domingo, 1 de noviembre de 2026

Diario. Viernes, 30 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 30 de octubre de 2026


7:50

La iglesia está abierta. Colijo que están limpiando. 

¿Qué es ese papel que el viento arrastra hasta mis pies? Es la factura que cierto músico famoso me entregó anoche, que yo metí en mi maletín y que no encontré cuando llegué a casa. 

Harto improbable que un papel se te caiga en una plaza a las ocho de la tarde de un día y que a las 7:50 de la mañana siguiente la amable brisa  te lo devuelva sin mancha ni arruga. ¡Oh amigable brisa!


Ha vuelto la Dolorosa de Ponsoda. Se la llevaron a Almoradí —creo— para una exposición de imágenes de Ponsoda. Me felicito. 


Oficio de lectura y laudes en la capilla del Santísimo. Luego me siento para mirar fijamente al sagrario. 


Saco a la puerta las mesas y el atril que van a llevarse al cementerio para la misa de Todos los Santos. Mientras voy a la sacristía para laburar allí, Horacio llega y lo mete todo en la iglesia otra vez. Muy bien

Saco a la puerta las mesas y el atril que van a llevarse etc. 


Hay que alinear los bancos y despejar el rincón del coro abarrotado de sillas plegables. 


Voy a casa de Rosario. Me abre Ángel. Me enseñan los retratos de Susana en el día de su boda y de los dos hermanos en su primera comunión. Mientras me enseñan el retrato de Susana en el día de su boda, Rosario llora mucho porque no se acostumbra a que haya muerto cuando no tenía que morir. Ángel la mira con pena y no sabe qué decirle. Yo tampoco. 

En la foto de la boda de Susana puede verse que en el altar había seis candelabros. Ahora solamente hay cinco. Algún día  —si Dios quiere— conoceremos el misterio del sexto candelabro. 

Ángel me dice que suele salir a coger caracoles y que los lava y los congela y que puedo pasar cuando yo quiera para llevarme una bolsa de caracoles congelados. 

Rosario me da una receta secreta para prepararlos. 

Me llevo lotería del Sepulcro y del Señor y una balconera y prometo que volveré para llevarme los caracoles. 


Vienen los del ayuntamiento para llevar al cementerio las mesas y el atril. 


A las 12:30 he quedado con don Paco en Cox. 

Cumpliendo una directriz del Vicario General, hemos quedado en reunirnos cada viernes a la doce y media para tratar graves asuntos pastorales y para comer luego. 


Invito a don Paco al restaurante Teresita o algo así. Los mosquitos me comen los tobillos mientras yo como el menú de Teresita. 

Voy al aseo. Cerca del aseo hay una mesa ocupada por un grupo de amables gitanos. Cuando salgo, una amable gitana se tapa los ojos y toca madera con la mano gimiendo: «¡Ay, mare mía!». Me acerco a ella cerrando un ojo y le digo: «Mala suerte, niña que te ha mirao un cura y tuerto». Y ella, muy rápida también: «Ya lo has dicho tú». 

Luego va al aseo don Paco. A él no le dicen nada. 


Hemos pedido dos reclinatorios por Amazon. Han llegado a Cox. Uno es para la ermita de la Santa Cruz de Granja. Después de comer vamos a la casa parroquial de Cox para cargarlo en mi Lamborghini. 


A las cinco he quedado con Rosa. Es una excelente arquitecto y tía de Martín. Le he rogado que me ayude a poner orden en la iglesia parroquial y —¡qué amable!— no me ha mandado a la porra. 

Llega puntualmente a la ermita y paseamos hasta la iglesia parroquial. La verdad, da gusto hablar con ella. 

Recorremos la iglesia. Le voy contando lo que he hecho y lo que quiero hacer. Es de esas personas que saben escuchar e invitan a hablar. 

Ella me va hablando de los arquitectos que son hijos de Granja. Han salido de Granja excelentes sacerdotes y arquitectos. 

Rosa dice que no es muy observadora. Que cuando está trabajando se concentra en lo suyo y procura hacerlo del mejor modo posible pero que luego no anda mirándolo todo con ojos de arquitecto. 

Creo que dice la verdad pero no toda la verdad. Es muy observadora pero no es pedante. 

Cuando viene a Misa viene a Misa y no anda fijándose —como yo— en si el mantel del altar está torcido. Pero cuando entramos en el garaje alza la vista al techo de uralita o de asbesto o de lo que sea y me dice que es una cosa muy venenosa —cancerígena por más señas— y que se alegra cuando lee en mis diarios que me encanta ventilar la iglesia y que no deje de hacerlo porque su querido padre trabajó durante años en una nave con cubierta de asbesto y murió de una fibrosis pulmonar bastante mala. 

