Granja de Rocamora
viernes, 9 de octubre de 2026
A las ocho abro la iglesia de par en par. Ha refrescado bastante.
A las nueve empiezo a preparar los libros y el cáliz para la misa del sábado. La celebrará don Francisco.
Luego voy y vengo y voy vengo y voy y vengo de la parroquia a la ermita y de la ermita a la parroquia. Tengo que preparar la misa de esta tarde pero olvido algo en cada viaje. Muy bien.
Llevo dos albas al palacio parroquial para ponerlas en la lavadora y, en efecto, las pongo en la lavadora. Luego pongo la lavadora en marcha con jabón y un programa de tres horas.
En casa Estefanía recojo una tabla de quesos que encargué porque hoy comen en el palacio parroquial María GC, Joan y don Francisco.
Preparo la mesa y termino justo cuando llama María. Bajo a buscarla y saludo a Horacio que está mirando fijamente a María.
Está llegando don Francisco cuando llamo a Joan. Resulta que está en San Miguel. Pensaba que nuestra cita era para el próximo viernes. Me da pena porque uno de los quesos es irlandés, como Joan, y sabe a cerveza negra.
María viene cargada de regalos: dos botellas de vino de Misa —una para Cox y otra para Granja—, cuatro botellas de vino de mesa para mí solito y tres panetones: uno para don Francisco, otro para Joan y otro para mí. Además trae algunas conservas, aceite de olivas y sal del Himalaya. Además trae el primer plato —una especie de salpicón— y una crema de cocos con frutas de un bosque encantado. No carezco de nada.
Como María y don Francisco no se conocen, después de bendecir los alimentos, la conversación entre ellos comienza con el intercambio habitual de información: nombre, apellidos, DNI, estado civil, domicilio, ingresos netos anuales, etc.
Luego vamos a hablar de política pero comentamos, con pena, la ausencia de Joan y empezamos a hablar —bien— de ella.
Luego vamos a hablar de política pero alguien elogia la tabla de quesos de Estefanía y nos ponemos hablar de quesos, de Estefanía y de otras maravillas del pueblo.
Luego vamos a hablar de política pero empezamos a hablar de Carmelo, que está en Japón, y de su hija Ana que dará a luz en noviembre, y de su hijo Carlos que está por la parte de Tailandia.
Luego vamos a hablar de política pero sale el salmón ahumado con lecho de tomate rallado. María pregunta que si hay alcaparras y le cuento que fui a comprarlas a casa Estefanía pero se habían agotado.
Luego vamos a hablar de política pero María pregunta por mi indigno sucesor en san Miguel y hablamos muy bien de él y don Francisco hasta le muestra una foto, y a María le gusta.
Después de los postres nos despedimos sin café.
Don Francisco vuelve a Cox con su botella de vino de misa de Jerez. María y yo nos disponemos a pasear hasta la ermita del Cristo. Se me ocurre una idea brillante: llevar allí la botella de vino de Misa de Jerez que me ha regalado Maria. Ella insiste en meterla en su bolso.
Caminamos hasta la ermita; yo por la sombra, ella por el sol. Le hago notar la cadena de coincidencias asombrosas: la ermita de la Cruz está en la plaza de la Cruz donde también hay una taberna de la Cruz a la que se llega por la calle de la Cruz. Mi prima se hace cruces.
Una vez en la plaza admiramos los plátanos —cuyas hojas empiezan a acusar la llegada del otoño— la jacaranda, el jazminero olorosísimo, los grandes ficus convertidos en refugios de los alborotadores gorriones y el pequeño madroño que aún no tiene frutos ni osos.
Entramos en la ermita y rezamos en silencio ante el lignum crucis custodiado en la primorosa estauroteca.
Terminada la piadosa excursión, volvemos al palacio parroquial. María ha aparcado allí su carro. Allí nos despedimos: muac, muac, y todo eso, dando yo muestras de contento y gratitud por su visita y su generosidad. Y, con ella, en su bolso, se va el vino.
Entonces, para combatir el sueño y hacer la guerra al diablo, empuño mi rosario y callejeo rezando los misterios dolorosos.
Luego subo a la cocina del comedor del palacio parroquial para recogerlo todo y para tender las albas que puse por la mañana en la lavadora. Han quedado muy albas.
Voy a la iglesia y me da tiempo a sentarme ante el sagrario antes de salir para la ermita.
Cuando llego a la ermita la encuentro abierta. Un grupo de fieles reza el rosario. Martín da vueltas por ahí sin saber qué hacer porque lo ha encontrado todo preparado.
Me da tiempo a rezar vísperas antes de revestirme y de ayudar a Martín con un alba que le viene algo grande.
Sacamos la estauroteca del expositor y la erigimos como Cruz de altar.
Empieza puntualmente la misa de siete.
Al terminar la misa voy al palacio parroquial para asearme un tantico.
A las ocho me esperan en su casa —¡qué emoción!— Laura, José Luis, Martín y Rebeca.
Llego puntualmente.
Rebeca me regala un sobre azul que ha hecho ella misma y que, dentro, lleva un retrato de León XIV pintado por ella y extraordinariamente parecido al modelo.
Ante todo hay que bendecir la casa. Ya está.
Martín tiene en su habitación una camiseta del Real Madrid firmada por Mbapé y por otros idolillos del Real Madrid. Pero en la cama, en el centro de la habitación, tiene al Niño Jesús. Muy bien.
Rebeca tiene en la cama una muñeca que representa a la Virgen y que —si aprietas un botón— reza el Padrenuestro y el Avemaría. La rodean una capibara y un oso panda de peluche que están aprendiendo de la Señora la doctrina. Muy bien.
Cuando terminamos de bendecir la casa, mientras Laura prepara la cena, Rebeca cubre la alfombra con sus juguetes al tiempo que Martín y Jose Luis ponen un documental de don Pedro Hernández.
Cuando Laura nos llama pasamos al comedor para cenar. Bendigo los alimentos en latín.
No hablamos de política porque la cena está riquísima.
José Luis cuenta que, hace muchos años, su madre le dio dos conejos pelados para que los llevase a su tía. José Luis los metió en el coche, fue casa de su tía y pasó allí un par de días. Se le olvidó lo de los conejos. Hacía mucho calor y algunas aves carroñeras empezaron a sobrevolar el coche mientras un olor fétido salía por las ventanillas entreabiertas. José Luis —tapándose la nariz— sacó los cuerpos corruptos del coche y los lanzó por encima de una valla de púas con la mala suerte de que uno de ellos quedó colgando de una pata.
Pasamos luego a hablar de decoración y yo —inspirado por la bonita historia de José Luis— sugiero que sería una buena idea decorar el comedor con una linda representación de unos buitres y unas hienas disputándose un cadáver. A Laura no le convence la idea, a Jose Luis sí.
Luego Laura nos habla de los granjeros que emigraron a París y de su propia estancia en el sur de Francia donde estuvo vendimiando y de un barrio de Granja que se llama «París».
Después de cenar, mientras Laura me prepara una cesta de Caperucita para que me la lleve a casa, José Luis, Martín y yo salimos al patio para rezar completas bajo un cielo negro, sin estrellas.
Me despido de Laura y de Rebeca —muac, muac y todo eso— y vuelvo al palacio parroquial escoltado por José Luis y Martín. En la puerta del palacio me dan la cesta de Caperucita y —buenas noches, buenas noches— nos despedimos.
Ya en mi habitación, abro el sobre azul y pongo el retrato del León XIV en mi mesita de noche. ¡Gracias, Rebeca!