San Miguel de Salinas
martes, 20 de enero de 2026
A eso de las nueve y veinte estoy en la sacristía. Le he puesto al sagrario el velo rojo de los mártires de Tarragona —Fructuoso, Augurio y Eulogio— y estoy poniéndole al cáliz el velo y la carpeta de corporales del mismo color cuando —¡zas!— oigo el estruendo de la puerta del garaje que se está abriendo. Bajo al garaje preguntándome si por ventura están allí Wilder o doña Nati o alguno de los que tienen mando para abrir y cerrar: nada. Y nadie se explica el misterio: de vez en cuando, la puerta se abre sola.
De nueve y media a diez y media me dedico al único deporte que practico desde hace treinta y siete años: la pesca.
Revestido con mi traje de fisherman —sotana, sobrepelliz y estola morada— me siento en el confesonario y me dispongo a esperar.
A las diez y media voy a la sacristía y doy el primer toque. Enciendo las estufas, preparo el altar y doy el segundo toque. Cambio la sobrepelliz por el alba, la ciño con un cíngulo rojo y enciendo las velas del altar. Doy el tercer toque. Me pongo la estola roja y la casulla del mismo color y espero a que den las once.
A las once en punto dan las once y comienza la misa de once.
A las doce, cuando el reloj de la parroquia y mi teléfono me recuerdan que es la hora del Ángelus, ya he preparado la misa de mañana —santa Inés, Canon Romano— y puedo ponerme ante la imagen de la Virgen del Rosario: Angelus Domini… etc.
En la bandeja del despacho parroquial hay una montaña de papeles y en el cesto del planchero hay un alba, seis toallitas del aseo de la sacristía y un mantel de la mesa del rincón de San Miguel.
Voy a la casa abadía y pongo una lavadora con el alba.
De doce y cuarto a una y cuarto pongo todo mi empeño en dar salida a los papeles del despacho.
A la una y cuarto tiendo el alba y pongo otra lavadora con las toallitas y el mantel.
A la una y media me enredo en las RRSS.
A las dos voy a comer con doña Nati.
Me cuenta que Irene se ha roto el peroné. Mientras me da detalles de cómo ha sido, palidezco y ahora, mientras lo recuerdo, vuelvo a palidecer. Lo dejo así, sin detalles.
Está dándome detalles cuando llega Roberto que volvió ayer de Bali. Charlamos un poco y, antes de despedirnos, le ruego que salude de mi parte a su madre y que le diga que siento lo del peroné. Y es verdad que lo siento. Solo de pensarlo…
A las tres he quedado con Zakarías en la Iglesia. Mientras él lo barre todo empezando por el presbiterio, yo me aplico a ordenar los armarios de la sacristía.
A las cuatro y media nos despedimos. Voy a la casa abadía y me concentro en mi sesión de Brahms: Segunda Sinfonía.
A las cinco y media vuelvo a la iglesia para mirar fijamente al sagrario.
Luego canto las vísperas.
A las seis y media me pongo a contestar correos y mensaje.
A eso de las siete leo en El Amor supremo, Eugene Boylan:
«María estuvo al lado de la Cruz en el Calvario y desempeñó un papel tan importante en nuestra Redención que los teólogos no vacilan en llamarla KRRDNTR».
A eso de las siete y media saco de la lavadora las toallitas y el mantel. Tiendo las toallitas por toda la casa abadía y llevo el mantel al rincón de San Miguel para que se seque allí.
A eso de las ocho me preparo una cena ligera y me pongo a escribir esto.
A eso de las nueve suena el timbre.
Wilder y Camila están en la puerta de la casa abadía.
Me dicen que han dejado en la sacristía los purificadores que ha lavado y planchado Ana Isabel.
Me entregan una fiambrera llena de jamón maravillosamente cortado y me explican el fenómeno.
Resulta que mis amables sobrinos me regalaron una paleta de jamón ibérico. Resulta que yo se lo entregué a Wilder recomendándole que negociara con él hasta mi vuelta y ahora me lo devuelve cortado y me dice que han preparado otra fiambrera para doña Nati, y otra para Teresa y que hay jamón para todo el pueblo. Me felicito, claro, por la multiplicación de jamón y por la administración de Ana Isabel y Wilder.
¡Vivan mis sobrinos! ¡Qué amables y generosos!
Wilder y Camila me acompañan a la Iglesia. Apago la luces y regalo a Camila:
1. Una estampa de la Virgen de Las Virtudes de Villena.
2. Un pin de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Crevillente.
3. Una campanita que lleva en la empuñadura una cruz y, en el anverso de la Cruz, una imagen de san Josemaría. En el reverso lleva una imagen de san Juan Pablo II.
Camila me agradece cada regalo como solamente las princesas americanas saben hacerlo y quedo yo honradísimo y contentísimo. Y así queda Wilder también a juzgar por su sonrisa.
Luego vuelvo a la casa abadía y termino de escribir esto.
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