lunes, 25 de mayo de 2026

Diario. Sábado 23, domingo 24 y lunes 25 de mayo de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 23 de mayo de 2026


A las 20:00 comienza la misa de Víspera de Pentecostés. La ofrecemos por Ana. Su familia ha venido y me ha perdonado el despiste del otro día. Lo sé porque han sonreído mucho durante la homilía, porque han dejado un donativo muy generoso y porque, el salir, en la puerta, me han hablado con mucho afecto. 


San Miguel de Salinas

domingo, 24 de mayo de 2026

 

Gerardo y su madre y han emigrado de Torremendo a San Miguel. Yoli y David están en Nápoles. ¿Quién me abrirá la puerta de la iglesia? 


Tales cosas pienso mientras mi Lamborghini serpentea por la verde campiña que rodea el embalse de La Pedrera. 


La iglesia está abierta. Dentro está Antonio. Benditos sean Dios y Antonio. 



Tomás está de viaje con su esposa. Están celebrado cuarenta añitos de matrimonio. Merecen unos días de asueto pero ¿qué será del coro de San Miguel? 


A las doce y media empieza la misa en San Miguel. Gema ha traído un teclado y el coro suena muy bien. 



Doña Nati y yo vamos a comer a casa de Hedi y Armin con Gracia y con José María.  


Al empezar la comida, Gracia —observando que su marido rechaza el vino que le ofrece Armin— le dice: «Cariño, bebe, que solamente voy a tomar una copa y luego conduzco yo». Pero se ve que se le olvida. No me extraña porque el vino es excelente. Total que , mientras Armin le sirve la tercera copa, ella se vuelve hacia José María: «Hemos quedado en que conduces tú, ¿verdad?». Y José María: «Sí, querida, en eso hemos quedado». 


San Miguel de Salinas

lunes, 25 de mayo de 2026


La rutina del lunes es: misa en el hospital, banco y misa en San Miguel. 


Hoy no será así. Tengo que celebrar en el hospital a la una y media, así que voy al banco a las nueve —cuando abren— celebro la memoria de Santa María Madre de la Iglesia y Corredentora y luego hago un propósito: hoy tengo que zamparme la primera encíclica de León XIV. 


¿Qué me mueve a hacer ese propósito? Un twit. De don @ricardocrc, por más señas. Dice don Ricardo Calleja que el Papa cita a Tolkien en su primera encíclica. Y eso me basta para decirme: «Hoy te zampas esa encíclica». Aunque enseguida me digo: «Si Dios quiere». 


Empiezo a leerla después de la misa de once pero no avanzo mucho porque la busco en Vatican.va, la paso a PDF para abrirla en «Libros» y luego pierdo bastante tiempo aprendiendo a manejar el texto en «Libros». Confieso que además —juguetón como soy— le doy a «buscar» y escribo «primerear». Ese horror no sale en la primera encíclica de León XIV. Me felicito. Escribo «sinodalidad» y me da la risa. Pero se me corta enseguida porque ese horror aparece dos veces en la primera encíclica de León XIV. 


A las doce y media, cuando salgo para el hospital, apenas he leído diez páginas de la encíclica Optima Humanitas. 


A una y media voy a empezar la misa en el hospital pero me ruegan que espera un tantico porque hay médicos y enfermeras que desean asistir —vamos a ofrecer la misa en sufragio por el Dr Espetia—y terminan su turno justo ahora. 


A las dos menos veinte, cuando empezamos la misa, la capilla ya está llena y luego siguen llegando amigos y colegas del doctor al que asistí en la UCI hace unas semanas. 



A las tres de la tarde llamo a la puerta de doña Nati. ¿Ha comido ya? No, no ha comido, me está esperando con la mesa puesta. Y ¡qué mesa!

Cuando nos despedimos me acompaña hasta la puerta para el rito de de despedida: 

—Gracias doña Nati. 

—Gracias a ti por tu compañía y por muchas cosas. 

Y allá que va el cura, todo ufano,  hacia la iglesia para hacer la visita al Santísimo y seguir con la rutina del lunes. 



A la seis de la tarde acabo de leer la primera encíclica de León XIV. 

Lo que más me ha gustado ha sido la parte del primer capítulo que compendia la Doctrina Social de la Iglesia desde León XIII. 

