lunes, 31 de marzo de 2025

Diario. Lunes, 31 de marzo de 2025

 San Miguel de Salinas

lunes, 31 de marzo de 2025


Son las siete de la mañana cuando salgo al Paseo. Ya no llevo el forro polar y no hace un frío que pela sino un fresco tonificante. 

A estas horas, en invierno, la plaza está silenciosa. Pero ya no es invierno y los pájaros lo saben y cantan. 

A estas horas, antier, había amanecido. Pero hemos adelantado los relojes y el sol lo sabe y sigue oculto tras la línea del horizonte. 

Hasta el cura más astuto del mundo puede engañarse con esto de las horas. Los pájaros y el sol, en cambio, no se engañan. 

Abro la iglesia, saludo al Santísimo con una inclinación profunda porque, aunque puedo arrodillarme, me cuesta mucho levantarme, enciendo las luces y salgo para el hospital. 

El cielo muestra un degradado de azules cuya parte más clara se deja tocar por los dedos de la Aurora, rosados como Domingo Laetare. 


La misa de siete menos veinte comienza puntualmente. Luego, cambiando mi rutina, rezo laudes, omito el oficio de lectura y me siento para mirar fijamente al sagrario. 

La oración fecha, recojo todo y, a las nueve menos cuarto, cabalgo de vuelta a San Miguel. 


Ya en San Miguel, me da tiempo a ir al banco para ingresar las colectas del fin de semana y para anotarlo todo en las cuentas parroquiales antes de la misa de once que empieza puntualmente.  


Después de la misa de once, en cuanto Joan se va, me recojo para rezar el oficio de lectura. 

La oración fecha, cabalgo hacia Los Montesinos donde tenemos reunión de arciprestazgo. 

Encuentro allí al arcipreste, a don José Antonio Gea, al archidiácono y a don Paco Miravete. ¿Y los otros diez? Don Ginés está en Irlanda, don Ramón Belda y don Fernando Galvañ han tenido algún problema con sus cabalgaduras pero no tardarán en llegar, los demás han sido heridos —esperemos que no mortalmente— por la primavera y andan postrados en cama o vagan sin sentido por el país. 


Llega don Ramón Belda. Termina la reunión. Se van don José Antonio Gea y don paco Miravete. El archidiácono y yo, en un aparte, organizamos los horarios de la Semana Santa en Torremendo. Se va el archidiácono y llega don Fernando. 


El arcipreste, don Ramón Belda, don Fernando Galvañ y otro discípulo, vamos —caminando— hacia La Posada. 

Del menú diré que está a quince euros. De los graves asuntos que tratamos durante la comida no diré nada. 


A eso de las tres y media, el arcipreste paga la cuenta y los demás le mandamos sendos «bizumes» o como se diga. 


Cabalgo en silencio de vuelta a San Miguel. Una vez allí hago la visita al Santísimo y, a continuación, paseo por los altares laterales recitando nona. 


Voy a la casa abadía. 

Quiero sentarme para ver y oír alguna charla de Fulton John Sheen pero veo que el Ra está en medio del pasillo. Lo limpio y lo pongo en la base de carga. 

Quiero sentarme para ver y oír alguna charla de Fulton John Sheen pero veo que aún hay ropa tendida por toda la casa, y que ya está seca. La recojo, la doblo y la guardo. 

Me siento para ver y oír una charla de FJS. Me sirve para aprender algo de inglés, de teología, de oratoria y de humor. Y, además, me pone de un humor excelente. 


Hay que volver a la iglesia para hacer el oficio de lectura y la oración de la tarde. 


Oración fecha, hay que cabalgar de nuevo hacia Los Montesinos. 


La misa de seis y media en Los Montesinos empieza con cinco minutos de retraso pero nadie se queja. 


19:10

Última cabalgata del día de vuelta a casa entre huertos de limoneros que —si Dios no lo remedia— serán mañana huertos solares, o sea, desiertos ganados por Green Peace para Iberdrola. 


19:30

Es de ver cómo el sol de poniente entra por las puertas de San Miguel —iglesia orientada hacia Oriente— pega casi de lleno en el sagrario. 

Hay que ponerse a adorar, claro. 


Hay que escribir esto. 

Ya está escrito, oiga. 

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