San Miguel de Salinas
martes, 7 de abril de 2026
A las tres de la madrugada me despierto. No tengo fiebre, pero tengo hambre. Me preparo dos huevos fritos co arroz y tomate y me vuelvo a la cama.
A las seis me levanto y me tomo un café con leche.
A las siete abro la iglesia y voy al hospital porque me han llamado de urgencias.
A las siete y media me pongo mi bata blanca, cojo el óleo de los enfermos y voy a la UCI. Para entrar en el cubículo de Blanca me obligan a ponerme una bata, un gorro y unos guantes, todo de color verde lechuga. Blanca está consciente pero no puede hablar. Me mira y asiente cuando le digo que si quiere recibir la unción.
A las ocho voy a la capilla para rezar: oficio de lectura y laudes.
A las ocho y media voy al bar del personal y pido:
1. Un café con leche.
2. Un pincho de tortilla.
3. Un cruasán.
¿Tengo hambre? Cuando salgo de allí, no.
A las nueve voy de vuelta a San Miguel. Aparco enfrente de Mercadona para echar una cabezadita. ¿Tengo sueño? Después de la cabezadita —veinte minutos— no.
A las diez ya estoy mirando fijamente al sagrario de San Miguel.
A las diez y media voy al confesonario.
Misa a las once.
Después de misa hay que tomar parte de las cenizas del lucernario, molerlas, terminar de quemarlas con carbón litúrgico y guardarlo todo para el Miércoles de Ceniza del año que viene.
Luego hay que poner a buen recaudo, hasta el año que viene, todos los corotos del lucernario: el brasero, la antorcha, la jarrita del alcohol, el vaso para humedecer empapar de alcohol la antorcha, el cuenco para apagar la antorcha y las pinzas del carbón.
También hay que llevar al campanario todas las palmas que han dejado en la iglesia y que —una vez secas— arderán en el lucernario del año que viene.
Hay que hacer bastantes más cosas en la iglesia y luego hay que ir al despacho para ocuparse de asentar todas las partidas pendientes que son cuatro.
Hay que llamar a una amable novia que se casa con su novio el uno de mayo pero que aún no ha traído el medio expediente de su novio.
Hay que hacer otras llamadas, rezar la hora sexta e ir a comer a casa de doña Nati.
Doña Nati me hace una revelación que cambia el curso de mi vida y de la Historia. Me dice que si espero a que me llame el médico de cabecera para conocer el resultado de mis análisis moriré entre dolores horribles antes de que me llame nadie. Me dice que tengo ir hoy mismo a pedir hora para mi médico de cabecera.
Muy impresionado por la revelación, salgo de su casa con una botella de vino vacía que me ha dado Samira para que la tire al contenedor de vidrio y con una fiambrera de ensaladilla para la cena.
Cruzo la plaza de Juan Carlos I y arrojo la botella al contenedor. Luego entro en la iglesia por el garaje y dejo allí la ensaladilla y cojo mi cartera con mi tarjeta de la Seguridad Social y hago la visita al Santísimo.
Luego voy a la farmacia para comprar Omeprazol y unas gafas para leer porque las que compre hace un mes o así me las dejé ayer en La Torre.
Luego voy al ambulatorio y pido cita y me la dan para el lunes a las doce y media.
Luego hay que reposar en la casa abadía con Schumann sin dejarse vencer por el sueño.
A las cuatro hay echarse a la calle para comerse el mundo.
Cinco horas después hay que cenar algo y tomar un antiinflamatorio pero, mira, se han acabado los antiinflamatorios. No importa.
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