viernes, 25 de noviembre de 2022

Noviembre: el Cielo

 «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.» 

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.»

Escribió san Josemaría:

Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo. —Pero fomenta en tu corazón la gloriosa esperanza del cielo. (Camino, 668)

Hacer el bien pensando en el premio y evitar el mal pensando en el castigo, no vamos a decir que esté mal ¿verdad? Pero es agotador. Si pasas la vida haciendo el bien —aunque sea pensando en el premio de la fama, por ejemplo— y evitando el mal —aunque solo sea por miedo al castigo de la deshonra— mereces, por lo menos, una estatua.  Tu vida habrá estado muy bien. Pero eso es agotador. Y es agotador porque aquí, en la tierra, el bien es arduo —perdonar al que te está maltratando no es fácil— y el mal es atractivo: vengarse de quien te está maltratando da gustirrinín. Y resulta que nosotros vivimos aquí, en la tierra, donde el bien es arduo y el mal da gustirrinín. De modo que pasar por esta vida haciendo el bien, que es arduo, con la esperanza de un premio que no sabemos si llegará cansa horrrores. Y pasar por esta vida evitando el mal que da gustirrinin solo por miedo a un castigo que vaya usted a saber, cansa horrores. 

Por eso, cuando nos ponemos en plan apocalíptico para amenazar a los malvados con las penas del infierno y para animarlos al bien pintando el Cielo con arcos iris de colores y unicornios voladores, los malvados nos responden con refranes llenos de sentido común: más vale pájaro en mano que ciento volando, aquí paz y después gloria y el muerto al hoyo y el vivo al bollo. ¿De qué me hablas? ¿De perder esta vida que todos conocemos para ganar una vida que nadie sabe si existe? 

Uno preguntó a Jesús: "¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?" (Mt 19) Jesús le dio seis preceptos: evitar cuatro males y hacer dos bienes. Los cuatro males que debía evitar: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio” Los dos bienes que debía hacer: “honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo." 

A primera vista parece fácil. Pero si pensamos que el «no matarás» incluye  el no desear un mal a nadie y el no llamar a nadie «imbécil»; que el «no cometerás adulterio» incluye no mirar con deseo a la mujer del prójimo; que el «no robarás» incluye el no codiciar losbienes ajenos, entonces tendremos que reconocer que no es tan fácil. porque el bien es arduo y el mal es atractivo y da gustirrinín. 

Buscando el premio de la vida eterna y temiendo el castigo, aquel joven había guardado todos esos mandamientos pero no estaba tranquilo. Sabía que le faltaba algo: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Y, entonces, Jesús le dio un consejo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.»

¿Cómo puede alguien vender todo lo que tiene —hasta su autoestima— para dárselo a los pobres si, a cambio, solamente se le promete un premio allá en el Cielo? Pero Jesús no hace eso. Le dice, sí, «tendrás un tesoro en el Cielo», pero, sobre todo, le dice: «luego ven y sígueme». 

Y aquel joven —tan formal— se fue triste porque lo de cumplir los mandamientos  le parecía fácil a primera vista pero, al encontrarse con Jesús, comprendió que le faltaba algo. Quizá entendió —como todos— que es muy fácil ser bueno si uno es rico y está bien educado pero que eso no basta para estar contento. Quizá entendió —como todos los que se encuentran con Jesús— que hacer el bien —tan arduo— y evitar el mal —tan atractivo— no tiene que ver tanto con la riqueza y la buena educación cuanto con el amor a Dios y al prójimo que a él le faltaba: Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo.

Entonces ¿qué pasa? Si lo hacemos todo por puro amor, como si no hubiera premio ni castigo, ¿no podemos pensar en el Cielo ni en el infierno? Fomenta en tu corazón la gloriosa esperanza del Cielo. 

San Pedro estaba coladísimo por Cristo, enamoradísimo hasta el punto de poder decir: Señor ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna. Y, porque estaba enamorado, no solamente lo dejó todo para estar con Él sino que se atrevió a preguntarle: Nosotros, los que lo hemos dejado todo por ti ¿que recompensa tendremos? Primero es el amor que lleva a dejarlo todo por Jesús. Luego viene la esperanza del Cielo que es estar, para siempre con el amado. 