A eso de las seis damos por terminada nuestra visita. Rosa va a encargarse de buscar unos estores para la sacristía. Yo voy a mandarle un artículo con todo lo que hay que saber sobre los manteles del altar católico. 

Salimos de la iglesia y nos encontramos con Damian que va paseando a su nieto medio cubano. A su nieto medio cubano le fascinan las campanas. El dice «nanas» o algo así. 


19:00

Misa en la ermita.

Al terminar, recuerdo que el canto de comunión debe empezar  cuando comulga el sacerdote. Lo recuerdo porque lo dice el Misal.

Alguien replica: 

—Pues luego viene otro cura y nos dice que no, que, antes de la comunión de los fieles él quiere decir algo y no quiere que cantemos. 

La asamblea se divide. Una voz dice —tímidamente— que ahora el párroco soy yo. 

La Iglesia se ha dividido en lo más entrañable, en la liturgia, en la misa

Habrá que seguir insistiendo.

Diario. Miércoles 28 y jueves 29 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

miércoles, 28 de octubre de 2026


Después de la misa de diez me entero —por un wasap de María— de que ha habido otro accidente de tren hace menos de dos horas. Trasteo en las RR SS. Se habla de decena de muertos. 

 

No me voy a Alicante porque la rodilla no me permite conducir sin recios dolores. 


En la tienda de Estefanía me encuentro con Martín que está vendiendo papeletas para un viaje de fin de curso o algo así. Le compro algunas.


Granja de Rocamora

jueves, 29 de octubre de 2026


A las siete y media abro la iglesia. 

Me siento en la capilla del Santísimo para mirar fijamente al sagrario. Oficio de lectura y laudes. 


A las ocho y media voy al despacho parroquial. 

Subo al palacio parroquial para coger mi tarjeta de la SS. No la hallo. Aprovecho para poner una lavadora. 

Busco la tarjeta en mi Lamborghini, allí está. Voy a la farmacia. 

Al salir de la farmacia compruebo con pesar que no tengo las llaves. Colijo que me las he dejado en el palacio. Llamo a don Paco que tiene llaves del palacio. Don Paco esta fuera y no volverá has dentro de una hora. Muy bien. 

Puedo entrar en la iglesia, pero no en la sacristía. Voy a la capilla del Santísimo. Tercia. 

No bien he terminado de rezar cuando me ilumina una luz luminosa. ¿No he encontrado mi tarjeta de la SS en mi Lamborghini? ¿Y no he dejado allí las llaves? 

Hallo las llaves en mi Lamborghini, doy gracias al Cielo, me felicito y llamo a don Paco. Se alegra mucho. 

Ha llegado una carta del banco que Noes para mí. Voy al banco para devolverla. 

Voy al banco. Entrego la carta a Alfredo y él me entrega otra.   En ella el banco me conmina a presentar mi nombramiento como párroco y un poder. Mi nombramiento ya lo presenté —presenté además el acta de mi toma de posesión— y lo del poder no está claro. Yo no necesito que me apoderen pues, en mi calidad de párroco tengo poder de atar y desatar. ¿Entonces?

Voy al despacho y busco mi nombramiento y el acta de la toma de posesión. 

Vuelvo al banco. Alfredo lo fotocopia todo y conviene conmigo en que todo eso ya fue presentando por mí y fotocopiado y enviado por él. Lo del poder tampoco él se lo explica. Me dice que no me preocupe y que todo se arreglará. Muy bien.  


Voy a buscar mi Lamborghini para ir a La Lloseta pero, por el camino, a mis espaldas, oigo:

—Oiga, oiga. Oiga, oiga. 

La farmacéutica —¡qué amable!— viene corriendo hacia mí y agitando en su mano derecha una factura de la electricidad que, al parecer, he olvidado en la farmacia cuando he ido a buscar mis remedios. Se lo agradezco mucho. 


Son las doce. Rezo el ángelus y salgo para La Lloseta. 


A las dos voy a comer a Torrellano y luego vuelvo a Granja. 


Tenemos exposición y bendición porque es jueves y viene Andrés. La misa, muy solemne, con órgano y todo, la ofrecemos por las víctimas del accidente. 

 

Son las ocho y media o así cuando salgo para Crevillente.  Mari Mar y Manuel me han invitado a cenar. 

Me abre la puerta Josemaría. Estrecho su mano llamándolo Isidro. Se ríe y me sigue la corriente inventándose los nombres de sus hermanos mayores. Saludo a sus padres y a Ricardo y a Pascual y —¡oh, sorpresa!— a Manuel que ha venido de Valencia. Solamente falta María que está estudiando en Madrid. 

Durante la cena —maravillosa— no hablamos de política. 


Son las diez y media o así cuando me despido. Manuel padre y Manuel hijo insisten —por mandato expreso de Mari Mar— en acompañarme hasta el lugar donde he aparcado mi Lamborghini. 

