lunes, 15 de junio de 2026

Diario. Sábado 13, domingo 14 y lunes 15 de junio de 2026

 sábado, 13 de junio de 2026


¿MIsa a las once? Sí.

¿Del Inmaculado Corazón de la Virgen María? Sí.


¿Comida con doña Nati? Sí. 


Por la tarde:

A las tres he quedado con Gerardo. 

A las cuatro con Wilder.

A las cinco con Anne. 


A las cinco y media voy a Torremendo. 

¿Misa de seis en Torremendo? Sí. 

¿Misa de ocho en San Miguel? Sí. 

domingo, 21 de junio de 2026 


¿Misa de diez en Torremendo? Sí. 

¿Misa de doce y media en San Miguel? Sí. 


Última comida con Heidi y Armin porque se vuelven a Suiza. Voy con doña Nati y allí encontramos a Bárbara y a Willi. 


lunes, 15 de junio de 2026


Salgo de casa a las 6:48. Ya ha amanecido. Habrá que esperar a octubre para volver a disfrutar de ls amaneceres camino de Torrevieja. 

Llego al hospital con tiempo para preparar la misa —memoria de Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, en el mundo Vizcondesa de Corbalán— y para rezar laudes. 

Después de la misa hay que rezar la oración a San Miguel y luego, como es lunes, la de santo Tomás de Aquino: Gratias Tibi ago…

Luego recojo todo con ayuda del doctor S —qué amable— y voy a llevar la comunión a Ana María y a Mauricio. No están. Recuerdo que hoy viajaban a Barcelona. Les pongo un mensaje y les mando la bendición para el viaje. Luego vuelvo a reservar el Santísimo en la capilla y salgo para San Miguel.

Son las ocho y media. 



A las nueve menos diez aparco en el garaje. 

Hay que cambiar la vela del Santísimo. 

Ahora hay que sentarse ante el sagrario acompañando a las adoratrices de todo el mundo. 

Para empezar la oración, doy rienda suelta a mi celo por la Casa del Señor. «¡Qué barbaridad! ¡Cómo comulga la gente! ¿Quién sabe hacer una genuflexión! ¡Nadie!…». Y así hasta que una voz interior —«¿Y tú?»— interrumpe el curso de mis pensamientos. Esa sí es una voz del Cielo que me tienes prometido. Ahora empieza mi oración con un acto de contrición y algunos más de desagravio. 



Son las diez menos veinte cuando —ya en la casa abadía— pongo en marcha el robot aspirador, mato una cucaracha, arrojo sus restos a la basura y escribo esto



A las diez voy al banco. Allí me encuentro con Antonio, de Vegafibra. Charlamos. 

Voy al despacho, actualizo las cuentas encomendado las economías parroquiales a san Nicolás y vuelvo a la iglesia. 

Son las diez y media cuando me siento en el confesonario.

Oficio de lectura con la emocionante historia de Yael y Sísara. 

Misa de once a las once. 

San Nicolás ha escuchado mis oraciones. Me espera en la sacristía un sobre con cien dólares. Es de Denise, que cumple ochenta años y se vuelve mañana a Holanda con su marido. Me encarga que ofrezca una misa por Dominique, una su amiga que murió en abril. 



A las doce, después de despedirme de Denise y de su marido y de saludar a Manola —que tiene toda la cara amoratada porque se cayó antier en el pasillo de su casa— voy al confesonario que es también despacho. 

Tengo que hacer una partida de bautismo. 

Me escribe Justyna. Dará a luz en octubre y quiere ir arreglando lo del bautizo. Así se hace. 

Trasteo en las RRSS. 

Sexta. 

Caigo en la cuenta de que tendría que estar en Campoamor donde se celebra la última reunión de vicaría de este año. Demasiado tarde. 

Son las dos menos cuarto cuando termino de escribir esto



Como con doña Nati. Luego rezamos el rosario. 

Son las tres menos diez cuando me despido de ella y voy a la iglesia para hacer, primero, la visita al Santísimo y, a continuación mi oración de la tarde pensando mucho en las adoratrices, esclavas del Santísimo Sacramento y rescatadoras de ovejas perdidas. 

Mi cuñado FFdC me ha mandado una obra —un réquiem a base de retazos de Beethoven— de Jean Pierre Lo Ré y Bruno Gousset. Juzgo que ha llegado el momento de escucharla y voy a la casa abadía para ponerme cómodo. 

Son las cuatro cuarenta y cinco cuando termino mi sesión musical de hoy. 