A san Pedro, que ya estaba enamorado de Cristo hasta el punto de haberlo dejado todo por Él,  Jesús le prometió casas, hermanos, hermanas y un montón de cosas buenas para esta vida y, luego, la vida eterna. 

¿La vida eterna? ¿Qué es eso?

Jesús habló alguna vez de ella comparándola con un banquete de bodas. Después de su resurrección lo explicó con más detalle: vivir para siempre, en plenitud, es volver a la Casa del Padre para estar con Él en esa Casa de muchas moradas.

Santa María, laVirgen Inmaculada, guardaba todas estas cosas en su corazón. 

Señora, más que tú solo Dios.

martes, 22 de noviembre de 2022

Boda en Jerez

Decía Rafael Alberti que su abuelo y esa gente de Cádiz que tiene nombres extranjeros - Domec, Osborne, Terry, Byass- llegó a Españita al olor de los vinos y engendró allí una Andalucía -muy bonita por cierto- de muchachas rubias y morenas.

Hay que ir a una boda en Jerez para saborear España.

viernes, 7 de octubre de 2022

La Virgen del Rosario

 En el siglo XV, mientras España terminaba la reconquista, al otro lado del  Mediterráneo el Imperio Otonamano había tomado Constantinopla convirtiendo Santa Sofía en una mezquita, ocupando Grecia y los Balcanes y llegando hasta las puertas de Viena. La Cristiandad estaba amenazada y las poblaciones cristianas del litoral mediterráneo sufrían continuos ataques. 

El Papa Francisco canonizó hace unos años a los ochocientos mártires de Otranto. El pueblo, situado en el tacón de la bota de Italia, fue tomado por los turcos. Durante la batalla murieron más de dos mil defensores. Tras la victoria, los turcos, siguiendo su costumbre, separaron a los vencidos: las mujeres y  los niños menores de quince años, por una parte, los varones mayores de quince años, con el obispo a la cabeza, por otra. Cuando estos se negaron a abrazar el Islam, los decapitaron y se llevaron a las mujeres y a los niños como esclavos. 

Cien años después el Papa san Pío V organizó una liga contra los turcos. No podía contar con la media Europa cristiana que se había hecho protestante. A la llamada del Papa acudieron Felipe II, Génova, Venecia y la Orden de Malta. Trescientas galeras salieron en buscade la flota turca. Mientras el Papa ayunaba, rezaba y convocaba a los fieles de Roma en la Basílica de Santa María la Mayor para rezar el Rosario, las flotas cristiana y musulmana se encontraron en Lepanto el 7 de octubre de 1571. La victoria cristiana acabó con la destrucción total de la flota turca. El Papa estableció entonces la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria a la que hoy veneramos como Virgen  del Rosario. 

En octubre de 2002, san Juan Pablo II publicó la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, que comenzaba así: «El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».»

Los obispos de Valencia, Castellón y Orihuela-Alicante nos han convocado para rezar un rosario por la vida bajo el manto de Nuestra Señora de los  Desamparados: en Valencia, el viernes 14 de octubre

domingo, 2 de octubre de 2022

Adauge nobis fidem

 Tener fe es creer y confiar en Dios que no puede engañarse ni engañarnos. 

    Habacuc (primera lectura) tenía fe aunque le tocó vivir muy malos tiempos. Por eso oraba así: «¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me oigas, y gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver crímenes y contemplar opresiones? ¿Por qué pones ante mí destrucción y violencia, y surgen disputas y se alzan contiendas?».

    Vemos aquí que, el primer obstáculo contra la fe, es confundir «creer» con «comprender». Si al creyente le preguntas si confía en Dios te dirá que sí. Si le preguntas si entiende a Dios te dirá que no.  

    -¿Crees que Dios es Dios; que es infinitamente bueno y justo y sabio y poderoso y, por todo ello, incapaz de hacer mal a la más pequeña de sus criaturas?» 

    -«Sí, lo creo a pies juntillas y, por eso, lo amo con todo mi corazón». 

    -«Entonces, ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?». 

    -«No lo sé y, por eso, mi mente no puede hacerle otro obsequio que el de la fe». 

    Habacuc vivió tiempos malísimos pero no se enredó en el mal sino que elevó a Dios una oración de fe. «Hasta cuándo, Señor».

