San Miguel de Salinas
lunes, 24 de marzo de 2025
Veamos: son las siete y diez y el sol anaranjado ilumina ya el Paseo desde la calle del Mar cuando abro la iglesia.
¿A qué se debe este retraso de diez minutos? No me lo explico.
Consigo recuperar cinco minutos y la misa comienza con cinco minutos de retraso.
Consigo recuperar dos minutos y la misa termina con tres minutos de retraso. Entonces, ¡cling!. Se ha desprendido de las gafas y ha caído al suelo el cristal derecho.
Procuro moverme con cautela para no pisarlo. Lo hallo y lo recojo del suelo. Manipulo las gafas y, después de cinco minutos, consigo colocarlo en su sitio. Empiezo a recoger el altar con ocho minutos de retraso. ¡Cling! Otra vez se desprende el cristal.
Empiezo a rezar laudes con doce minutos de retraso y con ese retraso salgo del hospital pasando por la azotea.
Los microrretrasos se van a seguir acumulando porque, cuando llego a la iglesia, Anne me pide que ofrezca la misa por su suegra y me cuenta gran parte de la vida de su suegra mientras Joan hace gestos de impaciencia porque quiere que la ayude a cambiar la mecha del mechero. La operación de cambiar la mecha del mechero también lleva su tiempo. Total, que ya no puedo ir al banco antes de la misa pero ¿me dará tiempo a rezar tercia y a leer algo de la Historia de la Iglesia en el confesonario?
Me siento en el confesonario con unos pocos minutos de retraso. Me da tiempo a rezar tercia. Entonces abro la Historia de la Iglesia y se abre la puerta del confesonario por la parte del sacerdote. ¿Es Bernardo? Sí.
—Buenos días, Francisco Javier. ¿Qué lee?
—Buenos días, Bernardo: la Historia de la Iglesia.
—Empezó hace muchos años ¿verdad?
—Sí, hace casi dos mil años.
—¿Dos mil años? Y ¿fuera de la iglesia no me puede dar comunión?
(Adivino que quiere decir que si no le puedo dar la comunión fuera de la misa).
—Si alguna vez estás enfermo y no puedes venir a misa y me llamas, iré a darte la comunión a casa.
—Y ¿a qué hora es la misa?
—A las once.
—A las once… como siempre. ¿Y cuánto falta para las once?
—Faltan trece minutos.
—¡Ah! No se vaya nunca de aquí. ¿Cierro la puerta?
—Sí, Bernardo, por favor.
El confesonario queda oliendo a tabaco. Lo perfumo. Lo de la Historia de la Iglesia habrá que dejarlo para otro momento porque no quiero que la misa empiece tarde.
La misa de once empieza puntualmente.
Al final me siento ante el sagrario y cierro los ojos para dar gracias. Entonces oigo: «Oiga, oiga».
¡Adiós acción de gracias!
Un ser humano de unos cuarenta años, barbudo y fornido me hace señas para que lo siga.
«Siento molestarlo —dice— pero traigo las palmas para el Domingo de Ramos.
Lo acompaño hasta la puerta y le pido que lleve las palmas a la sacristía. Allí, Teresa le sella el albarán de entrega. Doña Nati me recuerda que hoy comemos en su casa con Armin y Heidi y Joan me muestra las fotos de la ambulancia, del coche de la policía y dfel camión de los bomberos que han aparcado esta mañana delante de su casa porque ha muerto un vecino y no lo podían sacar por las escaleras.
El relato y las fotos de Joan nos animan a charlar animadamente de suicidios, de muertes espantosas, de galileos cuya sangre mezcló el amable Pilato con la sangre de sus sacrificios y de todo eso.
Antes de despedirnos, nos animamos unos a otros, con palabras de fe, a hacer penitencia.
Ahora sí, voy al banco. Y luego voy al despacho parroquial para actualizar las cuentas.
¿Qué tal si ataco la Historia de la Iglesia? Bueno, antes hay que hacer algunas cosas:
1. Beber un vaso de agua. Y entonces, ¡cras! El vaso cae al suelo con agua y todo. Y yo —chop, crac, chop, crac, chop, crac— camino sobre las aguas y sobre los cristales hacia el recogedor y la escoba.
2. Leer el Evangelio y El Señor de Guardini.
3. responder a los mensajes que he recibido.
