sábado, 17 de octubre de 2026

Diario. Sábado, 17 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 17 de octubre de 2026


Me despierto a las cuatro y media. Misterios dolorosos. No llego al segundo. 


A la seis me meto el primer chute de corticoides. 


Abro la iglesia a las siete y cuarto y me siento en la capilla del Santísimo. 

El cirio pascual y el incensario están en el presbiterio donde los puse para el entierro de ayer. ¿Hay que llevar el cirio pascual al bautisterio? Sí. ¿Y el incensario a la sacristía? Sí. También hay que poner en su sitio el comulgatorio. 

En el ambón está el leccionario de difuntos. Hay que cambiarlo por el dominical y hay que leer las lecturas del domingo y preparar la homilía. 


Mientras preparo la homilía noto como una presencia misteriosa a mis espaldas. Me doy la vuelta y allí, mirándome desde el patio con los ojos muy abiertos, está el gato espía. Lo fotografío para dejar constancia del fenómeno. 

Testigo de todo ello es Horacio que ha llegado justo en el momento en que andaba yo fotografiando al gato.  


A las diez voy al despacho parroquial. 

Hay que archivar algunos papeles y tirar otros a la papelera. 

Hay que mandarle un mensaje a don Juan Miguel —harto siervo de Dios— para darle otra mala noticia: ha llegado otra carta de la DGT a su nombre. 

Hay que hacer una comunicación de matrimonio para la anotación marginal y mandarla por correo electrónico a don Paco para que la imprima él porque aquí la impresora —que ya la tenemos— aún no está instalada. 

Para mandar mensajes y eso tengo que salir del despacho e ir al «Aula de Medios» porque en el despacho aún no hay rúter ni coberturas. 

Llaman a la puerta del despacho. 

Son José Luis —el ser humano más alto del pueblo— y su hijo Martín —monaguillo— que, cuando crezca, puede llegar a ser más alto que las Torres Gemelas cuando eran algo. 

Vienen a trabajar. Vienen, concretamente, porque les han dicho que hay que traer un montón de sillas desde el garaje hasta los locales. 

Me cae muy bien esa gente que viene a la iglesia a hacer cosas útiles como rezar, callar, trabajar y sonreír. 

También me caen muy bien esas gentes que vienen a la iglesia a dar trabajo a los demás, a criticar a los demás y todo eso. Me caen bien porque me recuerdan a mí. 


A eso de las once llega Laura para asentar la partida de defunción de Ángel a quien enterramos ayer.

Llega sonriendo, anota la partida y se va sonriendo. ¿Como si nada? No, como su hermana. 


Yo me voy a poner gasoil a mi Lamborghini y a explorar los alrededores.

Descubro un Aldi. Muy bien. 


A eso de la una vuelvo al palacio parroquial con la compra y dedico un buen rato a ordenar —se dice «emparejar»— y a limpiar la cocina. 


Lectura del Evangelio de San Marcos. 

Lectura de Las Fundaciones. 


Preparo, bendigo y me zampo unos espárragos con guarnición de habitas y pimientos. 


Me siento cómodamente en el sillón rojo y mullido que es mi preferido para leer: 

187 Cuanto más “popular” se afirma un régimen, más crece su policía. 

206 Ni las leyes ni la política tienen ya como fin proteger la comunidad, sino destruirla. 

215 Finalmente, la irreverencia es el único recurso del imbécil. 

220 Los éxitos de la industria cultural o empuercan o empalagan. 

(Contramundo. Carlos Marín-Blázquez)


«Como Ulises, el viajero, mensajero del Hades, también él, el único que regresa despierto, nos trae la más escrupulosa descripción del mundo de las sombras y las llamas y, con su sangre y el frío temblor de sus labios, nos da fe de la existencia de estados insospechados entre la vida y la muerte«. 

(Dostoievski. Stefan Zweig)


«Nada había en sus ojos, y estaba todo en ellos como en las órbitas de las estatuas». 

(El humo dormido. Gabriel Miró)


Salgo a pasear por las calles desiertas rezando los misterios gozosos. ¿Es posible que vuelva a casa sudando y que tenga que cambiarme de camisa? Sí. 


Voy a la iglesia y me siento en la capilla del Santísimo.


De vuelta al palacio parroquial voy divagando: 

¿Echo de menos a los amigos de San Miguel? No, la verdad. 

De doña Nati y de sus churumbeles me acuerdo todos los días; a Joan, a Mari Luz y a Javier los vi ayer sin ir más lejos y me hicieron una gran merced; los nombres de Bruno y de su amable esposa no los llevo tatuados en la piel, pero sí escritos en mi Lamborghini; a Bernardo lo saludé antier y me parece verlo cada vez que me cruzo con Horacio; Ana Isabel, Wilder y las niñas con su abuela han estado aquí ya y vienen mañana a comer; Teresa celebró su santo ayer… No, la verdad, no los echo de menos. Y si ellos me echan de menos, lo que tienen que hacer es venir a verme más a menudo. He dicho. 