    San Pablo (segunda lectura) había impuesto las manos a Timoteo para hacerlo guía, obispo, de una comunidad cristiana. Imponer las manos (Jesús imponía las manos sobre los niños, y los sacerdotes las imponemos sobre las ofrendas) es un gesto para pedir la efusión del Espíritu Santo. Se llama epíclesis. 

    Pues bien, lo que se espera de un obispo es que confirme en la fe a los que le han sido encomendados. Pero, al parecer, Timoteo era algo tímido. Y aquí está el segundo obstáculo contra la fe: el miedo. 

    Por eso el buen san Pablo nos recuerda a todos los tímidos del mundo católico que «Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza». Y nos recomienda que reavivemos ese don, que no nos avergoncemos de Jesús y que guardemos, como se guarda un tesoro, el buen depósito de la fe. 

    Los discípulos (Evangelio) piden a Jesús: «Auméntanos la fe». 

    Cada vez soy más partidario de las oraciones cortitas. Esta,«auméntanos la fe», me encanta. A Jesús también le gusta. En latín se dice «adauge nobis fidem». 

    Jesús resume toda la historia de Abrahán con la imagen de un árbol -una morera, por más señas- que, obedientísima, en cuanto escucha el mandato de Dios, se desarraiga, sale volando y se planta en medio del mar para seguir allí. tan pancha, dando frutos. 

    Luego les habla de los esclavos. Nadie les pide las cosas por favor. Nadie les da las gracias. Y a todo el mundo le parece de lo más natural del mundo tratar a un esclavo así. 

    Y viene a decirles Jesús: «Yo estoy entre vosotros como un esclavo. Ya sabéis dónde nací y ya veréis dónde y como moriré. Vosotros, amables moreras, estáis arraigados en la tierra y no entendéis eso de que «el justo vivirá de la fe» como no entendéis que una morera pueda echar raíces en el mar.  Pero yo os digo que os basta con un poquito de fe -como un granito de mostaza- para arraigar en el Reino de los Cielos, allí donde reinan los que sirven». 

    La Virgen María no siempre entendía a Jesús aunque siempre guardaba sus palabras y sus gestos, como un tesoro, en el corazón. Sin embargo, cuando Jesús se puso a hablar de árboles plantados en el mar y de esclavos que reinan, entendió perfectamente sus palabras y le dieron un consuelo muy grande. 

domingo, 28 de agosto de 2022

Descansa en paz, amable compañero

Tengo 10 años y, temblando, entro en mi nuevo cole: Retamar.

Me mandan a una aula  en la que somos treinta y pico. Como ni mis condiciones físicas -gafotas y flacucho- ni mi temperamento -tímido e irritable- me habilitan para ser líder, pongo en marcha mis extraordinarias dotes de observación con el objeto de hacer la pelota a cualquiera que pueda hacerme la vida fácil. 

En seguida reparo en un individuo apacible y rubio. No es alto ni bajo: me interesa. No es líder pero tiene un prestigio indiscutible: ordenado, limpísimo, amable y, desde el punto de vista académico, un número uno. Definitivamente, me interesa. 

Se llama Luis Sánchez Socías. Al parecer trata a todos del modo más amistoso sin hacer la pelota a nadie. Cuando digo «a todos» me incluyo y esto me sorprende incluso ahora.

Pasan los años -ocho- y nos despedimos del cole. Como suele ocurrir -dicen que  la distancia es  el olvido- inmediatamente empiezan a borrarse de mi memoria los recuerdos de ese tiempo pero Luis no. Él, incluso en la distancia, sigue siempre presente y no deja de sorprenderme con una felicitación por mi santo o por mi cumpleaños. Acude a mi Primera Misa. A veces nos encontramos -la última vez cenando en casa de un amigo común- y sigue siendo el mismo. Aunque ahora él es Abogado del Estado, se interesa por los detalles de la existencia de un cura de pueblo de tal modo y manera que el cura de pueblo y su ridícula existencia parecen, por un momento, superinteresantes.  

Anoche recibí un  correo de un compañero del cole: «Luis ha tenido un accidente de moto y está muy grave. Rezad por él». Esta mañana he recibido otro de otro compañero: «Nuestro querido Luis ha fallecido a la una de  la madrugada». Luego me han ido llegando otros correos y mensajes de viejos amigos unánimes en su aprecio y admiración hacia ese  cristiano ejemplar, caballero apacible que tan bien sabía tratar a todos. 

