La Torre
jueves, 27 de agosto de 2026
006:00
Me levanto. Aún no asoman por el horizonte los rosados dedos de la aurora.
07:00
Voy a la ermita para hacer mis oraciones de la mañana.
08:00
Desayuno sin pan porque no hay pan. Acompaño el café con dos minimagdalenas de Proust.
08:32
Mensaje a María: «¿Puedo ir con JB a Torrevieja?».
09:30
Salgo con JB y María jr por la carretera de la costa hacia Torrevieja. María jr ha sido invitada a casa de una amiga del cole.
Dejamos a María en casa de su amiga y vamos a San Miguel.
JB —qué amable— me ayuda a empaquetar algunas cosas y a llevarlas a su lujoso carro. Entonces entramos en la iglesia. Manoli y Jose Miguel están limpiando y todo huele a lejía Las tres brujas. Hago las presentaciones: Manoli, JB, JB, Jose Miguel… JB y Jose Miguel cargan en el lujoso carro de JB el sagrario del siglo XVIII que los amables milicianos destrozaron cuando destrozaron la ermita de La Torre y que ha restaurado un hábil restaurador. Lo traje a San Miguel para el monumento de Semana Santa. Toca devolverlo a La Torre.
Voy al banco donde tengo que hacer una gestión. Todo se soluciona en un abrir y cerrar de ojos. Me felicito.
En el lujoso carro de JB nos ponemos en camino hacia La Torre. Ahora vamos por la autopista. Obra en poder de JB una aplicación que le informa de los precios del carburante en las gasolineras que están a cien kilómetros a la redonda. Paramos en una que vende el litro de gasoil diez céntimos más barato que en REPSOL. JB me cuenta que una su amiga que inspecciona gasolineras le ha revelado que la calidad del combustible que nos venden es la misma en todas partes. Me hago cruces al comprobar que —en la gasolinera más barata— llenar el depósito del lujoso carro de JB cuesta más de cien euros. También reparo en que el gasoil ya está más caro que la gasolina. ¡Qué cosas!
13:30
De vuelta en La Torre, JB me ayuda —qué amable— a llevar a mi piso los bultos que hemos traído de San Miguel. El sagrario se queda en su lujoso carro.
Empiezo con la lectura de Evangelio según san Juan.
Luego voy a la ermita para hacer una visita al Santísimo y rezar unas preces que yo me sé.
14:15
En la cocina de La Torre, me preparo una frugal colación: cuatro filetes de pollo a la plancha sin pan porque no hay pan. Vino Llanto de uva 2023, de Jumilla. Muy bueno. De postre un higo, tres granos de uva y un yogur con miel.
15:00
Después de recoger la cocina de La Torre tengo que tomar una decisión: ¿me abandono al sueño en una siesta reparadora o sigo dando con redoblado ardor la batalla contra Satanás y los otros espíritus malos que vagan por el mundo tratando de perder a las almas?
Mis doloridos huesos gritan: «¡Siesta, siesta!».
A mí, Coriolano de toda la vida, me basta con que la plebe grite una cosa para hacer lo contrario. Empuño mi rosario y salgo a caminar por el palmeral: misterios luminosos. Y mis huesos —¡qué amables!— me siguen.
15:30
Mis huesos ya no exigen, suplican un descanso.
No lo merecen, pero el buen gobernante sabe que, a veces, conviene ser liberal: «muy bien, queridos huesos, voy a sentarme en la butaca de la abuela Paquita».
16:15
Me despierto. Ahora me duele el cuello. No importa. Recuerdo el consejo que me dio I y me doy una ducha de agua caliente en el cuello.
Luego —lleno de entusiasmo y de energía— me entrego a la tarea de colocar las cosas que he traído de San Miguel y a la tarea aún más grata de amontonar cosas que tenía aquí y que van a la basura.
De vez en cuando encuentro algún tesoro que debe librarse de la quema. Por ejemplo: encuentro unas fotos de cuando María y Blanca estuvieron en Guatemala con sus padres y conocieron a mi hermano Juan Manuel, que en paz descanse. Son unas fotos muy lindas. Selecciono algunas para regalárselas a María.
18:00
Voy a la ermita para preparar la misa de santa Mónica y para hacer mis oraciones de la tarde.
