sábado, 31 de enero de 2026

Diario. Sábado, 31 de enero de 2026

 San Miguel de Salinas 

sábado, 31 de enero de 2026

San Juan Bosco


10:00

Primer dilema del día al consultar mi agenda: resulta que, a las doce, tengo bautizo en San Miguel y cita con Pedro en la casa de madera que está a tres kilómetros de la pila bautismal.  Imposible la bilocación para mí, pecador. Imposible cancelar o retrasar alguno de esos compromisos sin perjudicar a unas personas buenas que no me han hecho ningún mal. 

Parsimoniosamente recito la oración Ángel de Dios… Nada. Recuerdo que mañana empiezan los Siete domingos de san José y —¡zas!— pienso en el archidiácono. Le escribo y me contesta que sí, que vendrá a hacer el bautizo. 


10:15

Joan llega a la iglesia diciendo que el día está muy windy. Es verdad. Detrás de ella llega un penitente preguntando que si habrá confesiones hoy. Le digo que sí, que voy volando al confesonario. Me pongo mi traje de pescador y voy volando. 

Me da tiempo a leer algunas páginas de santa Kovalska. Me recuerda a santa Teresa de Jesús en lo directo de su trato con el Señor que les habla y se encuentra con ellas por los pasillos. 


11:00

Misa de once. Acabamos cantando la Salve solemne porque es sábado. 


11:40

Pongo el la pila bautismal el agua, la velita, los óleos, el ritual, la vestidura bautismal que es una capucha blanca, la concha y la toalla limpia. 

Estoy en ello cuando llega el archidiácono. Le doy la bienvenida y le recuerdo que esta tarde tenemos una cita para ensayar las confirmaciones. Resulta que esta tarde no puede venir. Vaya. No pasa nada. 

Ha aparcado su coche bloqueando la salida del garaje. Mueve el coche para que yo pueda salir. 


11:50

Salgo para la casa de madera. 

Me recibe Trueno, el labrador negro. Ya he aprendido que basta con decirle «Trueno, no» para que no ose poner sus patas en mi chaquetón de marinero. 

Me acompaña desde la puerta del jardín hasta la puerta de la casa y entra en la casa detrás de mí. Se ve que tiene ganas de ver a Pedro y, cuando Pedro, desde la cama, le dice que se vaya, gime un poco pero no se va: se tumba allí mismo, como hizo Urías en la puerta del palacio de David. 

12:30

Vuelvo a la iglesia a tiempo para despedirme de David —el archidiácono— y para agradecerle el servicio. 

La familia del neófito está haciéndose fotos en la iglesia según esa bárbara costumbre que se ha introducido en todas partes y que convierte un presbiterio en un escenario para posar. 

Me consta que los obispos conocen este abuso y que, por desgracia, muchos de ellos no solamente lo toleran sino que participan en él. 

13:00

Termino de recogerlo todo. 

¿Todo? Sí, los óleos, el ritual… Pero también algunas botellas de agua mineral, moqueros esparcidos por el suelo… Muy bien, hay que introducir en la catequesis un capítulo titulado «urbanidad en la piedad». 

Voy a la casa abadía. También allí hay que recoger y limpiar muchas cosas. 


14:00

Como con doña Nati que cada día esta mas guapa. 


15:00

Visita al Santísimo. 

Misterios gozosos con BXVI paseado por las capillas laterales. 


15:30

Sesión de Brahms, Op. 83. Es un concierto para piano muy impresionante. ¿Un milagro? Sí, cosa de magia. 


16:30

Arriesgando mi vida, cruzo El Paseo entre palmeras batidas por el viento y desmelenadas. Ellas —tan parsimoniosas de ordinario— asustan hoy como Erinias o como Furias o eso.

Me acurruco en el presbiterio para mirar fijamente al sagrario reprimiendo en mi interior una queja: ¿Por qué a la Kovalska le decías cosas y a mí no me dices ni mu?


17:10

Preparo el altar para la misa, programo el toque de campanas y, revestido con mi traje de pescador, me acurruco en el confesonario con el Diario de la Kovalska. 


18:05

Con cinco minutos de retraso, empieza la misa de seis. Trato de explicar —una a una— las bienaventuranzas a una congregación que está como ausente y lejana.  Pero no oso quejarme. ¿Acaso no estoy yo mismo delante del Señor como ausente y lejano y pensando, por ejemplo, en el salmón que he dejado en el horno?


18:45

Ha terminado la misa y han llegado los quince muchachos que van a confirmarse —si Dios quiere— el siete de febrero. 

También han llegado sus catequistas.

Como son jóvenes y no tienen prejuicios, el ensayo marcha sobre ruedas. En cuarenta y cinco minutos hemos terminado y me ha dado tiempo para recordarles que la confirmación es un sacramento de vivos y que hay que recibirlo en Gracia de Dios.

Como sus catequistas son prudentes como serpientes y sencillas como palomas, organizan sobre la marcha una celebración penitencial para la víspera de las confirmaciones. 

No carezco de nada. 

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