Lo segundo que más me ha gustado ha sido la cita de Tolkien en la que Gandalf —una especie de Papa— confiesa que no tiene ni idea de qué hay que hacer para hacer un mundo mejor —esa bobada— pero que nadie puede escudarse en eso para dejar de cumplir con su deber.

sábado, 23 de mayo de 2026

Diario. Viernes, 22 de mayo de 2026

San Miguel de Salinas

viernes, 22 de mayo de 2026


De seis a nueve


Ttres horas de rutina tranquila y magnífica: levantarse con movimientos muy lentos, ofrecer las obras del día, desayunar, asearse, abrir la iglesia, ir al hospital alabando al creador por el sol saliente sobre las salinas, preparar el altar, rezar laudes, celebrar la primera misa del día, sentarse ante el sagrario, recogerlo todo con la ayuda del doctor S, ir a visitar a los enfermos, rezar el oficio de lectura, volver a San Miguel…



¿Volver a San Miguel? Adiós rutina tranquila y magnífica. El coche no arranca. 

Aunque, si bien se mira, esto de que el coche no arranque empieza a tener ya algo de rutinario, de previsible, de familiar y hasta de entrañable. 

Después de varios intentos, consigo ponerlo en marcha con la batería auxiliar. 

El resto de la mañana va a llevarme a realizar una serie de gestiones imposibles en cualquier lugar que no sea San Miguel de Salinas. 

Ante todo hay que llevar el Lamborghini al taller de Bruno. En cualquier otro lugar del mundo te dirían «vuelva usted mañana» o «hasta el mes que viene no podemos dedicarle nuestro valioso tiempo». Bruno se queda con mi coche. Muy bien. 

De paso hacia la iglesia, entro en el ayuntamiento. Una amable funcionaria me saluda: «¿Qué le trae por aquí, don Javier?». Le explico que he perdido mi DNI y que necesito hora para la unidad móvil de la Policía Nacional que vendrá en junio para expedir esos documentos. La amable funcionaria me dice que ya están repartidas todas las horas, pero que me pone en la lista de espera y que no deje de ir al Paseo el tres de junio porque lo más probable será que me hagan un hueco. Pero necesito algo más: necesito que me gestionen la firma digital. ¿Podré hacerlo presentando mi pasaporte? Sí. Muy bien, gracias. Ya tengo hora para renovar el DNI. 

Cruzo una calle y voy al cuartelillo de la Guardia Civil. Allí encuentro a Angelita. Está desolada porque el miércoles, al volver del mercadillo, encontró su casa desvalijada. Me conduelo con ella. Un guardia sale a mi encuentro. Nos conocemos porque es el que suele tratar conmigo la organización de la fiesta de la Patrona. Le explico lo que me lleva allí: necesito denunciar la pérdida de mi cartera con mi DNI, licencia de manejar, tarjeta de crédito y tarjeta de puntos de Masymas. Amable y diligentemente, me lleva a una dependencia en la que otro guardia redacta la denuncia y me entrega una copia. En el entre tanto, una guardia me pregunta que si soy el párroco. Cuando le digo que sí, me da las gracias. ¿Por qué me da las gracias? Porque hace unos días desayuné en la panadería y pagué también su desayuno y el del otro guardia con el que ella estaba. ¿Por qué lo hice? Lo hice porque unos narcotraficantes malos acababan de asesinar a dos guardias. Era mi manera de solidarizarme con los buenos. Nos despedimos estrechando nuestras manos. 

Cruzo la calle y voy a la gestoría de Inma. Le explico que necesito una nueva licencia de manejar porque he perdido la cartera. Me dice que va a pedirme hora en un centro de Guardamar que se dedica a hacer las pruebas psicotécnicas a los conductores. Allí, según me dice, pueden gestionarme la nueva licencia dado que las dependencias de Tráfico están colapsadas. También me cuenta que a Zakarías le han ampliado el permiso de residencia por un año más. Nos felicitamos y nos despedimos estrechando nuestra manos. 

Son las once menos diez cuando llego a la iglesia. Eran las nueve cuando intentaba arrancar mi Lamborghini en el hospital. En menos de dos horas he vuelto a San Miguel, he dejado mi coche a Bruno y he pasado por el ayuntamiento, la Guardia Civil y la gestoría.



Ni la mañana ha terminado ni han terminado las gestiones pero hay que volver a la magnífica y tranquila rutina para celebrar la segunda misa de la memoria de santa Joaquina Vedruna con imperturbable parsimonia. 

¿Por qué celebro la memoria de santa Joaquina Vedruna y no la de santa Rita? Por error. Seem ha metido en la cabeza que santa Rita es mañana. De hecho, cuando empieza la misa —«el Señor esté con vosotros»— y veo a Rita y a su hermana Gloria pienso: «mañana es el santo de Rita». Error mío. 



