viernes, 4 de septiembre de 2026

Diario. Martes 1, miércoles 2 y jueves 3 de septiembre de 2026

 La Torre

martes, 1 de septiembre de 2026


Empiezo la lectura de la Odisea. En la introducción —de Begoña Ortega Villaro (sic, sin acento eb la o)— me entero de que el viaje de regreso a Ítaca duró —como la guerra de Troya— diez años. 


Escribo al arcipreste de Torrevieja para contarle que el día ocho de septiembre celebran las fiestas en Torremendo, que yo ya no estaré allí y que mi indigno sucesor aún no estará allí. El arcipreste —que también está fuera— me devuelve la patata caliente y me sugiere que se la pase a los curas del Pilar. Paso la patata caliente al grupo del arciprestazgo. Irá el cura del Pilar. 


Rosario y Teresa vienen de Madrid. Anuncian que llegarán a tomar café, pero se encuentran con un accidente y llegan a las 17:00. 


Anuncio que la misa será a las 20:00. 


Matthew viene de Birmingham. Anuncia que su avión llega a las 22:00, pero luego rectifica: su avión llega a las 20:00. 


Rectifico el anuncio de Misa. Será a las 19:00. 


A las 19:00 misa votiva de los ángeles porque es martes. 


A las 19:45 salgo para el aeropuerto. 


Hay un vuelo de Birmingham que tiene la llegada prevista a las 20:05 y otro que llegará a las 22:00. Matthew llega a las 20:10 en el de las 20:05. Nos saludamos con nobles palabras de afecto y lo invito a cenar en el Carabí. Luego vamos a La Torre. 

Nos recibe Almudena con nobles palabras de bienvenida. Los demás están viendo un partido de tenis, creo. 

Acomodo a Matt en el cuarto de las cámaras. Antes de despedirnos quedamos para desayunar en la cocina a las 7:45. 


La Torre

miércoles, 2 de septiembre de 2026


Ni rubicundo Apolo ni nada: es noche cerrada cuando —a las 06:00— suena mi despertador. Muy bien, no tengo sueño. 


A las ocho menos cuarto, según lo acordado, me encuentro con Matt en la cocina. Desayunamos con el pan y la toña que nos han regalado las gemelas. 


A las ocho y media —con media hora de retraso sobre nuestro plan— salimos de La Torre para San Miguel. Hemos quedado con mi indigno sucesor a las 09:00 en la casa abadía. No llegaremos hasta las 09:15 pero no me preocupo porque podría apostar veinte mil dólares a que él no llegará hasta las 09:30. 

Pido a Matt que conduzca él para `poder ir rezando el oficio de lectura y las laudes. A petición suya, rezo en voz alta. 


Llegamos a las 09:15. Mi indigno sucesor llega a las 09:30 con un sobrino, dos sobrinos nietos, un amigo y un conductor. Nos saludamos con nobles palabras de afecto. Luego empiezan a descargar la camioneta en la que han traído los muebles. 

Hago solemne entrega de todas las llaves a don Juan —que así se llama el nuevo párroco de san Miguel— mientras digo unas nobles palabras. Él las recibe con expresiones de gratitud sincera. Los sobrinos nietos del padre Juan —que nunca han asistido a una ceremonia tan emocionante— nos miran con los ojos muy abiertos. 


Mientras hacen su faena, voy al banco. Luego voy con Matt a saludar a doña Nati que se alegra mucho. 


Acompaño a Matt a la gestoría, pero la gestoría está cerrada. Lo llevo a casa de su madre que se alegra mucho.


Vuelvo a San Miguel y me siento para mirar fijamente al sagrario. Luego rezo el ángelus y vuelvo a La Torre. 


Como Rosario y Teresa van a ir a la manifestación en apoyo a Marruecos, celebramos la misa —votiva de san José— a las 18:30. 


Me encierro hasta la cena para tratar de cuadrar las cuentas parroquiales. 


Ceno con las gemelas y con Pepe en el patio de la Casa Grande que Pepe ha regado. Rosario y Teresa se nos unen para las copas porque han cenado en Alicante. Brindamos todos por el rey de Marruecos. 



