sábado, 31 de octubre de 2020

III DECIR LOS PECADOS AL CONFESOR

 III

DECIR LOS PECADOS AL CONFESOR


En esto, precisamente, consiste la confesión. 

Al que confiesa sus pecados lo llamamos «penitente» porque, después de un diligente examen de conciencia ha descubierto con dolor —más o menos perfecto— que es un pecador y desea enmendarse y alcanzar el perdón por medio de la más perfecta penitencia que es la confesión. 

Al confesor que escucha los pecados del penitente lo llamamos «ministro» porque actúa en el Nombre y en la Persona de Cristo. Con otras palabras: el que va a escuchar y a absolver nuestros pecados no es don Fulano —ese tipo más o menos simpático— sino Cristo. Y eso independientemente de que don Fulano huela más o menos a oveja o de que el olor a oveja nos inspire más o menos confianza. 

Como no quiero perderme en eso del pastor que huele a oveja diré, de pasada, que en el confesonario donde me siento para escuchar las confesiones de los penitentes uso un ambientador fabricado en París en honor a la sede de la penitencia pero, sobre todo, para ofrecer al Buen Jesús lo que María de Magdala le ofreció.

Hemos llegado a eso tan enojoso que es la confesión. Será un asunto enojoso hasta el día en que adquiramos esa perfecta humildad de quien se reconoce ante Dios tal como es. 

Seamos sinceros. Ni siquiera el diablo se cree perfecto e, incluso él, solamente se aguanta a sí mismo comparando lo mejor de sí mismo con lo peor de los hombres, las más perfectas de las criaturas después de los ángeles y las más encumbradas desde que Dios se hizo Hombre y no ángel. 

Pero una cosa es reconocer que uno no es perfecto y otra, muy distinta, es confesar los propios pecados según su número y especie

Lo primero, reconocer que uno no es perfecto, es fácil y puede ser  interesante si no se queda ahí. Lo segundo, decir el número y la especie de los pecados que uno ha cometido, es no quedarse ahí. Es concretar, es confesar los pecados. 

Muy bien: hay qué decir los pecados al confesor del único modo objetivo: número y especie

El examen de conciencia y el arrepentimiento dependían en gran parte de Dios que es quien ilumina la concencia y la llena de amor. Pero decir los pecados al confesor es el compromiso del penitente.

Uno tiende a contar su vida al confesor —don Fulano— como si don Fulano fuera un juez humano a quien hay que explicarle las cosas.  

No hay que explicarle nada a don Fulano ni hay que contarle la vida de uno porque el que está ahí no es don Fulano sino Cristo. 

Entonces, ¿que debo hacer para confesar mis pecados?

Siendo esta una cuestión tan sensible, Nuestro Señor Jesucristo ha puesto un gran empeño en hacernos fácil la confesión. Nos ha dicho que, para hablar con Dios, no hay que usar muchas palabras. Si se trata de hablar de nuestros pecados basta con decir el número y la especie de tal modo y manera que lo entienda uno de aquellos a quienes Él dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados». 

Siendo esta una cuestión tan sensible, lo que tenemos que hacer es buscar a un sacerdote para confesar nuestros pecados según su número y especie con pocas palabras. 

Los ministros de la confesión son sacerdotes. Que sean  sacerdotes no quiere decir que sean santos sino, solamente, que pueden perdonar los pecados a quienes los confiesan según su número y especie

A quien finge confesarlos ocultando su número o disimulando su especie no podemos llamarlo «penitente» sino «simulador». Y la simulación ni hace bien al penitente ni es verdadera confesión.

Como todo esto puede resultar, además de enojoso, confuso, tenemos un Ritual de la Penitencia que ayuda mucho al penitente y  al sacerdote. 

El sacerdote —si es párroco— debe garantizar que el penitente pueda confesar sus pecados amparado tras la rejilla de un confesonario para salvaguardar su anonimato. 

Al penitente le bastará con decir: «¡Ave María Purísima!» para escuchar esta respuesta del sacerdote: «Sin pecado concebida». Es como el santo y seña. Un penitente y un ministro de la reconciliación se encuetran así: reconociendo a la Inmaculada como Madre.

Inmediatamente el sacerdote bendice al penitente así: «Que el Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados». 

En materia tan sensible como es la confesión dos seres humanos, un penitente y un ministro de Dios, o se atienen al ritual aprobado por la Iglesia Católica o no se entienden con Dios. 

Luego el penitente dice sus pecados al confesor según su número y especie. Y ya está. El penitente ha renacido. Está en gracia de Dios y el sacerdote lo celebrará con él y, después de darle la bienvenida y de imponerle una penitencia saludable le dirá exactamente las palabras que según el Ritual de la Penitencia ha de decir para absolver: «YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS, EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPIRITU SANTO».

martes, 27 de octubre de 2020

II Dolor de los pecados y propósito de la enmienda

 II

DOLOR DE LOS PECADOS Y PROPÓSITO DE LA ENMIENDA


También se llama arrepentimiento. 

