viernes, 2 de octubre de 2026

Diario. Viernes, 2 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 2 de octubre de 2026


Encuentro la iglesia abierta. ¿A qué se debe el fenómeno? Se debe a que los viernes —de siete a nueve— la limpian. 

Paso allí la mañana. 

Sagrario, liturgia de las horas, un penitente…

Antonio termina su oración en la capilla y entra en la sacristía para saludarme. Empezamos a charlar. ¿Sobre qué? Hablamos de teología del dolor. Él sabe más que yo. 

Luego me ayuda a cambiar el agua bendita de las pilas y a llevar al garaje las sillas del coro. Muy bien. 

Cuando se va Antonio, llega Águeda. También ella es experta en teología del dolor y, quizá por eso, no deja de sonreír mientras me instruye desde el silencio en el que la recluye su sordera. 

Escribo un plan de trabajo para la sacristía y se lo mando a don Paco para que —por favor— lo imprima. 


Llega Jesús con sus bermudas y su camiseta de palmeras y tucanes y sé que es la una porque siempre viene a la una para cerrar la iglesia. 

Charlamos un poco, apagamos las luces, cerramos la iglesia y nos despedimos. 


En el supermercado de Estefanía saludo a Estefanía, a su padre, a su marido, a su sobrino y a medio pueblo. 

También compro mercancías por valor de cuarenta euros y cuarenta y cuatro centavos. Tengo ante mí la nota de compra y puedo dejar constancia de que, de esos cuarenta euros y cuarenta centavos, cinco euros y sesenta y siete centavos son impuestos —IVA— para hacer carreteras en Ceuta. 


Para comer me preparo una ensalada con atún porque es viernes. 

Luego, venciendo la pereza, me pongo a lavar platos y a rezar los misterios dolorosos. 

Cuando ya no sé qué más hacer para vencer la pereza, voy a la iglesia. 


Mando un mensaje a don Paco: «Después de misa, si no llueve, iré a La Torre y me tomaré una pastilla para morir. A ver si consigo morir ocho horas seguidas». 

Justo entonces empieza a tronar. Poco después diluvia. 


Hemos anunciado que los viernes celebraré la misa en la ermita de la Santa Cruz. He quedado en la ermita con Antonio a las seis. 

A las seis menos cuarto voy a la ermita pero olvido las lleves en la iglesia de san Pedro. Me toca volver a la parroquia. 

A las seis y cinco me encuentro con Antonio en la ermita. Abrimos la puerta, intento apagar la alarma pero nada. 

Mientras Antonio llama a Pere para preguntar cómo diablos se apaga la alarma, yo exploro la sacristía. 

El cáliz es una birria y se encuentra un estado deplorable. No hay vino, ni corporales. Excuso decir lo que habría que decir sobre otras cosas que faltan. 

Ruego a Antonio que vaya a buscar vino a casa de Águeda y yo vuelvo a la parroquia para recoger un cáliz, una patena, un copón, un corporal, un velo blanco para el cáliz y el leccionario III. 


A las siete y dos minutos —con dos minutos de retraso— empieza la misa de siete en la ermita con Martín como monaguillo y con homilía sobre Job y con canto a los Ángeles y todo. En la homilía hago un resumen de la teología del dolor. 

Al terminar la misa veo que se ha formado una cola de suplicantes en la puerta de la sacristía: 

1. Elena viene a decirme que no he mencionado a sus difuntos y que los viernes la misa es por sus difuntos pero que no me preocupe porque, de ahora en adelante, ella traerá a la ermita cada viernes un papel con sus intenciones. Aprovecha para mostrarme el escondrijo de la sacristía donde se guarda una colección de cantos en honor a la Santa Cruz. ¡Qué amabe!

2. Una señora estupenda que suele venir a misa con su marido me pide que bendiga dos cruces de ganchillo. Las bendigo y pregunto por su nombre y por el de su marido. Enseguida comprendo que ya habíamos sido presentados. Ella es una Sivila —no Sibila—. Prima de mi amigo, el carnicero de La Murada, por más señas. 

3. Águeda —sonriente desde el silencio de su sordera— me presenta a su nieta que se casa dentro de dos domingos. Su nieta me trae —por fin— el expediente. ¡Qué amables!

4. Martín me pregunta que si sé apagar las luces de la ermita. No sé apagar las luces de la ermita pero le digo que sí porque veo que su madre lo está esperando y que tiene que irse. 

5. Un ser humano me pregunta que si he leído el mensaje de don Paco. Busco en mi teléfono el mensaje de don Paco. Don Paco me dice en su mensaje que el ser humano que ha venido se llama Jesús Pelegrín y que me fíe de él porque me va a conducir hasta la casa de una moribunda que necesita los últimos auxilios. 

El ser humano me pregunta que si no lo reconozco. Reconozco humildemente que no lo reconozco y él —humildemente— se presenta como el me ayudó en misa en Cox y, en vez de leer la primera lectura y el salmo, proclamó solemnemente el evangelio. 

Me pongo en su manos: se llama Jesús Pelegrín. 

Me lleva a la parroquia para que pueda yo recoger el óleo y el ritual de la unción de enfermos y dejar allí el expediente de la boda.

Me lleva a la casa de la moribunda Lola donde me reciben como al que viene en Nombre del Señor. 

Dado el estado de Lola, no le doy la unción de enfermos sino lo que de toda la vida de Dios se ha llamado la extremaunción por no decir la última. Sin que nadie lo note, hago la recomendación del alma de Lola que agoniza. 

Luego, mientras nos despedimos, pido por favor que me den un vaso de agua. Me dan una jarra enorme de agua fresquísima que sabe a gloria. 

Entonces una nuera de Lola me cuenta que una su amiga es amiga de una de mis cuñadas y que su amiga le anunció mi llegada a Granja de Rocamora mucho antes de que los vecinos de Granja supieran que iban a tener un nuevo párroco. 


Jesús Pelegrín me lleva de vuelta a la ermita donde tengo aparcado el coche pero, antes, me muestra el taller que hace el mantenimiento de su coche. Me lo muestra porque le he comentado que mi coche necesita urgentemente una revisión. 

Nos despedimos en la ermita. 

Pensar en ir a La Torre a estas horas es pensar en lo impensable. 

Voy al palacio parroquial, me preparo una frugal colación y escribo esto.

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