Dedico media hora al estudio de las cartas de San Pablo y media hora a ordenar los armarios de la cocina y la nevera. 

Oigo las campanas de la iglesia y salgo volando para allá.


No ha venido Mari Carmen. 

En la puerta de la iglesia me aborda un ser humano que inspira confianza y rezuma bondad. En cuanto me dice que se llama Primitivo sé quien es. En la reunión del Consejo de Economías se habló de él como de la persona idónea para organizar la venta de lotería de Navidad. Al parecer tuvo una carnicería. Primitivo tiene un plan alternativo al de la venta de lotería. Un plan alternativo y —a mi juicio— mucho mejor. Me lo explica mientras vamos a la sacristía y mientras voy encendiendo  —Martín diría «enchufando»— las luces, la megafonía…

Una suplicante pide que ofrezca la misa por su difunto esposo. Le ruego que me diga el nombre del finado y me lo dice y se me graba en la memoria. La suplicante pregunta que si no lo voy a anotar. Le digo que lo llevo grabado en el corazón y sonríe incrédula y sigue allí, plantada en medio de la sacristía, mientras yo voy y vengo llevando al altar el cáliz, las vinajeras…

—Si lo que busca es un papel para anotar el nombre de mi esposo, aquí —dice la suplicante señalando un papel— tiene uno. 

—Lo que busco, mi doña —respondo— son las cerillas para encender las velas del altar. 

—Voy a recordarle el nombre de mi esposo otra vez —insiste.

—J.S. —digo adelantándome. 

La doña me lanza una mirada de aprobación, de cariño, se satisfacción… 

—Muy bien —dice. Y se va. 

Julia viene en mi ayuda. 

Ayer me contaron que Julia fue ebanista y que hizo —con una su hermana— y regaló las puertas de la iglesia cuando el párroco era a don Isidro. 

Iba diciendo que Julia viene en mi ayuda pero —como diría santa Teresa— me he divertido harto. 

Julia viene en mi ayuda. Le han pedido que encienda —Martín diría «que enchufe»— los ventiladores y trastea en el panel de mandos para encenderlos. 

Todavía no ha salido Julia de la sacristía cuando entra otra señora suplicando que apaguemos los ventiladores porque —dice— «estamos helás».

Julia —¡qué amable!— apaga los ventiladores mientras yo acabo de revestirme. 


La misa de siete empieza puntualmente.

Dedico una parte de la homilía a explicar que en la iglesia no se aplaude y que hay que estar en silencio. Mientras hablo de esto, observo que la congregación está muy atenta. 

Dedico otra parte de la homilía a explicar que podemos volvernos locos si, cada vez que vamos al Corte Inglés o a misa, empezamos a exigir que enciendan  o apaguen los ventiladores. Y observo que la congregación está muy atenta. 

Captada la atención de la congregación, paso a la parte mollar de la homilía que es un análisis morfológico, sintáctico, sociológico, psicológico y exegético de la palabra «denario». 

La congregación empieza a bostezar y yo —experto en interpretar los signos de los tiempos— interrumpo mi discurso e incoo el Credo en latín.


La misa ha terminado.

Julia, Primitivo, Jose, Guadalupe y Elena entran en la sacristía y —mientras me quito los ornamentos y los dejo preparados para mañana— me cuentan cosas. 

Jose —el de las camisas caribeñas— retira del presbiterio la imagen de la Virgen del Pilar. Muy bien.

Cuando todos se han ido, preparo el cáliz para la misa de mañana, cubro el altar con el cubremantel y retiro el mantel del comulgatorio. 


De vuelta al palacio parroquial divago:

Echo de menos a Martín, pero no importa. Más aún, me alegro de que viva su vida y de que no se sienta atado al cura o a la parroquia. Vive en Granja —como el Niño Jesús en Nazaret— obedeciendo a sus padres. Y se nota que no carece de nada. 

viernes, 16 de octubre de 2026

Diario. Viernes, 16 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 16 de octubre de 2026


A las siete y media encuentro la iglesia abierta: están limpiando. Muy bien. Me refugio en la capilla del Santísimo. 


Cargo en el maletero de mi Lamborghini todas las sillas plegables que caben y las llevo a los locales parroquiales. 


Después de tratar inútilmente de hacer una transferencia en la banca en línea, voy al banco de carne y huesos. 