19:00
Misa de santa Mónica.
Al terminar la Misa trasladamos solemnemente el sagrario desde el lujoso carro de JB hasta la sacristía.
Durante el acto, doy una breve catequesis comentando la inscripción latina que puede leerse en la ermita y que recuerda que estamos en un oratorio restaurado en el siglo XVIII, destruido por los amables marxistas en 1936 y —otra vez— restaurado por mis abuelos que son bisabuelos de María y tatarabuelos de los hijos que ha tenido con JB y que asisten al acto con los ojos muy abiertos.
20:00
Me preparo una cena sin pan porque no hay pan. Tres filetes de pollo a la plancha. Muy bien.
Luego trasteo en las RR SS y leo Frankenstein o el Prometeo moderno. No da miedo, pero está muy bien.
22:04
Voy a la ermita. Última visita del día al Santísimo. Completas.
La Torre.
viernes, 28 de agosto de 2026
06:00
Me levanto. La aurora —perezosa— no muestra aún sus rosados dedos sobre el horizonte por la parte del mar que es la del levante según se mira por mi ventana.
07:00
Voy a la ermita. Voy abriendo puertas y ventanas para que entre la brisa matutina, fresca y amable.
08:15
Preparo la misa para esta tarde. ¡San Agustín!
Tengo que lavar y planchar un manutergio y dos purificadores pero uno de los purificadores —todos de hilo y bordados a mano— está ligeramente rasgado. Mi natural me dice que no importa, pero mi madre me manda un ángel de Cielo con este mensaje: «Destruye ese purificador porque nada defectuoso debe dedicarse al culto del Único Dios». Como aún me resisto considerando que cada purificador cuesta unos cincuenta dólares, mi padre me manda otro ángel del Cielo para decirme: «A ver, hijo mío, ¿alguna vez has pasado hambre?». Destruyo el purificador rasgado y plancho el otro.
09:15
Llega Rosarito con un carpintero que va a hacer arreglos en La Torre.
Saludo a Encarna que está dejando la cocina de La Torre como los chorros del oro.
Me preparo un desayuno sin pan porque no hay pan. No pasa nada. Hay café, leche, miel, queso, yogur, jamón…
10:00
Tercia en la ermita.
Juzgo que ha llegado el momento de limpiar a fondo la sacristía de La Torre y me aplico a ello con entusiasmo.
11:00
Vuelvo a mi piso para seguir con mi labor de demiurgo.
12:00
Ángelus.
Me pongo a leer Frankenstein.
13:00
JB llama a mi puerta. Él y su amable esposa y dos de sus hijas —las que han llegado a la edad de la discreción— han ido a la ermita pensando que habría misa a la una.
Después de una breve negociación, quedamos en que la misa será a las siete de la tarde, si Dios quiere.
14.00
Termino de leer Frankenstein.
Voy a La Torre para prepararme unos guisantes con jamón. Me salen muy bien, la vedad sea dicha con toda modestia.
15:00
Voy a la ermita para hacer una visita al Santísimo.
Ya que estoy allí, me siento para orar con Leclercq pero me duermo.
15:40
Me pongo a rezar los misterios dolorosos caminando a grandes zancadas por el palmeral.
…
La tarde se me escapa.
Sé que hay misa de siete a las siete.
Voy a la piscina y leo algunos aforismos de don Carlos Marín Blázquez. Uno dice que el esquematismo nos conduce al crimen y sé —`por experiencia— que es así. Cuando llego al que dice «La tradición civilizaba. El Estado, como mucho, domestica», cierro el libro me meto en el agua.
Luego salgo del agua y me seco y me zambullo en la lectura de Stefan Zweig: Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski).
No he leído nada de Balzac. ¿Quién no sabe que fue un genio de la literatura francesa? Ahora sé era un gordinflón obsesionado por el dinero y la fama y que —pobriño— consiguió en vida todo lo que anhelaba su gordo corazón.
A las siete hay misa de San Agustín.
Después de misa catequesis. A los amentes le dejo probar unas obleas. A María y a Lourdes que se saben el catecismo de memorieta, les cuento lo de San Agustín y el niño en la playa.
Luego nos despedimos y yo me preparo una cena ligera y eso.