San Miguel de Salinas
viernes, 17 de julio de 2026
A las siete llego al hospital y preparo todo para la misa votiva de la santa Cruz, porque es viernes.
Oficio de lectura y laudes.
Misa votiva de la santa Cruz.
Después de recogerlo todo, mando un mensaje a Mauricio: que iré a llevarle la comunión por la tarde.
Me siento para mirar fijamente al sagrario.
A las nueve estoy de vuelta en San Miguel. Están haciendo obras en la puerta del garaje y han cortado la calle. Aún así, llego a tiempo para recibir a mi indigno sucesor, el padre ruandés Juan Berchman.
Nos abrazamos sin llorar ni nada. Le llaman por teléfono y compruebo que no ha cambiado nada y sé que lo llamarán seis o siete veces a lo largo de la mañana. Aprovecho que está hablando por teléfono para pedirle a doña Nati las llaves de la iglesia y de la casa abadía porque las mías las he olvidado en el hospital
Cuando vuelvo comienza nuestra gira. Primero le muestro la sacristía. Voy a mostrarle el confesonario y el archivo cuando lo llaman por segunda vez. Me siento para rezar los misterios gozosos. Me da tiempo a rezar dos.
Cuando termina, le presento a Macarena y a su marido. Luego le presento a Gloria y a Rita Sala. Luego le muestro el confesonario y el archivo.
Entonces llega Joan. Hago las presentaciones.
Como tengo que sentarme en el confesonario, lo dejo hablando por teléfono.
Tercia.
A las once, segunda misa votiva de la santa Cruz.
Después de misa voy con el Padre Juan a la casa abadía y a los locales. Le presento a Iván que se ha comprometido a dejar libres lo locales antes del 31 de julio. Cuando le digo que Iván es belga, el padre se pone a hablarle en francés pero Iván se excusa: es flamenco.
Hacemos una visita a la casa abadía. Al padre todo le parece muy bien.
En El Paseo le presento a Gustavo, a Manoli y a Jose Miguel. Con Manoli y Jose Miguel nos dirigimos hacia la casa de doña Nati. Allí le presentamos a doña Nati y a Gema.
Luego nos despedimos. Hay que ir a Torremendo.
Le doy un paseo por el pueblo para que vea cómo está creciendo —hay unas dos mil viviendas nuevas en construcción— pero él va hablando por teléfono lo que me permite terminar los misterios gozosos.
La iglesia de Torremendo está cerrada. La casa abadía también. Llamo al archidiácono: nada. A Yoli: nada. A Antonio: que si tiene llave de la iglesia. Que no. Pues nada, nos sentamos bajo el gran eucalipto de la plaza y allí le explico lo que hay que explicar de Torremendo. Todo le parece muy bien.
De vuelta a San Miguel lo llaman otra vez. El padre Juan suele tener muchas llamadas pero hoy el teléfono arde porque en todos los periódicos de Alicante está saliendo una noticia: «Los vecinos de Relleu reúnen firmas para pedir al obispo que no se lleve al Padre Juan Berchman de la parroquia». El pobre padre Juan está muy avergonzado.
Vamos al Collie porque la emoción ha abierto el apetito al padre Juan. Él pide un bocadillo de jamón con tomate en rodajas. Yo una copa de rioja y unas aceitunas.
Encontramos en el Collie a Tomás —hijo de doña Nati— y aprovecho para presentar al padre a todos los presentes.
Cuando nos despedimos son las dos y toca ir a comer a casa de doña Nati con Carmen y Tomás.
A las tres hay que despedirse para a gloriosa rutina: visita al Santísimo, batalla contra el sueño ganada por la virtud de un rosario recitado mientras doy vueltas por la iglesia a grandes zancadas y oración ante el sagrario repitiendo cien veces «que no me duerma, gracias» hasta que —gozoso— descubro que ha pasado la modorra y recuerdo algo que me dijo san Ambrosio esta maña: «Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná». Ya puedo decir: «Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones..» etc.
Tengo varias llamadas perdidas. El archidiácono me dice que le están llamando los del tanatorio porque no me encuentran. Pedro Baños, de Torremendo, me ruega que lo llame cuando pueda.
Llamo a Pedro. Ha muerto su prima. ¿Podemos celebrar el entierro mañana por la tarde? Le informo de que mañana por la tarde tengo misa en Torremendo a las seis y en San Miguel a las ocho. Me dice que hablará con la familia para concretar la hora.
Llamo al diácono César. ¿Podría él ocuparse del responso de mañana? El diácono César volverá de Granada mañana y procurará llegar a tiempo para el responso.
Me llama el archidiácono. Que no me preocupe, que él está muy cerca y puede ocuparse del responso. No carezco de nada.
Voy al hospital, vuelvo del hospital, voy a más y más, vuelvo de más y más, entro en casa de doña Nati para ver el nuevo Pasapalabra con ella, con Carmen y con Tomás y, cuando termina, me despido y voy a la iglesia.
Está ensayando el coro. Se me acerca una señora. Su hija va a abrir una farmacia en el pueblo: ¿podría yo bendecirla? Nada más fácil. Quedamos en que me mandará un mensajito cuando sepan la fecha. Nos despedimos.
Termino de cenar y me llama Ana, de la cofradía de la Virgen del Carmen. Planean decir unas palabras mañana en la misa de la Virgen del Carmen. Le advierto de que, si son palabras de homenaje al cura saliente, me pondré muy triste. Insiste e insisto y amenazo con salir huyendo si alguien osa hablar de mí en la iglesia. Lo explico: en la iglesia todo debe apuntar a Cristo. Lo entiende porque es muy buena y muy lista. Bendito sea Dios.