martes, 20 de octubre de 2026

Diario. Lunes, 19 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

lunes, 19 de octubre de 2026


Lunes, día de asueto de don Paco, me toca celebrar a las nueve en el convento. Voy escuchando a Rafa Latorre que lee el santoral: santa Laura. 

¿Quien es esa señora que acaba de aparcar cabe el convento? Laura. Sí, exactamente. 

Aparco no lejos y suena el teléfono. Es Laura: que me ha visto pasar, que ya se va y que —si lo necesito— me guarda el aparcamiento. ¡Qué amable! La felicito y lo agradece aunque celebra su santo no sé qué otro día. 


Misa de nueve: memoria de san Pedro de Alcántara. 


De vuelta a Granja, paso por el taller El Rubio porque aún no me han mandado la factura de la reparación de mi Lamborghini. Me aseguran que la mandarán mañana. 

Justo en ese momento me llama Javier del A. Charlamos. Ha nacido Carmen, su quinta nieta. Muy bien. 


Toca ordenar la sala en la que se reunieron ayer los padres de catequesis. Voy a convertirla en biblioteca y despacho del palacio parroquial. 


En septiembre visitamos a los enfermos con el lignum Crucis. Toca llevarles la eucaristía. Empiezo hoy. Pido a Pep que —si es tan amable— me mande la lista de los enfermos que visitamos con sus direcciones. 

Pep —¡qué amable!— me manda una lista provisional con trece direcciones y se disculpa por no poder acompañarme. 


Me hago una agenda de enfermos y llamo a Carmen Rocamora —hermana de Conchita— que no está en la lista de Pep pero me rogó que fuera a visitarla. Quedamos en que iré a las cinco. Muy bien. 


A las cinco en punto llego a la dirección que me dieron. Carmen está en la calle y sale a mi encuentro. Me recibe con muestras de contento y cariño no fingidos, me presenta a su marido y me muestra una casa repleta de imágenes, ordenadísima, limpísima y confortable como cueva de hobbit. 

Me conduce hasta el dormitorio donde dormita Conchita a quien, al verme, se le iluminan los ojos y se le pinta una linda sonrisa en los labios. Está envuelta en mil capas suaves como de algodón y casi solamente se le ven la dicha luz y la sonrisa. 

No sé por qué, al verla, recuerdo el mote cariñoso que Dios le puso a su pueblo: gusanito de Jacob. 

Cuando saco el portaviático, Carmen se arrodilla a los pies de su hermana. Conchita parece a punto de llorar, pero de alegría, y rompe en alabanzas a Jesús sacramentado. 

Comulgan las dos hermanas y empezamos con las aspiraciones de san Ignacio. Luego, Carmen y Cochita, recitan una oración que aprendieron de su madre quien, a su vez, la había aprendido de la suya. 

Cuando vamos a despedirnos, vuelve el marido de Carmen cuyo nombre he olvidado por mis pecados. Empezamos a charlar y no paramos porque su vida da para una novela. 

Era uno de los niños de aquella Granja pobrísima que no podía dar de comer a sus hijos. Con catorce años —sin estudios— fue a trabajar a Francia. Allí ganaba bastante como para vivir y mandar a su madre un buen pico. Cuando volvió, con esos picos, su madre había comprado una casa. 

Viéndome fascinado por el cuento, me piden que me siente y me invitan a tomar algo. Agradezco la invitación y me despido prometiendo que vendré un día con más tiempo y con un cuaderno para tomar notas. 


Misa de siete en San Pedro Apóstol: memoria de san Pedro de Alcántara.

Laura me pide que la ofrezca en acción de gracias y súplica a san José. 

Martín limpia las pilas de agua bendita y me ayuda en el altar. 


Vanse todos y me quedo solo. Muy bien. Tengo tiempo de sobras —y soledad— para hacer mis oraciones. 


A las nueve y media —según lo previsto— llega don Paco al palacio parroquial. 