Cuando es perfecto se llama contrición y es, sin más, un acto de amor de Dios que  aniquila el pecado. A san Pedro y a la Magdalena los llevó a llorar mucho, razón por la cual ambos se hicieron dignos de la bienaventuranza del consuelo prometido a los que lloran. 

Para que la confesión sea válida basta con ese arrepentimiento imperfecto que se llama atrición. En la parábola del hijo pródigo se nos cuenta que el manirroto razonaba así en su ruina: «En la casa de mi padre se come estupendamente y yo aquí me estoy muriendo de hambre. Me pondré en camino, volveré a mi Padre y le diré: he pecado contra el cielo y contra ti. No espero que me recibas como a un hijo y me basta con que me aceptes entre tus criados». No parece un arrepentimiento muy perfecto el que solamente considera el pecado como un mal negocio pero algo es algo y, si nos mueve a reconocer que hemos obrado mal y a volver a Dios, Él mismo se encargará de prepararnos una fiesta de reconciliación que provocará la envidia de los que nunca han roto un plato en su vida. 

Sea perfecto o imperfecto salta a la vista que el arrepentimiento es un acto noble y muy humano. 

Lo contrario del arrepentimiento es el endurecimiento del corazón que nos lleva a justificar el pecado y a decir: «no me arrepiento de nada». Esto también es muy humano pero no tiene nada de noble y es la característica de los demonios y de los que han sido arrastrados por ellos al infierno. Simplemente no quieren reconocer lo que reconoció el buen ladrón: que él estaba en la Cruz por sus crímenes mientras que Jesús era inocente. 

No conviene dejar el arrepentimiento para el último momento. Por eso es aconsejable examinar la propia conciencia muchas veces al día y estar, como aconseja Jesús, en vela. Pero el ejemplo del buen ladrón se nos ha dado para que comprendamos que una vida que ha ido muy mal puede acabar muy bien. Si nuestro último aliento se convierte en una bendición de Dios, entonces nuestra vida, por mala que haya sido, será un canto a la misericordia de Dios. 

Es tal el poder liberador del arrepentimiento que el Padre de la Mentira ha inspirado abundante literatura —y no de mala calidad— para convencer a los espíritus refinados de que arrepentirse en el último momento es una debilidad mientras que autoafirmarse —sostenella y no enmedalla— hasta el final contra Dios es el colmo de la elegancia. 

«Un corazón contrito y humillado, Tú, Señor, no lo desprecias». 



Pero. ¿Qué pasa si, después de examinar diligentemente mi conciencia como el justo Job, no hallo en ella nada que me acuse? 

Pues pueden pasar dos cosas. Una mala y otra buena. 

La mala es la que le pasó al fariseo de la parábola que decía: «te doy gracias, Señor, porque yo no soy ladrón y adúltero como la gentuza o como ese publicano que está ahí dándose golpes de pecho. Yo soy bueno». 

Jesús contó esa parábola para advertirnos de  que nuestro examen de conciencia puede ser muy deficiente. Siempre lo es cuando confronta nuestro Yo mejor con lo peor de los demás

Suele decir un hermano mío muy simpático: «Cuando me miro me doy asco, pero cuando me comparo con los demás me encanto». Esto es lo malo. No de mi hermano que es bromista y juega con la ironía, sino de mí y de ti, amable lector. Que podemos examinar nuestra conciencia comparándonos con los demás y concluir que somos mejores que ellos. 

De todas formas  también puede ocurrir —aunque es muy raro— que después de un diligente examen, alguien concluya que no tiene nada de lo que arrepentirse, no porque se considere mejor que los demás comparándose con ellos sino porque su alimento ha sido siempre hacer la Voluntad del Padre. Ese tal será alguien tan excepcional como Job. Sufrirá con paciencia todos los males que le sobrevengan y, aunque su sufrimiento lo lleve a maldecir el día en que su madre lo arrojó al mundo, bendecirá a Dios con palabras inmortales: «Yo sé que mi Redentor vive».

Amable lector: tú puedes ser un Job —imagen de Cristo— que sufre por causa de la justicia. Si todos tus sufrimientos —como los de Cristo— manifiestan la gloria de Dios no necesitas confesar tus pecados porque toda tu vida es alabanza de Dios. Reza por mí que tiendo a examinar mi conciencia comparándome con lo que juzgo peor de los demás y no me atrevo a mirar a Jesús en la Cruz.

Nosotros, los espíritus exquisitos nos hacemos la ilusión  de que somos como Antonio Machado y ya ni podemos ni queremos cantar al feísimo Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar. Hemos leído tantas poesías sobre Cristo que ya no podemos ni queremos cantarle una saeta a la Cruz y nos pasamos la vida re-citando las poesías de otros como si fueran nuestras. 


«Un corazón contrito y humillado, Tú, Señor, no lo desprecias».

