miércoles, 26 de marzo de 2025

Diario. Miércoles, 26 de marzo de 2025

 San Miguel de Salinas

miércoles, 26 de marzo de 2025


¿En qué andaba pensando mientras cruzaba el Paseo, abría la iglesia y conducía mi Lamborghini hacia el hospital? No lo sé. Debían de ser asuntos graves porque no podría decir si había pajarillos en el Paseo, si se anunciaba la deflagración auroral tras la línea del horizonte o si, en su competición matinal, vencían las mimosas o las nubes. 


Digo, sí, que la misa ha empezado puntualmente y que ha terminado a las 7:59, un minuto antes de lo previsto.


También ha empezado puntualmente la misa de once en San Miguel. 


Hoy he leído cuarenta páginas de la Historia de la Iglesia en la España contemporánea, cincuenta páginas de Una familia de bandidos y treinta y cinco páginas de Retrato de Juan Pablo II. En este último libro, André Frossard cuenta que el papa lo invitó a asistir a la misa que iba a celebrar en su capilla privada. La misa empezó a las siete de la mañana y duró cincuenta minutos. 


Son las 19:15 cuando me pongo a escribir esto. Tengo que ir a Los Montesinos y no volveré antes de las 21:00. Entonces, si Dios quiere, remataré el diario y el día. 



Ya estoy de vuelta. Son las diez menos veinte cuando empiezo a escribir esto 


A las ocho empezaba la exposición: canto, silencio, canto, silencio, charla de veinte minutos en seis puntos, canto, alabanzas de desagravio, silencio, canto, bendición. A las nueve reservaba el Santísimo en el sagrario. 


Interrumpo la escritura cuando mi meditativa atención repara en una cucaracha que está trepando por la estantería. La primavera que nos trae mimosas nos alegra también cada año con el retorno de las vivarachas cucarachas. Como no tengo Cucal, hago un garrote enrollando un papel, abro la puerta que da a la escalera  y, de un papirotazo, derribo a la hermana cucaracha que —birdie!— cae cabe la puerta de la escalera y patas arriba. Usando ahora el garrote como palo de golf lanzo a la hermana cucaracha escaleras abajo. 

Reanudo la escritura. 


A las nueve y cuarto nos despedíamos y yo salía para San Miguel, llegaba a San Miguel, rezaba completas, apagaba las luces y cerraba la iglesia. 


Son las diez y piquito cuando termino de escribir esto.

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