No hay tiempo que perder. Tengo que ir a la casa abadía para coger mi pasaporte. 

Por la ranura del buzón que está en la puerta de la casa abadía asoma un sobre. Abro el buzón. Entre la correspondencia hay una aviso de correos. Tengo que ir a recoger una carta certificada. Muy bien. 

Voy a correos con mi pasaporte y con la denuncia de la pérdida de mi DNI por si me encuentro con uno de esos funcionarios imperiales de los tiempos de la dinastía Ming. 

Delante de mí hay cuatro seres humanos. Todos son conocidos. Celebramos encontrarnos y comentamos lo que nos ha llevado allí. Cuando me toca contar mi historia y hablo de lo de los documentos perdidos todos se conduelen conmigo sinceramente y me siento muy amado y muy importante. 

Llegar a la ventanilla me lleva como media hora pero ha sido una media hora alegre. 

Me atiende la funcionaria de siempre. Nos conocemos desde hace quince años y, además, ha oído mi relato de la pérdida de los documentos así que no me pide documentos. 

Con mi carta certificada, con mi pasaporte y con la denuncia de la pérdida del DNI, salgo para el ayuntamiento porque necesito gestionar lo de la firma digital. La funcionaria encargada de la firma digital me dice en voz alta que eso se gestiona los martes. Luego mira disimuladamente a derecha y a izquierda, baja la voz y añade: «Venga, vamos a hacerlo ahora que no hay nadie». Y, a partir de ese momento, me siento como el niño de doce años que —con dos amigos— saltaba la tapia de los Cuenca para espiar a los mayores que estaban haciendo un guateque. ¡Qué emoción!

Luego cruzo la calle y voy al ambulatorio. Allí cuento lo de la pérdida de mis documentos y la amabilísima recepcionista que me recibe me hace algunas preguntas y me entrega mi nueva tarjeta sanitaria en menos de diez minutos. Se lo agradezco mucho y miro y remiro la tarjeta que es mucho más bonita que la antigua porque la antigua era de un color verde goma de borrar —por no decir verde moco— y la nueva es como una enseña medieval, roja y plateada. 

Aún tengo tiempo para ir a La tiendesica de la marquesa que está cerrada hasta el veintisiete de mayo por descanso —merecido— del personal y para allegarme a la nueva pizzería que han abierto cabe la tienda de Isabel. También la pizzería está cerrada pero, una cartel, anuncia que abrirán a las siete y ofrece un número de teléfono para hacer reservas. 

Aún tengo tiempo para reservar una mesa para cinco —Ana Isabel, Wilder, Luciana, Camila y yo— y para las siete y media. 



Cuando me despido de Ana Isabel, de Wilder, de Luciana y de Camila y llego a la casa y me pongo a escribir el Diario y llego hasta aquí se me plantea un dilema: si cuento todo lo que ha pasado durante la cena terminaré de escribir el Diario a las seis de la madrugada de mañana pero, si no lo cuento, todo lo que he escrito carecerá de interés. 

Decido no contarlo y que sea lo que Dios quiera porque tengo mucho sueño. 

viernes, 22 de mayo de 2026

Diario. Jueves, 21 de mayo de 2026

 San Miguel de Salinas. 

jueves, 21 de mayo de 2026


Amable despertar en un día de asueto en La Torre. 

A las doce y media salgo para La Lloseta. Tenemos retiro. Don Eduardo ha expuesto el Santísimo y está dirigiendo una piadosa meditación sobre el Espíritu Santo. 

A las 14:45 vuelvo a La Torre y me preparo la comida. 

A las cinco voy a volver a San Miguel, pero el coche no arranca. Echo mano de la batería auxiliar y, después de varios intentos, el coche se pone en marcha. 

Ya en San Miguel, preparo el altar y saludo a Julia que es una nueva feligresa venida de Valencia. Muy bien. 

A las 19.30 exposición del Santísimo y a las 20:00 misa. Muy bien.

Llamo a Lucía. No contesta.

Ahora toca la recherche de la cartera que contiene todos mis documentos. 


20:55

Estoy buscando en la casa abadía cuando me llama Lucía. Le pregunto por Carlos. Resulta que hace dos semanas estaban ambos charlando tan tranquilos. Carlos comentaba que ya le tocaba jubilarse pero que pensaba seguir trabajando por lo menos otro año porque le encanta su trabajo. Luego anunció que iba a darse una ducha, se levantó y, allí mismo cayó al suelo. Intentó levantarse y volvió a caer. Le fallaba una pierna. En el hospital, después de varios días le diagnosticaron una especie de distrofia muscular.