MGC. Que si han llegado las palmas del Domingo de Ramos.
Javier Z. ¿Podemos cambiar la fecha del bautizo en Madrid? Escribo al arcipreste para ver si puede sustituirme en la nueva fecha.
Yoli. ¿Podemos admitir a catequesis a un niño que acaba de aparecer? Escribo a Yoli para aconsejarle que lo admita con la condición de que recupere en verano las catequesis perdidas.
Fátima Jr me manda una estampa con los nombres de unos niños que están rezando por mí. ¡Qué bendición y qué regalo! Le doy las gracias y aprovecho para preguntar por Jorge.
Rosarito: que ya ha dado con la causa de que salte el automático en el piso de La Torre. Se ha roto el termo eléctrico.
Mariano: que me ponga en contacto con él cuanto antes. ¡Adiós Historia de la Iglesia! Llamo a Mariano.
Pongo una lavadora y voy a comer a casa de doña Nati que me ha insistido en que vaya pronto porque vienen Armin y Heidi.
Llego puntualmente a casa de doña Nati que está con Gracia, con Eva y con José María. Eva se va. Heidi y Armin llegan cinco minutos tarde dejando algo maltrecho su prestigio suizo.
A las tres y media me he tomado el café y me estoy quedando frito. Me despido. Dentro de dos horas y media tengo que salir para Los Montesinos así que no hay tiempo que perder. Hago la visita al Santísimo y voy a la casa abadía. Me tumbo en el sofá para echar una cabezada escuchando el testimonio de un joven criado en el protestantismo y recibido en la Iglesia Católica. No solamente no me duermo sino que me engancha y me admira la madurez y la solidez de la formación del muchacho. Y me divierten su expresividad y hasta sus muletillas.
Con decisión, me pongo en pie y tiendo la ropa. Luego ataco el rosario: misterios gozosos.
Tengo una hora y cuarto antes de salir para Los Montesinos. Ataco, por fin, la Historia de la Iglesia.
A las seis salgo para Los Montesinos y allí celebro la tercera misa del día. La ofrezco por los padres de Mariano.
De vuelta a San Miguel paso por Más y Más y, de vuelta a la iglesia, me siento para mirar fijamente al sagrario mientras escucho una piadosa meditación. Luego apago las luces y cierro la iglesia con una hora de antelación.
Son las ocho y media cuando llego a la casa abadía. Tengo diez mensajes de WhatsApp.
1. El arcipreste envía un cartel con mi foto para anunciar la charla cuaresmal que me toca dar mañana en su parroquia.
2. Fátima Jr me informa sobre Jorge a quien han trasladado a La Paz.
3. Maruja Balbuena me da las gracias porque la he felicitado por sus 90 años.
4, 5, 6, 7, 8, 9 Wasaps muy confusos en el grupo de catequesis de postcomunión.
10. El archidiácono: que si le puedo prestar un ejemplar del Catecismo de la IC.
Son las nueve menos veinte cuando me preparo una cena ligera. A las nueve menos cinco he cenado, he recogido la cocina y he tomado una decisión: voy a llamar a Fátima Jr.
Nosotros, los expeditivos de toda la vida, los resueltos, los enemigos de la escuela de los perezosos que con el lema «dicho y hecho» procrastinan largo trecho, nosotros los diligentes tenemos en nuestro escudo como blasón y mote: «Pensat y fet».
Fátima Jr contesta a mi llamada y charlamos largamente. Me cuenta, entre otras cosas, que frecuenta el club de «leturas» de doña ARdA.
Son las nueve y veinte, o así, cuando nos despedimos y yo, osado, le ruego que dé un beso a su madre de mi parte, si se deja.
Al parecer su madre me está oyendo y solicita más besos de su hermano. Se ve que llamo poco y beso menos. No importa. Casi mejor así.
Entonces me pongo a escribir esto. Interrumpo la escritura para responder a un mensaje de Andrés que me recuerda que mañana es la Anunciación y me pregunta que si quiero que venga a tocar el órgano. Respuesta: sí, quiero.
Sigo escribiendo e interrumpiendo la escritura conforme van entrando mensajes de WhatsApp. Sé que los psiquiatras han dado un nombre a este desorden que me lleva a interrumpir lo más sagrado para responder a las llamadas de teléfono y los wasaps.
No importa.
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