¡Qué amables!


Vuelvo a Granja recordando cosas. 

Manuel y Mar eran novios cuando —año 2000— llegué a Crevillente como vicario parroquial. Nos hicimos amigos a primera vista. Celebramos juntos la entrada del nuevo milenio porque ya lo celebrábamos todo juntos. Hicimos una buena pandilla con Manuel, Ramón, Antonio, Mario… Mari Mar era la única chica por entonces. 

En 2001 nos despedimos porque fui nombrado párroco de Finestrat y administrador parroquial de Sella pero no se desvaneció nuestra amistad. 

Me invitaron a su boda y luego al bautizo de cada uno de sus cinco hijos. 

Por cierto, en mayo tengo que volver a Crevillente para la primera comunión de Josemaría pero —¡atención!— estoy llegando a Granja.

viernes, 30 de octubre de 2026

Diario. Martes, 27 de octubre de 2026

Granja de Rocamora

martes, 27 de octubre de 2026


Me despierto convencido de que es lunes y mando un mensaje a don Paco porque hemos quedado para comer y pienso que quizá se le ha olvidado que le toca comer con su madre. 


A las ocho, cuando voy a la iglesia y me dispongo a rezar el oficio divino, caigo en la cuenta de mi error y mando otro mensaje a don Paco: «hoy es martes».  


Los del ayuntamiento están podando las moreras porque —aunque no lo parezca— estamos en otoño. Hablo con uno de los podadores y le pregunto cosas. 

En mi plaza hay tres moreras, un árbol del amor —también llamado begonia pómez— y una jacaranada. Van a podarlos todos menos la jacaranda y una morera que no pueden podar porque hay dos coches aparcados a su sombra. Uno es el mío. Estoy retirándolo cuando me llama Pep. Son las 10:09. Habíamos quedado a las diez en la Taberna de la Cruz —me encanta el nombre— y yo lo había olvidado. 


Llego a la Taberna deshaciéndome en excusas por mi retraso. Ana María y Pep —que ya se están zampando sus cafés— no dan muestras de irritación o de impaciencia. Pido un agua con gas y empezamos a charlar. 

La Taberna de la Cruz ha cambiado de dueños pero no de aspecto. Es la primera vez que la visito. Me gusta. 

Ana María y Pep empiezan a explicarme la programación de la Hermandad de la Santa Cruz para este año. La taberna se va llenando y los parroquianos hablan con voces recias. Pep sugiere que salgamos a la terraza y a Ana y a mí nos parece una idea excelente. 

Salimos a la terraza y seguimos con nuestra amable charla. Al poco, seis varones fornidos ocupan la mesa de al lado y empiezan a hablar y a reír y a blasfemar de tal modo y manera que tiemblan las mesas, huyen los pájaros de la plaza y hasta Pep —caballero parsimoniosísimo y valenciano— se inmuta. 


Me llama don Paco para preguntarme que dónde estoy. 

—Estoy bautizando a unos mahometanos —miento. 

Me dice que ha quedado con los de las alarmas y que viene para Granja. 

Le digo que voy a preparar unos muslitos de pollo al chilindrón y que lo invito. Titubea un poco primero pero luego no titubea. 


Comemos y bebemos en el palacio parroquial. ¿Qué bebe don Paco? Don Paco bebe agua. ¿Agua? Sí, agua. Y me trae a la memoria un recuerdo de agosto: la imagen del gorrioncillo que chapoteaba en el caz de una huerta. 

Don Paco y yo nos despedimos. Voy a hacer la visita al Santísimo y a preparar la charla que —si Dios quiere— balbucearé esta noche. 


Misa de siete. 


A las ocho y media exposición. La capilla del Santísimo está está llena. Tengo que predicar. Veon que ha venido don Paco y titubeo un poco, pero luego no titubeo y predico. 

Llega Martín justo a tiempo para el Tantum ergo con incienso y todo. 

miércoles, 28 de octubre de 2026

Diario. Domingo 25 y lunes 26 de octubre de 2025

 Granja de Rocamora

domingo, 25 de octubre de 2026


5:00

Suena el despertador. 

6:00

Rosario de la Aurora. 

Hoy toca visitar el cementerio. Rosario me coge del brazo y me cuenta —muy contenta— que a su nieta la han nombrado Miss Alicante y, luego, poniéndose muy triste, me lleva hasta el nicho donde está enterrada su Susana que murió cuando no tenía que morir. Allí rezamos y Rosario encuentra algún consuelo aunque sigue llorando. 

X me cuenta que en la sierra de Callosa hay cabras. Algún día contaré la historia de las cabras de la sierra de Callosa. 

    Pasamos por la ermita de la Trinidad cuando empiezan a cantar los gallos. 

7:30

Martín me ayuda a preparar la misa. 

8:00

Misa de auroros. 