Ahora mismo -mientras escribo esto- recibo otro correo de otro viejo condiscípulo.. Creo que escribe desde los EEUU. Dice: «Cada vez que me encontraba con Luis, no importaba el paso del tiempo, me saludaba con un abrazo, una sonrisa y un verdadero cariño. Era un hombre genuino en el sentido más puro de la palabra. Y puramente bueno, como todos sabemos». 

En fin, esta mañana, a las doce y media, he ofrecido la Misa en sufragio por  su alma y he dado gracias a Dios por quien ha sido, hasta ahora y desde hace tantos años, tan buen compañero de camino. 


jueves, 18 de agosto de 2022

¿Puede ser peor?

     El pasado domingo, nuestro Buen Jesús decía que había venido a traer fuego y división. Los que entendieron que aquello era una cosa mala y amenazante deben prepararse para otra peor: el próximo domingo, nuestro Buen Jesús nos dirá que la puerta de la salvación es estrecha.

    Los  que entendieron que el anuncio del domingo  pasado era una cosa mala y amenazante entendieron mal. El fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra no es el de los que se dedican a quemar contenedores y bosques. Robespierre y Lenin quisieron acabar con  el mal del mundo utilizando la guillotina y otros medios más sofisticados y científicos. Naturalmente, y gracias a Dios, fracasaron. Si hubieran triunfado ya no habría ni bien ni mal porque no quedaría en el mundo ni un bicho viviente.

    Jesús, mucho más modesto y realista, no se propuso acabar con el mal en el mundo  y ni siquiera se planteó esa bobada de hacer un mundo mejor. Su propósito fue el de vivir en este mundo como un cordero entre lobos. Lo consiguió y venció a los lobos. Y esa  fue la división que vino a traer:  la división entre lobos y corderos, entre el bien y el mal. Vino a decir que no es posible el matrimonio entre el Cielo y el Inferno y que, sino debemos separar lo que Dios ha unido, tampoco debemos unir lo que Dios ha separado.

    A mí no me preocupan tanto los Robespierre y los Lenin, tipos admirables por su  empeño, cuanto el pensamiento de que el Buen Jesús -que se dejó la piel viviendo como un cordero entre lobos- no ha dejado en el Evangelio  una fórmula para entrar en el Reino de los Cielos sin dejarse la piel -o la mano derecha, o el ojo derecho, o la vida- en el intento. 

    Me preocupa porque, la verdad, amo esta vida que tengo y no quisiera perderla por una nonada. No  tengo ni una pizca de revolucionario, lo confieso. Por eso mismo el Evangelio del domingo pasado no me parece una mala noticia ni una cosa amenazante sino el  alegre anuncio  de que, aunque no podemos ni debemos intentar acabar con el mal en  el mundo, podemos vivir como ovejas entre lobos sin convertirnos en lobos y, por ese camino, vencer a  los lobos. Me parece una promesa creíble.

    Lo malo, a primera vista, es lo del  domingo que viene: la puerta es estrecha, muchos intentarán entrar y no podrán.

    Convencido como estoy de que el Evangelio es una Buena Noticia trataré de entenderlo así. Pero, ¿puede entenderse así, como buena noticia, una palabra que dice que la puerta es estrecha y que muchos intentarán entrar y no podrán?

    No me convencen mucho esos hermanos míos sacerdotes que lo solucionan todo diciendo que no hay infierno, que todos nos salvaremos y que cuando Jesús hablaba de la puerta estrecha solamente pretendía asustar e intimidar un poco a los fariseos. Y no me convencen porque (aparte de que es una herejía) me parece que alguien que abraza algo tan horrible como una muerte de Cruz y nos anima a hacer lo mismo no puede estar bromeando.

    Me convence más el mismo Jesús. Él es  la puerta. Es una puerta abierta para todos. Para  que todos podamos entrar por ella se hace hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Quiere que  todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Pero -y aquí lo mejor de la noticia- no es solamente que lo quiera, es que lo puede hacer. Puede -porque es  Dios- hacer que todos nos salvemos y  lleguemos al conocimiento de la Verdad. Lo que no puede hacer -porque es Dios- es que nos salvemos sin conocer la Verdad. Lo que no puede hacer -porque es Dios Veraz- es que nos salvemos engañados.  No puede engañarse ni engañarnos. Por  eso, cuando le preguntan si serán pocos los que se salven, no pretende engañarnos ni asustarnos sino ponernos en el camino -ciertamente difícil para el hombre pecador- de la Verdad. 