CINCO MINICHARLAS SOBRE LA CONFESIÓN: (I ) EL EXAMEN DE CONCIENCIA

 CINCO MINICHARLAS SOBRE LA CONFESIÓN


I

EL EXAMEN DE CONCIENCIA


Código de derecho canónico (canon 901): «El que después del Bautismo ha cometido pecados mortales que por las llaves de la Iglesia no han sido aún directamente perdonados, debe confesar todos aquellos de los cuales tuviere conciencia después de un diligente examen de sí mismo y explicar en la confesión las circunstancias que cambian la especie del pecado».

Si el Código dice «después de un diligente examen de sí mismo» es porque el examen de sí mismo va primero. Hasta aquí la lógica tonta. 

Que a ese examen de sí mismo se lo suele llamar “examen de conciencia” es de sobra sabido. 

Por eso la primera minicharla se titula “examen de conciencia”.


En realidad la conciencia —si no está endurecida por el hábito del pecado o cegada por la ignorancia— nos manda mensajes continuamente sin necesidad de que la examinemos. A veces son mensajes muy positivos: «¡Bien hecho!», nos dice. Y entonces experimentamos la satisfacción del deber cumplido y nos induce a dormir a pierna suelta, digan lo que digan los demás, porque nuestra conciencia nos ha alabado y no hay nada más reconfortante que la alabanza de la propia conciencia. Otras veces son reprobatorios: «¡Sinvergüenza!», apostilla con el tono de una madre enfurecida porque —una vez más— la hemos engañado. «Eso no ha estado bien», susurra justo cuando estamos a punto de dormirnos. «¿No crees que habría que estudiar eso un poco más?», sugiere cuando estamos a punto de tomar una decisión a la ligera. 

Si no hay nada más placentero que la alabanza de la propia conciencia tampoco hay nada más intimidatorio que la reprobación —«¡sinvergüenza!»— de la conciencia que aparece como una madre blandiendo una zapatilla. Y nada que nos desvele y nos inquiete y nos quite el sueño como ese juez interior y amigo que nos dice: «Eso no ha estado bien». Ni hay nada que nos invite con más eficacia a evitar la superficialidad que esa advertencia cordial: «¿Lo has pensado bien? No deberías estudiar un poco más el caso antes de tomar una decisión?». 

La conciencia es la voz de Dios en el corazón. Cuando se hizo Carne le impusieron por nombre Jesús. La Iglesia Católica —la que Jesús fundó sobre Pedro por nuestros pecados— es el eco de esa voz contra la que no prevalecerán los poderes de las tinieblas. 

Nótese que la promesa no es para la conciencia individual que puede ser domesticada y acallada fácilmente. No se dice que el poder de las tinieblas no prevalecerá sobre la conciencia de uno —sobre la mía, por ejemplo, o sobre la del buen Judas o sobre la tuya, amable lector— o sobre lo que llaman «libre examen». Sobre todo eso puede prevalecer, y prevalece a menudo, el poder de las tinieblas. Lo que se dice es que el poder de las tinieblas no prevalecerá sobre Cristo, voz de Dios hecho Carne, ni sobre el eco de esa voz que es la Iglesia. 


¿Entonces? 

Pues, entonces, amable lector, no sé qué más decirte. Aunque tu conciencia no estuviera deformada por el pecado y anque fuera tan transparente como la de la Virgen María o la de san José, para alcanzar el Cielo necesitarás que Jesús la ilumine como iluminó la de esas dos criaturas perfectísimas: María y José. 

Si tu conciencia fuera como la de la Virgen María —cosa imposible a menos que hayas sido concebido sin pecado original— no necesitarías examinarla porque estaría iluminada indefectiblemente por Cristo. Si tu conciencia fuera como la de san José —cosa imposible a menos que seas san José— cuando estuvieses a punto de cometer un error por amor de Dios, el mismo Dios te mandaría un ángel para decirte: «No cometas el error de repudiar a María porque lo que ha concebido en su seno es obra del Espíritu Santo». 

    Pero si tu conciencia anda un poco adormecida o, peor, como la mía, está entusiasmada un día con el misticismo de la New Age o del Dalái lama, otro con el hedonismo de la New Age y del Dalai lama y otro con el estoicismo de la New Age y del Dalai lama y ya no rezas el Padre Nuestro cada día porque aprendiste a rezar con los Beattles o con los raperos te aconsejo, con el Código de Derecho Canónico, que, antes de confesar tus pecados, hagas un diligente examen de conciencia contemplando con amor la Cruz de Cristo y rezando con humildad el Ave María. 



La conciencia —la mía, por supuesto, pero también la tuya, amable lector, y hasta la del Dalai lama o la del Papa o la de John Lennon— puede estar tan endurecida que ya no nos advierta contra el pecado. Entonces si no la examinamos  a la luz de Dios, su puesto lo ocupará el Padre de la Mentira que vendrá a decirte: «Tú reciclas las basuras. Tú pagas los impuestos. Tú no matas ni robas y, además, andas siempre muy indignado contra los otros, contra los que hacen lo que tú no haces, contra los malos. Si me crees serás como Dios». 

