martes, 16 de junio de 2026

Diario. Martes, 16 de junio de 2026

 San Miguel de Salinas

martes, 16 de junio de 2026


El domingo tomé la última pastilla mágica. El lunes seguía haciendo efecto. Hoy a eso de las 03:00, otra vez me despierta el dolor de huesos. 

Rosario paseando. 

Oficio de lectura paseando. 

Saco a la ventana la caja de zapatos con el gorrioncito. 

Me acuesto de un lado. Me acuesto del otro lado. Me siento en la cama. Otro paseo. Así hasta las seis. 

A las seis me tomo un café con leches, tres pastillas amarillas pequeñitas y una pastilla amarilla grande. El gorrioncito ha huido. Vuelvo a  acostarme y me duermo hasta las nueve. 



Misa votiva de los ángeles a las once. 

Después me siento en el presbiterio para la acción de gracias: oración a san Miguel y —como es martes— oración de san Buenaventura. 

Joan me invita a tomar un café. Agradezco y declino la invitación porque tengo que sentarme para mirar fijamente al sagrario. 

Cuando termino de rezar me alegra ver que ha entrado Macarena y que se ha sentado para mirar fijamente al sagrario. ¡Muy bien!

 


Don Luis Y me pide que haga una gestión en el hospital Quirón. La haré mañana, si Dios quiere. 

El alcalde me manda alguna modificación de los horarios de celebraciones para las fiestas. 

Me llaman de la Guardia Civil para un negocio secreto. 

Hago una partida de bautismo, la imprimo y llamo a Manolita que me la encargó. Quedamos en que se la dejaré en casa de doña Nati. 

Cursillo prebautismal para Manuel. 

Sexta.

Lleno una caja con papeles para reciclar y salgo con ella  —y con la partida de bautismo— hacia la casa de doña Nati. Antes de llegar a casa de doña Nati, tiro al contenedor los papeles pero conservo la partida de bautismo. 

Ya en casa de doña Nati, le doy la partida y le digo que Manolita pasará a buscarla. 


Como con doña Nati. Luego rezamos juntos el rosario. Misterios dolorosos. Muy bien. 

Antes de despedirnos, me entrega una cesta de Caperucita para la cena. No carezco de nada. 

Voy a la iglesia para hacer la visita al Santísimo y para sentarme mirar fijamente al sagrario. 



En la casa abadía, me siento para escuchar a Schumann: Seis poemas, Op 36. 

Luego —poseído por una especie de Demiurgo— me entrego a poner orden en la casa abadía y a limpiar con furia el despacho. 



A las cinco me siento en el despacho que está como los chorros del oro. 

Venciendo la autocomplacencia hago un certificado, lo imprimo, lo firmo, lo sello, lo pliego cuidadosamente, lo introduzco en un sobre elegante y mando un mensaje a los amables esposos que me lo han pedido para que sepan que pueden pasar a buscarlo. 

Toca volver sobre las cartas de san Pablo. 

Claudia quiere saber si han devuelto recibos del cementerio. Cuando le digo que no, primero muestra extrañeza y, luego, contento. 

Juzgo que ha llegado el momento de hincarle el diente al material que ha preparado la diócesis y que ha intitulado como SIDICRES: Sistema integral diocesano para una cultura de relaciones y entornos sanos y seguros. 

Consta de cuatro cuadernos: 1. Líneas guía diocesanas. 2. Protocolos de prevención y actuación ante el abuso. 3. Código de buen trato. 4. Caminos de sanación y prevención. 

Estoy en ello cuando me llega esta noticia: El padre de un bebé de dos añitos sospecha que el logopeda que está tratando a su hijo ha abusado del niño. Toma una navaja y degüella al logopeda. Luego se entrega  a la Policía y confiesa su crimen. Ha sido en Valencia. 

Terminado el estudio de SIDICRES, mando un mensaje a ML, la notaria y otro a Ana Isabel. 

Recojo el despacho y vuelvo a dejarlo como los chorros del oro. Solo entonces juzgo que ha llegado el momento de salir a la calle. Son las seis y media. 



Hay que tirar el vidrio al contenedor antes de que caiga la noche. Ya está. 

Hay que comprar pilas para el micro inalámbrico. Ya está. 

Ahora hay que ir a la sacristía y poner las pilas en el micro. Ya está. 

Hay que rezar vísperas. Ya está. ¿Por qué dice el salmo 124 que Jerusalén está rodeada de montañas? Y luego está ese salmo  130 que no puedo rezar sin sonrojarme: 

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre. 

Más bien, la verdad es lo contrario si se trata de mí. Me consuelo sabiendo que el salmo no habla de mí sino de Cristo. 

Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración. (Rom 12, 9-12)



De pronto, todo se acelera. 

La puerta del garaje se abre como por arte de magia. Voy a cerrarla y suena el teléfono. No alcanzo a contestar pero veo que es una llamada del secretario del obispo. Estoy cerrando la puerta cuando aparece Wilder. Detengo la puerta para que pase y vuelve a sonar el teléfono: es Miguel, familiar del obispo. Luego sabré que son una y la misma persona Miguel y el secretario del obispo. (Yo soy Gandalf y Gandalf es mi nombre).

Miguel me dice que el obispo quiere verme mañana a la una. Le digo que nada desea más mi corazón que ver al obispo mañana a la una. Nos despedimos. 

Wilder me lleva a Masymas y me trae de Masymas. No carezco de nada. 



Son las ocho cuando abro la cesta de Caperucita que me ha preparado doña Nati, bendigo los alimentos y me los zampo. 

Estoy en ello cuando me escribe Ana Isabel: que está en Orihuela y que si podemos vernos cuando vuelva. Le digo que sí, naturalmente. 



Son las ocho y media cuando me acomodo para escuchar la Sinfonía Primavera de Schumann.  

Son las nueve cuando voy a la iglesia para rezar completas. 


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