    El tropel de los que gritan «ábrenos la puerta» retrata a la masa de los que pasamos la vida mirándonos el ombligo cada vez más fijamente.  «Yo he sido bueno». «Yo he sido». «Yo merezco». «Yo». 

    La Buena Noticia es que basta con decir «No soy digno de  que entres en mi casa  y, mucho menos, pretendo entrar en el Cielo tal como estoy, pero sé que una palabra tuya bastará para sanar mi alma». 

Los santos de la puerta de al lado

El Papa Francisco ha hablado de los santos de la puerta de al lado: hombres, mujeres y niños que viven entre nosotros, como vivían Santa María y San José entre los vecinos de Nazaret, sin llamar la atención, trabajando y rezando en silencio ante la mirada de Dios. 

No pensemos solo —ha escrito el Papa— en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente». 

Ese pueblo de Dios es la Iglesia Católica. Hay en ella, como ha habido siempre, mártires y doctores,  pero el Papa nos invita a contemplar la santidad en la vida ordinaria de esos padres que educan con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad».

Hombres y mujeres, sanos y enfermos, religiosos y seglares que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios. 

¿Conocemos a esos santos de la puerta de al lado? Están entre nosotros. Si no los conocemos es posible que —entretenidos con los medios de comunicación y enredados en las redes sociales— hayamos dejado de prestar atención a esos signos de la presencia de Dios que son los santos de la calle. 

El Papa nos pide que nos dejemos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad»

Esos santos de la puerta de al lado no aparecen en la televisión y, si aparecieran, provocarían burlas o bostezos en el público que busca espectáculo. Sus nombres no aparecen ni aparecerán en los libros de historia pero ellos, llevando la Cruz de Cristo y siguiendo sus pasos, son la levadura que hace fermentar toda la masa.

El 9 de agosto hemos celebrado el martirio de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, una carmelita sabia que escribió: «En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado».

Precisamente entonces, el día en que todo lo oculto será revelado, comprenderemos que Dios siempre estuvo entre nosotros y que la santidad —el más bello rostro de la Iglesia— estaba en la puerta de al lado, llenando de luz el mundo.

viernes, 5 de agosto de 2022

Pedir perdón: remedio o buen ejemplo de cortesía

 A veces no hay  más remedio que pedir perdón. 

Uno ha recibido la bendición de unos padres excelentes y de unos hermanos que han sido la gloria de  sus padres. Pero resulta que uno, oveja negra de la familia, ha hecho sufrir a todos. En este caso no hay  más remedio que arrojarse --llorando-- a los pies  de la parentela para suplicar su perdón.

Así yo mismo, si tuviera valor, me arrojaría a los pies de mis padres y de mis hermanos y de  mis amigos. En cierto modo lo hago cada vez que empiezo la Misa diciendo: Yo confieso ante Dios Todopoderoso  y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho etc.

Otras veces el pedir perdón no remedia nada pero es un buen ejemplo de cortesía y de cristiana caridad. 

Uno, sin querer, empuja a otro y le dice: ¡Perdón, caballero! 

¿Se ve la diferencia?

Al grano.

Cuando yo confieso mis pecados y  pido perdón por ellos, Dios los remedia. Cuando los amables Papas piden perdón por los atropellos de la Iglesia besando la mano de los tataranietos del atropellado  están diciendo: ¡Perdón, caballero! Y entonces se  ve si el tataranieto del atropellado es un caballero o un bandido. 

Conclusión: Por  bandidos que sean el atropellado y su tataranieto, siempre hay que pedir perdón. Quizá no remedie nada a corto  plazo pero, a la larga, ese empeño del caballero cristiano civiliza y, lo más importante, puede salvar  -o, al menos, hacer pensar- al tataranieto del atropellado. 

lunes, 1 de agosto de 2022

Veamos: el peligro de las riquezas

 domingo, 31 de julio de 2022

Pero, antes, una confesión.

