Granja de Rocamora
miércoles, 14 de octubre de 2026
Abro la iglesia a las siete y media. La mañana está fresquita y dentro de la iglesia el calor agobia un poco. Abro la puerta del garaje para ventilarlo todo y me siento en la capilla del Santísimo.
A las ocho, oficio de lectura y laudes. Muy bien.
Llamo al garaje El Rubio para interesarme por mi coche. La encargada me dice que va a hablar con el taller y que me llamará,
Informo a don Paco por WhatsApp: si me devuelven el coche, iré a comer en San Miguel con Armin y Heidy pero, en cualquier caso, quiero volver a tiempo para celebrar la misa de siete en Granja.
Mientras espero la llamada del taller, oigo las noticias y la homilía del día del obispo, trasteo en la sacristía donde encuentro cosas muy interesantes —seis botes de Trident, cuatro abanicos y un objeto no identificado—, anoto algunos gastos e ingresos —llega Horacio y se queda mirándome fijamente— y mando un mensaje a doña Nati.
Sigo esperando la llamada del taller. Leo a Jacques Leclerq, Siguiendo el año litúrgico. Lectura del Evangelio de san Marcos. Me llama doña Nati por error. Me llama Joan. Llamo a la notaría. Limpio las pilas de agua bendita.
Como son las diez y no me llaman del taller, vuelvo a llamar. Todavía no pueden decirme nada. Retomo el estudio de las cartas de San Pablo.
A las once menos cuarto me llaman del taller. El coche tiene rota una pieza de la suspensión de la rueda derecha y no me lo pueden reparar antes de la una. Muy bien.
Mientras cierro la iglesia me pregunto cómo haré para ir a San Miguel.
Me llama Miguel: que necesita medir el patio de los locales parroquiales. Quedamos en vernos allí. Miguel —qué amable— se ofrece a llevarme a San Miguel. Muy bien.
Llego a casa de doña Nati a las doce. Nos saludamos —muac, muac— y rezamos el ángelus.
Llamo a Ana Isabel. Se ofrece a llevarnos a casa de Armin y Heidy, a recogernos allí después de comer, a dejar a doña Nati en San Miguel y a llevarme de vuelta a Granja. Muy bien.
Doña Nati —que aún está en déshabillé— va a arreglarse. Yo me siento con mi Mac en el sillón de ver Pasapalabra y me pongo a escribir el diario de esta mañana tan emocionante.
A la una y cuarto viene Eva para tomar el aperitivo. A las dos menos cuarto llega Ana Isabel a recogernos.
Doña Nati me entrega una bolsa de pan tostado al horno con aceite y sal. Es una delicia suya.
En casa de Armin y Heidy encontramos también a Bea, a Alex y a Hanuk que tiene nombre de esquimal pero es medio china.
Nos saludamos —muac, muac— y empezamos a charlar. Todos nos alegramos de vernos.
No hablamos de política. Hablamos, sobre todo, del concierto de adviento, de unos cursos en línea para organistas, de Matías —hijo mayor de Armin y Heidi— y de su hijo pescador que vienen en octubre, de mi artritis, de los achaques… Luego, doña Nati y yo, empezamos a decir palabras de género ambiguo para confundir un poco a Armin y a Heidi: el color y la color, el calor y la calor, el mar y la mar, el maratón y la maratón, el fresco y la fresca, el azúcar y la azúcar, el sartén (así lo dicen Ana Isabel y Wilder) y la sartén, el puente y la puente…
La comida termina con una variadísima tabla de quesos españoles.
Ana Isabel viene a buscarnos y Heidi la invita a un café. Ana Isabel acepta el café, una chocolatina suiza y unas galletas excelentes que ha hecho Heidi.
Nos despedimos —muac, muac— y Ana Isabel nos lleva a San Miguel. Allí dejamos a doña Nati y seguimos para Granja de Rocamora.
El coche de Ana Isabel tiene una divertida avería: los seguros de las puertas van abriéndose y cerrándose rítmicamente y van haciendo clip-clop, clip-clop, clip-clop. Ana Isabel dice que le pone nerviosa el ruido —a mí me gusta— y que, cuando viaja sola, pone la música a todo volumen para no oírlo.
Durante el trayecto no hablamos de política. Yo le voy preguntando por Wilder, por Luciana, por Camila y por su madre y ella me va contando cosas. Cosas buenas.
Llegamos a Granja y me deja en el taller «El Rubio» de Cox. Nos despedimos hasta el domingo.
Diego, el jefe del taller, me explica detalladamente todo lo que le ha hecho al Lamborghini. Conforme me lo va explicando se me va olvidando. Luego me dice que ya me mandará la factura porque aún tiene que hacer cálculos. Nos despedimos sacudiendo nuestras manos. Muy bien.
Aparco en la puerta del despacho parroquial y descargo allí la impresora que encargó don Paco para la parroquia.
Subo al palacio parroquial y tiendo las sábanas que puse a lavar esta mañana.
Llevo el coche al garaje de la parroquia y aún tengo tiempo para ponerle una vela nueva al Santísimo y para sentarme en su capilla alabando, dando gracias y pidiendo mercedes en silencio.
A las siete en punto empieza la misa de siete. Me ayuda Martín. Celebro ad orientem, o sea, al revés.
Son las nueve cuando —después de cenar con las tostadas de doña Nati— termino de escribir esto.