La Torre
miércoles, 9 de septiembre de 2026
A las ocho voy a la iglesia para rezar.
A las nueve tomo posesión de la sacristía abriendo todas las puertas, armarios y cajones, moviendo muebles y tirando cosas.
A las diez llega Antonio, primo de Domingo. No sabe nada de la crisis de su primo. Me pregunta que si puedo predicar un retiro mensual y que si puedo celebrar misa en la parroquia también los lunes. A lo primero digo que sí y a lo segundo, que lo hablaré con don Paco.
A las once tengo que estar en el despacho parroquial de Cox porque don Paco ha convocado a Aitor, el experto en ordenadores y eso.
Llego a menos cinco. Aitor llega a las once y vente. Muy bien. Empieza a trastear en mi ordenador y en mi teléfono para tratar de sincronizar mi agenda con la de don Paco. Entre tanto yo voy rezando tercia y leyendo cosas.
A las doce y media, don Paco se va a Orihuela porque tiene que llevar su carro al taller.
A la una nos despedimos Aitor y yo. Solamente en parte ha conseguido su objetivo. No importa, ya somos amigos.
Hay un anuncio de gota fría y de apocalipsis.
Voy a Consum. Hago una compra por importe de ciento veinte dólares. Todo el mundo muy amable, aunque no me aplauden.
Llego al palacete parroquial a las dos y media. Descargo el coche, subo la compra al piso, la coloco cuidadosamente y me preparo la comida.
Son las tres y media cuando termino de recogerlo todo. ¿Querrá don Paco cenar conmigo? Le propongo un menú y acepta de inmediato. Pongo la mesa para la cena. Entonces don Paco me manda otro mensaje: lo ha pensado mejor porque tiene reunión de catequistas y va a acabar muy tarde. Lo dejamos para otro día.
Son las cuatro. A las cinco y media tengo que estar con unos novios en Cox. Aún tengo tiempo para rezar los misterios gloriosos justo cuando el cielo se encapota y empieza a tronar. También tengo tiempo para meditar con la vida de san Pedro Claver y para rezar vísperas.
Cuando bajo al coche para ir a Cox diluvia y compruebo que —¡oh!— he dejado abierta la ventanilla del copiloto. El asiento del copiloto ha absorbido agua suficiente como `para regar la Vega Baja. Muy bien.
Llego a los locales de Cox a las cinco y veinticinco. Don Paco llega a las cinco y treinta y cinco. Los novios llegan a las cinco cuarenta. Muy bien. Los cuatro charlamos amigablemente mientras paseamos hasta el convento del Carmen donde se veneran las imágenes de la Virgen de las Virtudes y la Virgen del Carmen. Llegados allí, don Paco toma las de Villadiego.
El novio se llama Adriá. Es altísimo y catalán. La novia se llama Nuria o Nefertiti o algo así y es de Cox. Los dos son ingenieros industriales, creo, y se conocieron en la escuela de ingenierías de Barcelona: un lugar muy romántico.
Ensayamos la ceremonia y ni parpadean mientras les voy contando cómo es una boda ideal. Hace muchísimo calor en la iglesia.
A las seis y cuarto llega un tío de la novia que va a ocuparse de la música. Me despido de los novios y vuelvo a Granja.
Misa de siete a las siete. Mari Carmen lo ha preparado todo, Antonio dirige el rezo del rosario y Martín oficia como monaguillo. Es un lujo ese niño.
A las ocho menos cuarto, como don Paco no viene a cenar, salgo de Granja rumbo a La Torre. Mi GPS me dice que ha habido un accidente. No miente: poco antes del Rebolledo veo unas luces de la Guardia Civil, aminoro la velocidad y —¡oh!— paso junto a un coche destrozado. Los ocupantes ya han sido evacuados.
Llego a La Torre y me abre la puerta María. Como está hablando por teléfono con Jacobo no nos decimos nobles palabras de afecto pero nos abrazamos tierna y fraternalmente.
Aún tengo tiempo de poner una lavadora y de tender la ropa antes de ir a cenar al palmeral —fresquísimo por la lluvia— con Almu, Pepe, Fati y María.
