San Miguel de Salinas
martes, 2 de junio de 2026
La primera parte de la noche transcurre así:
Me despierto porque hace calor. Voy a encender el ventilador. El ventilador no funciona. Parece que el mando se ha quedado sin pilas. No importa, traigo el ventilador del cuarto de estar y me duermo.
Me despierto porque tengo frío. Apago el ventilador, me tapo bien y me duermo.
La segunda parte de la noche transcurre así:
Me despierto porque me duelen los dos hombros, los dos brazos y las dos manos. Me levanto, paseo un poco y siento cierto alivio y me acuesto y me duermo.
Me despierto por lo mismo. Voy a la cocina y me tomo una de las pastillas azules que me regaló Joan. Vuelvo a acostarme, pero ya no me duermo.
El reloj de la iglesia da las seis y sé que son las cinco y cincuenta y nueve minutos. Luego mi despertador da las seis y me levanto. Voy a la cocina, desayuno y me tomo la pastilla amarilla grande y las tres pastillas amarillas pequeñas.
Vuelvo a acostarme pero no me duermo.
A las siete y media me levanto para comenzar el día.
8:30
Abro la iglesia.
Canto el invitatorio, el oficio de lectura y las laudes con el Divine Office.
Me aprendo la melodía del himno del oficio de lectura y hago el propósito de cantar una estrofa como canto de entrada para la misa de los santos Marcelino y Pedro.
9:00
Me siento para mirar fijamente al sagrario.
9:30
Pongo en los altavoces de la iglesia el himno del oficio de lecturas O God Our Help in Ages Past y empiezo a preparar el altar. Cuando llegue Joan y oiga este himno ¿afeará mi conducta con un Father, another protestant hymn?
10:00
Llega Joan pero no protesta por el himno que he puesto en bucle. Apago el reproductor y dedico toda mi atención a Joan. Luego me revisto y voy al confesonario y enciendo el aire acondicionado. No entiendo a esa gente que se va de veraneo a Bali pudiendo estar sentada y tan fresquita en el confesonario.
…
Leo —1077, Diario de la Divina Misericordia, Inspirados por Satanás— y rezo —tercia— hasta las 11:00, hora de la misa de los santos mártires Marcelino y Pedro. Por cierto, la epacta de la Conferencia Episcopal se ha olvidado de ellos.
Después de misa abro el libro de la confirmaciones, lo coloco sobre la mesa de la sacristía y anoto los nombres de los veinticinco últimos confirmandos. Luego envío una comunicación secreta al párroco de Los Montesinos y luego voy a la casa abadía, me revisto con los ornamentos de ama de casa y me pongo a limpiar a fondo la cocina mientras oigo los sesudos comentarios que algunos filósofos ateos hacen a la conversión de don Ernesto Castro. Como es natural, ninguno de ellos contempla la posibilidad de que se trate de un fenómeno sobrenatural.
…
La rutina de los martes me conduce dulcemente a comer en casa de doña Nati, a hacer la visita al Santísimo, a luchar contra la modorra dedicando la primera hora de la tarde a moverme por la iglesia tirando a la basura las flores secas, vaciando los jarrones, alineando los bancos…
Luego ya puedo ponerme a rezar, a estudiar las cartas de san Pablo, a leer, a escribir y a atender, por ejemplo a una catequista perpleja.
Antes de ir a Masymas, dejo abiertas las puertas de la sacristía y de los locales parroquiales porque a las 20:30, Dolo y otras mujeres fuertes van a dejar arreglado el palio para el Corpus.
A las 21:45, cuando me despido de doña Nati y voy a la iglesia para rezar completas, el palio está arreglado y —lástima no tener una foto— lo han colocado como un dintel barroquísmo que da una gran importancia a la triste y pobrísima puerta del campanario.
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