domingo, 12 de julio de 2026

Diario. Sábado, 11 de junio de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 11 de julio de 2026


9:30

Salgo de La Torre. 


11:00

Misa de San Benito en San Miguel, con Gloria y todo. 

Luego hacemos la novena a la Virgen del Carmen. 


11:40

Preparo el bautizo de Aitana y me despido de Joan. 


12:00

Bautizo de Aitana. 

12:30

Lo recojo todo y mando las lecturas del domingo al grupo de lectores. 


13:00

Voy a la casa abadía y recojo los cadáveres de dos cucarachas. Los arrojo a la basura. Luego pongo una lavadora y hago otras tareas domésticas. 


13:30

Preparo la homilía de la tarde. 


13:51

Voy a comer a casa de doña Nati con Eva y Miguel. 


15:00

Visita al Santísimo.

Rosario paseando por los altares laterales. 


15:30

Asiento la partida de bautismo de Aitana. 

15:45

Voy a la casa abadía y me instalo en el comedor co el aire acondicionado para estudiar un rato. 


17:00

Recojo todo y vuelvo a la iglesia para sentarme ante el sagrario. 


17:40

Vísperas. 


17:55

Voy a bendecir la casa de unos amables filipinos. Viven en el número 47 de cierta calle. Voy tranquilamente por la acera de los impares: 43, 45, ¡qué emoción! ¿Cuarenta y siete? La manzana que sigue al portal 45 no tiene puerta de entrada por esa calle. La siguiente, tampoco, la siguiente tampoco y es la última. Estoy saliendo del pueblo. Vuelvo sobre mis pasos. Nada. Decido llamar al amable filipino que sale a mi encuentro. Jamás abría encontrado su casa porque, además, andaba yo buscando un tercero D y no hay D en la escalera. Muy bien. 

Los amables filipinos están acompañados por un matrimonio inglés, por la hija de ese matrimonio y por un muchacho que, al parecer, es sensible a la simpatía de la muchacha. Él es murciano. 

Han preparado un vaso de agua para bendecir, una vela y un rosario gigante con cuentas y cruz fosforescentes que han colocado formando un corazón. Lindo. 

Yo les he llevado una estampa de san Rafael y Tobías. Enmarcada. La pongo en el centro del corazón. Los filipinos reconocen de inmediato al arcángel y celebran su entronización en el corazón de la casa. Entonces el muchacho se echa a reír: «¡Me llamo Rafael!» Todos aplaudimos. 

La bendición comienza en la entrada de la casa. La dueña de la casa proclama una lectura del Nuevo Testamento. Pasamos luego a la cocina, al cuarto e estar, al comedor, a los dormitorios y al aseo. En cada parada hacemos una oración. Muy bien. 

Me ofrecen algo para beber y ruego que me den una vaso de agua. La traen sparkling y muy fría. No carezco de nada. 

Alabo mucho la casa, charlamos un rato, me invitan a sentarme con ellos para compartir el festín que han preparado, declino la invitación, les doy las gracias, me dan una limosna generosísima y nos despedimos. Cuando tiendo la mano a los ingleses y a Rafael, me la estrechan. Cuando tiendo la mano a la amables filipina, la toma entre las suyas, inclina la cabeza y la lleva hasta su frente. El amable filipino hace lo mismo. Muy bien. 


19:00

Llego a la iglesia y empiezo a preparar el altar para la misa. Luego me siento en el confesonario. 


20:00

Misa de víspera del domingo XV del tiempo ordinario.

La iglesia está llena porque vamos a celebrar la misa por Josefa y por sus hijos José y Pedro. 

En la homilía empiezo recordando que, cuando llegué a san Miguel hace quince años, muy pronto hice amistad con una señora anciana y menuda, siempre sonriente y bastante sorda. La señora era Josefa. En primavera traía flores de su huerto —muchas y muy bonitas— para ponerlas en los altares de San José y de la Virgen del Rosario. Venía andando desde su casa: cuatro kilómetros. Nunca decía «qué calor» o «qué frío», ni nada de eso. 

Con el tiempo, Josefa se fue debilitando. Entonces la traían a la iglesia sus hijos —José y Pedro que la cuidaban como a una reina. 

El año pasado Pedro empezó a sentirse mal. Le diagnosticaron un cáncer y pudimos ver su deterioro domingo tras domingo. Se confesó, recibió la unción y el viático y, en muy poco tiempo se nos fue. 

