miércoles, 7 de enero de 2026
Madrugo para ir al hospital. Llueve. Muy bien.
Después de la misa de once en San Miguel me dispongo a salir para La Torre pero, antes, tengo que comprar una bombona de butano en la gasolinera. La bombona cuesta 20 euros y tengo un cheque de regalo por valor de treinta y pico. Muy bien. También tengo que ir a Masymas. Hago una compra por valor de veinte euros y tengo un cheque de regalo por valor de 19. Muy bien.
Llego a La Torre a eso de las dos. Hay que encender la calefacción y preparar la comida.
A las tres todo está recogido y puedo dedicarme a mi sesión de Brahms: Sinfonía n.º 1 en do menor, Op. 68; Décima de Beethoven como la llamó Von Bulow o Sinfonía de los galeotes, como la llamo yo. Muy bien.
Mis huesos me recuerdan que he hecho el propósito de caminar. Empuño el rosario y salgo a pasear: misterios gloriosos con BXVI. Es de ver cómo están los huertos de naranjas y el cielo.
A las cuatro y media, pertrechado con unas tijeras de podar, guantes y una bolsa, vuelvo al huerto de Lo Safareig para recoger algunas naranjas. Camino parsimoniosamente porque, entre naranjo y naranjo, se extiende un océano de lodo de lo más resbaladizo. Por nada de mundo querría caer allí con mi abrigo de paño elegante.
A las cinco ya he terminado la recolección, he lavado las naranjas, y he hecho tres piñas con ellas para alegrar mi piso: una la he erigido en el banco de carpintero de la entrada, otra en mi mesa escritorio y otra en la mesa de la cocina. Muy bien.
Ha llegado el momento de ponerse a leer, a escuchar y a escribir.
Hay que leer Imperios de crueldad tomando notas y hay que volver a escuchar El alma de Tolkien —una maravilla que me mandó ayer PDG desde Uruguay— y escribir esto:
LA GRADUAL CONVERSIÓN DE C. S. LEWIS
1926: Lewis y Tolkien se conocieron en el Merton College.
Lewis, ateo. «Pasé mucho miedo en las trincheras pero nunca caí tan bajo como para ponerme a rezar».
Chesterton acababa de conmover a todos con su conversión al catolicismo y con la publicación de El hombre eterno (1925). La lectura de esta obra empezó a remover la conciencia de Lewis.
Chesterton fue quien zarandeó, por primera vez, los dogmas del ateísmo de Lewis.
«Converso, abatido y reacio». Así se veía y se autorretrataba Lewis hacia 1929. La existencia de un Dios personal y providente se le había impuesto como una certeza pero, al parecer, no le daba consuelo ni alegría.
El 19 de septiembre de 1931, Lewis invitó a cenar a Tolkien y a Hugo Dyson. Después de cenar salieron a pasear y a charlar y la charla sobre la verdad de los mitos se prolongó hasta el amanecer.
A Lewis los mitos se le antojaban bellas falsedades. Tolkien: 1. Falsedad del mito del progresismo materialista que estaba llevando a la sociedad al nihilismo . 2. Los grandes relatos apuntan hacia una realidad que llena todo de sentido y que se revela en el único relato que se ha hecho historia humana: el Evangelio.
Doce días después, Lewis confesó a un amigo que acababa de pasar de creer en Dios a creer en Cristo, y que la conversación con Dyson y Tolkien había tenido mucho que ver en ello.
A las siete vuelvo al sillón de la abuela Paquita para hacer oración con mi libro falso que contiene un minibelén.
A las siete y media me tomo una horchata y dos pastas.
A las ocho menos cuarto rezo vísperas.
A las ocho me toca cambiar una bombona de butano. Ya está. A las ocho y cuarto me toca cambiar la otra bombona de butano. Ya está.
De vuelta al sillón de la abuela Paquita, trasteo en las RRSS y contesto a miles de mensajes de WhatsApp —no consigo contestar a todos— y a varios correos. También intento comprar unos billetes de tren desde la aplicación de Renfe. Después de rellenar todos los datos —origen, destino, número de pasajeros, etc.— sale un mensaje que dije algo así: «Vaya, parece que no es compatible con las tarifas». ¿Qué? ¿Qué tarifas, oiga?
A las nueve menos cuarto voy preparándome para desconectar.
Sé por mi cuñado Pepe que no conviene tomar glucosa antes de irse a la cama. Me tomo un yogur sin glucosa.
Sé por experiencia que la lectura del Código de Derecho Canónico a estas horas es un poderoso inductor del sueño. Me aplico a ello.