Granja de Rocamora
jueves, 10 de septiembre de 2026
Me despierto en La Torre cuando ni el rubicundo Apolo ni la rosada Aurora han dado aún señales de vida.
La primera lectura del oficio es del libro de las Lamentaciones: «¡Qué solitaria está la ciudad populosa! (…) Pasa la noche llorando, le corren las lágrimas por las mejillas. (…) Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?».
Me han anunciado que a las nueve viene el electricista y emigro para La Torre. Allí descubro que el electricista ya ha llegado y está trabajando en la ermita. Lo acompaño a mi piso donde también va a instalar unas lámparas y unos ventiladores.
Veo esta charla de Enric F. Gel: No dejes que la IA piense por ti.
Me tomo un poderoso antiinflamatorio.
Invito a don paco a cenar en mi palacete parroquial mandándole el menú. Acepta.
A las doce y media voy a La Lloseta. Me alegra mucho encontrar allí a don Fernando que ha venido de Roma donde estudia Sagrada Escritura o algo así.
Vuelvo a La Torre y como en la Casa Grande con Almu, Pepe, Fátima y María. Muy bien.
A las cinco voy a la ermita para rezar ante el sagrario. A las cinco y media vuelvo a Granja cargado con dos radiadores, un microondas y otros objetos de cotillón. Misterios luminosos con BXVI.
Lo descargo todo en el palace parroquial y vuelvo a la iglesia para aparcar el coche en el garaje. Entro a la iglesia desde el garaje y salta la alarma. No importa. Visita al Santísimo.
Vuelvo al palacete para colocar en su sitio el microondas y los demás objetos. El microondas no funciona. ¿Habría sido prudente probarlo en La Torre antes de traerlo? Sí.
Don Paco me dice que no va a poder venir a cenar y sus razones lo explican todo.
Voy a la iglesia. Mari Carmen y Martín ya están trasteando. Los padres y la abuela de Martín están rezando el rosario con Antonio y con algunos otros parroquianos.
Comunico a Martín una de mis costumbres: celebrar misas votivas de lunes a sábado siempre que se pueda. Por las almas del purgatorio los lunes, votiva de los ángeles los martes, de san José los miércoles, de la eucaristía los jueves, de la santa Cruz los viernes, de Santa María en Sábado los sábados. Martín toma nota de todo sin interrumpirme y sin dar muestras de aburrimiento mientras le muestro en qué parte del misal se encuentran las misas votivas y cómo hay que registrar el libro para que las cintas no queden hechas un churro. Recordando a don Blas Lozano y cómo elogiaba a sus mejores alumnos ante los padres, pienso: «Promete el chico óptimo fruto».
A las siete, misa de siete.
Han venido Almudena, Pepe, Fátima y María. A la salida, en la plaza, saludamos a los padres y a la abuela de Martín y a Guadalupe y a Elena.
Luego mis hermanas y mi cuñado me acompañan al palacete parroquial portando gran cantidad de valiosos regalos.
Elogian la calidad de la piedra del palacete y nos sentamos todos en el cuarto de estar para cotillear.
La tertulia dura —creo— hasta las nueve menos cuarto. Entonces los acompaño hasta el lugar donde han aparcado el carro, les hago caer en la cuenta de que —tras las lluvias de ayer— han florecido las bignonias, les muestro un seto de bignonias que caen sobre la calle cerca de la iglesia y nos despedimos con esas tiernas palabras y gestos —muac, muac— de sincero cariño que intercambian los que se separan contra su voluntad.
Vuelvo al palacete. Nada más llegar recuerdo que mi Mac está en el Lamborghini. Toca volver al garaje. No importa. Mientras voy y vengo y vuelvo y revuelvo, saludo a los vecinos que han sacado sus sillas a la calle y observo las jacarandas.
Ahora sí, me retiro en el palacete. Hay que abrir las ventanas y preparar la cena y recogerlo todo y rezar completas y escribir esto.
Y son las once cuando termino de escribir esto recordando a Cervantes: «Hase de advertir que no se escribe con las canas sino con el entendimiento, el cual mejora con los años».