Pero las puertas del Infierno no prevalecerán contra Cristo ni contra la Iglesia que reza diciendo «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» y que empieza cada Misa invitando a todos a reconocer sus pecados para celebrar dignamente los sagrados misterios. 



Padre Nuestro que estás en Cielo… Dios te Salve, María, llena eres de Gracia… Y ahora el examen de conciencia a la luz de Dios. Y luego, con la gracia de Dios, la confesión. 



Esta minicharla ha salido un poco larga. Perdón. 

jueves, 15 de octubre de 2020

Santa Eduvigis y Roberto Grosseteste: universos paralelos

 viernes, 16 de octubre de 2020

Santa Eduvigis


Nació en Baviera en 1174 y, a los doce años, se casó con Enrique, heredero del duque de Silesia. Fue tía de Santa Isabel de Hungría, hija de su hermana Gertrudis. 

Eduvigis y su esposo fundaron varios monasterios y hospitales. Cuando murió Enrique, santa Eduvigis dispuso que lo enterraran en uno de esos monasterios, el de los cistercienses de Trzebnica, del que era abadesa una de sus hijas. Ella misma se retiró allí para pasar los últimos años de su vida y allí fue enterrada, junto a su esposo, en 1243.

Pedimos por intercesión de la Virgen María que también nosotros pongamos nuestras vidas al servicio del Reino de Dios. 


¿Y Roberto Grosseteste?

Pues Roberto Grosseteste (1175-1253) fue coetáneo de santa Eduvigis. 

Javier Yanes dedicó en 2014 dos entradas de su blog CIENCIAS M1XTAS a un estudio del físico Richard Bower que trataba de comprender mejor el pensamiento científico en el siglo XIII. 

    Bower encontró en Roberto Grosseteste —franciscano y obispo de Lincoln— una percepción del mundo natural «asombrosa incluso para un físico moderno». 

Con astucia periodística, Yanes tituló una de sus entradas así: «El obispo medieval que descubrió el Big Bang y los universos paralelos».

martes, 6 de octubre de 2020

San Bruno

 martes, 6 de octubre de 2020

San Bruno


Nació en Colonia en el siglo XI y estudió en la escuela catedralicia de Reims de la que llegó a ser director con solo veintiséis años. Entre sus discípulos estuvo Odón de Chatillon, el futuro Papa Urbano II.

Sintiendo la llamada a una vida de oración y retiro inició la búsqueda que lo llevó con otros seis compañeros hasta el desierto de la Chartreuse cerca de los Alpes donde fundó una comunidad eremítica conocida como la Cartuja. 

Urbano II, empeñado en la reforma de la Iglesia, lo llamó a Roma como consejero pero le permitió seguir llevando vida retirada. San Bruno fundó entonces en Calabria el segundo eremitorio. De sus hermanos escribió: «como centinelas divinos esperan la llegada del Señor para abrirle apenas llame». 

Allí murió el año 1101. 

Por intercesión de la Virgen del Rosario pedimos a Dios que nos conceda la gracia de servirle con un corazón libre del apego a las cosas terrenas. 



Tuesday, October 6th, 2020

Saint Bruno


He was born in Cologne in the 11th century and studied at the Reims cathedral school, of which he became director when he was only twenty-six years old. Among his disciples was Odo de Chatillon, the future Pope Urban II.

Feeling the call to a life of prayer and retreat, he began the search that led him with six other companions to the desert of the Chartreuse near the Alps where he founded a hermitage community known as the Charterhouse.

Urban II, committed to the reform of the Church, called him to Rome as a counselor but allowed him to continue leading a retired life. Saint Bruno then founded the second hermitage in Calabria. Of his brothers he wrote: "as divine sentinels they await the arrival of the Lord to open to Him as soon as He knocks.

There he died in 1101.

Through the intercession of Our Lady of the Rosary, we ask God to grant us the grace to serve him with a heart free from attachment to earthly things.

domingo, 4 de octubre de 2020

La parábola de los viñadores homicidas

domingo, 4 de octubre de 2020

Domingo vigésimo séptimo del Tiempo Ordinario


El cántico de la viña y la parábola de los viñadores homicidas nos hablan del amor de Dios que, despreciado por los hombres una y otra vez, a pesar de todo vuelve a ofrecerse y se abre paso en la la historia.

Dios aparece allí como el amigo que planta una viña y la cuida con solicitud; como el propietario que confía su heredad a los labradores. 

La viña produce frutos amargos, los labradores se rebelan pero el amor de Dios vuelve a manifestarse en Cristo, su Hijo.

A quienes creen en Él les dice San Pablo que no dejen que nada los preocupe porque el Dios de la Paz estará siempre con ellos si ponen por obra lo que han aprendido.

Con esta confianza pedimos a Dios por intercesión de la Virgen del Rosario: danos la paz. 



Sunday, October 4th, 2020

Twenty-seventh Sunday in Ordinary Time


The Song of the Vineyard and the Parable of the Murderous Vinedressers speak to us of the love of God despised by men over and over again. But He returs to offer His Love.