La cena está lista: una picaeta y un plato hecho de tostada cubierta con habitas y jamón y bañada en bechamel. De postre un platito con cuatro porciones de melón del tamaño de quesitos El Caserío y tres uvas. 

Le ofrezco agua, cerveza o vino.

Don Paco —que es un santo— pide agua y no añade la bechamel al guiso. 

Don Paco —que es un santo— elogia el guiso. 

Durante la cena tratamos graves asuntos de la parroquia. De política no hablamos. 


Se oye un rumor como de lluvia intensa y recuerdo que he tendido unos pantalones en la azotea. Don Paco me acompaña en la ascensión. Nos mojamos un poco pero recuperamos los pantalones. 


Son las once o así cuando nos despedimos. Lo acompaño hasta el portal. Allí se envuelve en un impermeable —con capucha y todo— y sale a la calle en busca de su carromato.  Lo veo perderse en la noche. Parece un Aragorn.

lunes, 19 de octubre de 2026

Diario. Domingo, 18 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

domingo, 18 de octubre de 2026


Llueve durante toda la noche. 


Abro la iglesia a las nueve. A las diez llega Horacio y a las diez y media José Luis y Martín. 

Mientras José Luis dirige el rezo del rosario, Martin limpia las pilas de agua bendita. 

Varias veces resuelvo sentarme en el confesonario pero siempre hay algo que lo impide. 

A las once menos cuarto se nos une Venancio Jr. Hoy dos monaguillos. Uno llevará la Cruz y el otro el incensario. Muy solemne. 

Veo una cara conocida. ¿No es ese el señor que me atendió ayer en la gasolinera de Josefina? 


Empieza en punto la misa de once. No ha venido el coro. Cantamos a coro sin coro. 

Hoy comienza la catequesis y la iglesia está llena. En la homilía hago algunas preguntas dificilísimas a los niños que están más cerca y explico el significado de la palabra «hipócrita». 

Cuando llega el momento de la comunión veo que se acercan Ana Isabel, Wilder, Camila y su abuela. Muy bien. 


Al final salgo a la puerta para despedir a la congregación y repartir sobres para el DOMUND. 

—¿No os vimos ayer en la gasolinera? —pregunto al señor de la cara conocida. 

—Sí, —contesta— tiene usted buena memoria. 


A continuación hay un bautizo. Va a hacerlo un sacerdote de Murcia, don Manuel, hartísimo siervo de Dios. Venancio Jr es ahijado suyo y se ofrece a prepararlo todo mientras yo voy a abrir los salones parroquiales para la catequesis. 

Mientras los niños están en catequesis, los padres de los más pequeños tienen una charla con Laura y Jose Luis. Lleno total 


Voy al palacio parroquial con Ana Isabel, Wilder, Cristina y Camila. Han traído un gran salmón y me lo regalan. Tengo que trocearlo para congelarlo e ir descongelando cada porción cuando me la vaya a zampar. Muy bien. 

Nos preparamos un aperitivo con queso gouda y pan de cristal de casa Estefanía. 

Cuando don Manuel me llama para decirme que el bautizo ha terminado, vamos a cerrar la iglesia. 


…


El bollo de la lotería. 


En la reunión del consejo de economía se habló de la lotería de Navidad. ¿Quién se encargaría de ello? Al parecer, la persona que se ocupó otros años no podía seguir haciéndolo. ¿A quién se le podía pedir? 

Después de harta deliberación salió un nombre: Primitivo. 


Ayer por la tarde, Primitivo y Guadalupe entraron en la sacristía antes de la misa. Primitivo se presentó —ser humano cordial y sonriente donde los haya— y me dijo que, en vez de vender lotería de Navidad, era partidario de hacer una rifa. 

Mientras Primitivo hablaba, Guadalupe sonreía. En realidad, Guadalupe vive sonriendo. Yo entendí que su sonrisa era asentimiento y quedé convencido de que este año no habría lotería de Navidad sino rifa. 


Hoy, después de misa, mientras me quitaba los ornamentos Mari Carmen me ha preguntado por la lotería. 

—Creo —le he respondido— que este año no habrá lotería sino rifa. 