La experiencia me ha enseñado también que, si salgo a rezar completas paseando parsimoniosamente por Lo Safareig, cuando vuelva tendré la agradable sensación de entrar en un hogar tibio y acogedor. Salgo a rezar completas paseando parsimoniosamente por Lo Safareig bajo un cielo estrellado pero —¡ay— cubierto por las nubes.
Sé por los periódicos que no conviene dormir con estufas de gas encendidas. Apago las estufas.
De rodillas sobre una linda alfombra de Guatemala que está cabe mi cama, cierro los ojos para transportarme mentalmente al altar de las Tres Avemarías que está en San Miguel. Con la imagen de la Virgen coronada por la Trinidad, recito tres veces, en voz alta y parsimoniosamente, el Avemaría.
No pocas veces, al recitar las tres Avemarías de la noche, me acuerdo de Anthony Hopkins interpretando a C.S. Lewis en Tierra de penumbra.
jueves, 8 de enero de 2026
A eso de la tres y media me despierto.
Oficio de lectura.
Me noto fresco como una lechuga y despejado como si hubiera dormido ocho horas de un tirón.
Me siento en el escritorio de La Oca que me regalaron mis padres hace más de treinta años y que no ha pasado de moda. Escribo el diario de ayer.
Luego vuelvo a acostarme y me quedo frito.
A eso de las ocho me despierto cansadísimo. Sé por experiencia que eso es señal de que he dormido demasiado. Me levanto, beso la alfombra guatemalteca, digo «Serviam», me quito de los labios los pelitos de la alfombra y me dirijo a la cocina para hacerme un café bien cargado y una tostada que tiene que llevar mantequilla salada y mermelada de naranja amarga. Como no carezco de nada, todo sale a pedir de boca.
¿Me duelen los huesos? Sí, un poco. Pero sé por experiencia que el dolor que no se pasa se oculta a la conciencia como se oculta a la conciencia —por acostumbramiento—el ruido de fondo que produce una autopista o un ventilador.
Enciendo las estufas y me doy una ducha con agua tibia. Cielos, ¿no es maravilloso? ¿Carezco de algo?
A eso de las nueve ya estoy afeitado y sentado en el sillón de la abuela Paquita y contemplando ese libro falso que guarda, en secreto, un minibelén. Y no me canso de mirarlo. Y luego rezo laudes.
Tengo que aplicarme a la limpieza del piso.
A eso de las once y media rezo sexta y trasteo en las RRSS.
A eso de las doce hay que parar el mundo para rezar el Ángelus.
Habría que salir para La Lloseta pero, antes, hay que recoger las piñas de naranjas que alegran mi piso. Y hay que apagar las estufas y los radiadores. Y hay que hacer otras mil menudencias.
Total, que llego a la Lloseta a las 13:00, con quince minutos de retraso.
¿Me reprenden por ello? No. Don Marcelo —guineano— se pone una corona en la cabeza y me hace entrega de un montón de regalos. No quiero ser prolijo: hay perfumes y otras rarezas persas pero, sobre todo, hay un libro de micer Alejandro Rodríguez de la Peña: El poder cultural de la monarquia medieval.
Había quedado para comer con Rosario, Salvador, Rosarito y Diego. No ha sido posible. Vuelvo a La Torre, y me preparo una festiva colación navideña.
Salgo para San Miguel pitando y rezando los misterios luminosos.
A las cinco y media estoy exponiendo el Santísimo en San Miguel. Andrés —el organista— al órgano.
A las seis estoy comenzando la misa. Andrés, al órgano, toca y canta a pleno pulmón la Misa Pastorela. Sin Gloria, claro.
Me despido de Andrés y atiendo a algunas suplicantes y a un penitente. Doña Nati me entrega la colecta: dieciséis euros contando con los diez que pone ella para ayudar a pagar a Andrés. ¡Qué bien!
A eso de las siete y media decido cerrar la iglesia. Estoy en ello cuando veo la silueta de un caballero arrodillado ante el altar de santa Rita. Dejo encendidas las luces de los altares laterales y me siento detrás del caballero. Al principio lo vigilo pero, a eso de las ocho menos cuarto, seguimos los dos arrodillados ante la imagen de santa Rita y él se levanta y viene a mí con un sobre en la mano derecha. En los ojos trae lágrimas. Me ruega en inglés de Polonia que rece por él y que acepte el sobre y, como para animarme a aceptar el sobre, besa mis manos y las riega con sus lágrimas.
Y yo, claro, anonadado y «glup» y eso. Y van doscientos euros en el sobre. ¡Bendito sea Dios!
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Es usted muy amable. No lo olvide.