La Torre
domingo, 9 de agosto de 2026
6:30
Ya baila la danzarina del amanecer sobre las flores del sueño y, con la música de sus pies de lirio, despierta el alba. Me levanto y me tomo un paracetamol.
Oficio de lectura.
Me acuesto.
8:00
Me levanto.
Laudes y desayuno.
Preparo algunas cajas, bolsas y mochilas con cosas que debo llevar a La Torre. La casa abadía parece, cada día más, un hospital robado. Muy bien.
9:00
Voy a la iglesia y me siento ante el sagrario.
9:30
Salgo para Torremendo.
Me saludan Leonor y José Miguel que han oído que me destinan a otra parroquia. Dicen algunas nobles palabras de aprecio.
Saludo al archidiácono.
10:00
Misa en Torremendo.
El pasado domingo se proclamó por todas partes el milagro de los cinco panes y los dos peces.
Con aquel signo, Jesús no estaba enseñando que «compartir» es el camino para acabar con el hambre en al mundo. Jamás enseñó Jesús tal simpleza. Al contrario, Jesús estaba enseñando que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios y que Él es esa Palabra que se hace pan de vida eterna para nosotros. Tampoco encargó Jesús a sus discípulos que fueran por el mundo repartiendo pan entre la gente sino que anunciaran el Evangelio para que todos alcancen la salvación.
Hoy, el evangelio —continuación del de la semana pasada— nos cuenta que Jesús, después de haber alimentado al gentío, apremió a sus discípulos a que embarcaran y cruzaran a la otra orilla. Se ve que se hacían los remolones y tuvo que apremiarlos. Él despidió a la gente y subió a un monte para orar. Llegada la noche estaba él orando solo y una tormenta agitaba la barca de los apóstoles. Cerca del alba, en la cuarta vigilia, Jesús salió al encuentro de los apóstoles caminando sobre el agua. Ellos, asustados, lo confunden con un fantasma. Pedro pide una señal: si eres tú manda que vaya a ti caminando sobre el agua. Jesús se lo concede y Pedro, lógicamente, empieza a caminar sobre el agua como si nada. Y habría recorrido el lago paseando con Jesús si no fuera porque tuvo miedo y dudó. ¿Qué pasa si lo único que te sostiene es la fe y te falla la fe? Exacto. Se hundió. Y estaría ahogado en el fondo del lago si no fuera porque gritó al Señor: sálvame. Luego, la tempestad se calmó.
Si ponemos en relación el evangelio del asado domingo con el de hoy comprenderemos que el del domingo pasado era un anuncio de la eucaristía y que este es un anuncio del misterio y de la misión de la iglesia.
Después de la última cena, Jesús subió a un monte para orar: primero al Calvario y luego, mucho más alto, al santuario del Cielo. Antes de su Ascensión apremió a los apóstoles a dirigirse con toda la Iglesia a la otra orilla, es decir, al Cielo.
Por supuesto, la Iglesia tiene que navegar —o caminar— entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, pero su meta no es un puerto de este mundo sino la Vida Eterna. No está llamada a construir en la tierra una linda ciudad en la que no hay llanto ni luto ni dolor sino a aprender a vivir con el llanto, con el luto y el dolor hasta que, después de este destierro, pueda contemplar, para siempre a Jesús.
Durante el viaje no estaremos nunca solos. La fe nos permite descubrir la presencia de Cristo entre nosotros: en la Eucaristía, en su Palabra, en la fuerza del Espíritu que Él nos envía.
Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.
10:45
Mando un mensaje a Laura: I’m leaving Torremendo.
11:15
Recojo a Laura en su casa.
11:30
Ya en San Miguel, Laura prepara el altar y yo voy al confesonario. Sexta. Dos penitentes. Muy bien.
12:30
Misa con órgano y todo.
13:45
Salgo para La Torre. Hago una escala para tomar una cocacola y ahuyentar el sueño.
14:48
Llego a La Torre justo en el momento en que Pupé me manda un mensaje. Acaban de salir para Madrid. Verme los ha llenado de contento. Escribe algunas otras nobles palabras de despedida.
Me preparo una frugal colación y me voy a la piscina para meterme en el agua hasta que se me arrugue la piel.
16:30
Me seco y escribo esto.
17:00
Retomo la lectura de El milagro del Padre Malaquías.
Luego me entrego a la tarea de colocar todo lo que he traído de San Miguel y a la no menos dichosa tarea de tirar cosas que almacenaba aquí sin destino ni uso, como las joyas de Zapaterix.
18:30
Voy a La torre para poner una lavadora y tomarme una cocacola.
Mientras se lava la ropa me concentro en el estudio de la introducción a Tesalonicenses 1 y 2.
19:00
Tiendo la ropa y escribo esto.
19:20
Voy a la ermita para mirar fijamente al sagrario. Está muy fresquita pero enciendo tres ventiladores.
20:00
Vísperas.
20:30
Tercera misa del domingo XIX del tiempo ordinario.
Luego la congregación se congrega en el palmeral y Jacobo trae agua fresca para todos.
21:00
Me despido porque mañana tengo que madrugar. Almudena y Fátima me escoltan hasta la cocina. Me preparan una cena de gazpacho, ensaladilla rusa, vino de Riojas, Paracetamol de 1 gramo y naranja ya cortadita en rodajas con azúcar. ¡Qué amables!
Fátima, a más a más, se apodera de unos pantalones míos que le servirán de patrón para comprarme unos de verano.
22:32
Completas.
Escribo esto.