Meses después murió Josefa habiendo recibido, igual que sus hijos, los últimos auxilios espirituales. 

Casi inmediatamente José empezó a encontrarse mal. Durante los últimos meses nos veíamos casi todas las semanas en el hospital, en la iglesia on en su casa. Hablábamos mucho y creo que nos hicimos amigos a base de contarnos cosas. Murió hace un mes confesado, comulgado y ungido. Muy bien 

Luego comento la parábola del sembrador. 


21:00

Recojo todo y voy a la casa abadía para prepararme una ensalada. 

Luego voy a casa de doña Nati. Recibe la visita de Óscar. Recibe la visita de Eva. Me despido.

Voy a la iglesia para rezar completas, apagar las luces y cerrar las puertas.

sábado, 11 de julio de 2026

Diario. Viernes, 10 de julio de 2026

 La Torre

viernes, 10 de julio de 2026


Viernes sin rutina. 


Sin rutina porque, aunque es viernes, hoy no hay misa en el hospital. 


Sin rutina porque, después de la misa de once en San Miguel, salgo con el Halcón Milenario hacia mi nueva parroquia. He quedado allí con don Paco a las doce y media. Voy bien de tiempo. 


Llego a Granja de Rocamora a las doce y veinte o así. El pueblo está desierto y, al parecer, casi todo está prohibido: aparcar, girar a la derecha, girar a la izquierda… Paso por delante de la iglesia y debo seguir y seguir hasta que salgo por la otra punta del pueblo y, allí sí, puedo aparcar. 


Camino por la calle solitaria hasta la iglesia que está abierta. Oigo un rumor de voces. Un hombre y una mujer conversan en un banco. Saludo con una inclinación de cabeza y voy a la capilla del Santísimo. Un cordón cierra la entrada la presbiterio y un cartel avisa: «No pasar, alarma activada». 


Me arrodillo para hacer mi primera visita al Santísimo en San Pedro de Granja. Luego me siento y leo el evangelio de San Marcos. 


Luego me vuelvo porque siento que hay alguien a mis espaldas. En efecto, hay alguien. Es un sacerdote altísimo que me tiende su mano derecha en señal de paz. Nos saludamos estrechando nuestras manos derechas. Supongo que es el vicario parroquial de Cox —colombiano— del que me han hablado. Supongo bien. 

Como me llama «Padre» y me habla de usted, yo lo trato con la misma formalidad. En seguida nos hacemos amigos y empieza a guiarme por la iglesia para mostrarme la imagen de san Pedro, la reliquia de san Pedro que despierta mi codicia, el confesonario, la sacristía, el garaje… 

La iglesia está limpísima y muy cuidada. Hay alarmas por todas partes y las puertas se abren con una tarjeta magnética o algo así. 

Como todavía no he tomado posesión de la parroquia, tengo que refrenar mis ansias de dar órdenes. También me tengo que refrenar porque todavía no he encontrado a nadie a quien mandar. Me acuerdo de ese rey de El Principito que vivía solo en su planeta y estaba deseando que llegase alguien para darle órdenes. 


Llega don Paco. Nos abrazamos pero sin derramar lágrimas ni nada. El vicario colombiano se despide de nosotros y don Paco me lleva al cementerio para visitar la sepultura de la sierva de Dios Rebeca Rocamora Nadal. 

Allí encontramos al primer feligrés de la parroquia. No le doy ninguna orden porque está rezando, sentado en la puerta de un panteón, y porque aún no he tomado posesión de la parroquia. 

Don Paco me presenta: 

—Don Javier es el nuevo párroco de Granja. 

El feligrés se levanta de un salto y se le ilumina la cara y me tiende su mano derecha con expresión de júbilo. Me dice que se llama Isidro Sánchez Sánchez y que puedo contar con él para lo que desee y que viene todos los días —y, a veces, dos veces al día— para rezar ante la sepultura de su hijo fallecido hace veinte años. Me cuenta otras cosas y nos hacemos amigos. Me despido de él tocando el ala de mi sombrero en señal de respeto. 

Luego don Paco me lleva al despacho parroquial. Allí tratamos graves asuntos hasta las tres. A las tres no aguanto más y doy mi primera orden: «Tenemos que ir a comer». 

Don Paco es de esos sacerdotes milagrosos que pueden vivir sin comer y sin dormir. También es de esos sacerdotes humildes que, cuando se encuentran con un hermano hambriento, se apresuran a socorrerlo. 

