde hace tiempo: oír de un tirón el Das Paradies un die Peri de Schumann. Muy romántico. No me canso de oír el número 24 Oh, lágrimas sagradas. Tampoco me canso de oír el preludio.
¿Va a morir un soldado en la India? Peri tendrá que viajar hasta allí para conseguir una gota de su sangre.
¿Va a morir en Egipto una muchacha herida de amor? Peri tendrá que llegar tiempo de recoger su último suspiro.
¿Llora en Siria, arrepentido como Pedro, un pecador? Peri tendrá que traer de allá una de sus lágrimas.
Entonces, y solo entonces, podrá ser admitida en el Paraíso. Me parece razonable.
20:30
Toca preparar una cena ligera.
A la hora de comer, I metió en el congelador la botella de agua con gas. Se ha congelado.
Cuando vino de Madrid, I trajo higos y uvas. Ya tengo postre. He aprendido de I que los higos se pueden comer con piel y todo.
¿Qué tal una tostada con aceite y una loncha de jamón?
Muy bien.
¿Y una copa de Alaya Terra?
Muy bien.
¿Y un yogur con miel?
Sí, gracias, muy bien.
Hay que bendecir los alimentos y dar gracias al Buen Dios que no me priva de nada.
21:07
Leo un mensaje de María: «Hola tío: si te apetece venir a cenar, o antes, o después, estás invitadísimo». ¡Qué amable!
Ha mandado el mensaje a las 20:04.
Contesto: «Estoy terminando de cenar. ¿Es buena hora?».
Me pongo a recoger la mesa y a fregar los platos sin quitar el ojo al WhatsApp. ¡Qué emoción!
Me pongo a trastear en las RR SS.
21.42
Mensaje de María: «Nosotros vamos a cenar ahora. Puedes venir cuando quieras».
Mensaje para María: «¿Me avisas cuando acabéis de cenar?».
21:45
Última visita al Santísimo en la ermita. Completas.
22:00
Me pongo a ver noticias. Todos hablan de Ceuta y del cinismo de Sánchez.
No se me va de la cabeza un aforismo que me ha regalado I: «Sin tradiciones no hay civilización y, sin la lenta eliminación de esas tradiciones, no hay progreso. La dificultad consiste en hallar un equilibrio justo entre la variabilidad y la estabilidad».
Creo que en ese aforismo falla algo. Y creo que el Conmonitorio de san Vicente de Lerins afina más.
Escribi esto.
…
22:52
María me avisa: «Tío, ya hemos acabado». Voy a la casa grande. Nos sentamos en el patio María, JB y yo. María tiene a Sofía —frita— en los brazos. Charlamos y charlamos hasta las doce menos veinte.
Nos despedimos y escribo esto.