viernes, 11 de septiembre de 2026

Diario. Viernes, 11 de septiembre de 2026

 Granja de Rocamora

viernes, 11 de septiembre de 2026


06:00

Suena el despertador. 

Desayuno con antiinflamatorios 

Oficio de lectura y laudes. Seguimos con el libro de las Lamentaciones: «Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor». Y el beato Isaac: «Nada podría perdonar la Iglesia son Cristo. Nada quiere perdonar Cristo sin la Iglesia».


07.30

Oigo voces en los locales y colijo que han venido a limpiarlos. 

Bajo y saludo a dos seres humanos que me dicen sus nombres. Olvido sus nombres y les revelo el mío. Estrechamos nuestras manos. 


Cuando llego a la iglesia la hallo abierta. La abro más. Abro las puertas grandes y el cortavientos y las puertas laterales para que entre el fresco de la mañana. Luego me siento ante el sagrario para mirarlo fijamente pero me distraigo mucho con los objetos de cotillón que lo rodean. 


Paso toda la mañana en la iglesia saludando a los que entran y salen y tomando posesión de la sacristía. 

Entre los que entran y salen están: Antonio que pregunta por Domingo y no se han enterado de que está malito, Antonio que —como todos los días— viene a mirar fijamente al sagrario, Rosi que me presenta a la madre del alcalde que viene con ella…

Hoy reviso, vacío, limpio y ordeno otros dos cajones de la sacristía y retiro cuatro de las cinco cruces que encuentro allí. Dejo solamente una que, vista de lejos, parece vulgar pero que no lo es en absoluto. Me gustaría que Ramón Cuenca, el escultor a quien conocí en Cox, me dé su veredicto. El Cristo está delicadísimamente tallado en madera. 

También saco varias bolsas de basura. 

También leo unos veinte mensajes de WhatsApp y contesto a algunos de ellos. Por ejemplo, Alejandro —del grupo de campaneros voluntarios— me felicita por mi nuevo destino y me pregunta que si pueden visitarme y ver el campanario. Quedamos en que vendrán a las seis. Por ejemplo, invito a comer a don Paco y él acepta la invitación. Le digo que si le viene bien a las dos y me contesta que le viene mejor a las dos y cuarto. 


A eso de las doce —después de rezar el Ángelus ante la imagen de la Virgen del Rosario— voy al supermercado de Estefanía que está concurridísimo. No importa: no tengo prisa y puedo socializar con los vecinos que —como se pusieron de acuerdo para aplaudirme cuando llegué— parecen haberse puesto de acuerdo para no aplaudirme más. 

En la cola de la caja —atendida por un hijo de Estefanía, alto, enjuto y tatuado—, una amable señora insiste en que pase yo primero porque ella lleva más compra. Justo cuando estoy metiendo mis cosas en las bolsas suena mi celular. Son los de Vega Fibra. Don Paco les ha dado orden de que manipulen mi teléfono de tal forma y manera que las llamadas que se hagan al fijo de la parroquia sean desviadas automática e infaliblemete al mío. Distraído como estoy, no reparo en que he empezado a meter en mis bolsas la compra de la señora que me ha cedido el paso. Pero el hijo de Estafanía impide que consume el hurto: «esto no es suyo, oiga». Doy las gracias a los de Vegafibra y pido mil disculpas a la amable señora 

Del supermercado voy al palacete parroquial para preparar la comida pero tengo que volver a Casa Estefanía porque he olvidado la sal. 


Don paco llega a las dos y veinte. Le doy a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro, casi todas sacadas de la cesta de Caperucita que me trajeron ayer Almudena, Pepe, Fátima y María. 


Don Paco se despide a las tres y media o así. Yo termino de recogerlo todo a las cuatro o así. Para no dormirme, rezo el rosario paseando por el palacete parroquial pero, en cuanto termino de rezar, me vence el sueño y —zas— me duermo.


A las seis voy a la iglesia porque han llegado los campaneros. Subo con ellos al campanario y los dejo allí. Preparo el altar, los libros y los ornamentos rojos para la misa votiva de la Santa Cruz. Luego espero a don Paco que es quien va a celebrar la misa. Cuando llega le digo que los campaneros está en el campanario y que le he preparado la misa votiva de la Santa Cruz. Todo le parece bien. 


Voy al despacho parroquial porque tengo que hacer una partida. No encuentro los libros parroquiales. En el archivo hay un armario ignífugo y cerrado a cal y canto. Sospecho que allí están los libros pero no tengo la llave. Exploro el despacho y los locales parroquiales: también aquí tendré que desescombrar y tirar cosas. Por el momento lo fumigo todo porque los mosquitos zumban en mis orejas. 


A las ocho menos veinte salgo para el santuario de la Virgen del Carmen del Cox. 

Celebro allí a las ocho. 

Al terminar la misa se me acerca una señora que se presenta como Sandra y un muchacho de unos once años y ocho meses o doce, que se presenta como Isaac, el nombre del hijo de Abraham y del beato que escribió la lectura del oficio de hoy. Me pregunta con un dulcísimo acento colombiano que si no soy, por ventura, el padrecito que estuvo en Torremendo. Resulta que ella cuidaba de la madre de Toni, el dueño del bar que está cabe la iglesia de Nuestra Señora de Monserrate. Charlamos largamente. Ya somos amigos.


Decido volver sin usar el GPS. Casi lo consigo aunque, al final, me pierdo y tengo que dejarme guiar. Encuentro aparcamiento en la puerta de casa. Me felicito. Son las nueve menos diez pero el supermercado de Estefanía aún está abierto, Entro para comprar una botella de agua mineral porque la que sale del grifo del palacete sabe a goma de borrar. Como soy el único cliente, Estefanía y su familia me prestan toda su atención. Charlamos alegremente y nos contamos muchas cosas sin importancia, que son las que todos queremos contar cuando se acaba el día. 

1 comentario:

  1. El Cristo de la Misericordia fue un encargo de mi padre, presidente entonces de la cofradía, a Ramón Cuenca. Un excelente escultor, tenemos mucha suerte de tenerlo cerca.
    Cuando vea a Ramón pregúntele sobre lo el gesto que pidió Oscar, mi padre, que hiciera en la mano del Cristo (y que Ramón supo realizar maravillosamente).

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Es usted muy amable. No lo olvide.