Torrellano
martes, 28 de julio de 2026
Después de celebrar la misa de once y de organizarlo todo para mi ausencia, voy a buscar a Joan.
Ha alquilado una silla de ruedas.
Vamos a Torrellano rezando los misterios dolorosos. Hemos reservado dos habitaciones en un hotel que está a cinco minutos del aeropuerto.
En la sobremesa leo a Joan la Balada de un antipuritano, de Chesterton y le ruego que me lea Agua, vino y canción, del mismo Chesterton.
Luego la dejo en su habitación y me retiro a la mía.
Tenemos que levantarnos a las 02:30 para estar en el aeropuerto a las 03:30. Disponemos de diez horas para descansar.
Me da tiempo a leer el poema de Chesterton que encabeza El hombre que fue jueves.
Coventry
miércoles, 29 de julio de 2026
A las dos y media suena el despertador.
A las tres y cuarto voy a buscar a Joan y bajamos a recepción. Nos espera un taxista que ayuda a Joan a subir al taxi y me ayuda a guardar la silla de ruedas en mi coche.
A las tres y veinte estamos en el aeropuerto. El amable taxista nos consigue una silla de ruedas y nos deja en la puerta más cercana al punto donde se encuentra la asistencia los viajeros con movilidad reducida.
Esperamos en el mostrador hasta las cuatro leyendo poemas de Chesterton. Entonces empiezan a atendernos.
Además de Joan y yo hay una señora no muy mayor acompañada por su hijo, una señora muy mayor acompañada por su hijo y una familia admirable.
La familia admirable es irlandesa. Está compuesta por marido, mujer y seis hijos de entre quince y dos años. La mayor —una adolescente— se hace cargo de una hermana de unos cinco años. Los otros tres son chicos y uno de ellos, con una suerte de discapacidad, lanza gritos de vez en cuando. Los esposos manejan la situación con aplomo, naturalidad, paciencia y buen humor. Vuelvo a hacer el propósito —y así se lo manifiesto a Joan— de no quejarme por nada.
La asistente que nos asignan resulta ser muy simpática. Encarga a los chicos del matrimonio admirable que vayan apilando las bandejas que usamos para poner móviles, cinturones, ordenadores y otros objetos antes de pasar por el arco detector de metales. Los dos chicos cumplen su encargo con entusiasmo y se hacen amigos de todos.
A las cinco hemos pasado todos los controles y nuestra asistente nos ha llevado hasta la puerta de embarque. Dejo a Joan con el matrimonio admirable y voy a tomarme un café y un cruasán.
A las cinco y media embarcamos. Me pongo mis tapones Quies. A las seis menos cuarto despegamos puntualmente.
Oficio de lectura y laudes.
Intento meditar pero me duermo. Intento dormir pero me despierto. No me quejo.
Consigo leer cincuenta páginas de El amanecer de los derechos del hombre. La controversia de Valladolid, de Jean Dumont.
A las 7:25 —hora española— aterrizamos puntualmente en Birmingham donde son las 6:25.
Una amable asistente nos lleva hasta el control de la policía, hasta la salida —donde nos aguarda Matthew y nos despedimos de la familia admirable— y hasta el aparcamiento. Saludo a Matthew sacudiendo su mano derecha. Él suele saludar a su madre con un largo abrazo pero su madre —en silla de ruedas y abrazada a sus maletas y muletas— es hoy difícilmente abrazable.
Matthew nos lleva desde el aeropuerto de Birmingham hasta su casa de Coventry. Es un día soleado y más bien caluroso.
Sarah está trabajando.
Matthew nos sirve un té y comenzamos a charlar. Joan le hace un regalo de graduación. Matthew lo agradece mucho y —ahora sí— abraza largamente a su madre. Yo le hago un regalo de graduación y me lo agradece con nobles y sentidas palabras.
Luego Matthew y Joan se quedan hablando y yo salgo ala calle para rezar tercia y tratar de grabar el canto de las aves inglesas. Por el calor o por otras causas, aunque la casa de Matthew está rodeada de altos y frondosos árboles, no se oye cantar a los pájaros. Me tengo que conformar con el graznido de una corneja negra.
De vuelta a la casa, me siento y me quedo frito. Cuando me despierto leo el Evangelio de san Marcos y me uno a la tertulia de Matthew y su madre. Pido a Matthew que nos lea un poema de Chesterton. Lo hace muy bien pero confiesa que no le gusta mucho la poesía.
A las doce rezamos el Ángelus y Joan anuncia que nos invita a mi restaurante favorito. Cada movimiento con Joan y su silla de ruedas tiene su complicación. Nadie se queja.
En mi restaurante favorito pido un plato de pork and beef con baked potatoes, peas, carrots y Yorkshire pudding, una copa de red wine y un vaso de sparkling water. Muy bien.
Después de comer llevamos a Joan de vuelta a la casa de Matthew y la dejamos allí descansando. Matthew me lleva al hotel y me presento en el mostrador de recepción justo a las tres, la hora en que puedo tomar posesión de mi habitación. Se ve que no me esperaban tan pronto porque el individuo que me acompaña hasta la habitación me pide disculpas y me advierte de que voy a encontrar en ella el vacuum robot. Así es, pero no importa porque dejo mi maleta y vuelvo al aparcamiento donde me espera Matthew para llevarme a la iglesia de St Osburg donde voy a celebrar la misa.
En St Osburg nos atiende un sacerdote africano altísimo. No es el mismo que nos atendió el año pasado y que no me dejó celebrar la misa porque no tenía carnet de presbítero. Esta vez sí que lo llevo conmigo. Esta vez ni me lo piden. Pienso que ha regresado la sensatez al mundo.
Nos han preparado en la sacristía un altar adosado a la pared. Matthew me advierte de que el sagrario está al otro lado de la pared. Muy bien. Celebro la misa de los santos Marta, María y Lázaro aunque el misal que uso todavía no trae a María y a Lázaro.
Matthew y yo nos demoramos en la acción de gracias después de la misa. Luego vamos en busca de nuestro amable huésped y nos despedimos hasta mañana.
Matthew tiene que ir a buscar a Sarah pero, antes, me deja en el hotel: qué amable.
Paso la tarde rezando, leyendo poemas de Chesterton, escribiendo esto y dando una que otra cabezada.