Luego le he explicado la idea de Primitivo. 

Se ve que Mari Carmen se lo ha dicho a Domingo y él ha entrado en la sacristía algo agitado y me ha dicho que la lotería ya se ha encargado y que no se puede devolver sin penalización. 

Yo, que odio las penalizaciones, le he dicho que hablaría con don Paco. 


Cuando don Manuel me ha llamado para decirme que el bautizo había terminado, he ido a cerrar la iglesia. 

Estaba yo apagando luces cuando ha aparecido Guadalupe sonriente y radiante como siempre. A Guadalupe le habían dicho que el cura no quiere lotería este año y venía a explicarme que es su nuera la que ha encargado la lotería y que tiene un disgusto grande porque no puede devolverla. 

Estaba yo aclarando a Guadalupe que el cura sí quiere lotería pero que Primitivo no puede ocuparse de la venta cuando ha llegado la nuera de Guadalupe muy afligida, la pobre. Se llama Nieves.

Después de aclarar a Nieves que el cura sí quiere lotería siempre y cuando no tenga que venderla él, Nieves y yo hemos sacudido nuestras manos. 

Ya somos amigos. 


…


Me he divertido harto con el bollo de la lotería. Retomo el hilo. 


Cierro la iglesia y vamos a comer a Il Popolo. 

Casi no hablamos de política. Ana Isabel me pregunta que a quién voy a votar y le contesto que ravioli gigante de rabo de toro. Ella dice que, si pudiera votar, votaría a Alvise. Luego pide ravioli gigante de rabo de toro y su madre se apunta al mismo plato. Los tres coincidimos en que ha sido una gran elección. 


Nos despedimos a eso de las tres y cuarto y voy a la iglesia para hacer la visita al Santísimo. Luego, aprovechando el silencio y la soledad, me siento para mirar fijamente al sagrario. 


Hay que hacer ejercicio. Salgo a pasear con los misterios gloriosos. 


Vuelvo al palacio parroquial y me siento en mi sillón rojo de leer cómodamente. 

Termino la lectura de La familia de Pascual Duarte. Me parece una novela españolísima y genial y me alegro de haberla leído ahora y no cuando estudiaba literaturas en el cole. 


Tengo que concelebrar en la iglesia arciprestal de Callosa a las siete de la tarde. Tengo que hacerlo porque es la clausura de Bartimeo y hay dos chicas de Cox y una de Granja que han ido al retiro. 

Según mi GPS, el trayecto desde el palacio parroquial hasta la iglesia arciprestal de San Martín de Callosa, se puede hacer diez minutos. 

Salgo del palacio a las seis —con una hora de antelación— y voy a la sacristía para recoger un alba, un cíngulo y una estola verde. 

De camino hacia Callosa me detengo en una estación de Repsol para preguntar si puedo cambiar una bombona de gas de CAMPSA por una de Repsol. No puedo. 

Ya en Callosa, hay que aparcar. 

Después de aparcar hay que caminar hasta la iglesia entre gigantes plátanos y eucaliptos. 


Cuando llego a la iglesia son las siete menos cuarto. 

¡Qué iglesia! ¡Qué belleza! Cierto que está pidiendo a gritos una restauración y que —mientras se encuentran los millones necesarios— le vendría muy una piadosa mano que quitase el polvo, los manteles, las macetas y los ninots expuestos a la veneración del pueblo fiel. 

Lo que yo no esperaba —encontrar allí al obispo— ocurre en la sacristía. 

El amable párroco me da un cordialísima bienvenida y —después de agradecerla— saludo al obispo vasco y risueño. 


Ahora hay que reunirse con los jóvenes que han hecho el retiro de Bartimeo. Son cuarenta y tantos y están de un humor excelente. 

Una joven me saluda y, al ver que no la reconozco, se presenta: soy Claudia, de Thader. ¡Qué amable!


La misa va a empezar. 

¿Con una solemne procesión de entrada? No, con una carrera de San Fermín. 

