lunes, 3 de agosto de 2026

Diario. Domingo, 2 de agosto de 2026

 La Torre

domingo, 2 de agosto de 2026

10:00

Misa en Torremendo.


11:30

Funeral de Eugenio en San Miguel.


12:30

Misa en san Miguel.


La parábola del trigo y la cizaña nos habla de la semilla buena que Dios ha sembrado en el mundo y de la semilla del diablo. El trigo y la cizaña crecen juntos por todas partes y no nos corresponde a nosotros separarlos. Será el mismo Dios quien los separe para siempre al final de los tiempos. 

La misma enseñanza encontramos en la parábola de la red barredera. 

¿Promete Jesús un Iglesia libre de pecado o un futuro maravilloso? ¿Acaso ha venido al mundo para acabar con el dolor, con el hambre, con la pobreza con el pecado y con la muerte? 

Se ve que no. Él nos avisa: a los pobres los tendréis siempre con vosotros y, hasta el final, crecerán juntos el trigo y la cizaña. 

Hoy el evangelio nos recuerda aquella ocasión en la que Jesús alimento a cinco mil hombres —sin contar mujeres y niños— con cinco panes y dos peces. 

Hay quien dice que no fue un milagro porque, en realidad, lo que pasó fue que aquellos cinco mil hombres llevaban sus viandas y se decidieron a compartirlas. Claro que, para aceptar eso, hay que negar el testimonio del evangelio que dice que solamente tenían cinco panes y dos peces. 

«Compartir». ¡Qué bonito! Hay quien dice que, en este evangelio, lo que Jesús nos enseña es que hay que compartir. Más aún, Jesús habría enseñado que para acabar con el hambre en el mundo bastaría con que aprendiéramos a compartir. 

Pues no, Jesús nunca enseñó eso. Más aún, ni siquiera se propuso acabar con el hambre en el mundo ni dio a la Iglesia la misión de acabar con el hambre en el mundo aunque enseñó a sus discípulos a hacer todas las obras de misericordia espirituales y corporales. 

Entre la gente que está empeñada en acabar con el hambre en el mundo abundan los partidarios de impedir que los pobres tengan hijos, de abortar a todos los niños que «sobran» y de otras cosas semejantes. La gente empeñada en jugar a ser Dios es muy peligrosa. 

A lo nuestro. 

Jesús no vino a acabar con el dolor, el hambre, la pobreza y la muerte sino a enseñarnos a vivir con todo eso como hijos de Dios. A ser fuertes y pacientes para no exagerar nuestras penas y a ser misericordiosos con las penas de los demás para aliviarlas. 

Jesús se entera de que Juan ha sido decapitado por Herodes. Juan es su primo y Jesús lo aprecia de verdad. Busca entonces retirarse para encontrar algo de consuelo en la oración. Pero, cuando llega al lugar de su retiro, la gente se le ha adelantado. Entonces Él se olvida de su pena y se pone a curar a los enfermos y a enseñar. Luego viene el asunto de los cinco mil hombres alimentados con cinco panes y dos peces. 

Los que dicen que no fue un milagro quieren que creamos que ellos van a acabar con el hambre en el mundo a base de compartir. Van a acabar con el hambre en el mundo y van a hacer un mundo mejor y dos huevos duros. 

¡Cuánta bobada! 

Jesús se presenta como un nuevo Moisés que atraviesa el mar y da de comer al pueblo en el desierto para enseñarnos que es Dios quien nos cuida y que no solamente de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de boca de Dios, única semilla sobrenatural que puede dar frutos de vida eterna. 

Alimentados con la eucaristía, los santos fundan hospitales y escuelas para los pobres, reparten sus bienes y hacen maravillas sin jugar a ser dioses. 

Pero, enseguida, vendrá el malo y sembrará su mala semilla también en esos hospitales y en esas escuelas y entre todas esas obras buenas de los santos. 

No hay que olvidar que los apóstoles tenían una bolsa común y que la administraba Judas. 

Muy bien. Hagamos obras de misericordia sin jugar a ser dioses, con humildad. Y no terminemos nunca una obra buena sin suplicar: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. 




