San Miguel de Salinas
sábado, 22 de marzo de 2025
Anoche me acosté muy tarde y apagué el despertador. A las seis en punto me han despertado mi despertador interno y las seis campanadas del reloj de la iglesia. He abierto los ojos, los he vuelto a cerrar y he vuelto a quedarme dormido hasta las ocho.
…
A las diez y media estaba en el confesonario. A las once menos cuarto, Bernardo abría la puerta del confesonario —la de la sede, no la del penitente- para preguntarme: «¿Falta mucho para la misa?».
A las once menos diez salía yo del confesonario y me daba de bruces con un penitente perplejo. ¿La razón de su perplejidad? Había visto a Bernardo entrando en el confesonario, no lo había visto salir y estaba, el pobre, aguardando su turno pacientemente.
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¿Ha empezado puntualmente la misa de once? Sí.
…
A las doce y veintitrés he mandado un mensaje a Arantxa para decirle que me encantaría hablar con ella.
Veinticinco minutos después me ha llamado ella. ¡Qué bien!
¿Hemos charlado largamente? Sí.
¿He hecho para ella el recuento detallado de los huesos que me dolían antier y de los innumerables padecimientos que me afligen hoy y de los temores que me invaden cuando pienso en el mañana? Sí.
¿Me ha mandado a paseo? No.
¿Me ha reconfortado mucho? Sí.
…
18:00
Misa con homilía porque es domingo.
Empieza la homilía:
«Nuestro Señor Jesucristo, en su predicación, unía siempre el anuncio del Evangelio y la llamada a la conversión».
Hago una pausa para observar el efecto de este exordio en la congregación de unos veinte santos y lo primero que observo es el bostezo indisimulado de una de las feligresas más asiduas. Las tres feligresas que se han sentado más cerca de mí estaban de tertulia cuando empezó la misa y mi maravilloso exordio ha animado aún más su cháchara.
De pronto —¡oh!— reparo en la cabeza de una de las congregadas que sobresale por encima de las últimas filas. ¿Qué tiene de especial esa cabeza? Los ojos. Sí, los ojos que me miran fijamente.
¿Será posible —me pregunto— que alguien esté interesado en el comentario de un cura al evangelio?
Y, ¡zas!: hago la homilía de un tirón mirando a los ojos que me miran y pasado mucho de esa señora que está hablando por teléfono y de esa otra señora que está siempre buscando cosas en su bolso.
«Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos», por favor. «Y, después de este destierro», por favor, etc.
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