Los jóvenes bartimeos echan a correr por la vía sacra. Don José Ignacio, advirtiendo mi palidez, me tranquiliza: «Javier, nosotros a nuestro ritmo». 

Cuando llegamos ante el altar, el presbiterio ya ha sido ocupado por una multitud que baila al son de una música horrorosa. 

Como encabezo la procesión del clero y no sé qué hacer, me vuelvo hacia el amable párroco justo a tiempo para ver cómo invita al obispo a unirse a los danzantes. 

No me importa reconocerlo: soy cobarde. Abandono al obispo a su suerte y me escaqueo. 

Mientras el obispo danza con los chicos, yo me dedico a observar los elegantísimos arcos que sostienen la cubierta del templo y la delicada decoración renacentista y barroca que ha sobrevivido a la furia iconoclasta de los marxistas y al celo pastoral de los curas postconciliares. 


Hay que reconocer que —pasado ese momento delirante— la misa sigue como de costumbre. No hay que lamentar víctimas y los jóvenes se muestran respetuosos y muy atentos. 


El párroco me invita a proclamar el evangelio. 

Me inclino ante el obispo —Iube Domine benedicere—suplicando su bendición. 

Después de proclamar el evangelio, llevo el Evangeliario ante el obispo para que lo bese. 


De la predicación del obispo recuerdo una anécdota que ha contado. Celebramos el DOMUND que cumple cien años. En estos cien años, la iglesia ha hecho un gran esfuerzo evangelizador que puede expresarse en números asina: 

Una nueva parroquia se ha erigido cada día en tierras de misión durante cien años: 36.500 nievas parroquias en tierras de misión. 

Tres nuevos colegios se han inaugurado cada día en tierras de misión durante cien años. Más de cien mil colegios en cien años. 


Después de la comunión vuelve a hacer acto de presencia el espíritu de la originalidad. Los jóvenes se abrazan y danzan al son de Tú, el único Rey. 

Lo peor no ha llegado. El obispo se sienta y empiezan a subir al presbiterio algunos jóvenes que van a dar sus testimonios. Pierdo la cuenta pero creo que son más de seis los que intervienen. Algunos lloran emocionados. Yo no consigo entender lo que dicen porque no vocalizan mucho, porque la megafonía no es la mejor del mundo y porque me estoy quedando sordo. 

Lo peor no ha llegado. Cuando terminan los testimonios interminables y e obispo da la bendición final, los jóvenes vuelven a invadir el presbiterio y, entre cantos, aplausos y bailes vuelven a envolver al obispo. 

Estoy escabulléndome disimuladamente cuando uno de los organizadores me invita —qué amable— a unirme a los danzantes. Yo, disimulando, le pregunto: «Dónde está el aseo, por favor». 


Pues nada, que me despido del obispo y del párroco y voy a la busca de mi Lamborghini. 

Por el camino charlo con una señora simpatiquísima que se presenta como Josefina y resulta ser la madre de don Eloy, el rector del seminario. Ya somos amigos. 


Vuelvo al palacio parroquial de Granja. Aún tengo que hablar con don Paco para aclarar lo de la lotería. Aún tengo que prepararme una cena ligera. 

sábado, 17 de octubre de 2026

Diario. Sábado, 17 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 17 de octubre de 2026


Me despierto a las cuatro y media. Misterios dolorosos. No llego al segundo. 


A la seis me meto el primer chute de corticoides. 


Abro la iglesia a las siete y cuarto y me siento en la capilla del Santísimo. 

El cirio pascual y el incensario están en el presbiterio donde los puse para el entierro de ayer. ¿Hay que llevar el cirio pascual al bautisterio? Sí. ¿Y el incensario a la sacristía? Sí. También hay que poner en su sitio el comulgatorio. 

En el ambón está el leccionario de difuntos. Hay que cambiarlo por el dominical y hay que leer las lecturas del domingo y preparar la homilía. 


Mientras preparo la homilía noto como una presencia misteriosa a mis espaldas. Me doy la vuelta y allí, mirándome desde el patio con los ojos muy abiertos, está el gato espía. Lo fotografío para dejar constancia del fenómeno. 