Todavía tenemos que ver a casa abadía que está encima del despacho parroquial. Allí nos reencontramos con el vicario parroquial que se llama Padrefernando. 


La casa abadía de Granja de Rocamora tiene tres dormitorios y dos cuartos de baño; una cocina de unos diez metros cuadrados, un salón de baile con TV y —en el piso de al lado— un gran despacho. A mas a más, posee una terraza encima. 

Todo está amueblado y limpísimo. Un palacio, vaya. 


El Padrefernando nos lleva a comer al bar Carmencita que está justo al otro lado de la calle de la Santísima Trinidad que separa Granja de Rocamora y Cox. En la parte de Granja no se ve un alma. El bar Carmencita está animadísimo. 


Después de comer —muy bien— quiero pagar pero don Paco no me deja. 


Cuando nos despedimos son las cuatro y media o así. 


Tengo que volver a San Miguel para recoger mi ordenador y otras cosas. Voy rezando los misterios dolorosos. 


Tengo que huir de San Miguel porque la concejalía de culturas del ayuntamiento ha decidido que todos los viernes del mes convertirán el Paseo en un infierno. Huyo a La Torre. 


Ya en La Torre voy a la piscina para leer otro capítulo de El jardín eterno. 


Luego voy a la almazara con un plato de chorizo y salchichón de Salamanca. Allí me encuentro con Elena, Rafael y Valen que están viendo el partido España-Bélgica. Todos agradecen el plato de ibéricos y todos celebramos la victoria de España. 

viernes, 10 de julio de 2026

Diario. Jueves, 9 de julio de 2026

San Miguel de Salinas

jueves, 9 de julio de 2026


Me despierto en La Torre y, al contemplar las vigas de mi piso —una cambra o cámara que antaño se usaba para almacenar cosechas y hogaño aloja a un cura—, recuerdo la primera vez que amanecí aquí hace cosa de treinta y siete años. 

Don Pablo Barrachina —santo varón, Dios lo tenga en su Gloria— me había ordenado un año antes y mis padres me habían asignado el antiguo palomar de La Torre como dormitorio. 

Excuso decir que me sentía yo el cura más afortunado del mundo en aquellos tiempos en que no había teléfonos móviles ni —en La Torre— teléfono fijo. 

Mis padres, en cambio, se afligían en Madrid cada vez que pensaban en «el pobre Javier» y lo imaginaban durmiendo en el palomar de una vieja torre abandonada en medio de un secarral. 

Dispusieron que la vieja cambra de una de las casas de El Poblet se adecentase y se convirtiese en lo que es hoy. De la obra se encargó Alejandro y tuvo la buena idea de distribuir el espacio de tal modo  para que uno pudiera despertar en cualquier parte de la cambra y contemplar las vigas de madera americana y las cerchas de 1900. 

Digo: recuerdo la primera vez que amanecí aquí, y —lleno de gratitud— bendigo a Dios. 


A eso de las doce salgo para La Lloseta. 


A las dos y media estoy con Jesús en un restaurante de donde sirven el mejor arroz negro del mundo y otras delicias.


A eso de las seis me despido de Jesús y voy a Torrellano para dejar mi Lamborghini en manos de Rosarito. Ella me entrega las llaves de un Ford Fiesta que es como el Halcón Milenario pero que tiene aire acondicionado, cosa de la que no pueden presumir ciertas líneas del Metro de Madrid o del AVE o mi Lamborghini. 


A las siete y media estoy haciendo la exposición del Santísimo en San Miguel y es como si estuviésemos en otra galaxia, o en la Gloria, entre el sonido del órgano y el olor del incienso y el espectáculo de la custodia mostrando la Hostia Blanquísima, Pura Santa, Inmaculada… 

jueves, 9 de julio de 2026

Diario. Miércoles, 8 de julio de 2026

La Torre

miércoles, 8 de julio de 2026


Novedad en el hospital: 

Cuando estoy recogiendo todo, entra una señora en la capilla. Nos saludamos y me pregunta que si podemos hablar. Le digo que sí, que claro. Se llama Priscila y su marido se llama Diego. 

Hablamos. En realidad, ella habla. Yo solamente hago alguna pregunta. 

Cuando miro el reloj son las diez. Hemos estado dos horas. Tengo que irme. Le doy mi teléfono. Me parece una persona extraordinariamente lista y buena. 


