La Torre
viernes, 10 de julio de 2026
Viernes sin rutina.
Sin rutina porque, aunque es viernes, hoy no hay misa en el hospital.
Sin rutina porque, después de la misa de once en San Miguel, salgo con el Halcón Milenario hacia mi nueva parroquia. He quedado allí con don Paco a las doce y media. Voy bien de tiempo.
Llego a Granja de Rocamora a las doce y veinte o así. El pueblo está desierto y, al parecer, casi todo está prohibido: aparcar, girar a la derecha, girar a la izquierda… Paso por delante de la iglesia y debo seguir y seguir hasta que salgo por la otra punta del pueblo y, allí sí, puedo aparcar.
Camino por la calle solitaria hasta la iglesia que está abierta. Oigo un rumor de voces. Un hombre y una mujer conversan en un banco. Saludo con una inclinación de cabeza y voy a la capilla del Santísimo. Un cordón cierra la entrada la presbiterio y un cartel avisa: «No pasar, alarma activada».
Me arrodillo para hacer mi primera visita al Santísimo en San Pedro de Granja. Luego me siento y leo el evangelio de San Marcos.
Luego me vuelvo porque siento que hay alguien a mis espaldas. En efecto, hay alguien. Es un sacerdote altísimo que me tiende su mano derecha en señal de paz. Nos saludamos estrechando nuestras manos derechas. Supongo que es el vicario parroquial de Cox —colombiano— del que me han hablado. Supongo bien.
Como me llama «Padre» y me habla de usted, yo lo trato con la misma formalidad. En seguida nos hacemos amigos y empieza a guiarme por la iglesia para mostrarme la imagen de san Pedro, la reliquia de san Pedro que despierta mi codicia, el confesonario, la sacristía, el garaje…
La iglesia está limpísima y muy cuidada. Hay alarmas por todas partes y las puertas se abren con una tarjeta magnética o algo así.
Como todavía no he tomado posesión de la parroquia, tengo que refrenar mis ansias de dar órdenes. También me tengo que refrenar porque todavía no he encontrado a nadie a quien mandar. Me acuerdo de ese rey de El Principito que vivía solo en su planeta y estaba deseando que llegase alguien para darle órdenes.
Llega don Paco. Nos abrazamos pero sin derramar lágrimas ni nada. El vicario colombiano se despide de nosotros y don Paco me lleva al cementerio para visitar la sepultura de la sierva de Dios Rebeca Rocamora Nadal.
Allí encontramos al primer feligrés de la parroquia. No le doy ninguna orden porque está rezando, sentado en la puerta de un panteón, y porque aún no he tomado posesión de la parroquia.
Don Paco me presenta:
—Don Javier es el nuevo párroco de Granja.
El feligrés se levanta de un salto y se le ilumina la cara y me tiende su mano derecha con expresión de júbilo. Me dice que se llama Isidro Sánchez Sánchez y que puedo contar con él para lo que desee y que viene todos los días —y, a veces, dos veces al día— para rezar ante la sepultura de su hijo fallecido hace veinte años. Me cuenta otras cosas y nos hacemos amigos. Me despido de él tocando el ala de mi sombrero en señal de respeto.
Luego don Paco me lleva al despacho parroquial. Allí tratamos graves asuntos hasta las tres. A las tres no aguanto más y doy mi primera orden: «Tenemos que ir a comer».
Don Paco es de esos sacerdotes milagrosos que pueden vivir sin comer y sin dormir. También es de esos sacerdotes humildes que, cuando se encuentran con un hermano hambriento, se apresuran a socorrerlo.
Todavía tenemos que ver a casa abadía que está encima del despacho parroquial. Allí nos reencontramos con el vicario parroquial que se llama Padrefernando.
La casa abadía de Granja de Rocamora tiene tres dormitorios y dos cuartos de baño; una cocina de unos diez metros cuadrados, un salón de baile con TV y —en el piso de al lado— un gran despacho. A mas a más, posee una terraza encima.
Todo está amueblado y limpísimo. Un palacio, vaya.
El Padrefernando nos lleva a comer al bar Carmencita que está justo al otro lado de la calle de la Santísima Trinidad que separa Granja de Rocamora y Cox. En la parte de Granja no se ve un alma. El bar Carmencita está animadísimo.
Después de comer —muy bien— quiero pagar pero don Paco no me deja.
Cuando nos despedimos son las cuatro y media o así.
Tengo que volver a San Miguel para recoger mi ordenador y otras cosas. Voy rezando los misterios dolorosos.
Tengo que huir de San Miguel porque la concejalía de culturas del ayuntamiento ha decidido que todos los viernes del mes convertirán el Paseo en un infierno. Huyo a La Torre.
Ya en La Torre voy a la piscina para leer otro capítulo de El jardín eterno.
Luego voy a la almazara con un plato de chorizo y salchichón de Salamanca. Allí me encuentro con Elena, Rafael y Valen que están viendo el partido España-Bélgica. Todos agradecen el plato de ibéricos y todos celebramos la victoria de España.