Testigo de todo ello es Horacio que ha llegado justo en el momento en que andaba yo fotografiando al gato.  


A las diez voy al despacho parroquial. 

Hay que archivar algunos papeles y tirar otros a la papelera. 

Hay que mandarle un mensaje a don Juan Miguel —harto siervo de Dios— para darle otra mala noticia: ha llegado otra carta de la DGT a su nombre. 

Hay que hacer una comunicación de matrimonio para la anotación marginal y mandarla por correo electrónico a don Paco para que la imprima él porque aquí la impresora —que ya la tenemos— aún no está instalada. 

Para mandar mensajes y eso tengo que salir del despacho e ir al «Aula de Medios» porque en el despacho aún no hay rúter ni coberturas. 

Llaman a la puerta del despacho. 

Son José Luis —el ser humano más alto del pueblo— y su hijo Martín —monaguillo— que, cuando crezca, puede llegar a ser más alto que las Torres Gemelas cuando eran algo. 

Vienen a trabajar. Vienen, concretamente, porque les han dicho que hay que traer un montón de sillas desde el garaje hasta los locales. 

Me cae muy bien esa gente que viene a la iglesia a hacer cosas útiles como rezar, callar, trabajar y sonreír. 

También me caen muy bien esas gentes que vienen a la iglesia a dar trabajo a los demás, a criticar a los demás y todo eso. Me caen bien porque me recuerdan a mí. 


A eso de las once llega Laura para asentar la partida de defunción de Ángel a quien enterramos ayer.

Llega sonriendo, anota la partida y se va sonriendo. ¿Como si nada? No, como su hermana. 


Yo me voy a poner gasoil a mi Lamborghini y a explorar los alrededores.

Descubro un Aldi. Muy bien. 


A eso de la una vuelvo al palacio parroquial con la compra y dedico un buen rato a ordenar —se dice «emparejar»— y a limpiar la cocina. 


Lectura del Evangelio de San Marcos. 

Lectura de Las Fundaciones. 


Preparo, bendigo y me zampo unos espárragos con guarnición de habitas y pimientos. 


Me siento cómodamente en el sillón rojo y mullido que es mi preferido para leer: 

187 Cuanto más “popular” se afirma un régimen, más crece su policía. 

206 Ni las leyes ni la política tienen ya como fin proteger la comunidad, sino destruirla. 

215 Finalmente, la irreverencia es el único recurso del imbécil. 

220 Los éxitos de la industria cultural o empuercan o empalagan. 

(Contramundo. Carlos Marín-Blázquez)


«Como Ulises, el viajero, mensajero del Hades, también él, el único que regresa despierto, nos trae la más escrupulosa descripción del mundo de las sombras y las llamas y, con su sangre y el frío temblor de sus labios, nos da fe de la existencia de estados insospechados entre la vida y la muerte«. 

(Dostoievski. Stefan Zweig)


«Nada había en sus ojos, y estaba todo en ellos como en las órbitas de las estatuas». 

(El humo dormido. Gabriel Miró)


Salgo a pasear por las calles desiertas rezando los misterios gozosos. ¿Es posible que vuelva a casa sudando y que tenga que cambiarme de camisa? Sí. 


Voy a la iglesia y me siento en la capilla del Santísimo.


De vuelta al palacio parroquial voy divagando: 

¿Echo de menos a los amigos de San Miguel? No, la verdad. 

De doña Nati y de sus churumbeles me acuerdo todos los días; a Joan, a Mari Luz y a Javier los vi ayer sin ir más lejos y me hicieron una gran merced; los nombres de Bruno y de su amable esposa no los llevo tatuados en la piel, pero sí escritos en mi Lamborghini; a Bernardo lo saludé antier y me parece verlo cada vez que me cruzo con Horacio; Ana Isabel, Wilder y las niñas con su abuela han estado aquí ya y vienen mañana a comer; Teresa celebró su santo ayer… No, la verdad, no los echo de menos. Y si ellos me echan de menos, lo que tienen que hacer es venir a verme más a menudo. He dicho. 