La Torre

jueves, 24 de septiembre de 2026


A las 05:00 me despierto. No tengo sueño. Me pongo en marcha. 


A las 11:00, cuando celebramos la misa de la memoria de san Gregorio, yo ya he rezado todas mis oraciones —menos el Ángelus—, he contemplado los rosados dedos de la Aurora, he saludado al perezoso y rubicundo Apolo, he puesto una lavadora, he tendido la ropa, he dejado mi piso en perfecto orden y he llamado cuatro veces a la Seguridad Social —sin éxito— para cambiar una cita. También he llamado a don JCR para ver si puede hacer un funeral en Madrid. 


Después de misa salgo para La Lloseta donde el obispo de Cuenca va a darnos una clase de Doctrina Social de la Iglesia. 

Antes de volver a La Torre, saludo al obispo de Cuenca —que me abraza y me dirige unas nobles palabras— y vuelvo a llamar a la SS. Nada.


Como con las gemelas y con Pepe. Aporto un queso curado para el aperitivo o para el postre. 


Después de una breve siesta vuelvo a llamar a la SS: «Todos nuestros agentes están ocupados en este momento. Manténgase a la espera». Salgo para San Miguel de Salinas rezando los misterios luminosos con BXVI. 


En San Miguel tengo que hacer una gestión secreta y luego tengo que llevar unas cosas a Matt. Hago la gestión, llevo las cosas a Matt y le cuento lo de los muchachos anglos a los que san Gregorio encontró en el mercado de esclavo de Roma. Matt se emociona mucho. 

Vuelvo a La Torre con tiempo para seguir desempaquetando los convolutos de la Biblioteca Sacerdotal. 


Ceno con las gemelas y con Pepe. Para la tertulia se nos unen Rosario y Teresa.

martes, 1 de septiembre de 2026

Diario. Lunes, 31 de agosto de 2026

 La Torre

lunes, 31 de agosto de 2026


A las diez o así voy a despedirme de los que se vuelven a Madrid. JB ha ido a llevar a Serafina a la estación. Me despido de María, de María jr —que hoy ha empezado a leer las Crónicas de Narnia—, de Lourdes —que ayer empezó a leer Harry Potter—, de Elena —que, vanamente, intenta controlar a Pablo y a José— y de Pablo y de José que está haciendo el bestia por el palmeral. 

Nos damos besos y abrazos y nos decimos nobles palabras de despedida. Acto seguido salgo para San Miguel rezando los misterios gozosos a gritos para no dormirme. 


Antes de salir he mandado un mensaje a doña Nati: «¿Me invitas a comer, oiga?». Durante el viaje, el teléfono suena un montón de veces. Cuando llego a San Miguel encuentro un mensaje de doña Nati: «Sí, oiga». También hay una llamada perdida de Almudena. La llamo. Me dice que llega esta tarde con Pepe y con Fátima. Me felicito. Pensaba que iba a quedarme solo en La Torre. También hay varias llamadas perdidas y un mensaje de Marina, la wedding planner: que unos irlandeses quieren casarse en San Miguel el año que viene. Le mando el contacto de mi indigno sucesor. 


Hago una visita al Santísimo recordando el día que llegué a San Miguel y arrodillándome en el mismo sitio —más o menos— en que me arrodillé aquel día. Luego, sin pérdida de tiempo, voy a la casa abadía. Ana Isabel y Wilder la han dejado como los chorros del oro. Ahora tengo que sacar las últimas pertenencias que me quedan allí. Algunas —no pocas— para el contenedor de basura. 

Con mis idas venidas por la casa abadía y con mis idas y venidas de la casa abadía al contenedor de basura, empiezo a sudar. No importa: «¡Adelante, Vicens!». 


Todo sudado, voy al banco. 


Es la una y media cuando —todo sudado— llego a casa de doña Nati que me ofrece una ducha y un quinto de cerveza. Elijo el quinto. Saludo también a Eva que está con su madre. Saludo también a Miguel, que ha venido a cortarse el pelo y viene a ver a su suegra. Saludo también a Raúl que ha cortado el pelo a su tío y viene a saludar a su abuela. Luego, cuando todos se van, doña Nati y yo comemos y charlamos largamente. 