God appears there as the friend who plants a vineyard and keep it carefully; like the owner who entrusts his inheritance to the farmers.

The vineyard produces bitter fruits, the farmers rebel, but God's Love manifests itself again in Christ, His Son.

To those who believe in Him, Saint Paul tells them not to let anything worry them because the God of Peace will always be with them if they put into practice what they have learned.

With this confidence we ask God through the intercession of Our Lady of the Rosary: give us peace.

sábado, 3 de octubre de 2020

San Francisco de Borja

 sábado, 3 de octubre de 2020

San Francisco de Borja


Francisco, bisnieto del Papa Alejandro VI y del rey de Aragón, Fernando el Católico, nació en Gandía en 1510. Se educó en la corte del emperador Carlos y se casó con Leonor de Castro, dama de la emperatriz, con la que tuvo ocho hijos. 

Nombrado Virrey de Cataluña, al morir su padre heredó el título de duque de Gandía y se retiró a su ciudad natal donde fundó la Universidad. Tenía treinta y seis años cuando quedó viudo y decidió entrar en la Compañía de Jesús. Diecinueve años después fue elegido General de la Orden y ejerció el cargo durante siete años, hasta su muerte en 1572. 

San Ignacio de Loyola envió una carta a Carlos de Borja, marqués de Lombay y primogénito de san Francisco. En ella le recordaba que, si había heredado de su padre títulos y riquezas, había recibido también de él un ejemplo de humildad y santidad y que esta herencia espiritual era más importante que la primera.

Pedimos por intercesión de la Virgen del Rosario que la herencia de los santos dé fruto en nosotros. 



Saturday, October 3rd, 2020

San Francisco de Borja


Francisco, great-grandson of Pope Alexander VI and the King of Aragon, Ferdinand the Catholic, was born in Gandía in 1510. He was educated in the court of Emperor Charles and married Leonor de Castro, lady of the Empress, with whom he had eight children .

Named Viceroy of Catalonia, when his father died he inherited the title of Duke of Gandía and retired to his hometown where he founded the University. He was thirty-six years old when he became a widower and decided to enter the Society of Jesus. Nineteen years later he was elected General of the Order and held the position for seven years, until his death in 1572.

Saint Ignatius of Loyola sent a letter to Carlos de Borja, Marquis of Lombay and first-born of Saint Francis. In the letter he reminded him that, if he had inherited titles and wealth from his father, he had also received from him an example of humility and holiness and that this spiritual inheritance was more important than the first.

Let us ask through the intercession of the Virgin of the Rosary that the inheritance of the saints bear fruit in our lives.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña

 domingo, 27 de septiembre de 2020

Domingo vigésimo sexto del Tiempo Ordinario


«Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña»

La parábola nos habla de la vocación cristiana como llamada a trabajar en la viña del Señor; una llamada que el mismo Dios dirige a sus hijos. El «hoy» se refiere a esta vida. 

En las respuestas de los hijos podemos reconocernos nosotros mismos. 

Hay un «sí» respetuoso pero que se queda en palabras. Es el «sí» que hemos podido dar alegremente en alguna vez en la vida y que ha quedado en nada en el momento de la verdad, en el momento del sacrificio personal. 

Hay un «no» rebelde que, sin embargo, deja paso a la reflexión y al arrepentimiento. El «no» que hemos dado a veces, quizá por miedo al compromiso, hasta que hemos recapacitado.

Cada época de la vida tiene sus tentaciones. Hay una rebeldía propia del joven, del que empieza a caminar por sí solo y ve en la vocación una amenaza para su libertad, para sus propios planes y sus sueños. Pero hay también una rebeldía propia del hombre maduro o, incluso, del anciano que ya ha recorrido un largo trecho y, en el medio del camino de la vida, o al final, piensa que ya ha hecho bastante de modo que, aunque empezó dando un «sí» generoso a Dios, ahora deja de atender a su llamada.

Frente a esas rebeldías está el ejemplo de Jesús cuyo paso por este mundo resume y canta San Pablo como una vida de perfecta obediencia al Padre. El «sí» de Jesús se mantiene desde el principio hasta la muerte de Cruz. Él puede decir que su alimento es hacer la Voluntad del Padre que lo ha enviado y no dirá «todo está cumplido» hasta el momento de la muerte. Solamente entonces, después de haber apurado el cáliz, añadirá con perfecto abandono: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». 

A nosotros nos viene bien rezar como el salmista: «No te acuerdes de los pecados de mi juventud». Aunque nunca hubiéramos pecado y fuéramos ya ancianos llenos de méritos, haríamos bien en en decir: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad». 

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. 


Sunday, September 27th, 2020

Twenty-sixth Sunday in Ordinary Time


"Son, go to work in my vineyard today"

The parable tells us about the Christian vocation as a call to work in the Lord's vineyard, a call that God Himself addresses to His children. That "today" refers to this life.

In the children's responses we can recognize ourselves.