A las once tengo que estar en el hospital universitario de Torrevieja para ver a mi reumatólogo o, mejor, para que me vea él. Como no quiero llegar tarde, me propongo salir a las diez. Como el hombre propone y Dios dispone, salgo a las diez y cuarto. 


Llego a las once menos diez. A las once y diez sale mi número en la pantalla. Tengo que entrar en la consulta 3. ¡Qué emoción! 

—Bueno —dice el doctor—, ¿cómo está?

—Pues —respondo— regular. A base de antiinflamatorios. 

El doctor examina mis manos en silencio. Luego me pregunta que qué me duele. Le voy nombrando todos los huesos cuyo nombre me sé. 

Decide darme un tratamiento de choque con corticoides y aumentarme la dosis de metotrexato. Además, me da el número de teléfono de la enfermera por si me da un ictus o algo así. 

Luego nos despedimos y me instalo, otra vez, en la sala de espera porque he quedado con Joan allí a las once y media. 


Joan llega a las once y veinte y salimos con su coche para la notaría. Joan va a hacer su testamento, yo a servirle de intérprete y a hacer el mío. 

Tráfico lento, obras en Torrevieja, un aparcamiento lleno, otro cerrado… Cuando conseguimos aparcar son las doce, cuando caigo en la cuenta de que he olvidado mi DNI en el coche que está en el aparcamiento del hospital son las doce y y cinco y, cuando llegamos a la notaría, son las doce y diez. Vamos bien porque teníamos hora para las doce y media. 


Cuando salimos de la notaría es la una y media. Hemos triunfado a pesar de ser yo, técnicamente, un indocumentado. 

Joan no ha desayunado. Nos sentamos en el casino. Ella pide para desayunar una ensalada y un café con leche —tiene sentido— y yo un bocadillo de tortilla francesa. Todo sin carnes porque es viernes. 


Joan dice que me echa de menos. Nunca sé que decir cuando alguien me dice eso. Por una parte me alegro porque es una cosa bonita. Pero tampoco me parece bien decir que me alegro o que gracias. No sé. Hago como que no la he oído y le doy un buen mordisco a mi bocadillo de tortilla. 

También hablamos del novio de Laura. Joan me enseña algunas fotos. Es un inglés de unos dos metros de altura y muy ancho y sonriente. Joan va a viajar a Inglaterra para verlo en carne y huesos. Él tiene previsto venir en Navidad. Entonces podré tocarlo yo con mis propias manos. 

También hablamos de Nick. 


Luego me devuelve al hospital y nos despedimos. La primera parte del viaje a Granja va sobre ruedas: misterios dolorosos. En algún lugar —no sé dónde— me extravío. 

La carretera discurre en paralelo a la vía del tren por un paraje desierto. Varias veces —dos—me anuncia el GPS que hay un puente para cruzar la vía y no. Cincuenta minutos después de salir de Torrevieja llego a Granja. El viaje —si uno no se pierde— no dura más de media hora. 


De todas formas llego a tiempo para rezar un poco y para preparar el entierro de las cinco con ayuda de Mari Carmen. 

Viene a concelebrar otro hijo del pueblo: don Antonio Rocamora. Tiene noventa y tres años. ¿Querrá presidir? No, no quiere. 

Salimos a la puerta para recibir al difunto. Don Antonio me ruega que vayamos pasito y se agarra a mi brazo para no caer. Del mismo modo hacemos la procesión de entrada. 

Terminada la homilía, don Antonio me pide permiso para decir unas palabras. Lo ayudo a subir a la sede y dice unas palabras muy cariñosas y estimulantes de la fe. 

En el momento de la comunión se siente con fuerza para bajar al comulgatorio. Muy bien. 

El difunto había formando parte de la banda municipal de Elche que ha venido al funeral. Muy bien. 


Terminada la misa lo recojo todo y preparo la misa de la víspera del domingo. 

Estoy en ello cuando llegan Ana y su sobrino de tres años. Vienen a recoger los libros de la catequesis porque tienen reunión con don Paco y con algunos padres. 

Me ofrezco a ayudar con los libros porque pesan bastante. Los distribuyo en dos cajas y los llevamos a los locales. 

Allí pregunto a don Paco que qué diablos le hicieron Aitor y él a mi ordenador porque me pide una clave misteriosa para arrancar. Don Paco pone cara de no saber de qué le hablo. 


Voy a la farmacia y al supermercado de Estefanía. Me atiende Patrice que se llama así porque nació en Francia. 


Vuelvo al palacio parroquial para leer, cenar frugalmente y escribir esto. 

jueves, 15 de octubre de 2026

Diario. Jueves, 15 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

jueves, 15 de octubre de 2026


Son las diez y no he cenado. Lo hago mientras escribo esta página del diario. 


…


Abro la iglesia a las siete y media. Poco después entra Horacio y se queda mirándome fijamente. 