A las dos y media o así me despido de doña Nati. Visita al Santísimo.

A eso de las tres salgo de vuelta para La Torre. Me muero de sueño. Me detengo en una gasolinera para tomar una cocacola. Me detengo en otra gasolinera para reclinar el asiento y quedarme frito. 

A eso de las cuatro y media llego a La Torre. Vestido y todo me tumbo en la cama y me quedo frito y feliz. 


Calculo que serán las cinco y media o así cuando me despierto, me ducho y me pongo en marcha. Lo más urgente es sentarse en la ermita para mirar fijamente al sagrario. Luego hay que acarrear hasta mi piso los bultos que he traído y acarrear hasta el coche la basura de la que quiero deshacerme. 


A las ocho y media o así oigo voces en la Casa Grande. Son las gemelas y Pepe que han llegado de Madrid y han regado el patio para que esté fresquito. Me invitan a cenar. 


A las nueve y media vuelvo a la Casa Grande para cenar. Muy bien.

domingo, 30 de agosto de 2026

Diario. Sábado 29 y domingo 30 de agosto de 2026

 La Torre

sábado, 29 de agosto de 2026

El número de los habitantes de La Torre asciende a diez: María, JB, sus hijos —María, Lourdes, Elena, Pablo, José  y Sofía— Serafina —él ángel de la guarda— y yo. 

A las once en punto nos juntamos todos en la ermita para la misa de once. 

Al terminar la misa incoo la Salve —porque es sábado— en latín. María y Lourdes, como ya han hecho la primera comunión, se la saben. Me felicito. 



Por la tarde voy a la piscina. El agua se me antoja fría y salgo enseguida. No sé como le sentarán estos baños a mis huesos artríticos. 

Salgo de la piscina y leo a Stefan Zweig y a don Carlos Marín-Blázquez. 


La Torre

domingo, 30 de agosto de 2026


Misa de once con los diez habitantes de La Torre. 

En la homilía, catequesis sobre la Cruz. 

Después de misa, Elena, Pablo y José entran en la sacristía para que les dé una oblea. María y Lourdes traen las cosas del altar. 


Para comer, otra vez, guisantes con jamón. Me salen muy bien. 


Por la tarde hago la lista de las cosas que tengo que llevar el día 5 de septiembre a mi nueva parroquia: 

1. Pijama, bata y zapatillas. 

2. Ropa interior. 

3. Dos pantalones y cinco camisas. 

4. La máquina de afeitar con su cargador y el neceser con un peine y todo lo demás. 

5. Los libros que estoy leyendo: Por gusto, del marqués de Tamarón; 1077, de Rodríguez de la Peña que me tiene bloqueado en X; El mundo, la carne y el padre Smith, de Bruce Marshall, Balzac, Dickens y Dostoyevski, de Stefan Zweig; Poesía completa, de Salvatore Quasimodo y Siguiendo el año litúrgico, de Leclercq. 


Consumo las últimas horas de mis días de asueto veraniego rezando, escuchando los cantos de las tórtolas y de otras avecillas, dejándome amodorrar por el chirriar de las chicharras, leyendo, observando a los niños que son como aves tropicales, poniendo orden en mi biblioteca, trasteando en la RR SS y dejando que mi alma corretee a sus anchas entre las palmeras.

viernes, 28 de agosto de 2026

Diario. Jueves 27 y viernes 28 de agosto de 2026

 La Torre

jueves, 27 de agosto de 2026


006:00

Me levanto. Aún no asoman por el horizonte los rosados dedos de la aurora. 


07:00

Voy a la ermita para hacer mis oraciones de la mañana. 


08:00

Desayuno sin pan porque no hay pan. Acompaño el café con dos minimagdalenas de Proust. 


08:32

Mensaje a María: «¿Puedo ir con JB a Torrevieja?».