9:00

Llamo a doña Nati que ya está despierta y se alegra no poco.

10:00

Preparo la misa de once. 

10:30

Martin limpia las pilas de agua bendita y yo voy a sentarme en el confesonario. 

10:55

Voy a la sacristía para explicarle a don Paco —que va a celebrar la misa— algunos detalles que debe tener en cuenta.

Luego, mientras empieza la misa, vuelvo al confesonario. Tres penitentes. Muy bien. 

11:15

Salgo del confesonario. Don Paco está con el Gloria. Voy a Cox para la misa de doce en San Juan Bautista. 

11:30

Me siento en el confesonario de Cox. Doce penitentes. Muy bien. 

12:00

Misa de doce. Hay una chica apoyada en la puerta de la sacristía. Le pregunto que si es ella la que va a hacer la monición de entrada y me contrapregunta: «¿Eso qué es?». Colijo que no es ella la que va a hacer la monición de entrada y le pido al sacristán —David— que llame a la catequista para que el monitor encargado de hacer la monición de entrada haga la monición de entrada. La catequista llega, habla con la chica de la puerta y la chica de la puerta hace la monición de entrada sin saber que está haciendo la monición de entrada. ¿Qué dice? Yo no alcanzo a entender ni una palabra. Juraría que nadie en el la iglesia —incluida la amable monitora— ha entendido más que yo. 

12:44

Termina la misa de doce. 

Se me acerca un sonriente feligrés con una amable consejo: «Padre, la próxima vez, hable más fuerte porque no hemos entendido nada». 

Me da risa y consuelo. 

13:10

Llego a San Pedro de Granja. Paloma, su marido, la niña Martina, la madrina con su esguince y todos los invitados al bautizo están esperando. ¿No ha venido don Paco? No. Pido disculpas mientras me revisto a toda prisa para el bautizo. Llega don Paco. Pide disculpas mientras me ayuda encendiendo el cirio pascual.

Todos hacen gala de una paciencia y de una comprensión poco comunes en los tiempos que corren. Mi primer bautizo en Granja me confirma algo que intuí desde el primer día: estoy en un pueblo de señoras y caballeros. 

15:00

Invitado a comer con don Paco por María Dolores y José Ángel, entro en una hermosa casa en la que han preparado arroz con conejo. Excelente, por cierto. 

No hablamos de política. 

Antes de comer me piden que bendiga la mesa y bendigo la mesa. Después de comer me piden que dé gracias (a Dios) por los alimentos y doy gracias por los alimentos. 

Ya en la puerta, mientras nos despedimos, digo algunas nobles palabras de agradecimiento por su hospitalidad —tan amable— y les pregunto si, por ventura, tendrán algún inconveniente en que cuente nuestro encuentro cuando escriba mi diario. No, no lo tienen. ¿Puedo contar que la suya es una casa muy linda, y que me zampado dos platos de arroz con conejo? Sí. 


Don Paco me deja en la casa abadía. Necesito una siestecilla. 

Siestecilla. 

Luego sigue una apacible tarde de domingo entre lecturas, oraciones y tareas domésticas. 

De cena, salmón al horno. Muy bien. 


Ganja

lunes, 26 de octubre de 2026


Unos desaprensivos irrumpen en la parroquia gritando y prendiendo fuego a todo. Salgo a su encuentro armado con un candelabro y descalabro a más de uno pero son muchos los bribones. Uno me golpea por la espalda y caigo por las escaleras. Justo entonces me despierto. 

Estoy en el suelo de mi dormitorio. Me he caído de la cama y tengo el hombro derecho y la rodilla izquierda bastante malheridos. Tardo como quince minutos en reunir fuerzas para sentarme al borde de la cama. Lloriqueo durante otros quince minutos y luego voy hacia la ducha haciendo muchos aspavientos de dolor porque nosotros, los actores de toda la vida, sabemos que el dolor fingido mitiga el dolor real y que —por eso mismo— el público nos llama «cómicos». 


Misa de diez en Cox porque es lunes y don Paco está de asueto. 


Luego voy a La Torre a buscar mis melicinas. Las hallo. Laura tenía razón. En agosto me dieron una caja de acfol y en septiembre —como había olvidado la medicación en San Miguel— me dieron otra. Sí, Laura tenía reazón: tecgo acfol de sobra hasta abril.


De vuelta a Granja voy a la ermita para recoger la misa del viernes pasado y preparar la del próximo. Suena la alarma. Suena el teléfono. Son los de la central de alarmas. Me piden la contraseña.

—«Hipopótamos» —digo. Y oigo aplausos al otro lado del teléfono. Celebran que, por fin, he recordado la contraseña secreta. 


A las siete, misa de siete en Granja. Muy solemne y todo pero sin genuflexiones porque tengo la rodilla izquierda muy malherida.