lunes, 13 de julio de 2026

Diario. Domingo, 12 de julio de 2026

 San Miguel de Salinas

domingo, 12 de julio de 2026 


03:30

Me despierto y me levanto.

Antiinflamatorio y Oficio le lectura. 

Me acuesto. 


05:59

El reloj del campanario da las seis. 


06:00

Mi despertador da las seis. Me levanto. 

Antes de salir pongo las sábanas en la lavadora.


07:00

Abro la iglesia. Todo: puertas grandes, cortavientos, puerta de la torre, ventanas de la sacristía. ¡Qué entre la fresca! ¿Qué fresca? Yo me entiendo. 

Hay que barrer la entrada porque las washingtonias de la plaza están soltando polen. 


07:15

Me siento para mirar fijamente al sagrario. 

Laudes. 


08:15

Vuelvo a la casa abadía y tiendo las sábanas. Me premio con una horchata. 

Lectura del evangelio de San Marcos. 

Lectura de un sermón de san Juan Enrique Newman: «La individualidad del alma». 

Escribo a Matthew para recordarle que necesito un lugar en el que celebrar misa mientras esté en Coventry. 

Saco la vajilla del lavavajillas. 


09:00

Salgo para Torremendo. 

Un penitente. Muy bien.


10:00

Misa en Torremendo. 


11:00

Vuelvo a San Miguel. 

11:30

La sábanas están secas. Las doblo y las guardo. 


12:00

Me revisto con mi traje de pescador y voy al confesonario. Un penitente. Muy bien. 


12:30

Segunda misa. Coro, homilía y todo. 

Después de misa anuncio que esta semana vendrá el padre Juan Berchman —nuevo párroco— y que habrá tiempo para que puedan verlo  y tocarlo todos los que quieran. 


13:30

Me cambio de camisa y voy con Joan y Laura al Collie. Me invitan a una fizzy water. Muy bien. 


14:00

Como con doña Nati. 

Luego rezamos el rosario. Cada vez que me siento me duermo. Doña Nati me despierta, me levanto y sigo, y así. 



Escribo a don Isidro para organizar con él nuestro verano. 

Escribo al Padre Juan Berchman para que me confirme qué día vendrá. Me lo confirma: vendrá el viernes a las nueve. 


La temperatura en la casa abadía es de 29º C. En el comedor, con el aire acondicionado, consigo rebajarla hasta los 25. Muy bien. 



Visita a doña Nati. Hablamos de cosas que ya no se ven: mercerías y eso. También hablamos de Lágrimas en la lluvia, el programa que tanto le gustaba a Paco y que veíamos a menudo con él. Y doña Nati, sin dejar su labor de frivolité: «¡Cuánto que lo echo de menos!». 

Luego nos despedimos y voy a la iglesia para rezar completas, apagar las luces y cerrar las puertas.

domingo, 12 de julio de 2026

Diario. Sábado, 11 de junio de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 11 de julio de 2026


9:30

Salgo de La Torre. 


11:00

Misa de San Benito en San Miguel, con Gloria y todo. 

Luego hacemos la novena a la Virgen del Carmen. 


11:40

Preparo el bautizo de Aitana y me despido de Joan. 


12:00

Bautizo de Aitana. 

12:30

Lo recojo todo y mando las lecturas del domingo al grupo de lectores. 


13:00

Voy a la casa abadía y recojo los cadáveres de dos cucarachas. Los arrojo a la basura. Luego pongo una lavadora y hago otras tareas domésticas. 


13:30

Preparo la homilía de la tarde. 


13:51

Voy a comer a casa de doña Nati con Eva y Miguel. 


15:00

Visita al Santísimo.

Rosario paseando por los altares laterales. 


15:30

Asiento la partida de bautismo de Aitana. 

15:45

Voy a la casa abadía y me instalo en el comedor co el aire acondicionado para estudiar un rato. 


17:00

Recojo todo y vuelvo a la iglesia para sentarme ante el sagrario. 


17:40

Vísperas. 


17:55

Voy a bendecir la casa de unos amables filipinos. Viven en el número 47 de cierta calle. Voy tranquilamente por la acera de los impares: 43, 45, ¡qué emoción! ¿Cuarenta y siete? La manzana que sigue al portal 45 no tiene puerta de entrada por esa calle. La siguiente, tampoco, la siguiente tampoco y es la última. Estoy saliendo del pueblo. Vuelvo sobre mis pasos. Nada. Decido llamar al amable filipino que sale a mi encuentro. Jamás habría encontrado su casa porque, además, andaba yo buscando un tercero D y no hay D en la escalera. Muy bien. 