Después de la misa de doce y media salgo para La Torre y, como en la Casa Grande con Pilar, Rosario, Carmen, Pupé, Jaime, Urraquita, María, Ana, Pablo y Lucía. 


La tarde transcurre plácidamente con dos baños en la piscina y misa de ocho. 


Luego cena en el patio de La Torre con Almudena, Pepe, Almudena jr, Mariana, Alex, Fátima, Fátima jr, Alejandra, Bea,  Jorge, Borja, Ignacio, Carlota, Patuca y una muchacha que cuida de los niños y cuyo nombre he olvidado. 

Jorge y Borja me dan las gracias por la Misa y me dicen que les ha gustado mucho. Bendito sea Dios.

sábado, 1 de agosto de 2026

Diario. Sábado, 1 de agosto de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 1 de agosto de 2026


00:00

Llegamos a casa de Joan. Sale a recibirnos Laura. Me encanta viajar con alguien que necesita asistencia especial. Todo es muy emocionante. 


Ayudamos a Joan a bajar del coche y a sentarse en la silla de ruedas. Luego empujamos la silla de ruedas hasta la puerta de su casa pasando milagrosamente entre los coches aparcados, subiendo milagrosamente a la acera y cruzando el jardincillo. 

A continuación, Joan tiene que levantarse de la silla de ruedas y sentarse en la escalera que sube hasta la puerta de su casa. Vemos como sube de espaldas, sentándose en un escalón, en el siguiente, y así. Ya está sentada en el suelo de su casa. Ahora hay que plegar la silla, subirla, desplegarla y ayudar a Joan a levantarse  del suelo y a sentarse en la silla. Nadie se queja. Muy bien. 

Nos despedimos. 


00:30

Llego a la casa abadía. 

En efecto, el tímpano del oído derecho se ha roto a pesar de los tapones Quíes y, al quitarme el tapón, la sangre mana. Me pongo un tapón de algodón y me acuesto sin quejarme. Me quedo frito inmediatamente. 


6:00

Suena el despertador. Me tomo un vaso de leches y un antiinflamatorio. 

Oficio de lectura y laudes de san Alfonso María de Ligorio.

Me acuesto otra vez. 


8:00

Me levanto. 

Café con leches pero nada más. Creo que en Inglaterra he engordado veinte libras. 

Pongo una lavadora, friego toda la casa después de recoger los cadáveres de cinco cucarachas y luego me ducho y me pongo mi camisa de clergyman blanca y nueva. 

Tengo unos cien mensajes de WhatsApp. Voy contestando uno a uno sin prisa. 


9:45

Me dispongo a salir para la iglesia. Iván está en la puerta y ha amontonado su equipaje no lejos. Estrecha mi mano derecha con la suya y dice unas nobles palabras de despedida y agradecimiento. Ha estado ocupando una habitación en los locales parroquiales durante más de dos años. Ahora, con la ayuda de Teresa, ha conseguido una habitación en la casa de otro belga. Me alegro por él y por el sacerdote que me va a suceder en la parroquia. 


10:00

Me siento para mirar fijamente al sagrario. Luego doy el primer toque de misa y —como Joan tiene roto el tobillo— preparo el altar y todo. 

Llaman del tanatorio. Ha muerto Eugenio. Funeral para mañana a las once. Lo anuncio en FBK. 


11:00

Misa de san Alfonso María de Ligorio, napolitano de cuando Nápoles era una hermosa parte de la hermosa España. 


11:40

Delcy me ayuda a recogerlo todo. Sé que ha sufrido un poco. Primero porque hace unos días intentó ayudar a recoger las cosas del altar y Joan, que aún no se había roto el tobillo, le echó una bronca en plan: «no oses tocar nada de lo que va a estar, está o ha estado en el altar porque de eso me ocupo yo». A más a más, algunas señoras piadosas fruncen el ceño cuando la ven subir al ambón para hacer las lecturas. Y eso que lee muy bien. 

Le doy las gracias por su generoso empeño y le digo que no haga caso ni de Joan —que es muy buena y que compensa su vivo genio con el buen humor típico de las personas humildes— ni de las señoras piadosas que tienen el ceño fruncido de nacimiento y no pueden hacer nada al respecto. 

