martes, 2 de junio de 2026

Diario. Lunes, 1 de junio de 2026

 San Miguel de Salinas

lunes, 1 de junio de 2026


5:59

Me despierto con el reloj del campanario que da las seis porque va adelantado. Estoy fresco como una lechuga —señal de que he dormido bien— y no me duele nada. Me felicito pero no tengo tiempo de celebrarlo porque…


6:00

…suena el despertador y hay que ofrecer las obras del día. 


6:50

Abro la iglesia y salgo para el hospital.


7:15

Preparo el altar para la misa de san Justino, mártir, que escribió dos lindas apologías y el Diálogo con Trifón. 

Recuerdo que en la primera Apología, san Justino se esfuerza por explicar al emperador qué cosa es la misa. También recuerdo que hace muchos años, en La Lloma, durante una convivencia, me encargaron comentar, precisamente, esa parte de la Apología I. El orador que me precedió se alargó un tantico y ya era la hora de merendar. Cuando saqué los papeles para empezar mi charla observé que mis hermanos sacerdotes me decían con los ojos: «por favor, sé breve». Me limité a leer el texto tal como lo cita el Catecismo de la Iglesia Católica, concluí con un «sa rematao» y recibí una cerrada ovación. No esperé a que terminaran los aplausos porque también yo tenía hambre y algunos ya habían salido pitando para el comedor. 

Con estos recuerdos termino de preparar el altar y aún me da tiempo para rezar laudes. 


7:40

Empieza la misa. Cuando saludo a la congregación observo que hay uno nuevo. Un caballero alto y delgado con abundante pelo blanco y una actitud de piedad y recogimiento sin afectación. 


8:00

Termina la misa. Aviso de que el miércoles no habrá misa porque tengo que renovar mi DNI. El caballero nuevo me saluda y se presenta como el padre de Mauricio. Por el acento reconozco que es italiano. Le anuncio que iré a ver a Mauricio enseguida. 


8:15

Voy a ver a Mauricio. Me pide una oración de sanación. Pienso: «nada más fácil» y procedo a adaptar para la ocasión las oraciones del ritual de la unción de enfermos. Luego doy la comunión a Mauricio y a su madre. A su padre, el caballero elegante cuyo nombre es Mario, no le doy la comunión porque acaba de comulgar en la capilla. 

Observándolo, entiendo de dónde ha sacado Mauricio su altura. 


8:45

Con la ayuda del doctor S, recojo todo y —sin ayuda de nadie— preparo los libros y el cáliz para la misa del viernes. 


9:00

Salgo para san Miguel. 


9:30

Me siento para mirar fijamente al sagrario. En seguida llega una muchacha que se arrodilla no lejos de mí, en el reclinatorio que suele ocupar Joan. Luego se sienta. Luego se arrodilla, y así todo el rato. 

Aunque estoy mirando fijamente al sagrario, veo sus movimientos por el rabillo de mi ojo izquierdo. Aunque no quiero distraerme, llego a pensar que está sufriendo por algo. 

Llega Joan. Por el rabillo del ojo izquierdo veo cómo hace una genuflexión ante el sagrario y cómo se vuelve y agita su mano derecha hacia mí sin decir nada. Aunque no quiero distraerme, tampoco quiero ser maleducado: agito mi mano derecha con los ojos fijos en el sagrario y sin decir nada. 

Hay días en los que pasan cosas que lo distraen un poco a uno pero, como suele decir el Espíritu Santo en estos casos: «no pasa nada, hombre». 


10:00

Voy al banco para ingresar las colectas del fin de semana. 


10:10

Me lavo las manos en el lavabo de la sacristía y empiezo a revestirme para sentarme en el confesonario.

Joan se espanta de lo rápidamente que he gestionado mi gestión en el banco. ¿No da crédito a lo que ve? No, no da crédito.  Y me va contando que su indisposición de ayer fue una lipotimia o bajada de tensión porque hacía calor y porque había venido en ayunas. 

