Granja de Rocamora
martes, 8 de septiembre de 2026
A las once y media salgo de La Torre. Media hora después estoy en la puerta del palacete parroquial. Quisiera entrar discretamente. Llamo a don Paco para saber si está puesta la alarma. Sí, está puesta. Muy bien. Debo proceder con cautela.
Abro la puerta y se oye la señal que avisa de que la alarma está conectada. Tengo que poner mi tarjeta en el lector y, luego, dar a «desconectar». Lo hago. Salta la alarma produciendo un gran escándalo. Me asomo disimuladamente a la plaza. Todos los vecinos se han asomado a la plaza y me miran sin disimulo y fijamente. Supongo que los de la central de alarmas estarán llamando a don Paco y que don Paco estará dándoles la clave secreta.
De doce y media a dos deambulo por el palacete parroquial moviendo lámparas y muebles y haciendo listas de cosas que necesito.
A las dos viene a buscarme don Paco. Vamos al hotel Costa Blanca para comer y para organizarnos.
Don Paco —que entiende de ordenadores y eso— asegura que tiene un truco muy bueno para sincronizar nuestras agendas. Lo consigue a medias. Quedamos en que mañana nos reuniremos con el encargado de ordenadores y eso para que haga bien el truco.
A las cuatro nos despedimos.
Después de una siesta breve y de una ducha larga voy a hacer una visita al Santísimo y aprovecho para orar ante el sagrario y rezar vísperas en previsión de lo que me espera.
A las seis y media voy al supermercado que está cabe la iglesia. La dueña se presenta —se llama Estefanía— y me cuenta que los fines de semana sirve comidas para celebraciones. La última fue para doscientas personas. Luego me muestra algunas fotos muy impresionantes de las mesas y luego me muestra la sección de quesos del supermercado que no tiene nada que envidiar a las queserías suizas. Me despido prometiendo volver.
Misa de seis con Salve al final porque es el cumpleaños de la Virgen.
Al terminar, Mari Carmen me pide que nos apresuremos a salir porque Domingo tuvo un ataque el domingo y la espera en casa. Voy a apresurarme pero se presenta Ester, la Hija de Mari Carmen, y la saludo. Voy a apresurarme pero llega la del tanantorio que necesita mi número de teléfono. Se lo doy y le pregunto que como se llama. Me dice que se llama Pascuala pero que todo el mundo la llama Carmen. Me voy a apresurar pero vienen a despedirse Martín, el monaguillo, y su hermana Rebeca. Voy a apresurarme pero viene Laura —la madre de Martín y de Rebeca— que quiere hablar conmigo. Le ruego que me acompañe a la casa parroquial para dejar la compra en la nevera. Salimos y en la plaza saludamos a Guadalupe y a Elena. Vamos charlando hasta el palacete parroquial y dejo allí la compra. Entonces compruebo que he dejado las llaves de mi coche en la sacristía. En el viaje de la casa a la sacristía y de la sacristía a la casa, Laura acaba de contarme todo lo que quería contarme. Nos despedimos.
Son las ocho menos cuarto. A las ocho menos cinco tengo que estar en el convento de Cox. Por fortuna encuentro un hueco libre para aparcar cabe el convento. Don Paco me está esperando. Salimos en romería con la Virgen de la Virtudes hasta la calle de las Virtudes.
Don Paco me presenta a las autoridades.
En la calle de las Virtudes han preparado un lindo altar. Nos revestimos en una casa cercana al altar. Don Paco me presenta a todos y todos me aplauden.
Lo más bonito de la vida sacerdotal es esto de llegar nuevo a una parroquia y que todos te aplaudan, la verdad.
A las nueve y cuarto o así comienza la procesión. Muchísima gente acompañando a la Virgen con velas. Los que miran desde las ventanas se santiguan al paso de la Señora. Don Paco y yo rezamos los misterios dolorosos.
Pim, pam, pum, traca, traca tra. Los petardos.
Tachán, taratachán, chan chan. La banda.
Muy bien.
Delante de la casa del padre del alcalde hacemos una pausa de hidratación y reparten agua. Pido cerveza, pero no hay. No importa.
La procesión termina donde empezó la romería: en el convento que fue de carmelitas calzados.
Son las once. Don Francisco me presenta a Ramón Cuenca, imaginero. Le doy mi teléfono para que me invite a su taller.
Se nos ha unido don Fernando, franciscano colombiano que ha llegado de Medjugorje. Salió de allí esta mañana a las seis. Debe de estar agotado pero parece fresco como una lechuga.
Nos vamos a cenar.
Vuelvo a casa a las doce de la noche. Cuando empiezo a rezar completas, ya es otro día.