Agradece mucho mis palabras y dice que volverá a Colombia —si Dios quiere— el 16 de agosto. Le digo que ese mismo día dejaré yo la parroquia. El decoro nos impide abrazarnos pero ella se inclina sonriendo y pide la bendición y yo me inclino para decir: «que Dios nos bendiga a todos». Y ella: «¡Amén!». 


12:00

Voy al ambulatorio. 

—Oiga —digo a una señora que está detrás de un mostrador al mismo tiempo que le muestro mi DNI— he perdido mi tarjeta de la Seguridad Social. 

—¿Sabe dónde la ha perdido? — inquiere. 

La miro fijamente para ver si se está burlando de mí. No se está burlando de mí. 

—No lo sé. 

La señora teclea y teclea en el teclado de un ordenador. Luego me mira: 

—Para solicitar una tarjeta nueva hay que venir un lunes con cita previa. 

—Muy bien —digo— pero necesito que me vea el médico. 

—¿Qué le pasa?

Le explico lo de mi viaje a Coventry para la graduación de Matthew y lo de la silla de ruedas y todo con mucho detalle hasta el momento dramático de la explosión de mi tímpano. Ella no para de teclear como posesa. 

Cuando termino me dice señalando una sala de espera: «Siéntese allí. Si espera bastante a lo mejor me da tiempo a darle una tarjeta nueva». 

Me siento. 

Cinco minutos después la señora del mostrador sale del mostrador y me entrega mi nueva tarjeta de la Seguridad Social. No nos abrazamos porque lo impide el decoro pero nos miramos como se miran los amigos de toda la vida y yo improviso unas nobles palabras de agradecimiento. 

Inmediatamente se oye una voz grave: «¿Francisco?». 

Sé por experiencia que en la Seguridad Social me llaman Francisco. Vuelo hacia la voz. 

La voz es la de un médico que parece un forzudo de los que hacían anuncios de vitaminas o linimentos en el siglo antipasado. 

Tiene el pelo corto y rojizo y la barba larga y del mismo color. Cuello, pecho y brazos tatuados y pugnando por reventar una ajustadísima camiseta. 

Cuando abre la boca para preguntarme —llamándome de usted y mirándome a los ojos— que qué me pasa, sé que estoy ante un gigante bueno. Si es ruso o ucraniano, no lo sé. Pero sé que es bueno y le abro mi alma. Le cuento todo lo del viaje a Inglaterra y lo de la corneja y lo de la graduación de Matthew y eso. 

El gigante bueno se conduele cuando le cuento lo del dolor que sentí cuando me reventó el tímpano. Lo noto en su mirada y en la delicadeza con la que explora mi oreja derecha. También lo noto en la humildad que muestra cuando —al despedirnos— se da cuenta de que me cuesta levantarme de la silla y se levanta él y viene en mi auxilio. ¡Qué amable!


14.00

Doña Nati me ha citado en El Borrascas. 

Voy para allá. 

La hallo bebiendo cerveza y picoteando pulpos y ensaladillas con Raúl y Óscar. 

Nos saludamos y me uno a la fiesta pidiendo una cerveza como la de doña Nati. 

El camarero que nos atiende es Tano. No lo he reconocido pero Óscar lo llama por su nombre y —zas— lo veo entre los niños que hicieron la primera comunión hace años. 

Cuando vuelve lo saludo por su nombre y le confieso que no lo había reconocido. Él me mira con simpatía y comprensión. 



Rutina de una tarde de verano:

Misa de seis en Torremendo y de ocho en San Miguel. 



23:19

Termino de escribir esto.

Diario. Jueves, 30 de julio (II) y viernes 31 de julio de 2024

 Coventry

jueves, 30 de julio de 2026


SEGUNDA PARTE


El sacerdote que nos atendió ayer en St Osburg nos dijo que podíamos llamar hoy para concertar la misa. 

Matthew llama y nada. 

Terminamos de comer y vamos a casa de Sarah y Matthew. 

Matthew vuelve a llamar a St Osburg. Nada.

Joan se retira para descansar. Sarah, Matt y yo no quedamos de tertulia. 

A las seis, Matthew hace el último intento. Nadie contesta en St Osburg. Me quedo sin celebrar misa. 