Leo en Disputas en torno a Dickens de Chesterton. 

«El eclipse pasajero de la popularidad de Dickens no se debe a que fuese un artista defectuoso sino a que expresó de manera casi perfecta cierta clase de ideas y emociones de las que, ahora mismo, carecen las clases cultas casi por completo. (…) La verdad es que escuelas enteras de arte y de gran arte pueden llegar a resultar simplemente misteriosas e imbéciles para las generaciones más ilustradas si esas generaciones no cultivan las emociones específicas que inspiran a esas escuelas. Así, por ejemplo, todo el arte italiano, desde Giotto hasta Botticelli, a los críticos del siglo XVIII les resultaba una expresión fea, infantil, como los garabatos de un niño. (…) Luego llegó el siglo XIX, cuando el hombre volvió a sentir las mismas emociones que sintió en la época de Giotto. Los intelectuales más osados y más liberales empezaron a soñar el gran sueño medieval de una cristiandad unida y devota. Los hombres de gustos y opiniones mejor formadas empezaron a unirse a hermandades de célibes para educarse ayunando y flagelándose. Los poetas, pintores y músicos volvieron a las espléndidas supersticiones de la Europa medieval y recogieron cuentos y sueños tan industriosamente como recoge datos el científico. Sobre la nación descendió de nuevo el gran ambiente de misterio, las convicciones sin nombre, las certezas que no tienen origen y las esperanzas que no tienen fin. Los paisajes que antes parecían absurdos, parecían ahora hechizados; los iluminaba el alba del mundo». (Chesterton, Disputas en torno a Dickens)

Y anoto: 

Y fue entonces cuando los del Tea Club and Barrovian Society, con Tolkien a la cabeza, empezaron a soñar con volver a encender el mundo una antigua luz. 


Escribo esto



A las cinco y media salgo para La Mata. En la puerta de mi casa hay un pollito de gorrión. Es la época. Intentan volar y ¡zas! Estos días he encontrado varios pájaros muertos. Este está vivo. Le hago una foto.

Cuando llego a la casa de Ana, me abre la puerta Tatiana. Me informa de que Susana está enferma y me presenta a otra chica que la está sustituyendo. Luego me acompaña hasta la terraza que da al mar. Ana María está allí tomando el fresco. Tatiana le dice: «Mira quién ha venido». Ana me mira y le pregunta: «¿Es tu marido?». Intervengo: «Soy el cura». Luego rezamos un poco y le doy la comunión. Se pone muy contenta. 

De vuelta a casa paso por el supermercado de Amable. 

El gorrión sigue en la puerta de mi casa. Parece fatigado y no me extraña porque lleva dos horas al sol. Como acabamos de celebrar a san Antonio de Padua y aún no ha aparecido mi cartera, pienso que quizá le conmueva mi solicitud por los pajarillos y redoble su intercesión en mi favor ante el Buen Dios. Así que, subo a casa, cojo una caja de zapatos —Fluchos— capturo al pollito, se lo enseño a dos niñas que están columpiándose en el parque, lo subo a casa, le doy agua con un bastoncito de algodón y esparzo migas de pan por la caja. Luego me pongo a escribir esto. Son las siete y media cuando acabo de escribir esto



Me espera Arturo en la puerta del Collie. Pero el Collie está cerrado. Vamos al chino.

Arturo es colombiano. Acaba de llegar a San Miguel y está en el grupo de los lectores de la parroquia. 

Durante la cena —arroz tres delicias, gambas al ajillo y ternera con champiñones— lo interrogo. ¿A qué se dedicaba en Colombia? ¿Tiene hijos? ¿Dónde está viviendo? ¿Tiene familia aquí? Tiene un primo. ¿Quien es? Es el Doctor G. ¿Cómo? El doctor G. Pero, ¡el doctor G es mi médico de cabecera!

¡Qué pequeño es el mundo!

Nos despedimos a las nueve y media. Rezo completas, cierro la iglesia y voy a la iglesia parroquial preguntándome si el gorrioncillo habrá salido de la caja. 



El gorrioncillo ha salido de la caja. Levanto las faldas de la mesa del comedor y lo hallo allí. ¡Pobriño! Lo devuelvo a la caja y tapo la caja para que no vuelva a escaparse por la noche. Nunca me lo agradecerá pero en la caja no corre peligro de ser devorado por las cucarachas. 

Son las 10 y dos minutos cuando acabo de escribir esto

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