En el confesonario rezo tercia y empiezo a leer la Apología I de san Justino. 


11:00

Segunda misa de san Justino, mártir. 


11:30

Me encierro otra vez en el confesonario para seguir leyendo la Apología de san Justino. 


13:30

Voy a Masymas para comprar una botella de Ramón Bilbao, unos corazones de alcachofas, unas anchoas, una botellita de aceite de oliva y una baguette. 


14:00

Llego con mis compras a casa de doña Nati. Está con Gracia y con José María. Cuando Gracia ve la botella de Ramón Bilbao, le dice a s marido: «Hoy conduces tú». Pero es él quien dice la última palabra: «Sí, querida». 


15:00

Nos despedimos. Voy a la iglesia, hago la visita al Santísimo, rezo unas preces que yo me sé y recuerdo que no he rezado el oficio de lectura. 

Rezo el oficio de lectura. 

Luego pienso: «Tengo que ir a la peluquería, tengo que ir a Guardamar para llevar la comunión a Ana María, tengo que rezar el rosario y sentarme para mirar fijamente el sagrario, vísperas…No pasa nada, hombre». 

Voy a la casa abadía y me siento tranquilamente para escuchar a Schumann: otra vez el Op. 31. Me gusta. Sobre todo la tercera canción Die rote Hanne, que me recuerda a mis sobrinas nietas alemanas y pelirrojas. 


16:00

Vuelvo a leer 1 Tesalonicenses y hago un esquemita:

— Oración primera. 

— Primera parte: san Pablo celebra la buena acogida que el Evangelio ha tenido en Tesalónica y recuerda cómo fue la evangelización.

— Oración segunda. 

— Segunda parte: san Pablo anima a los Tesalonicenses a perseverar pensando en la Parusía.

— Oración tercera y final. 


16:45

Voy a la peluquería. 


17:15

Vuelvo a la iglesia para coger el portaviático. 


17.30

Salgo para Guardamar. Misterios Gozosos


18:15

Vuelvo aSan Miguel. 


18:50

Vísperas. Mirar fijamente. 


19:40

Reanudo la lectura de la Apología I y luego leo la Apología II que es más cortita.  


20:15

Me preparo una cena ligera a base de zanahorias pequeñitas y queso. 


21:00 

Voy a ver las noticias con doña Nati.

lunes, 1 de junio de 2026

Diario. Domingo, 31 de mayo de 2026

 San Miguel de Salinas

domingo, 31 de mayo de 2026


La jornada pro orantibus me trae a la memoria el recuerdo de uno de mis primeros lances apostólicos como sacerdote. 

Había tomado un taxi en Alicante y pasábamos cerca de cierto convento de clausura. El amable taxista empezó a perorar. Su discurso versaba sobre la Iglesia, sobre las numerosas reformas que —a su juicio— urgían, sobre las riquezas del Vaticano y la codicia de los sacerdotes… Nos acercábamos ya a mi destino. Yo escuchaba pacientemente pues, ¿no está llamada la Iglesia a la escucha?  El amable y locuaz taxista remató su alegato con estas o semejante palabras: «Y eso de las monjas de clausura… vaya locura y vaya desperdicio de vidas. Si, al menos se dedicasen a cuidar a los pobres y a los enfermos…». Pagué la carrera. Todavía podía darle alguna palabra de luz:

—Lo que usted piense sobre las monjas —empecé— a mí, la verdad, me importa muy poco y no me cabe la menor dudada de que a ellas les importará aún menos. Pero puede estar usted seguro de que, cualquiera de ellas con un día de oración, hace por los pobres y los enfermos mucho más de lo que usted ha hecho o llegará a hacer en toda su vida. 

Le dediqué una sonrisa —a la que respondió con un mohín— y cerré la puerta suavemente. Luego seguí mi camino muy contento de haber podido catequizar a un rudo. 



