Granja de Rocamora
sábado, 7 de noviembre de 2026
6:00
Suena el despertador.
7:30
Me siento para mirar fijamente al sagrario.
Oficio de lectura y laudes.
8:30
Hay que alinear lo bancos.
Lectura de Las Fundaciones.
Lectura del Evangelio. Marcos.
Hay que preparar la homilía.
Tercia.
Revisar el correo.
Noticias.
10:45
Voy al cementerio.
Cuando llego, salen Mari Carmen y Roberto. Nos saludamos y nos despedimos.
Enfrente del cementerio hay una gatera. Observo detenidamente a los gatos.
Empezamos el rosario: Mari Rosi, Laura, Martín, Rebeca, Francisco, Carmen, Máxima, Elena… Martín ha jugado hoy al baloncesto contra el Rincón de Bonanza. Han ganado los del Rincón. A Máxima la he llamado Fátima y Mari Rosi me ha corregido: «se llama Victoria». Máxima ha corregido a Mari Rosi: «Victoria es mi hermana». Rebeca lleva una capibara de peluche atada con una cuerda y va dándole patadas por el cementerio.
Hay un trabajador laburando con una ruidosa máquina. Cuando nos ve llegar interrumpe el trabajo y descubre su cabeza. Me confirma en la idea de que estoy en un pueblo de caballeros.
11:30
Nos despedimos.
Voy a casa Estefanía y luego a la iglesia para recoger mi ordenador. ¡Oh, se oye el órgano! Es Miguel que está ensayando. Hay un virus de niños y su mujer se ha contagiado en el cole.
Quinto día de la novena a Rebeca.
Visita al Santísimo.
Ángelus.
12:15
Voy al palacio parroquial para dejar la compra.
12:30
Voy al despacho.
Cuentas de caja. Preparo un sobre para Damián.
Hay que abrir cartas del banco y archivar facturas.
Un suplicante me pide un certificado de confirmación.
14:00
Cierro el despacho y voy al palacio parroquial.
Hay que preparar la comida, bendecirla, comerla, dar gracias y recogerlo todo.
15:00
Me siento delante de la televisión que está apagada. Llevo aquí dos meses y dos días y todavía no la he encendido. De hecho, no sé si funciona. Me reclino un poco en el sofá. Me quedo frito.
15:30
Me despierto, me levanto y me siento en el sillón de leer con El humo dormido.
Vuelvo a hojear Calla, calla, que te entiendo.
16:45
Voy a la Iglesia. Llega Horacio.
Me siento para mirar fijamente al sagrario.
Vísperas.
17.42
Me llama don Paco cuando estoy desinsectando la iglesia porque me comen los mosquitos. Me cuenta que a él también. Luego me cuenta otras cosas secretas.
17:47
Empiezo a preparar el altar porque no va a venir Martín.
Hay que quitar el cubremantel del altar y cubrir el comulgatorio.
Hay que llevar al altar el misal, el cáliz cubierto con su velo, la píxide y las vinajeras.
Hay que llevar a la credencia el lavabo, la campanilla y la bandeja de comunión por si viene un espontáneo a ayudar.
Hay que poner en un banco los evangelios de 2027 y un cestillo con diez monedas de a euro por s alguien quiere comorarlos: a seis los grandes y a cuatro los pequeños.
Hay que encender las luces y la megafonía.
Hay que llevar a la puerta algunas estampas.
18:09
Me pongo mi sotana elegante y voy al confesonario.
Empiezo un triduo porque el lunes operan a Félix. Le van a hacer la misma intervención que al Papa.
18:50
Voy a la sacristía para revestirme. Me abordan dos suplicantes. Antonio viene en m auxilio.
Me revisto.
19:05
Comienza la misa con cinco minutos de retraso.
HOMILÍA
Las vírgenes representan al pueblo de Israel que espera al Mesías, el Esposo.
Las cinco necias son esa parte del pueblo que no ha reconocido al Señor en su primera venida. A Herodes y a los sabios de Israel se les anunció el nacimiento de Jesús pero no lo buscaron para adorarlo ni cambiaron de vida.
Las cinco prudentes son esa otra parte del pueblo y de la humanidad —la Virgen María, Zacarías, Isabel, Juan Bautista, los Magos, los Apóstoles y las santas mujeres— que han reconocido y acogido a Jesús en su primera venida.
Pero esas diez vírgenes nos representan también a nosotros que esperamos la segunda venida de Cristo.
Todas —las prudentes y las necias—se duermen porque todos tenemos que morir.
Todas se despiertan en medio de la noche cuando se anuncia la llegada del Esposo porque todos resucitaremos al final de los tiempos para un juicio.
El aceite representa las virtudes —fe, esperanza y caridad— y las buenas obras realizadas con la fuerza de esas virtudes. Nada de eso se puede compartir. Por eso debemos pedir el don de vivir y morir en gracia de Dios. Amén.
…
En la sacristía me abordan otros dos suplicantes. Antonio viene en mi auxilio.
Cuando ya se han ido todos recojo la colecta de la iglesia diocesana y preparo el altar para la misa de mañana.
Son las ocho y piquito cuando cierro la iglesia.
En la plaza cantan los grillos. No se ve un alma.
Cruzo la desierta plaza de la iglesia y recorro el oscuro callejón que lleva a la plaza del palacio. Allí me saludan dos mujeres que acarician a un gato y luego una joven que pasea a su perro.
Después de cenar escribo esto. Son las 9:42 cuando termino.