sábado, 22 de marzo de 2025

Diario. Viernes, 21 de marzo de 2025

 San Miguel de Salinas

viernes, 21 de marzo de 2025


6:50

Cae una lluvia fina. 

Abro la iglesia, enciendo las luces y salgo para el hospital. 

No se ven en el horizonte los colores del amanecer, ocultos tras las nubes pero, ¡oh!, de pronto han florecido las mimosas que, aquí y allá, despliegan su amarillo brillante entre matas de ricino de color burdeos de tal modo y manera que la campiña roba hoy el protagonismo al mar y al cielo.


7:15

Llego al hospital con tiempo de sobra para preparar el altar y rezar laudes. 

El doctor S pide que ofrezca la misa por su hermana Ana en el tercer aniversario de su muerte. Anuncio a la congregación que Miguel Sr ha sido trasladado al hospital de la Vega Baja que está más cerca de su casa. A partir de hoy ya no nos acompañarán en la misa Maria José, María y Miguel Jr. 

8:05

La misa termina con cinco minutos de retraso sin que yo pueda explicarme la causa. 

8:43

¿Cómo es posible que haya tardado casi media hora en recogerlo todo? 

Hay que vigilar esos microrretrasos que se acumulan sin que uno sepa cómo. A veces pienso que mi tendencia a divagar me conduce a estados de ensoñación por los que se escapa el tiempo. Otras veces pienso que la grieta por la que se escapa el tiempo no tiene que ver con una ensoñación sino con ese sueño profundo que hace que me quede frito incluso conduciendo mi Lamborghini. Otras veces… Divago. 

Oficio de lectura y luego, de rodillas ante el sagrario: «Señor mío y Dios mío…». Es lindo ver cómo se abre la puerta de la capilla y cómo aparece una señora sonriente seguida de un muchacho alto, y cómo ambos parecen pedir —con las afables miradas que me dedican— permiso para entrar. Y aún más lindo es ver cómo se arrodillan en el suelo delante del sagrario. ¡Es tan fácil rezar así! Es como si Dios, de pronto, pusiera ante tus ojos un cuadro de orantes de carnes y huesos. Entonces basta con repetir y repetir y repetir: «Concédeles, Buen Jesús, las gracias que más necesiten». Luego, cuando se van, basta con repetir y repetir: «Y a mí también, por favor, a mí también. Y a Jorge, el Doliente. Y a sus padres. Y a… Y no nos dejes caer… Y ruega por nosotros, pecadores». 


10:15

Como por arte de magia ya estoy sentado en el confesonario de San Miguel. Viene un penitente y es lindo ver cómo, en plena confesión del penitente, se abre la puerta del confesonario por la parte del cura y aparece… ¡Bernardo! 

Bernardo: «¿Falta mucho para la misa?»

Yo: «No lo sé, Bernardo. Ahora estoy ocupado. Hay una persona confesándose». 

Bernardo: «¿Quién se está confesando?».

Yo: «Es un secreto». 

Bernardo, yéndose: «¡Ah!».  

Queda el confesonario oliendo a tabaco y, mientras el penitente sigue con su confesión, yo voy perfumando la sede con Diptyque y queda todo oliendo a Jasmine. 

Cuando termina la confesión quedo yo leyendo «Una familia de bandidos». Es una novela muy emocionante. 


11:00

Misa, como siempre. 



20:00

Via Crucis. Somos cinco. Una multitud. 

Escribo esto.



Luego llevo una pizza y otros víveres a casa de Ana Isabel y Wilder. Cenamos y vemos con las niñas El león, la bruja y el armario.

Cuando llego a casa son las doce y ya no es tiempo de ponerse a terminar y a publicar el diario. 

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