A veces —no todos los días, ni todas las semanas, ni siquiera todos los meses— mi amigo Wilder y yo compramos un boleto de «rasca y gana». Cuesta un euro y pueden tocarte hasta diez mil euros. ¡Gran negocio si toca! Pero nunca nos ha tocado. Alguna vez nos ha salido un premio de un euro —lo apostado— y, codiciosos, lo hemos vuelto a jugar y lo hemos perdido.

Hecha la confesión pasemos al asunto del peligro de las riquezas del que muchas veces habla Jesús.

En la parábola del pobre Lázaro —que pasaba necesidad tirado ante la puerta de un hombre rico— Jesús señala el primer peligro de las riquezas: que pueden convertir al rico en responsable de la desgracia y de la muerte del pobre. 

Pero en la parábola de este domingo —que podría llamarse «parábola del rico idiota»— se nos advierte contra un peligro más común: el peligro de que las riquezas nos vuelvan estúpidos; incapaces para comprender lo que realmente vale, incapaces para adquirir sabiduría, incapaces para participar en los bienes del Cielo. 

Muy resumidamente —Jesús lo contaba mejor— la parábola va de un rico al que le toca la lotería en forma de gran cosecha. Inmediatamente se le plantea el típico problema de rico: tiene tanto grano que no le cabe en sus graneros. Decide derribar sus graneros, construir otros más modernos y entregarse a la vida muelle. Pero ese  mismo día se  muere y Dios sentencia: «has sido un tonto». 

Bien. Este peligro nos acecha a todos. Las riquezas pueden hacer estúpido a un niño, volviéndolo malcriado, o a un joven volviéndolo petulante. Todo esto lo sé por propia experiencia. Y lo que puede hacer estúpido a un niño o a un joven también puede hacer estúpido a un cura y a un anciano. 

Es posible que a usted y a mí nunca nos haya tocado el premio del «rasca y gana» pero en eso que se llama «la lotería de la vida» hemos sido muy afortunados. 

Podemos hacer dos cosas. 

Una: dar gracias a Dios y compartir nuestra alegría con los demás. Será la prueba de que las riquezas que nos han caído del Cielo no nos han vuelto idiotas. 

Otra: no dar gracias a nadie y enredarnos con los típicos problemas de los ricos. Será la prueba de que nos hemos vuelto estúpidos. «Así —dice Jesús—los que acumulan bienes para sí y no son ricos ante Dios». 

¿Puede alguien ser rico ante Dios?. ¡Oh sí! Mirad a la Virgen María. Dios la mira y se complace en Ella. Ella es rica ante Dios porque lo ha recibido todo de Él con gratitud y nos lo ha entregado a nosotros. 

¿Algún ejemplo más? Pues sí, mirad: antes que María, el mismo Cristo que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. 

¿Más ejemplos? Hoy, si no fuera domingo, estaríamos celebrando a San Ignacio de Loyola. Y no hay suficientes días en el año ni en la eternidad para celebrar a  los santos que, por el Reino de los Cielos, mirando a Jesús y a María y al glorioso Patriarca San José, alcanzaron, en esta vida, la sabiduría que conduce a la eterna. 

viernes, 1 de julio de 2022

Una conversación muy trascendente

 -¿Qué hora es?

-Mira: las nueve menos cuarto.

-¿Te apetece cenar algo? 

-Ya he cenado, gracias.

-¿Qué has cenado?

-Tostadas untadas con queso de Filadelfia. Entrambas he puesto una tortilla de un huevo y dos rodajillas de chorizo de Pamplona.

-¿Tiempo de preparación?

-Diez minutos. 

-¿Grado de satisfacción?

-Muy alto.

-Y ¿qué vas a hacer ahora?

-Terminar de escribir esto.

-¿Y luego?

-Luego veré una peli que me ha recomendado mi sobrino J.V.P.

-¿Qué peli?

-«Apolo 10 1/2: Una infancia espacial». 

-Ah. 

-¿Ya has leído la Carta «Desiderio desideravi». 

-Sí.

-Ah. 


viernes, 22 de abril de 2022

Hope for the World

viernes, 22 de abril de 2022

 (Víspera de san Jorge)


Es el título del libro que acabo de zamparme y en el que Guillaume d’Alançon hace preguntas y Raymond Leo, cardenal Burke, responde amablemente. 