10:00

Misa en Torremendo. Han venido uno de los campaneros y algunos de los niños que hicieron ayer la comunión. Me alegro.

En la homilía cuento el cuento del taxista. 

Después de misa, Yolima me habla de una feligresa que quiere confirmarse y ser catequista. Me alegro mucho. 


12:30

Misa en San Miguel. Han venido un nuevo feligrés —colombiano, por más señas— y algunos de los niños que hicieron su primera comunión hace unas semanas. Me alegro. 

El cuento del taxista me da pie para decirle a los niños que esos religiosos que se dedican a la contemplación y a la alabanza de la Santísima Trinidad son muy queridos de Dios, y que algún día sabremos cuántos bienes nos alcanzaron con su vida oculta y con su altísima y constante oración. 

Después de misa salgo a la puerta para despedirme de la congregación. 

Joan sale con muy mala cara. Me dice que se siente mal y que se vuelve a casa. Me ofrezco para acompañarla pero huye. 

Cuatro belgas y cuatro ingleses convienen en que les ha encantado el canto del coro. Les ruego que esperen un momento hasta que baje Delia para felicitarla a ella directamente, pero huyen.  

Felicito a Delia y a los demás el coro conforme van bajando. 

El nuevo feligrés colombiano —Arturo— se ofrece como lector porque —dice— en su parroquia colombiana desempeñaba ese ministerio. Queda nombrado lector. Alguno de los del coro que lo oye, le propone que se una al coro. Dice que sí. Me alegro. 


13:45

Voy a comer a casa de Heidi y Armin con doña Nati. Allí encontramos a Juandi —director del coro de Los Alcázares— a su mujer, María, que es soprano, y a Ginesa, su suegra.  


17:30

Después de una larga y divertida tertulia nos despedimos. 


17:45

Dejo a doña Nati en su casa, voy a la iglesia para rezar y mando un mensaje a Gerardo para que sepa que he vuelto. 


18:45

Llega Gerardo. Le encargo bajar los ventiladores del almacén del coro, quitarles las fundas y colocarlos en la iglesia. 


19:35

Ha cumplido su misión y nos despedimos quedando yo muy agradecido. 

Todavía sigo en la iglesia hasta las 20:00. Entonces voy a la casa abadía para tender la ropa de una lavadora que puse por la mañana. 


21:00

Voy a ver las noticias con doña Nati. 


21:45

Nos despedimos y voy a rezar completas y a cerrar la iglesia. 


Adiós, mayo.

domingo, 31 de mayo de 2026

Diario. Sábado, 30 de mayo de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 30 de mayo de 2026


Dos acontecimientos amables cambian mi amable rutina sabatina de esta mañana: 

1. A las nueve, encuentro con José Miguel en la iglesia para ajustar la megafonía. 

2. A las doce primera comunión de ocho niños —cuatro zagalas y cuatro zagales— en Torremendo. 

El pueblo esta de fiesta y hay volteo de campanas y coro y archidiácono —don David ha vuelto de Nápoles— y todos están muy guapos y muy contentos. ¡Qué bien!


Un acontecimiento amable cambia mi rutina sabatina de esta  tarde, víspera de la Santísima Trinidad:  

Doña Nati y yo estamos invitados a comer en casa de Irene y Raúl con Roberto, María —la lituana a cuya simpatía es sensible Roberto— Enrique y su prometida Sara. 


Se puede decir que la misa de ocho en San Miguel también escapa a la rutina sabatina —aunque no hay coro— por varias razones: 


1. Porque la misa siempre es una especie de milagro y siempre es distinta cuando uno se atiene a las rúbricas y no inventa nada. 

2. Porque hoy es una misa solemne y voy revestido con los mejores ornamentos: esos que solamente se usan en las solemnidades. 