There is a respectful "yes" but it ends in empty words. It is the "yes" that we, perhaps, have given at some point in life and that has come to nothing at the moment of truth, at the moment of the personal sacrifice. 

There is a rebellious "no" that, however, gives way to reflection and repentance. The "no" that we have sometimes given, perhaps out of fear of commitment, until we have reconsidered.

Every season of life has its temptations. There is a rebellion of the young man, who begins to walk on his own and sees his vocation as a threat to his freedom, to his own plans and dreams. But there is also a rebellion typical of the mature man or, even, of the old man who has already come a long way and in the middle of the path of life, or at the end, decides that he has already done enough and, if he started by saying a generous «yes» to God, now stops responding to that call.

Faced with these rebellions is the example of Jesus whose Life Saint Paul summarizes and sings as a Life of perfect obedience to the Father. The "yes" of Jesus is maintained from the beginning until the death on the Cross. He can say that His Food is to do the Will of the Father who has sent Him and He will not say "everything is accomplished" until the moment of death. Only then, after having drained the chalice, will He add with perfect abandon: "Father, into your hands I entrust my spirit."

It would be good for us to pray like the psalmist: "Do not remember the sins of my youth." Even if we had never sinned and were already meritorious elders, we would do well to say: "Lord, teach me your ways, instruct me in your paths: make me walk with loyalty."

Holy Mary, Mother of God, pray for us sinners, now and at the hour of our death.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Nuestra Señora de la Merced

 jueves, 24 de septiembre de 2020

Nuestra Señora de la Merced


En 1212 los reinos cristianos de Castilla, Aragón, Navarra, León y Portugal se unieron para impulsar la Reconquista y lograron una victoria decisiva en la batalla de Las Navas de Tolosa. 

Seis años después, el 1 de agosto de 1218 la Virgen María se apareció al rey de Aragón —Jaime I— a san Pedro Nolasco —un comerciante que dedicaba sus riquezas a redimir a los cristianos cautivos de los musulmanes— y a su confesor, san Raimundo de Peñafort. 

Por inspiración de Nuestra Señora y con el apoyo del rey, san Pedro Nolasco fundó una Orden de religiosos y caballeros que se comprometían a redimir a los cautivos. Veneraban a la Virgen María con el título de La Merced.

Hoy la invocamos todos con ese nombre «María de las Mercedes» y la contemplamos junto al Cruz del Redentor en el momento en que se nos dio como Madre para que, libres de la esclavitud del pecado, vivamos con la libertad de los hijos de Dios.



Thursday, September 24th, 2020

Our Lady of Mercy


In 1212 the Christian kingdoms of Castile, Aragon, Navarra, León and Portugal united to promote the Reconquest and achieved a decisive victory in the battle of Las Navas de Tolosa.

Six years later, on August 1, 1218, the Virgin Mary appeared to the King of Aragon - Jaime I - to Saint Pedro Nolasco - a merchant who dedicated his wealth to redeeming the captive Christians of the Muslims - and to his confessor, Saint Raimundo de Peñafort.

By inspiration of Our Lady and with the support of the king, Saint Pedro Nolasco founded an Order of religious and knights who undertook to redeem the captives. They venerated the Virgin Mary with the title of La Merced.

Today we all invoke her with that name "Maria de las Mercedes" and we contemplate Her next to the Cross of the Redeemer at the moment in which She was given to us as Mother so that, free from the slavery of sin, we may live with the freedom of the children of God.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

San Pío de Pietrelcina

 miércoles, 23 de septiembre de 2020

San Pío de Pietrelcina, presbítero


Nació en 1887 y fue bautizado con el nombre de Francisco. 

Hasta los dieciséis años vivió en su pueblo natal y, entonces, se trasladó a Beneveto para ingresar como en el convento de los capuchinos. Allí recibió el orden sacerdotal a la edad de veintitrés años. 

Sus problemas de salud aconsejaron a sus superiores mandarlo de regreso a Pietrelcina donde ejerció su ministerio durante seis años hasta que recibió la orden de volver a hacer vida en común y se trasladó al convento de los capuchinos de San Giovani Rotondo donde murió, habiendo cumplido los ochenta y un años, en 1968.

El Padre Pío recibió los estigmas de la Pasión de Cristo en 1918, el mismo año en que terminaba la Primera Guerra Mundial. 

Toda su vida procuró identificarse con Cristo Víctima en cuyas heridas encontramos la salvación. 

Hombre de oración y penitencia hizo de la Misa el centro de su vida y dedicaba muchas horas cada día a atender a las almas en el confesonario. Fundó más de setecientos grupos de oración y la casa hospital Alivio del Sufrimiento.

Entre los miles de peregrinos que acudieron a confesarse con él hubo un joven sacerdote llamado Carol Wojtyla. Siendo ya obispo, Wojtyla escribió al Padre Pío pidiendo la curación de una señora de cuarenta años, madre de cuatro hijos y enferma de cáncer. Ocho días después volvió a escribirle para anunciar que la señora se había curado instantáneamente antes de ser operada. 

