La Torre
miércoles, 19 de agosto de 2026
A las cuatro me despierto con un agudo dolor de huesos. Me levanto para rezar el Oficio de lecturas paseando. Eso me alivia no poco.
Me tomo un Nolotil.
A las nueve voy a La Torre y encuentro a Fátima haciendo los preparativos para volver a Madrid. Como hay un servicio de desayuno en la mesa, me siento disimuladamente y desayuno por segunda vez.
Luego voy a la ermita para orar con Siguiendo el año litúrgico, de Jacques Leclercq.
Misa de once en la ermita: memoria de san Juan Eudes el normando.
Al terminar la misa me llama por teléfono A. Que si puedo llamar por teléfono a I. Llamo por teléfono a I. Charlamos largamente. Mientras charlamos largamente Fátima y Fátima salen para Madrid. Me dejan un mensaje: «queríamos despedirnos pero no estabas».
Luego tengo que ir a Torrellano para comprar mis pastillas antiartritis. Patricia me pide que, de paso, compre dos barras de pan. Como sé comparar barras de pan, le digo que sí.
Al volver de Torremendo voy a La Casa Mitjana. Jesús nos invita a comer a todos.
Al parecer, es el día más caluroso del año. Muy bien. Aprovecho el calor para irme a San Miguel de Salinas. Allí dejo varias cajas y maletas preparadas para la mudanza.
Cargo en mi coche una bolsa con libros y otra con peroles de cocina.
Entre los libros están: Frankinstein, de Mary Shelley, y Contramundo, de Carlos Marín-Blázquez.
Vuelvo a La Torre escuchando una piadosa meditación.
Cenamos todos en el patio de la Casa Mitjana. No ha refrescado nada.
La Torre
jueves, 20 de agosto de 2026
A las diez y media me siento ante el sagrario para orar con Siguiendo el año litúrgico, de Jacques Leclercq. Detrás de mí se sienta Jesús y se pone a mirar fijamente el sagrario. Poco después llega Patricia y también se sienta en silencio.
Misa de once. Memoria de san Bernardo de Claraval. Benedicto XVI lo llamó «último Padre de la Iglesia», o algo así. Un gigante. Hay que leer su Loa a la Nueva Milicia de los caballeros templarios. ¿Obligatoriamente? Sí.
Después de misa, Jesús anuncia: «voy a lavar y planchar el purificador». Acto seguido toma el lebrillo que está reservado para esa tarea desde tiempo inmemorial y el jaboncillo blanco que solamente se usa para eso. Va al planchero. Lo sigo. Lava delicadísimamente el lienzo que, poco ha, estaba sobre el altar. Vierte el agua en las plantas del patio. Lo aclara dos veces vertiendo, cada vez, el agua en el jardincillo interior. Ahora viene lo mejor. Extiende el purificador sobre la mesa de plancha y le hace los cuatro dobleces. Yo pasmado y él quitándole importancia al asunto.
Voy a salir para La Lloseta pero me llama I. Charlamos.
Voy a salir para La Lloseta pero me llama don PR. Charlamos.
Salgo para La Lloseta- Se despiden don Javier y don Iñaki que se van a Teruel.
Vuelvo a La Torre. Patricia y Pablo nos invitan a comer en la Casa Grande pero la comida la hace Jesús.
Llamo a A. Charlamos.
Voy a la piscina con el rosario —misterios luminosos— y con Contramundo, de don Carlos Marín-Blázquez. Se levanta un vendaval que arroja grandes trozos de palmeras al agua. En mi calidad de argonauta de toda la vida, ni me inmuto. Termino el rosario en medio del oleaje y, luego, desafiando a los elementos, empiezo a zamparme aforismos uno tras otro.
De la piscina voy a la cocina. Hay que colocar todos los corotos que traje de San Miguel.
Luego ducha y vísperas.
Lectura del Evangelio según san Marcos.
Lectura de El amanecer de los derechos del hombre.
Voy a la ermita para mirar fijamente al sagrario.
Vuelvo a mi piso para escribir esto. Un ejército de hormigas ha invadido mi ordenador. Estudio el fenómeno. No hallo explicación. Me llama Rosarito. Que si puede venir el fontanero mañana a las ocho. Que sí.
Voy a cenar con Jesús, con Javier —que ha venido de Madrid— y con Blanca. Pablo y Patricia se han ido a La Oliva a recoger a Ignacio.
Muy bien.
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