Mientras Lucía me cuenta esta triste historia salgo de la casa abadía para seguir buscando mi cartera en el coche, pro me dejo dentro de la casa abadía las llaves. Explico la situación a Lucía y le digo que voy camino de casa de doña Nati. 

Lucía sigue con el relato. Es una mujer fuerte. Anda preguntándose qué querrá decirle Dios con todo esto y cuando, esta mañana, ha ido a poner en marcha su carro y se han encendido todas las luces de avería le ha preguntado con toda confianza: «¿Quieres decirme algo más». Luego, cuando el carro ha arrancado, ha tenido la convicción de que el Señor le decía: «Sí, quiero decirte que estoy al mando». 

La buena noticia es que Carlos, su hijo mayor, ha ido a vivir con ella para ayudarla con Javi, su hermano menor y mi ahijado. 


20:28

Termina nuestra conversación y mi recherche. Hago el propósito de no andar lloriqueando y quejándome y de hacer una última recherche mañana en el hospital. 

jueves, 21 de mayo de 2026

Diario. Miércoles, 20 de mayo de 2026

 La Torre

miércoles, 20 de mayo de 2026


7:00

Abro la iglesia y salgo para el hospital. 

7:40

Primera misa de san Bernardino de Siena.

Llevo la comunión a Mercedes, saludo a Ana María, no encuentro a Mauricio. 

9:30

Al llegar a San Miguel encuentro abierta la puerta del garaje. Misterio. 

11:00

Segunda misa de san Bernardino. 

12:00

Salgo para Alicante. 

13:00

Llego al obispado. Tengo que ver a Lolo. Tengo que ver a Miguel. Miguel no está. Me atiende Óscar. 

13:30

Salgo del obispado muy contento porque acaban de darme el carnet que me identifica como presbítero de clase A de la diócesis oriolense. 

Voy a San Jorge. La tienda está cerrada. En la puerta hay un cartelito con el horario: cierran a las 13:30. Vaya, son las 13:35.

Vuelvo a mi Lamborghini. Me dispongo a poner mi flamante carnet en la cartera donde tengo toda mi documentación —DNI, carné de la SS, tarjetas de crédito, carné de conducir— pero la cartera no está donde suele estar. Vaya. 

Salgo para La Torre. Empieza mi día de asueto. 

14:00

Llego a La Torre y voy directamente a la cocina de mi piso. Enchufo el teléfono móvil y lo coloco en la mesa de la cocina.

El foco que ilumina la mesa de la cocina no funciona. Intento sacar la bombilla. No puedo. 

Abro la nevera. Vaya: está apagada y huele a rayos. Tiro a la basura todo lo que tiene aspecto de podrido. Luego tiro a la basura todo lo demás, por si acaso. Luego se me enciende una bombilla en el celebro. Miro el teléfono móvil y —vaya— no está cargándose a pesar de que está enchufado. 

Se me enciende otra bombilla en el celebro y recuerdo que la semana pasada se quemó la bombilla de la lámpara del comedor,  saltó el diferencial principal y me quedé sin luz. Entonces volví a subir el diferencial pero ¿puede ser que quedase desconectada una línea?

Corro al cuadro eléctrico y desconecto, una a una, todas las líneas. Luego hago una oración a mi ángel de la guarda y vuelvo a conectarlas. Muy bien. Ahora mi teléfono se está cargando, el foco que ilumina la mesa de la cocina ilumina la mesa de la cocina y la nevera funciona. Me felicito y agradezco a mi ángel de la guarda todas sus amables atenciones. 


14:30

Me preparo un plato de judías verdes con salsa de tomate. Muy ricas, la verdad. 

De postre dos dátiles.

Luego me preparo un café. 

No carezco de nada. 


15:00

Me siento en el sillón de la abuela Paquita y me dispongo a escuchar el Carnaval de Viena, Op 26 de Schumann. 


15:30

Voy al coche para recuperar la maleta que he traído de San Miguel con ropa de invierno y con libros. 

Amontono los libros en la biblioteca y coloco la ropa de invierno en los armarios. 

Antes de colgar mi chaquetón de marinero, me aseguro de que mi cartera con los documentos no está en ninguno de sus cuatro bolsillos. 

Intento hacer memoria: ¿cuándo cogí mi cartera por última vez? Nada. 


16:00

Enciendo un ventilador y abro las ventanas antes de sentarme otra vez en el sillón de la abuela Paquita para entregarme a la lectura. Quiere decir que, definitivamente, han pasado el invierno y el mes más cruel.