sábado, 3 de octubre de 2026

Diario. Sábado, 3 de octubre de 2026

 Granja de Rocamora

sábado, 3 de octubre de 2026


Ayer no lo conté pero, trajinando en la cocina, me abrasé la mano derecha con aceite hirviendo. No lloré ni nada porque he sido educado en el espíritu de Lacedemonia. Durante la noche, creció en mi dedo anular una ampolla descomunal. 


…


Paso la mañana en la iglesia. 


Jose Luis y Martín, que han salido a pasear, recalan en la sacristía, saludan y se ofrecen ayudar en lo que haga falta. Les ruego que me ayuden a cambiar el agua bendita de las pilas y lo hace de muy buena gana y con la maestría de quien no hubiera hecho otra cosa durante toda su vida. Luego se despiden y se van. Pero, antes, les muestro mi dedo abrasado y les da mucha pena. 


Jesús llega con su camisa de palmeras mucho antes de la una. Entra en el garaje y vuelve a preguntarme que si no podemos poner en la sacristía un crucifijo que estaba en la sacristía y que yo llevé al garaje. Le explico que en la sacristía ya tenemos un bonito crucifijo y que quité los otros dos para que no parecieran los dos ladrones crucificados junto al Señor. Creo que no queda convencido. Le muestro mi dedo abrasado y me dice que hay que tener cuidado con el aceite. 


Limpio el fanal de la lámpara votiva del sagrario. Cada vez que se cambia la vela hay que limpiar el fanal. 


Invito a don Paco a comer en el palacio parroquial. Acepta. 

Voy a comprar viandas a casa de Estefanía. Aprovechando que se ha reunido allí una buena cantidad de gente, exhibo mi dedo abrasado y recibo las condolencias de todos. ¡Qué amables!


Para comer preparo unos fletes de pollo remojados en leche y rebozados en harina como me enseñaron Almudena y Fátima en agosto. Don Paco me dice que soy un buen cocinero. Nadie jamás me había dicho tal cosa. Para disimular mi emoción le muestro el dedo abrasado pero no hace mucho caso porque está hablando por teléfono. 


Antes de marcharse, don Paco me ruega encarecidamente que recoja unos carteles que ha dejado en el despacho parroquial y que los lleve a la iglesia donde los recogerá Jesús. 


Pare vencer la pereza que me grita «¡siesta, siesta!» me entrego con frenesí a la tarea de lavar los platos y eso. 


Luego sesión de Schumann. ¿Fue él quien asistió a un concerto de Liszt y se quedó dormido? 


Rosario, etc. 


A las cinco y media voy al despacho para recoger los carteles que me ha dejado don Paco. La puerta del despacho parroquial está cerrada con llave y yo no tengo llave. Mando un mensaje a don Paco para que sepa. 


En la iglesia encuentro a Antonio. Me es de gran ayuda porque no han venido ni Martín ni Mari Carmen. Le muestro mi dedo abrasado para inclinarlo a la compasión 


Homilía sobre la diferencia entre un inquilino —como la Maricarmen de Saiz de Baranda— y un propietario como Dios. Si la Maricarmen —olvidando que el piso no es suyo— maltrata a los que van de parte del propietario para hacer valer los derechos del propietario, el mismo Dios la desahuciará sin contemplaciones y, si no se reforma, la mandará al infierno por los siglos de los siglos amén. 


Al terminar la misa se forma en la sacristía una cola de suplicantes. 

Una de las suplicantes —muy jovial— me saluda así: «Don Javier, leo sus diarios. Soy una suplicante». 

Con semejante exordio —naturalmente— capta mi benevolencia y, ya antes de despedirse, ha conseguido todo lo que suplicaba. 

Pep me aborda no como suplicante sino como demandante. Esta es su demanda: ayer, después de la misa en la ermita de la Santa Cruz, bajé el interruptor general y dejé la ermita sin alarma y la Santa Reliquia sin luz. 

La demanda de Pep ni es injusta ni es ácida. Al contrario: es cierto que que bajé el interruptor general y que dejé la ermita a oscuras y a merced de cualquier desaprensivo y Pep lo dice amabilísimamente. 

Me acuerdo de Adán: «la mujer que me diste como compañera me engañó y comí». 

Me acuerdo de Eva: «la serpiente me engañó y comí».

Algo se ilumina en mi mente y digo: «La culpa es de Martín, el monaguillo que me dijo que bajase el interruptor general antes de irme». 

Empiezo a encontrarme en Granja como en casa. 

¿Quien necesita decir «la culpa es de Matthew» cuando pude decir «la culpa es de Martín?».  


Son las nueve y media de la noche cuando termino de escribir esto. Mañana hay Rosario de la Aurora a las seis de la aurora. Si me duermo y no llego, diré que la culpa es de Martín. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Es usted muy amable. No lo olvide.