¿Quién es Guillaume d’Alançon? No tengo ni idea. Solamente sé que es francés y que pregunta muy bien. 

¿Quien es el cardenal Burke? Es difícil saber quién es alguien si uno —como yo— no lo conoce. Pero, en la primera página del libro, él mismo se presenta así:


«Soy un americano, hijo de un granjero, de ascendencia irlandesa. Mi abuela paterna dejó su hogar en Cullen, County Cork, Irlanda, a finales de los ochenta del siglo XIX. Uno de mis bisabuelos paternos había emigrado de Ballgryffin, County Tipperary, Irlanda, a principios del XIX. 

La familia de mi madre vino de Inglaterra bastante antes. Eran protestantes. Mi madre creció en la Iglesia Baptista de América. Su madre, única de mis abuelos a la que conocí aunque murió cuando yo tenía seis años, fue una cristiana piadosa con quien mi madre estuvo muy unida. Cuando mis padres se casaron,  mi madre se sintió atraída por la fe católica y fue introducida en las verdades de la fe por un excelente sacerdote irlandés, el Padre Bernard McKevitt, rector de la parroquia de mi padre. Mi madre profundizó en la fe católica y jugó un papel decisivo a la hora de transmitirla a mis hermanos, a mis hermanas y, también, a mí. Yo, que había observado desde niño su amplio conocimiento de la fe y la firmeza de su práctica, me sorprendí cuando supe que no había sido católica siempre. Ella misma, a la horade su muerte, alabó al Padre McKevitt por el modo en que la había preparado para entrar en la total comunión con la fe católica. También manifestó siempre una profunda gratitud por la fe de sus padres que la  dispuso a encontrar la plenitud de esa fe en la Iglesia Católica». 


Me parece todo un modelo de autopresentación. Apenas habla de sí mismo. Se da a conocer por su patria, por su familia y por su fe. 


¿Me ha encantado el libro? Sí, me ha encantado. ¿Lo recomiendo? Sí, lo recomiendo. Mañana es el día del libro.

jueves, 21 de abril de 2022

¿Es usted feliz, oiga?

jueves, 21 de abril de 2022


A decir verdad, oiga usted, raras veces me pregunto tal cosa y eso mismo me inclina a responder que soy un ser humano afortunado.

De todas formas voy a tratar de responder a su pregunta.

Verá usted: en primer lugar —de verdad lo digo— no estoy muy satisfecho de mí mismo. Nunca me ha ido bien con los exámenes. Los de la escuela son cosa pasada pero ese examen diario de mi conciencia a duras penas lo paso, alguna vez que otra, por los pelos, con un cinco raspado. Con franqueza se lo digo: no soy lo que se  llama un tipo ejemplar.

Si usted es de los que piensan que estar satisfecho de uno mismo es la clave de la felicidad llámeme «infeliz». Pero le diré una cosa: mi insatisfacción conmigo mismo no solamente no me impide considerarme un tipo afortunado sino que —de verdad lo digo— es la clave de mi satisfacción con todo lo demás.

Pongamos el ejemplo de mis padres. Son dos seres humanos a los que no cambiaría por nada del mundo. ¿Estoy satisfecho de ellos? Aquí, lo siento, la palabra «satisfacción» no me parece apropiada. A usted le digo que, cada día que pasa, los recuerdo con más admiración y que, si no supe agradecerles sus regalos fue porque nadie en el mundo —a menos que fuera alguien mejor que ellos— sabría hacerlo. Soy un tipo afortunado. 

Pongamos el ejemplo de mis hermanos. Son doce seres humanos a los que no cambiaría por nada del mundo. Soy un tipo afortunado. 

Podríamos seguir poniendo ejemplos con mis sobrinos —una multitud incontable— con mis sobrino nietos, con mis amigos, con mis vecinos, con los tiempos y los lugares en que me ha tocado vivir, con los papas y obispos y sacerdotes que me han caído en suerte, con mi lujoso Seat León y mis demás propiedades materiales, con la casa parroquial en la que habito y con el día de hoy en Alicante —soleado, fresco, amable— … La conclusión sería siempre la misma: soy un tipo afortunado a quien todo se le ha regalado.

¿Satisfecho de mí mismo? Pues no, la verdad. Pero, por eso mismo, ¡qué contento!