domingo, 7 de abril de 2024

Diario. Domingo, 7de abril de2024

San Miguel

domingo, 7 de abril de 2024


Otra vez llego tarde a la casa abadía. Son las 22:36 cuando me pongo a escribir mi diario. Desde El Paseo me llegan las voces de un grupo de adolescentes —chicos y chicas— que hablan animada y desinhibidamente. Me pregunto si, de saber que estoy oyendo lo que dicen, se cortarían un pelo y me entran ganas de bajar al Paseo para charlar con ellos. 


Antes de la misa de doce y media en San Miguel, Teresa me ha presentado a un matrimonio: ella francesa y él holandés. Han dejado un legado testamentario a la parroquia. Nos hemos hecho amigos facilísimamente. 


Emilio y Marisol me han invitado a comer en su campo de Torremendo con el archidiácono, con Yoli, con Ana Isabel, Wilder, Luciana y Camila. El campo está en medio del monte, lejos de todo. Es un paraje agreste. Allí tienen una casa sin agua corriente ni luz eléctrica, rodeada de pinos y carrascos. Uno llega allí y puede pensar que ha retrocedido doscientos años en el tiempo. La España austera y alegre y hospitalaria ha sido una revelación para los dos venezolanos y para los cuatro colombianos. Todos lo hemos pasado muy bien. Nos hemos despedido a las seis de la tarde. 


La tía Janusa me ha mandado un artículo precioso de Alfonso Ussía: Mártires del egoísmo. Después de leerlo he recordado algo que me pasó hace un par de días. 

Iba yo, como siempre, a comer a casa de doña Nati y, como siempre, pasé por delante del estanco. En la puerta del estanco había una chica con un perro. Me tropecé con ella y, automáticamente, murmuré un «perdón» apresurado y seguí mi camino. Entonces oí su voz a mis espaldas: «Hola, guapo». 

Me volví hacia ella sonriendo encantado y dije «gracias» porque ya no recordaba la última vez que una muchacha me llamaba guapo. Lo que vi me alegró aún más porque esa chica que me miraba y me piropeaba  así de amablemente tenía todo el aspecto sólido de ser una chica con síndrome de Down. Entré en casa de doña Nati y, después de saludarla, le dije: «acaban de llamarme guapo». Y doña Nati sonrió con una sonrisa que reflejaba la mía, radiante.

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