Nuestra Señora lo favoreció con frecuentes apariciones y obró el milagro de su curación con ocasión de la vista de la imagen de la Virgen de Fátima a su convento. A ella encomendamos nuestro camino de fe.


Wednesday, September 23rd, 2020

Saint Pio of Pietrelcina, priest


He was born in 1887 and was baptized with the name of Francisco.

Until the age of sixteen he lived in his hometown and then he moved to Beneveto to enter as novice in the Capuchin convent. There he received the priestly order at the age of twenty-three.

His health problems caused his superiors to send him back to Pietrelcina where he exercised his ministry for six years until he received the order to return to life in common and he moved to the Capuchin convent of San Giovani Rotondo where he died, having reached eighty-one years old, in 1968.

Padre Pio received the stigmata of the Passion of Christ in 1918, the same year that the First World War ended.

All his life he tried to identify himself with Christ the Victim in whose wounds we find salvation.

A man of prayer and penance, he made Mass the center of his life and devoted many hours each day healing the souls in the confessional. He founded more than seven hundred prayer groups and the Suffering Relief Hospital home.

Among the thousands of pilgrims who came to confess to him was a young priest named Carol Wojtyla. Already a bishop, Wojtyla wrote to Padre Pio asking for the cure of a forty-year-old lady, mother of four children and suffering from cancer. Eight days later he wrote again to announce that the lady had been cured instantly before undergoing surgery.

Our Lady favored him with frequent appearances and worked the miracle of his healing on the occasion of the visit of the image of the Virgin of Fatima to his convent. To Her we entrust our journey of faith.

martes, 22 de septiembre de 2020

Fiesta sorpresa en Toledo



lunes, 21 de septiembre de 2020


De todos es sabido que ayer estuve en Toledo celebrando el funeral de dos amigos. 

Una semana antes, comiendo con don Paco —el rector de la vecina parroquia de Los Montesinos— le pedí que se encargase de celebrar la primeras comuniones del domingo en San Miguel de Salinas. Cuando me dijo, con sincero pesar, que no podría sustituirme yo no podía imaginar que ese contratiempo formaba parte de los planes del Buen Dios que había decidido organizarme una fiesta sorpresa.

Inmediatamente empecé a hacer gestiones en busca de un saerdote benévolo, católico y dispuesto a sustituirme el domingo. En el arciprestazgo de Torrevieja, nada; entre los amigos de la vecina diócesis de Murcia, nada; entre los venerables sacerdotes jubilados de por aquí, nada. 

Chateando con la tía Janusa de Valladolid le confié mis cuitas y prometió encomendar el asunto y hablar con doña Balbi de Sonseca (Toledo) por si ella conocía a algún sacerdote de allí que pudiera celebrar la Misa aquí. Como es natural doña Balbi, que conoce a todos los sacerdotes de allí, no conocía a ninguno que pudiera celebrar la Misa del domingo aquí —a cuatrocientos kilómetros de allí— y volverse allí como si nada. 

Así que nada. Y yo con mis cuitas y Dios, pacientemente, preparándome su fiesta sorpresa. 

Lo del sacerdote benévolo, católico y dispuesto a sustituirme se solucionó cuando, por consejo de don Paco, mandé un dramático wasap al rector del seminario de Orihuela. Muy conmovido por mis penas, el rector me contestó al día siguiente: que muy bien, que vendría a sustituirme don Marcos, el director espiritual. ¡Qué bien!

Hablé con la tía Janusa que se puso muy contenta y con Balbi que se puso aún más contenta. Balbi y yo quedamos en vernos para ver Toledo —y para vernos, claro— y me dijo que iba a buscar un guía. Yo le dije que ella y el guía estaban invitados a comer. Así quedamos. 

El sábado —antier celebré la Misa de 12:30, tiré a la basura, por error, con la basura mis pastillas de Famotidina —una caja entera que acababa de comprarme Wilder— hice las maletas y salí para Toledo con Wilder. 

El domingo estábamos citados a la 11:00 en la Plaza del Conde con Balbi y con el guía que resultó ser una guía. Wilder y yo dimos un largo paseo. Vimos la ermita del Cristo del la Luz, entramos en la catedral, callejeamos y nos detuvimos ante una hermosa casa del siglo XVI muy cercana a la Plaza del Conde. Nos llamó la atención el jazminero y las otras plantas maravillosas que cubrían la fachada. Nos llamó la atención también una caja de registros de luz que alguien había instalado ante una de las puertas de la casa de tal modo que, para entrar por ella, uno tenía que ponerse de costado. 

A las once menos cinco nos sentamos en la Plaza del Conde y llamé a Balbi: «¿Dónde estás Balbi?» Y Balbi —que estaba a nuestro lado aunque oculta— contestó: «Estoy aquí, a vuestro lado». Y —¡zas!— apareció, como suele, como por arte de magia, como aparecen las hadas de los cuentos en la realidad.