09:30

Salgo con JB y María jr por la carretera de la costa hacia Torrevieja. María jr ha sido invitada a casa de una amiga del cole. 

Dejamos a María en casa de su amiga y vamos a San Miguel. 

JB —qué amable— me ayuda a empaquetar algunas cosas y a llevarlas a su lujoso carro. Entonces entramos en la iglesia. Manoli y Jose Miguel están limpiando y todo huele a lejía Las tres brujas. Hago las presentaciones: Manoli, JB, JB, Jose Miguel… JB y Jose Miguel cargan en el lujoso carro de JB el sagrario del siglo XVIII que los amables milicianos destrozaron cuando destrozaron la ermita de La Torre y que ha restaurado un hábil restaurador. Lo traje a San Miguel para el monumento de Semana Santa. Toca devolverlo a La Torre.

Voy al banco donde tengo que hacer una gestión. Todo se soluciona en un abrir y cerrar de ojos. Me felicito. 

En el lujoso carro de JB nos ponemos en camino hacia La Torre. Ahora vamos por la autopista. Obra en poder de JB una aplicación que le informa de los precios del carburante en las gasolineras que están a cien kilómetros a la redonda. Paramos en una que vende el litro de gasoil diez céntimos más barato que en REPSOL. JB me cuenta que una su amiga que inspecciona gasolineras le ha revelado que la calidad del combustible que nos venden es la misma en todas partes. Me hago cruces al comprobar que —en la gasolinera más barata— llenar el depósito del lujoso carro de JB cuesta más de cien euros. También reparo en que el gasoil ya está más caro que la gasolina. ¡Qué cosas!

13:30

De vuelta en La Torre, JB me ayuda —qué amable— a llevar a mi piso los bultos que hemos traído de San Miguel. El sagrario se queda en su lujoso carro. 

Empiezo con la lectura de Evangelio según san Juan. 

Luego voy a la ermita para hacer una visita al Santísimo y rezar unas preces que yo me sé. 


14:15

En la cocina de La Torre, me preparo una frugal colación: cuatro filetes de pollo a la plancha sin pan porque no hay pan. Vino Llanto de uva 2023, de Jumilla. Muy bueno. De postre un higo, tres granos de uva y un yogur con miel. 


15:00

Después de recoger la cocina de La Torre tengo que tomar una decisión: ¿me abandono al sueño en una siesta reparadora o sigo dando con redoblado ardor la batalla contra Satanás y los otros espíritus malos que vagan por el mundo tratando de perder a las almas?

Mis doloridos huesos gritan: «¡Siesta, siesta!». 

A mí, Coriolano de toda la vida, me basta con que la plebe grite una cosa para hacer lo contrario. Empuño mi rosario y salgo a caminar por el palmeral: misterios  luminosos. Y mis huesos —¡qué amables!— me  siguen. 


15:30

Mis huesos ya no exigen, suplican un descanso. 

No lo merecen, pero el buen gobernante sabe que, a veces, conviene ser liberal: «muy bien, queridos huesos, voy a sentarme en la butaca de la abuela Paquita». 


16:15

Me despierto. Ahora me duele el cuello. No importa. Recuerdo el consejo que me dio I y me doy una ducha de agua caliente en el cuello. 

Luego —lleno de entusiasmo y de energía— me entrego a la tarea de colocar las cosas que he traído de San Miguel y a la tarea aún más grata de amontonar cosas que tenía aquí y que van a la basura. 

De vez en cuando encuentro algún tesoro que debe librarse de la quema. Por ejemplo: encuentro unas fotos de cuando María y Blanca estuvieron en Guatemala con sus padres y conocieron a mi hermano Juan Manuel, que en paz descanse. Son unas fotos muy lindas. Selecciono algunas para regalárselas a María. 


18:00

Voy a la ermita para preparar la misa de santa Mónica y para hacer mis oraciones de la tarde. 


19:00

Misa de santa Mónica. 

Al terminar la Misa trasladamos solemnemente el sagrario desde el lujoso carro de JB hasta la sacristía. 

