San Miguel de Salinas
domingo, 31 de mayo de 2026
La jornada pro orantibus me trae a la memoria el recuerdo de uno de mis primeros lances apostólicos como sacerdote.
Había tomado un taxi en Alicante y pasábamos cerca de cierto convento de clausura. El amable taxista empezó a perorar. Su discurso versaba sobre la Iglesia, sobre las numerosas reformas que —a su juicio— urgían, sobre las riquezas del Vaticano y la codicia de los sacerdotes… Nos acercábamos ya a mi destino. Yo escuchaba pacientemente pues, ¿no está llamada la Iglesia a la escucha? El amable y locuaz taxista remató su alegato con estas o semejante palabras: «Y eso de las monjas de clausura… vaya locura y vaya desperdicio de vidas. Si, al menos se dedicasen a cuidar a los pobres y a los enfermos…». Pagué la carrera. Todavía podía darle alguna palabra de luz:
—Lo que usted piense sobre las monjas —empecé— a mí, la verdad, me importa muy poco y no me cabe la menor dudada de que a ellas les importará aún menos. Pero puede estar usted seguro de que, cualquiera de ellas con un día de oración, hace por los pobres y los enfermos mucho más de lo que usted ha hecho o llegará a hacer en toda su vida.
Le dediqué una sonrisa —a la que respondió con un mohín— y cerré la puerta suavemente. Luego seguí mi camino muy contento de haber podido catequizar a un rudo.
…
10:00
Misa en Torremendo. Han venido uno de los campaneros y algunos de los niños que hicieron ayer la comunión. Me alegro.
En la homilía cuento el cuento del taxista.
Después de misa, Yolima me habla de una feligresa que quiere confirmarse y ser catequista. Me alegro mucho.
12:30
Misa en San Miguel. Han venido un nuevo feligrés —colombiano, por más señas— y algunos de los niños que hicieron su primera comunión hace unas semanas. Me alegro.
El cuento del taxista me da pie para decirle a los niños que esos religiosos que se dedican a la contemplación y a la alabanza de la Santísima Trinidad son muy queridos de Dios, y que algún día sabremos cuántos bienes nos alcanzaron con su vida oculta y con su altísima y constante oración.
Después de misa salgo a la puerta para despedirme de la congregación.
Joan sale con muy mala cara. Me dice que se siente mal y que se vuelve a casa. Me ofrezco para acompañarla pero huye.
Cuatro belgas y cuatro ingleses convienen en que les ha encantado el canto del coro. Les ruego que esperen un momento hasta que baje Delia para felicitarla a ella directamente, pero huyen.
Felicito a Delia y a los demás el coro conforme van bajando.
El nuevo feligrés colombiano —Arturo— se ofrece como lector porque —dice— en su parroquia colombiana desempeñaba ese ministerio. Queda nombrado lector. Alguno de los del coro que lo oye, le propone que se una al coro. Dice que sí. Me alegro.
13:45
Voy a comer a casa de Heidi y Armin con doña Nati. Allí encontramos a Juandi —director del coro de Los Alcázares— a su mujer, María, que es soprano, y a Ginesa, su suegra.
17:30
Después de una larga y divertida tertulia nos despedimos.
17:45
Dejo a doña Nati en su casa, voy a la iglesia para rezar y mando un mensaje a Gerardo para que sepa que he vuelto.
18:45
Llega Gerardo. Le encargo bajar los ventiladores del almacén del coro, quitarles las fundas y colocarlos en la iglesia.
19:35
Ha cumplido su misión y nos despedimos quedando yo muy agradecido.
Todavía sigo en la iglesia hasta las 20:00. Entonces voy a la casa abadía para tender la ropa de una lavadora que puse por la mañana.
21:00
Voy a ver las noticias con doña Nati.
21:45
Nos despedimos y voy a rezar completas y a cerrar la iglesia.
Adiós, mayo.