miércoles, 24 de junio de 2026

Diario. Miércoles 24 de junio de 2926

 La Torre

miércoles, 24 de junio de 2026


     Hoy no es día laborable en el reino de Valencia: no tengo que celebrar misa en el hospital. 

    Hoy no es fiesta de guardar: no tengo que celebrar misa en Torremendo. 

       Total: día perfecto para holgar. 


7:00

      Me levanto. No me duele casi nada. 

      Oficio de lectura y laudes de la Natividad de San Juan Bautista. Recuerdo al niño de catequesis que, preguntado por el nombre del primo de Jesús que bautizó al Señor en el Jordán, respondió con aplomo: «san Juan Flautista». 


      Después de desayunar me entrego a la tarea de meter libros en cajas para ir llevándolos a La Torre. Lleno la maleta con la ropa de invierno que no necesito por ahora y hago una lista de cosas que tengo que llevarme cuando me despida de la parroquia.


   Friego la casa parroquial, me ducho y, ahora sí, voy a abrir la iglesia. 


9:10

      Enciendo las luces y retiro varias velas votivas que ya se han consumido. Abro la ventana de la sacristía y enciendo los ventiladores De la Iglesia. Entonces me siento para mirar fijamente al sagrario. 


9:45

   Doy por terminada mi oración y saludo a Joan que está preparando los ornamentos de fiesta en la sacristía. No le digo que hoy es solemnidad para no darle más trabajo. Me pregunta que si he visto el vídeo de Nick reaccionando a la dimisión del primer ministro. Le digo que no lo he visto. Me recomienda mucho que lo vea porque —dice— es muy divertido. 

      Voy al ambón para leer las lecturas de hoy. 

   Me revisto con el traje de pescador y voy a sentarme en el confesonario. Tercia. 

    Como no pica ningún pez, leo hartas páginas del Diario de santa Faustina Kovalska. 

      Joan pone en marcha el volteo general de campanas y me alegro. 


11:00

     Misa con Gloria, predicación, Credo en latín y toda la pesca. 


12:00

     Me despido de doña Nati y de Joan y voy a la casa abadía para recoger todos los bultos que voy a llevarme a La Torre. No son pocos. 


12:45

     Salgo para La Torre.  El aire acondicionado de mi Lamborghini no funciona. No importa. Imagino que soy un misionero y que ando evangelizando en el desierto. 


13:30

     Llego a La Torre algo sofocado pero contento. 

     Primero  descargo el coche y pongo cada cosa en su sitio      


14:15

     Hay que comer. En La Torre hay dos neveras llenas de viandas que sobraron del concierto. Rescato una bandeja de huevos rellenos, una tortilla de patatas y un plato con embutidos de Béjar. 

      Mientras lo llevo todo a mi piso y lo emplato y preparo la mesa y me siento, pienso que no carezco de nada y que si los Medici y los Borgia me están viendo desde el Cielo —donde no cabe la envidia— andarán alabando a Dios que cuida de los gorrioncillos y de los curas. 


15:00

     Termino de recogerlo todo. 


     Empieza la tarde y el día de asueto. No ha de faltar sesión de Schumann (Quinteto para cuerda Op 41 n 3), una siesta de media hora, un paseo por el palmeral rezando los misterios gloriosos, un rato de oración en la ermita…


     ¿Iré a la piscina? ¿Por qué no, si la tengo para mí? 


Excursión a la piscina


Pongo en una bolsa:

Un bote de Aután.

Un abanico. 

Una toalla.

El jardín eterno, de C . Davies, con bellas ilustraciones.


Me visto con pantalón de baño pardo con pernera hasta medio muslo.

Camisola playera.

Sombrero elegante de paja que me regalaron los Cort cuando inauguraron El Fondonet.

Fluchos.


Los ciento cincuenta metros que separan mi piso de la piscina los recorro con mi Lamborghini. 

Nada más llegar bajo a la piscina aferrándome a la escalerilla. 

Nado un ancho —ocho metros— y me siento al borde de la piscina para recuperar aliento. 

Luego me tumbo en una tumbona, me rocío con Aután y —rodeado de olivos, palmeras e hibiscos— me entrego a la lectura de El jardín eterno. 

Algunos pasajes de este libro mágico podrían haber inspirado el Silmarilion de Tolkien. 

Por ejemplo, un ejemplo. 


    «Se asocia al loto blanco un bello mito: se dice que existe “desde el principio”, que en la noche prístina emergió de los manantiales más antiguos con sus pétalos fuertemente cerrados.      Suavemente, una fuerte luz interior hizo que la flor se abriera totalmente y liberó, del centro de sus pétalos, el primer sol que apareció en el cielo». 


Escribo esta página de mi diario desde mi IPhone porque he olvidado mi Mac en San Miguel. 

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