Dedico media hora al estudio de las cartas de San Pablo y media hora a ordenar los armarios de la cocina y la nevera. 

Oigo las campanas de la iglesia y salgo volando para allá.


No ha venido Mari Carmen. 

En la puerta de la iglesia me aborda un ser humano que inspira confianza y rezuma bondad. En cuanto me dice que se llama Primitivo sé quien es. En la reunión del Consejo de Economías se habló de él como de la persona idónea para organizar la venta de lotería de Navidad. Al parecer tuvo una carnicería. Primitivo tiene un plan alternativo al de la venta de lotería. Un plan alternativo y —a mi juicio— mucho mejor. Me lo explica mientras vamos a la sacristía y mientras voy encendiendo  —Martín diría «enchufando»— las luces, la megafonía…

Una suplicante pide que ofrezca la misa por su difunto esposo. Le ruego que me diga el nombre del finado y me lo dice y se me graba en la memoria. La suplicante pregunta que si no lo voy a anotar. Le digo que lo llevo grabado en el corazón y sonríe incrédula y sigue allí, plantada en medio de la sacristía, mientras yo voy y vengo llevando al altar el cáliz, las vinajeras…

—Si lo que busca es un papel para anotar el nombre de mi esposo, aquí —dice la suplicante señalando un papel— tiene uno. 

—Lo que busco, mi doña —respondo— son las cerillas para encender las velas del altar. 

—Voy a recordarle el nombre de mi esposo otra vez —insiste.

—J.S. —digo adelantándome. 

La doña me lanza una mirada de aprobación, de cariño, se satisfacción… 

—Muy bien —dice. Y se va. 

Julia viene en mi ayuda. 

Ayer me contaron que Julia fue ebanista y que hizo —con una su hermana— y regaló las puertas de la iglesia cuando el párroco era a don Isidro. 

Iba diciendo que Julia viene en mi ayuda pero —como diría santa Teresa— me he divertido harto. 

Julia viene en mi ayuda. Le han pedido que encienda —Martín diría «que enchufe»— los ventiladores y trastea en el panel de mandos para encenderlos. 

Todavía no ha salido Julia de la sacristía cuando entra otra señora suplicando que apaguemos los ventiladores porque —dice— «estamos helás».

Julia —¡qué amable!— apaga los ventiladores mientras yo acabo de revestirme. 


La misa de siete empieza puntualmente.

Dedico una parte de la homilía a explicar que en la iglesia no se aplaude y que hay que estar en silencio. Mientras hablo de esto, observo que la congregación está muy atenta. 

Dedico otra parte de la homilía a explicar que podemos volvernos locos si, cada vez que vamos al Corte Inglés o a misa, empezamos a exigir que enciendan  o apaguen los ventiladores. Y observo que la congregación está muy atenta. 

Captada la atención de la congregación, paso a la parte mollar de la homilía que es un análisis morfológico, sintáctico, sociológico, psicológico y exegético de la palabra «denario». 

La congregación empieza a bostezar y yo —experto en interpretar los signos de los tiempos— interrumpo mi discurso e incoo el Credo en latín.


La misa ha terminado.

Julia, Primitivo, Jose, Guadalupe y Elena entran en la sacristía y —mientras me quito los ornamentos y los dejo preparados para mañana— me cuentan cosas. 

Jose —el de las camisas caribeñas— retira del presbiterio la imagen de la Virgen del Pilar. Muy bien.

Cuando todos se han ido, preparo el cáliz para la misa de mañana, cubro el altar con el cubremantel y retiro el mantel del comulgatorio. 


De vuelta al palacio parroquial divago:

Echo de menos a Martín, pero no importa. Más aún, me alegro de que viva su vida y de que no se sienta atado al cura o a la parroquia. Vive en Granja —como el Niño Jesús en Nazaret— obedeciendo a sus padres. Y se nota que no carece de nada.