Los amables filipinos están acompañados por un matrimonio inglés, por la hija de ese matrimonio y por un muchacho que, al parecer, es sensible a la simpatía de la muchacha. Él es murciano. 

Han preparado un vaso de agua para bendecir, una vela y un rosario gigante con cuentas y cruz fosforescentes que han colocado formando un corazón. Lindo. 

Yo les he llevado una estampa de san Rafael y Tobías con su marco y todo. La pongo en el centro del corazón. Los filipinos reconocen de inmediato al arcángel y celebran su entronización en el corazón de la casa. Entonces el muchacho se echa a reír: «¡Me llamo Rafael!» Todos aplaudimos. 

La bendición comienza en la entrada. La dueña de la casa proclama una lectura del Nuevo Testamento. Pasamos luego a la cocina, al cuarto e estar, al comedor, a los dormitorios y al aseo. En cada parada hacemos una oración. Muy bien. 

Me ofrecen algo para beber y ruego que me den un vaso de agua. La traen sparkling y muy fría. No carezco de nada. 

Alabo mucho la casa, charlamos un rato, me invitan a sentarme con ellos para compartir el festín que han preparado, declino la invitación, les doy las gracias, me dan una limosna generosísima y nos despedimos. Cuando tiendo la mano a los ingleses y a Rafael, me la estrechan. Cuando tiendo la mano a la amable filipina, la toma entre las suyas, inclina la cabeza y la lleva hasta su frente. El amable filipino hace lo mismo. Muy bien. 


19:00

Llego a la iglesia y empiezo a preparar el altar para la misa. Luego me siento en el confesonario. 


20:00

Misa de víspera del domingo XV del tiempo ordinario.

La iglesia está llena porque vamos a celebrar la misa por Josefa y por sus hijos José y Pedro. 

En la homilía empiezo recordando que, cuando llegué a san Miguel hace quince años, muy pronto hice amistad con una señora anciana y menuda, siempre sonriente y bastante sorda. La señora era Josefa. En primavera traía flores de su huerto —muchas y muy bonitas— para ponerlas en los altares de San José y de la Virgen del Rosario. Venía andando desde su casa: cuatro kilómetros. Nunca decía «qué calor» o «qué frío», ni nada de eso. 

Con el tiempo, Josefa se fue debilitando. Entonces la traían a la iglesia sus hijos —José y Pedro- que la cuidaban como a una reina. 

El año pasado Pedro empezó a sentirse mal. Le diagnosticaron un cáncer y pudimos ver su deterioro domingo tras domingo. Se confesó, recibió la unción y el viático y, en muy poco tiempo se nos fue. 

Meses después murió Josefa habiendo recibido, igual que sus hijos, los últimos auxilios espirituales. 

Casi inmediatamente José empezó a encontrarse mal. Durante los últimos meses nos veíamos casi todas las semanas en el hospital, en la iglesia on en su casa. Hablábamos mucho y creo que nos hicimos amigos a base de contarnos cosas. Murió hace un mes confesado, comulgado y ungido. Muy bien 

Luego comento la parábola del sembrador. 


21:00

Recojo todo y voy a la casa abadía para prepararme una ensalada. 

Luego voy a casa de doña Nati. Recibe la visita de Óscar. Recibe la visita de Eva. Me despido.

Voy a la iglesia para rezar completas, apagar las luces y cerrar las puertas.

sábado, 11 de julio de 2026

Diario. Viernes, 10 de julio de 2026

 La Torre

viernes, 10 de julio de 2026


Viernes sin rutina. 


Sin rutina porque, aunque es viernes, hoy no hay misa en el hospital. 


Sin rutina porque, después de la misa de once en San Miguel, salgo con el Halcón Milenario hacia mi nueva parroquia. He quedado allí con don Paco a las doce y media. Voy bien de tiempo. 


Llego a Granja de Rocamora a las doce y veinte o así. El pueblo está desierto y, al parecer, casi todo está prohibido: aparcar, girar a la derecha, girar a la izquierda… Paso por delante de la iglesia y debo seguir y seguir hasta que salgo por la otra punta del pueblo y, allí sí, puedo aparcar. 