A las seis y media, Matthew me deja en el hotel y nos despedimos. 

Misa seca en mi habitación. 

Luego salgo para hacer mi oración sentado bajo un roble. 

Aún tengo tiempo para rezar vísperas y para leer The Dedication of The Napoleon of Notting Hill to Hilaire Belloc. 


San Miguel de Salinas

viernes, 31 de julio de 2026


6:00

Suena el despertador en Coventry. 


6:40

Oficio de lectura y laudes de san Ignacio de Loyola. 


7:10

Mando un mensaje a La Torre: ¿Podrán preparar la ermita para que celebre misa allí esta noche a las 21:00? Contesta Rosario. Que sí. 

Voy a desayunar. Al terminar me despido de la camarera y de la cocinera del hotel que se muestran apenadísimas por mi marcha y hacen votos por mi pronto regreso. 


8:00

Me siento bajo un roble para orar. El día es fresco y soleado. Muy bien. 


8:30

No sin dificultad, me levanto para volver a mi habitación. Me duele la rodilla derecha. No me quejo. 

Enchufo mi teléfono —cuya batería dura cada vez menos— y me pongo a leer Valaquenta, la segunda parte de The Silmarillion.  


9:30

La batería está casi completamente cargada. Salgo a merodear por los alrededores. Encuentro un paraje umbroso bajo una amena fresneda y me siento para leer El amanecer de los derechos del hombre. 


10:30

Vuelvo al hotel para recoger mis cosas porque tengo que dejar libre la habitación. Llamo a Matthew. 


11:00

Matthew viene a recogerme. Nos vamos de compras a Morrisons. Yo no compro nada. 


11:30

Llegamos a casa de Sarah y Matthew. Todos han dormido bien. Me felicito. Matthew me prepara un té y, acto seguido, se encierra en la cocina con Sarah para preparar la comida. 

Tercia. 

Lectura del Evangelio de san Marcos. 

Lectura del poema de Chesterton dedicado a Margaret E. Wedderburn: 

Take them, you, that smile on strings, those nobler sounds than mine,

The words that never lie, or brag, or flatter, or malign. 


12:10

Matt nos sirve un aperitivo que incluye vino tinto de Rioja. Muy bien. 


13:00

Comemos y bebemos. 

Tenemos que estar en el aeropuerto de Birmingham a las tres. 

A las dos y media nos despedimos de Sarah. Matthew nos lleva al aeropuerto. 

Allí nos despedimos de Matthew y saludamos a los de la asistencia en viaje que van a asistir a Joan. 

Si la asistencia en Alicante fue sobre ruedas, la asistencia en Birmingham es un desastre. Yo no me quejo. Joan se queja un poco. Con razón. 

Nos separan antes de embarcar y ya no nos veremos hasta llegar a Alicante. 

17:30

Me pongo mis tapones antipresión Quies y nuestro avión despega. 

Media hora después siento un dolor agudísimo aunque breve en mi oído derecho. Me llevo la mano derecha hasta la oreja y exclamo: ¡Oh! 

El viajero que está a mi derecha —el que está a mi izquierda lleva auriculares y no se entera de nada— me pregunta: Are you ok buddy? Le digo que sí pero temo que se me ha vuelto a romper el tímpano. 


21:05

Aterrizamos en Alicante. No me dejan acompañar a Joan de modo que tengo que esperarla en la salida. Otra vez la asistencia en el aeropuerto es de sobresaliente. 

La amable empleada que asiste a Joan y la lleva hasta el taxi no puede ser más profesional. 

Taxi hasta Torrellano. Allí el amable taxista ayuda con el transbordo de Joan que tiene que pasar del taxi a la silla de ruedas y de la silla de ruedas a mi coche. Muy bien. 


22:30

Llegamos a La Torre. Allí, mientras yo me revisto, Rosario ayuda a Joan a pasar de mi coche a la silla de ruedas y, luego, la lleva hasta la ermita. 


23:00

Terminada la misa de san Ignacio, hay que llevar a Joan al coche. 


24:00

Llegamos a casa de Joan. Sale a recibirnos Laura. Me encanta viajar con alguien que necesita asistencia especial. Todo es muy emocionante.