Durante el acto, doy una breve catequesis comentando la inscripción latina que puede leerse en la ermita y que recuerda que estamos en un oratorio restaurado en el siglo XVIII, destruido por los amables marxistas en 1936 y —otra vez— restaurado por mis abuelos que son bisabuelos de María y tatarabuelos de los hijos que ha tenido con JB y que asisten al acto con los ojos muy abiertos. 


20:00

Me preparo una cena sin pan porque no hay pan. Tres filetes de pollo a la plancha. Muy bien.

Luego trasteo en las RR SS y leo Frankenstein o el Prometeo moderno. No da miedo, pero está muy bien.


22:04

Voy a la ermita. Última visita del día al Santísimo.  Completas. 


La Torre.

viernes, 28 de agosto de 2026


06:00

Me levanto. La aurora —perezosa— no muestra aún sus rosados dedos sobre el horizonte por la parte del mar que es la del levante según se mira por mi ventana. 


07:00

Voy a la ermita. Voy abriendo puertas y ventanas para que entre la brisa matutina, fresca y amable. 

08:15

Preparo la misa para esta tarde. ¡San Agustín!

Tengo que lavar y planchar un manutergio y dos purificadores pero uno de los purificadores —todos de hilo y bordados a mano— está ligeramente rasgado. Mi natural me dice que no importa, pero mi madre me manda un ángel de Cielo con este mensaje: «Destruye ese purificador porque nada defectuoso debe dedicarse al culto del Único Dios». Como aún me resisto considerando que cada purificador cuesta unos cincuenta dólares, mi padre me manda otro ángel del Cielo para decirme: «A ver, hijo mío, ¿alguna vez has pasado hambre?». Destruyo el purificador rasgado y plancho el otro. 


09:15

Llega Rosarito con un carpintero que va a hacer arreglos en La Torre. 

Saludo a Encarna que está dejando la cocina de La Torre como los chorros del oro. 

Me preparo un desayuno sin pan porque no hay pan. No pasa nada. Hay café, leche, miel, queso, yogur, jamón… 


10:00

Tercia en la ermita. 

Juzgo que ha llegado el momento de limpiar a fondo la sacristía de La Torre y me aplico a ello con entusiasmo. 


11:00

Vuelvo a mi piso para seguir con mi labor de demiurgo. 


12:00

Ángelus. 

Me pongo a leer Frankenstein. 


13:00

JB llama a mi puerta. Él y su amable esposa y dos de sus hijas —las que han llegado a la edad de la discreción— han ido a la ermita pensando que habría misa a la una. 

Después de una breve negociación, quedamos en que la misa será a las siete de la tarde, si Dios quiere. 


14.00

Termino de leer Frankenstein. 

Voy a La Torre para prepararme unos guisantes con jamón. Me salen muy bien, la vedad sea dicha con toda modestia. 


15:00

Voy a la ermita para hacer una visita al Santísimo. 

Ya que estoy allí, me siento para orar con Leclercq pero me duermo. 


15:40

Me pongo a rezar los misterios dolorosos caminando a grandes zancadas por el palmeral. 



La tarde se me escapa. 


Sé que hay misa de siete a las siete.


Voy a la piscina y  leo algunos aforismos de don Carlos Marín Blázquez. Uno dice que el esquematismo nos conduce al crimen y sé —`por experiencia— que es así. Cuando llego al que dice «La tradición civilizaba. El Estado, como mucho, domestica», cierro el libro y me meto en el agua. 

Luego salgo del agua y me seco y me zambullo en la lectura de Stefan Zweig: Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski). 

No he leído nada de Balzac. ¿Quién no sabe que fue un genio de la literatura francesa? Ahora sé era un gordinflón obsesionado por el dinero y la fama y que —pobriño— consiguió en vida todo lo que anhelaba su gordo corazón. 


A las siete hay misa de San Agustín. 

Después de misa catequesis. A los amentes le dejo probar unas obleas. A María y a Lourdes que se saben el catecismo de memorieta, les cuento lo de San Agustín y el niño en la playa. 


Luego nos despedimos y yo me preparo una cena ligera y eso.