Camino por la calle solitaria hasta la iglesia que está abierta. Oigo un rumor de voces. Un hombre y una mujer conversan en un banco. Saludo con una inclinación de cabeza y voy a la capilla del Santísimo. Un cordón cierra la entrada la presbiterio y un cartel avisa: «No pasar, alarma activada». 


Me arrodillo para hacer mi primera visita al Santísimo en San Pedro de Granja. Luego me siento y leo el evangelio de San Marcos. 


Luego me vuelvo porque siento que hay alguien a mis espaldas. En efecto, hay alguien. Es un sacerdote altísimo que me tiende su mano derecha en señal de paz. Nos saludamos estrechando nuestras manos derechas. Supongo que es el vicario parroquial de Cox —colombiano— del que me han hablado. Supongo bien. 

Como me llama «Padre» y me habla de usted, yo lo trato con la misma formalidad. En seguida nos hacemos amigos y empieza a guiarme por la iglesia para mostrarme la imagen de san Pedro, la reliquia de san Pedro que despierta mi codicia, el confesonario, la sacristía, el garaje… 

La iglesia está limpísima y muy cuidada. Hay alarmas por todas partes y las puertas se abren con una tarjeta magnética o algo así. 

Como todavía no he tomado posesión de la parroquia, tengo que refrenar mis ansias de dar órdenes. También me tengo que refrenar porque todavía no he encontrado a nadie a quien mandar. Me acuerdo de ese rey de El Principito que vivía solo en su planeta y estaba deseando que llegase alguien para darle órdenes. 


Llega don Paco. Nos abrazamos pero sin derramar lágrimas ni nada. El vicario colombiano se despide de nosotros y don Paco me lleva al cementerio para visitar la sepultura de la sierva de Dios Rebeca Rocamora Nadal. 

Allí encontramos al primer feligrés de la parroquia. No le doy ninguna orden porque está rezando, sentado en la puerta de un panteón, y porque aún no he tomado posesión de la parroquia. 

Don Paco me presenta: 

—Don Javier es el nuevo párroco de Granja. 

El feligrés se levanta de un salto y se le ilumina la cara y me tiende su mano derecha con expresión de júbilo. Me dice que se llama Isidro Sánchez Sánchez y que puedo contar con él para lo que desee y que viene todos los días —y, a veces, dos veces al día— para rezar ante la sepultura de su hijo fallecido hace veinte años. Me cuenta otras cosas y nos hacemos amigos. Me despido de él tocando el ala de mi sombrero en señal de respeto. 

Luego don Paco me lleva al despacho parroquial. Allí tratamos graves asuntos hasta las tres. A las tres no aguanto más y doy mi primera orden: «Tenemos que ir a comer». 

Don Paco es de esos sacerdotes milagrosos que pueden vivir sin comer y sin dormir. También es de esos sacerdotes humildes que, cuando se encuentran con un hermano hambriento, se apresuran a socorrerlo. 

Todavía tenemos que ver a casa abadía que está encima del despacho parroquial. Allí nos reencontramos con el vicario parroquial que se llama Padrefernando. 


La casa abadía de Granja de Rocamora tiene tres dormitorios y dos cuartos de baño; una cocina de unos diez metros cuadrados, un salón de baile con TV y —en el piso de al lado— un gran despacho. A mas a más, posee una terraza encima. 

Todo está amueblado y limpísimo. Un palacio, vaya. 


El Padrefernando nos lleva a comer al bar Carmencita que está justo al otro lado de la calle de la Santísima Trinidad que separa Granja de Rocamora y Cox. En la parte de Granja no se ve un alma. El bar Carmencita está animadísimo. 


Después de comer —muy bien— quiero pagar pero don Paco no me deja. 


Cuando nos despedimos son las cuatro y media o así. 


Tengo que volver a San Miguel para recoger mi ordenador y otras cosas. Voy rezando los misterios dolorosos. 


Tengo que huir de San Miguel porque la concejalía de culturas del ayuntamiento ha decidido que todos los viernes del mes convertirán el Paseo en un infierno. Huyo a La Torre. 


Ya en La Torre voy a la piscina para leer otro capítulo de El jardín eterno. 


Luego voy a la almazara con un plato de chorizo y salchichón de Salamanca. Allí me encuentro con Elena, Rafael y Valen que están viendo el partido España-Bélgica. Todos agradecen el plato de ibéricos y todos celebramos la victoria de España.