San Miguel de Salinas
jueves, 11 de junio de 2026
La Prednisona ha funcionado bien. No me duele nada. Me tomo otra.
Voy a la ermita para visitar a la Virgen del Carmen y para hacer allí mis oraciones. Luego vuelvo al almacén donde se han depositado los muebles de la biblioteca sacerdotal para abrir cajas y seleccionar cosas.
Fotografío una estantería que puede interesar a don José Cristóbal. Le mando la foto: le interesa.
Cargo en mi Lamborghini una caja con un mantel y servilletas para don Luis Yáñez.
Selecciono, desempolvo y guardo una lámpara votiva que voy a llevar a San Miguel. La meto en mi Lamborghini.
Luego voy a mi piso para seleccionar libros que voy a dejar en la parroquia y para desempolvar otro.
Luego sigo holgando, entregado a la lectura.
A las doce y cuarto salgo para La Lloseta y a las dos salgo de la Lloseta para Torrellano, donde voy a comer.
A las tres y media estoy de vuelta en La Torre y a las cinco salgo para San Miguel. Paro en El Realengo para tomarme una cocacola y despejarme. Allí leo un mensaje de Eva María: ¿puedo llevar la comunión a Samuel que se ha roto un tobillo? Sí, se la llevaré después de misa.
A las seis y media llego a San Miguel con tiempo para preparar la exposición y la misa. Me sobra tiempo, incluso, para explicar a José Miguel el asunto de la lámpara votiva y para preguntarle que si puede encargarse de instalarla. Sí, puede.
Un matrimonio irlandés pide confesión. Como hay que empezar con la exposición, les ruego que esperen un tantico. Expuesto el Santísimo, voy a atenderlos. Luego vuelvo a la adoración.
A las ocho misa. Error mío: no caigo en la cuenta de que ya estamos en la víspera del Sagrado Corazón y celebro la memoria de San Bernabé que dejó preparada ayer Joan.
Después de misa Andrés, me hace caer en la cuenta de mi error. Nos despedimos y salgo para Los Montesinos con el Santísimo.
Samuel ha vuelto de Andorra con un tobillo roto por todos los sitios por los que se puede romper un tobillo. A más a más, la anestesia que le pusieron para la operación le ha sentado mal y ha estado unos días sin poder incorporarse y con fuertes dolores de cabeza. Gracias a Dios, todo eso ha pasado. Lo encuentro sonriente, de buen humor, simpático… como siempre.
Me despido. Sus padres y su hermana me ruegan que me quede a cenar pero ya son las nueve y media y mañana tengo que madrugar. Les acepto un vaso de agua y me lo dan. ¡Qué amables!
Cuando vuelvo a San Miguel ya son las diez. Me da tiempo a tomarme un yogur y un trozo de queso, a rezar vísperas —ahora sí, del Sagrado Corazón de Jesús— y a pasar por casa de doña Nati. Muy bien.
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Es usted muy amable. No lo olvide.