La Torre
jueves, 16 de julio de 2026
Me despierta el habitual jolgorio de los pájaros en el palmeral.
Mientras preparo el desayuno, dejo el teléfono en el alféizar de la ventana con mi nueva aplicación para identificar a las aves por su canto.
Cuando voy a consultar la grabación, me pasma lo variado de la congregación que se ha reunido: gorriones, un martín pescador, jilgueros, verderones, tórtolas turcas —las más ruidosas— y papamoscas grises.
Como no hay tiempo que perder, me concentro en la recitación del oficio de lectura y las laudes. Luego me siento bajo el algarrobo para meditar en silencio procurando no prestar atención a los pájaros que procuran por todos los medios captar mi atención.
Como no hay tiempo que perder, sigo con la tarea de abrir cajas de la Biblioteca Sacerdotal en busca de nuevos tesoros. Abro tres, las vacío —contienen vajilla— y apilo el contenido en un mesa.
Como no hay tiempo que perder y la labor me ha hecho sudar, voy a darme una ducha.
Me siento en el sofá de la abuela Carmen con dos ventiladores: lectura del evangelio de San Marcos.
Me llama Rosarito: que cuando puede pasar a recoger el dinero —seiscientos dólares— para pagar la reparación de mi carro. Que cuando quiera.
Me dirijo a la almazara —que es el lugar más fresco— con mi Mac. Allí encuentro a Elena que está teletrabajando. Nos saludamos sin hablar porque está teletrabajando.
Me siento en una mesa redonda en la que caben diez personas pero que está libre para mí. Enciendo un maravilloso ventilador de techo y me pongo a escribir y a publicar los diarios de los últimos días.
Salgo de la almazara para llamar a Félix porque no quiero molestar a Elena que está teletrabajando y se ha quemando los dedos de una mano. Hablo con Félix durante un buen rato.
Me pongo mi uniforme de reuniones y salgo para La Lloseta.
Cuando vuelvo a La Torre decido explorar un camino nuevo con la esperanza de encontrar algún paisaje ameno. Lo que encuentro es un paisaje desolado: una cementera, un polígono industrial, escombreras, naves abandonadas… Se diría que entrado en Mordor. Me propongo volver por aquí de noche para pasar un poco de miedo.
Como con Elena y Rafa que han preparado una comida estupenda. Yo aporto una bandeja de chorizo ibérico.
Después del café nos despedimos. Elena vuelve al teletrabajo y yo voy a entregarme al sueño por un rato.
A las cuatro bajo al huerto de naranjos para rezar el rosario. Dejo en marcha la aplicación de reconocimiento de aves. Cuando termino los misterios luminosos y consulto la aplicación descubro que las criaturas que acompañaban mi oración con sus cantos eran verderones, papamoscas y gorriones. Se ve que los demás no aguantan el calor —treinta y tres grados— de la tarde.
Me refugio en la almazara. No hay nadie. Juzgo que el día de la Virgen del Carmen puede ser muy apropiado hacer la oración de la tarde en la ermita de la Virgen del Carmen. Allá que voy y allí me siento con un ventilador para mí solo.
Terminada la oración hago una incursión a la nevera de La Torre. Encuentro algo de gazpacho y juzgo que ni Elena ni Rafael me reprocharán que me lo zampe. Me lo zampo.
En la almazara dedico media hora a la lectura y otra media al estudio. Luego, como ya son las seis, lo recojo todo y salgo para San Miguel.
Al pasar por Elche, el termómetro marca 35ºC. Muy bien.
Paro en El Realengo para tomar una cocacola. La muchacha que me atiende dice que nos estamos cargando el planeta y asegura que, cuando salió de Elche, el termómetro marcaba 42ºC. Creo que exagera un poco pero da igual porque es muy simpática.
Llego a San Miguel con el tiempo justo para prepararlo todo y hacer la exposición con el Santísimo.
20:00
Misa de la Virgen del Carmen. Muy bien.