San Miguel de Salinas
Lunes, 9 de febrero de 2026
A las seis me despierto y me levanto pero una sucesión de microrretrasos hace que no abra la iglesia hasta las siete y diez.
A las siete y diez abro la iglesia pero una sucesión de microrretrasos hace que no salga para el hospital hasta las siete y veinte.
A las siete y veinte salgo para el hospital. Aparco a las ocho menos veinte. Cuando llego a la capilla son las siete cuarenta y cinco y la congregación ya está congregada. Por fortuna los doctores S y L vienen en mi ayuda y preparan el altar mientras me revisto.
«En el nombre del Padre, y del Hijo… Perdón por el retraso». La misa por las ánimas sigue como de costumbre aunque sustituyo las genuflexiones por inclinaciones profundas porque tengo las rodillas semibloqueadas. Me perdonan.
Después de misa rezo laudes y me siento ante el sagrario con la sexta lira del Cántico espiritual.
¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras embiarme
de oy más ya mensajero
que no saben dezirme lo que quiero.
En la contemplación de las criaturas descubre el alma tanta abundancia de gracia y hermosura que no puede sino suspirar por Aquel que, con solo mirarlas, así las dejó. Llagada el alma en amor por este rastro, ansía ver la hermosura invisible y aumentándose su amor se acrecienta también el dolor de la ausencia. Ya no quiere entretenerse con noticias y mensajeros y pide que el Amado acabe de entregarse. Porque todo lo que en esta vida se puede conocer es conocimiento en parte y muy remoto. Solamente en la visión de su esencia acabará el Amado entregándose «de vero».
No encuentro a Marcelo en su habitación. Colijo que ha ido a rehabilitación.
Voy a ver a Ronald, el alegre holandés. Está solo. Le pregunto que cómo se encuentra. No se encuentra muy bien pero lo dice sonriendo. ¿Se siente con fuerzas para comulgar?
—Paga eso siempge hay fuegzas.
Justo en ese momento llega Juani. Ns saludamos. Comulgan los dos.
A las diez estoy de vuelta en San Miguel. Joan recoge los tesoros depositados en los lampadarios. Nos da tiempo a contar las moneditas antes de que den las diez y veinte, hora en la que tengo que enfundarme en mi traje de pescador para sentarme en el confesonario. Sexta. Lectura del evangelio de san Lucas. Lectura del libro de Judit.
A las once, en punto, comienza la segunda misa por las ánimas porque es lunes.
Terminada la misa hay que atender las súplicas de las suplicantes y luego hay que rezar el Ángelus con Joan.
Pasado el mediodía hay que ir al banco para ingresar todo lo recolectado durante la semana.
A las doce y media en punto, catequesis para Brooke. A la una, catequesis para Tatiana.
A la una y media me entrego a la lectura de Micer Alejandro Rodríguez de la Peña.
Cuando, después de comer, me despido de doña Nati, sé que el día se precipita —frenético— hacia su fin.
Nada compensa mejor la fugacidad frenética del tiempo que la parsimonia. ¿No decimos «vísteme despacio, que tengo prisa»? Pues eso. Parsimoniosísimamente me dirijo a la iglesia. De pie —porque no puedo arrodillarme a causa de la artritis— hago la visita al Santísimo y rezo unas preces que yo me sé. Luego, mis errantes pasos me llevan por las capillas laterales mientras mi lengua canta —¡oh!- con gozo los misterios gozosos.
Es la hora de Brahms. Sonata para chelo y piano nº 2, Op. 99.
Toca hacer algunas labores domésticas y asearse antes de volver a la iglesia para mirar fijamente al sagrario.
Luego hay que hacer algunas labores de sacristía y asearse un poco antes de ponerse a contestar mensajes y correos y todavía hay tiempo para mandar las lecturas del domingo al grupo de lectores: primero las páginas del leccionario fotografiadas y, luego los audios con las lecturas proclamadas por mi poderosa voz y con algunos pertinentes comentarios.
Vísperas: esto se acaba.
Voy a masymas. Estoy allí cuando me llama Wilder. Al parecer, Ana Isabel me ha puesto un mensaje invitándome a cenar tortilla de patata. Le digo que voy volando.
Ana Isabel ha hecho tres tortillas de patatas para cuatro porque Luciana no come tortilla de patata. A Luciana le gustan los huevos y las patatas pero quiere los huevos fritos con patatas fritas y por nada del mundo quiere la tortilla de patatas. Como Ana Isabel es soberana en su casa y una de sus leyes es que hay que comer de todo, sirve a Luciana un plato de huevos fritos con patatas fritas y luego añade un triangulito de tortilla de patatas con cebolla caramelizada. Luciana suplica a su madre que ponga el triangulito de tortilla de tal modo que no toque el huevo o las patatas fritas. Ana Isabel, soberana, pone el triangulito encima de las patatas fritas de Luciana sin prestar atención a la reacción dramática de su hija. Me mondo.
Camila bendice la mesa y empezamos a comer y a charlar. Hablamos de las cosas que nos han dado miedo en la vida. Cuando yo cuento las cosas que me han dado miedo, Camila palidece. Cuando Camila cuenta las cosas que le han dado miedo, a todos nos da la risa. Luego Luciana y Ana Isabel cuentan las cosas que les han dado miedo y se me ponen los pelos de punta. Según parece, a Wilder nunca le ha dado miedo nada. Le pregunto que si no pasaba miedo en la casa parroquial de Torremendo cuando vivía allí solo, durante el invierno, sin conocer a nadie en el pueblo… No, no pasaba miedo. Camila lo mira con orgullo como diciendo: este es mi papi. Y luego ella y Luciana reconocen que ellas sí que pasaron miedo en aquella casa porque se oían ruidos raros. Su madre sugiere que no sería raro que hubiera habido más de un asesinato en esa casa y que los cadáveres estuvieran emparedados por allí y la cosa se pone interesante y nos lleva a imaginar historias dignas de Edgar Allan Poe.
Como el coche de Wilder está en el taller y Ana Isabel necesita el suyo para ir mañana a trabajar, ofrezco a Wilder mi Lamborghini. Acepta el préstamo, me lleva a la casa abadía, me ayuda a cerrar la iglesia y a subir la compra a casa y nos despedimos. Él se vuelve a su casa con mi Lamborghini y yo, después de rezar completas, me voy a la cama y me quedo frito.