La Torre
miércoles, 10 de junio de 2026
03:00
Me despierto y, con harto esfuerzo, me levanto venciendo el dolor y el anquilosamiento de mis articulaciones. Reflexiono un poco y llego a la conclusión de que los antiinflamatorios no me están haciendo efecto. Entonces tomo una decisión: voy a tomarme una Prednisona.
Hasta las cinco me dedico a pasear, a rezar —el oficio de lectura, por ejemplo— y a lloriquear.
05:00
Me acuesto. Se diría que la droga ha hecho su efecto. Me duermo.
06:00
Suena el despertador. El dolor casi ha desaparecido por lo que me levanto muy contento y me lanzo a mi rutina de los miércoles que incluye abrir la iglesia, ir al hospital, celebrar la misa —hoy votiva de san José—, visitar a Mauricio y a Ana María, hacer un rato de oración en la capilla del hospital y volver a San Miguel.
10:30
Rutina de los miércoles en San Miguel que incluye ir al confesonario, celebrar la misa de once —otra votiva de san José— y preparar mi maleta para ir a La Torre.
ASUETO EN LA TORRE
He traído un montón de libros que ya he leído. Hay que colocarlos en la biblioteca pero ¿quién se resiste a hojear algunos de ellos? Por ejemplo, A Prayer Journal de Flannery O’Connor. Por ejemplo, A la espera de Dios, de Simone Weil.
Orar es esperar.
Me siento a esperar bajo el algarrobo. Me visitan los mosquitos, pero tengo Aután. También tengo tiempo. Me he puesto en la piel de aquel paralítico que estaba echado junto a la piscina probática. Tengo todo el tiempo del mundo. A los paralíticos nos sienta mejor la parsimonia que la impaciencia.
Maravillosa tarde —cielo nublado y brisa de levante— para rezar el rosario paseando por el palmeral.
Hablo con la hija de Finbarr sobre algunos detalles del funeral del viernes.
Hablo con un hijo de Pepe. Su padre acaba de morir. Le doy el pésame y él me lo da a mí porque sabe de la amistad que nos une.
Hablo con María. Su hija estaba esta mañana en La Torre pero ya está de vuelta en París.
Me siento en la butaca de la abuela Paquita y pongo los pies sobre uno de los taburetes que he heredado de la Biblioteca Sacerdotal. Un monaguillo se me acerca:
—Padre, estoy reflexionando sobre la relación alma-cuerpo. El hilemorfismo aristotélico me parece muy problemático. ¿Podrías darme una palabra de luz?
—Hijo mío, graba esto en tu mente y en tu corazón: el dualismo cognitivo proyecta una sombra ontológica.
—Gracias, padre.
Me despierto.
Mensajes de WhatsApp del grupo de catequesis, de unos novios, del tanatorio… ¡Qué bien!
De pronto me asalta una voz que —acusatoria— me abruma: «El Papa evangelizando a los catalanes y tú holgando en La Torre. ¿No te da vergüenza?».
No respondo a esa voz Ese tipo de voces no suele venir del cielo que me tienes prometido.
No respondo a esa voz pero busco en Internet «andanzas del Papa en España hoy» y lo veo por doquier rodeado de seres humanos que lo aplauden. Sé por experiencia que es agotadora esa permanente exposición a las miradas de los que te aman. Sé que eso es lo más parecido a estar crucificado. Entonces empuño mi rosario y acompaño al Papa de la mano de la Señora.