3. Porque, aunque somos pocos —unos diez— los congregados, mi ángel de la guarda me sugiere que hoy es un día especialmente indicado para cultivar esa mirada contemplativa que anticipa algo de la visión que gozan los bienaventurados alumbrados por el lumen gloriae. Entonces —zas— los coros de los ángeles y de los arcángeles y de todas las jerarquías del cielo  llenan el templo de San Miguel que resuena con un Santo, Santo, Santo polifónico y secreto.

sábado, 30 de mayo de 2026

Diario. Viernes, 29 de mayo de 2026

 San Miguel de Salinas

viernes, 29 de mayo de 2026


7:00

Salgo para el hospital. 


7:40

Primera misa de san Pablo VI, Papa. Obra en mi poder una fotografía de la audiencia que el santo concedió a mis padres en sus bodas de plata. Mis padres —1970- nos invitaron a todos —trece hijos y dos abuelas— a Roma: gastos pagos. Yo tenía nueve años pero ya mi rostro reflejaba esa gravedad parsimoniosa propia de quienes observan los fenómenos con meditativa atención. 


9:00

Vuelvo a San Miguel. 


9:30

Oficio de lectura y laudes. 

Luego me siento y mi meditativa atención pasa del sagrario a la Optima Humanitas, de esta al Sagrario y así. 


10:30

Mientras me revisto, Joan me comenta el gossip del día. La animo a escribir un diario y le sugiero un título Neighborhood Gossip. Creo que toma nota. 

Voy al confesonario. Tercia. Luego leo otro capítulo de 1077. Es como una serie de lo más emocionante. Ahora estoy en Inglaterra, en la corte de Guillermo el Conquistador, por más señas. 


11:00

Segunda misa de san Pablo VI. Hay que encomendar:

1. A mi doña Ana RdA que se casó en mayo.

2. A todos los que se casan en mayo. 

3. A don Ernesto Castro. 

4. A todos los que se bautizaron en la última Pascua. 


11:45

Mientras espero al técnico que va a venir a revisar la megafonía, asiento en el libro de Torremendo la partida de la última defunción. 


12:00

Llega puntualísimamente el técnico. Es muy alto. Se llama Pascual. Estrechamos nuestras manos. Llega Jose Miguel. Hago las presentaciones y estrechan sus manos. 

Hay que revisar micros, cables, altavoces… 


12:45

Nos despedimos y voy al banco. 


13:15

Voy al despacho para actualizar las cuentas. Luego voy a la casa abadía para trastear en las RRSS. 


14:00

Como con doña Nati que ha preparado una lubina al horno porque es viernes y pasó la Pascua. 

¿La lubina lleva guarnición de papas fritas? Sí. 


15:00

Nos despedimos. No hay tiempo que perder porque a las cinco y media tengo que salir para Torremendo. 

Visita al Santísimo. 

Misterios dolorosos paseando por la iglesia. 

Me siento ante el sagrario con la Ineffabilis Humanitas. 

Vísperas. 


16:30

Voy a la casa abadía para:

1. Darme una ducha. 

2. Poner una lavadora.

3. Recoger la caja con tres ganchos adhesivos que compré por Amazon y que quiero devolver porque son tres patatas.


17:00

Salgo para a gasolinera de Repsol. Allí reciben los ganchos. 

Salgo para Torremendo. 


18:00

Solamente han llegado tres de los ocho niños que harán la comunión mañana. 


 18:15

Ya están los ocho. 

Primero ensayo, luego confesiones de los niños y de algunos padres. En total, doce penitentes. Muy bien. 



19:30

Vuelvo a San Miguel.

Paso por Masymas. 

Cena ligera en casa. 


21:15

Me llama Wilder. Que si quiero ir a cenar al Collie. Que sí. 

Ana Isabel pide un chuletón, Wilder una ensaladilla rusa —porque ya ha cenado— y yo otra por lo mismo. 


23:00

Nos despedimos.