Oficio de lectura:

«Con tan buen amigo presente —nuestro Señor Jesucristo—, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir». (Del Libro de su vida de santa Teresa de Jesús, virgen).


…


Beato Carlos el Bueno

Estar donde hay que estar


Nació a finales del siglo XI en Dinamarca, donde reinaba su padre. Cuando este fue asesinado, su madre, Adela, se refugió en Flandes. Allí, en la corte de su abuelo materno, creció Carlos. Más adelante acompañó a su primo —ya conde de Flandes— durante la primera cruzada. 

En 1119 Carlos heredó de su primo el condado. Pasó a la historia como príncipe bueno y prudente que defendió a los pobres de los abusos de los caballeros. 

En cierta ocasión un abad fue a quejarse de uno de esos señores pero el conde lo reprendió por haber abandonado la oración y el gobierno de su abadía cuando podía haber mandado un mensajero.

Tomo nota. 


…


Empiezo la lectura de Las Fundaciones. 


A las nueve me llama don Paco. Que los de Vega Fibra van camino del despacho de Granja. Voy al despacho de Granja y saludo a una amable empleada del ayuntamiento que está barriendo la calle. Alguien ha dejado en una equina un colchón enorme. La amable empleada me explica que los jueves se pueden dejar los enseres junto a los contenedores de basura. ¡Oh! Entonces yo puedo dejar ahí el microondas. 

Un amable empleado de Vega Fibra examina el despacho para ver dónde se puede instalar el rúter. 

Cuando nos despedimos, subo al palacio parroquial y vuelvo a bajar con el microondas para dejarlo junto al colchón y los contenedores.  

Vuelvo a la iglesia y me llama Ángel, hijo de Ángel Sánchez Bru que falleció anoche. Quedamos en que el entierro de su padre será mañana a las cinco. Doy el toque de difunto varón. 

Llega un hombre joven que, por su aspecto, podría ser el hermano mayor del principito. Es del tanantorio. Sacudimos nuestras manos. Sí, ya he hablado con la familia del difunto y hemos quedado en que el entierro será mañana a las cinco. 


Me pongo a organizar las carteleras. Hay cuatro: tres colgadas en las bonitas paredes de la iglesia y una colgada en la bonita puerta de la iglesia. 

Las tres colgadas en las paredes van al garaje. La colgada en la puerta pasa a un caballete y la cartelería fina es sometida a una reordenación racional. 

Estoy en ello cuando aparece otro emisario del tanatorio que viene a asegurarse de que lo del entierro está atado. 


Entonces me llama don Paco. Está con Aitor en el despacho. Tenemos reunión. Son las once y tengo que salir para la Lloseta a las doce. La reunión se alarga y salgo para La Lloseta a las doce y cuarto.


Retiro en La Lloseta. Predica don Elías: una meditación ante el sagrario y otra con el Santísimo expuesto. Muy bien. 


Como en Torrellano y salgo pitando para Granja. Llego a las cuatro. Estoy entrando en el palacio parroquial cuando me llama Miguel: que va a instalar el armario en los locales. Bajo a abrirle los locales. 

Mientras Miguel instala el armario, rezo los misterios luminosos. Luego bajo a los locales para ver como va la cosa. Ha llegado Ana María. 

Voy a la iglesia llevándome dos de las siete escobas que hay en los locales.

En la iglesia preparo las cosas para la exposición del Santísimo y la misa. Estoy en ello cuando llega Jorge, de San Jorge. Nos saludamos efusivamente porque hace mucho que no nos vemos. Me ofrece evangelios para el 2027 —le digo que sí— y epactas —le pido dos y un dietario—. También le pido otras cosas. 


Cuando llega Martín y se pone a preparar el incensario ya son las seis y media. No quiero retrasarme y empiezo la exposición del Santísimo sin incienso ni monaguillo. Tampoco hay organista porque Andrés está de fiesta en Almoradí, creo. 


Después de celebrar la misa de siete en Granja, tengo que celebrar la misa de ocho en Cox. Allí me ayuda José P. Ya somos amigos. 


Después de celebrar misa de ocho en Cox tengo reunión en linea con Hakuna en Granja. Don Paco y yo nos conectamos desde mi Mac. Estupenda gente esta de Hakuna. 


A las diez subo al palacio parroquial, saco de la nevera un salpicón de marisco de casa Estefanía y abro una botella que me regaló MGC: Fino Spritz, Croft Twist (Elderflower, lemon & mint) Sparkly. 

A continuación, abro mi Mac y empiezo a escribir: 

«Son las diez y no he cenado. Lo hago mientras escribo…».

…


Son las once menos cinco cuando termino de cenar —frugalísimamente— y de escribir esto.