Me da tiempo a sentarme en el confesonario antes de la segunda misa votiva de San José. Un penitente. 


Después de la misa y de la visita al altar de la Virgen del Carmen para el segundo día de la novena, me despido de Joan, preparo mi maleta y salgo para La Torre pasando por el supermercado. 


Novedad en La Torre: 

Cuando voy a entrar me cruzo con Jesús Z que sale. 

Pregunto que de dónde viene y que adónde va y me dice que viene de la Casa Mitjana que va a hacer unas compras y que, si lo espero, me invita a comer. 

Le digo que lo espero. 

Mientras Jesús hace sus compras, a mí me da tiempo a colocar las mías en la despensa y en la nevera. También me da tiempo a poner en la biblioteca los libros que he traído y a preparar un plato con chorizo y salchichón ibéricos, de Salamanca. Los trajo doña Nati para el concierto y se ve que se quedaron en la nevera. Alabo la Providencia Divina que no da puntada sin hilo. 


Mientras espero a Jesús, todavía me da tiempo a leer un capítulo de 1077, la novela histórica de Rodríguez de la Peña que recrea el encuentro en Canosa del emperador Enrique IV con el Papa Gregorio VII. Muy emocionante. 


Como con Jesús en la Casa Mitjana. ¿De qué hablamos? Prácticamente no hablamos más que de Arantxa. Se ve qué él  sigue coladísimo por ella. Yo le cuento alguna anécdota de mi hermana, de cuando éramos más jóvenes, y él me habla —en primicia— de unos cuadernos que ella empezó a escribir cuando el COVID y que terminó poco antes de su muerte. No me dejará leerlos hasta que los lean sus hijos. Su hija mayor —A— no quiere leerlos por ahora. Su hijo J está dispuesto a leerlos cuando se los dé su padre. Creo que solamente Blanca —la pequeña— los ha leído. También ella —Blanca, que es una artista— ha hecho un azulejo de la Virgen de Aránzazu para ponerlo en el palmeral de La Torre habida cuenta de que su madre administró la finca durante no pocos años. Jesús me anuncia que —de hecho— el azulejo ya se ha colocado sobre un muro del palmeral. Quedamos en ir a verlo por la tarde. 


Nos despedimos a eso de las cuatro. Hace un calor de mil demonios. Me siento en la butaca de la abuela Paquita y enciendo el ventilador que me regaló AVP el año pasado. Me hago el muerto durante media hora o así. 


Voy a la ermita. Tengo que llevar allí dos botellas de parafina y los purificadores y manutergios que ha lavado y planchado Joan, pero ser me olvida y no llevo ni las unas ni los otros. 

¿Ha sido inútil mi ida a la ermita? No. Allí me siento para mirar fijamente la imagen de la Virgen del Carmen que está guapísima y coronada y todo. 

¿Fue coronada canónicamente? No, fue coronada libremente por mi propio padre que —cuando se trataba de venerar a la Señora en su casa de él— hacía lo que le daba la real gana sin contar con el Papa aunque sometiéndose en todo a la autoridad de mi madre. 

Así, mi padre —que en Gloria esté— compró en un anticuario de Sevilla una corona de plata y él mismo la ajustó en la cabeza de la talla que su padre —mi abuelo— había mandado hacer después de la revolución del 36 que aprovecharon unos bárbaros para destruir la ermita. 

Desde que mi padre, en su calidad de castellano de su castillo, coronó a la Señora, han pasado por La Torre cuatro obispos —uno de ellos fue el de la Guaira, tan malherida— y todos se han sentado en silencio —como yo hoy— ante esta imagen milagrosa. 


En la piscina —rodeado de palmeras, washingtonias, olivos, cactus, hibiscos y cañas— alcanzo a ver un limonero y un ficus enano, oigo cantar a varios géneros de aves —¡qué pena que no esté aquí doña Aurora Pimentel—  y leo El jardín eterno. ¿Puede imaginarse una lectura más apropiada para el momento? Luego rezo el rosario. 


Antes de ir a cenar con Jesús, voy a visitar el memorial que  ha erigido Blanca para su madre. Rezo un poco y saco una foto. 


Ceno con Jesús en la Casa Mitjana. La cena la ha preparado él. Yo he aportado un bote de rovellones. ¿De qué hemos hablado? De Arantxa y de otros misterios. Yo he citado de memoria a don EGM que se resiste a aceptar eso de que «hasta que la muerte nos separe».