Poco después apareció nuestra guía. Nos presentamos: «Wilder es colombiano», dije. «¿De qué parte de Colombia» preguntó Pilar, nuestra guía. «De Medellín», contestó Wilder. «Mi madre es de Medellín», replicó la guía. Y Wilder muy contento, claro. 

Entonces empezó la fiesta sorpresa de verdad. Y es que nunca he conocido a un guía turístico tan competente, ameno, apasionado, elocuente y amable como Pilar. 

Allí mismo, frente al palacio de Fuensalida, rememoró la muerte de la emperatriz Isabel de Portugal, el luto sin consuelo del emperador Carlos, la procesión fúnebre que salió, un 1 de mayo, por aquellas puertas para llevar el cadáver hasta Granada y la célebre frase que el duque de Gandía pronunció después de reconocer los restos mortales: «nunca más servir a señor que se me pueda morir». 

La fiesta continuó en la iglesia de Santo Tomé. Balbi pagó las entradas sin hacer caso de mis protestas y Pilar siguió sorprendiéndonos con sabrosas historias sobre la reedificación del templo que costeó el señor de Orgaz y, sobre todo, con una brillantísima presentación del celebérrimo («celebérrimo» quiere decir «super famoso») cuadro conocido como «El entierro del Conde de Orgaz». 

Aún quedaban más sorpresas y más fiesta en la sinagoga del Tránsito donde la erudición de nuestra guía, lejos de abrumar, templaba la emoción con la que hablaba de Israel. 

Luego Balbi se fue a buscar una farmacia para comprar una caja de Famotidina y nosotros nos acercamos al monasterio de San Juan de los Reyes que ya estaba cerrado. Doña Balbi volvió con la Famotidina y, pese a mis protestas, me la dio de gratis. Entonces nuestra guía anunció que íbamos a comer en su casa y nos condujo a su casa. Sí, exacto, la casa maravillosa que Wilder y yo habíamos estado admirando tres horas antes. 

Pilar nos explicó que a esa caja de registros instalada frente a una de las puertas la llaman familiarmente «el burladero» y nos invitó a entrar por otra puerta en la que tiene su oficina. Nos abrió la puerta una de sus hijas que no se llama Teresa aunque llevaba un delantal en el que ponía «Teresa». Nos ofreció gel hidroalcohólico según la etiqueta de la nueva normalidad y se puso a charlar con Wilder como si lo conociera de toda la vida. Entonces apareció la más pequeña y a continuación Santiago, el marido de Pilar que nos invitó a bajar al antiquísimo aljibe que están transformando en bodega. Mientras explorábamos el aljibe Wilder recordó la historia del apóstol Santiago y de la Virgen del Pilar que yo le había contado durante el viaje. Santiago nos reveló el secreto de los jazmines que cubren la fachada de la casa y que atraen la atención de todos los turistas.

Ya en el comedor, donde nos esperaba una maravilosa crema de calabaza, conocimos a otros tres hijos de Pilar y Santiago y no dejó de llamarnos la atención que uno de ellos llevase el nombre de Agustín y otro el de Esteban, como el santo obispo y el santo diácono que enterraron al señor de Orgaz. 

Balbi, Wilder y yo, cautivados por la hospitalidad familiar de aquella casa, estábamos más que a gusto. Tanto que Wilder me confesó luego que hubo un momento en que tuvo la sensación de haber estado allí antes. 

En fin, cuando terminó la fiesta nos despedimos como se despiden los viejos amigos y empecé a atar cabos y a descubrir hasta qué punto había sido providencial el obstáculo que impidió a don Paco venir a sustituirme.

Hoy, al regresar a San Miguel, he sabido que mientras nosotros disfrutábamos de Toledo y hacíamos nuevas y estupendas amistades, don Marcos fascinaba a los feligreses con su simpatía durante la más emocionante tanda de primeras comuniones que se han celebrado en la parroquia este año del coronavirus. 

Bendito sea Dios.  

sábado, 19 de septiembre de 2020

San Jenaro

sábado, 19 de septiembre de 2020

San Jenaro


Fue obispo de Nápoles en el siglo IV. Durante la persecución de Diocleciano no dejó de visitar a los cristianos encancelados para confortarlos hasta que él mismo fue detenido y ejecutado. 

En la catedral de Nápoles se venera como reliquia una ampolla con la sangre del mártir que se licúa tres veces al año. 

Llamamos a María «Reina de los mártires» porque sufrió en su corazón de madre el dolor de la Cruz de su Hijo. A la intercesión de esa Virgen Dolorosa y Fuerte nos confiamos. 



Saturday, September 19th, 2020

San Jenaro


He was bishop of Naples in the 4th century. During Diocletian's persecution he did not stop visiting imprisoned Christians to comfort them until he himself was arrested and executed.

In the cathedral of Naples a vial with the martyr's blood is venerated as a relic, which is liquefied three times a year.

We call Mary "Queen of martyrs" because She suffered in Her motherly heart the pain of Her Son's Cross. We entrust ourselves to the intercession of that Sorrowful and Strong Virgin.