La Torre
lunes, 7 de septiembre de 2026
Passò l’alba con fruscio di rose
svegliando nei nidi i passerini…
(Salvatore Quasimodo)
A las nueve menos cuarto ya he rezado el oficio de lectura y las laudes, he desayunado y he dejado hecha la cama. Pongo un mensaje a los durmientes de La Torre: «Lo siento, tengo que ir a San Miguel y no puedo celebrar la Misa a las once. Un abrazo para Rosario y Teresa. No sé si vendré a comer. Os aviso».
El abrazo para Rosario y Teresa es porque se van a Madrid y ya no nos veremos nunca más.
Salgo para San Miguel oyendo una piadosa meditación.
Tengo que ir a San Miguel y a Torremendo porque urge hacer algunos preparativos para la toma de posesión de mi indigno sucesor a quien —por cierto— han nombrado hijo adoptivo de Relleu, su destino durante veinticinco añitos. También tengo que ir a casa de Matthew para dejarle un convoluto.
En San Miguel me ayudan José Miguel y Manoli. ¡Qué amables.
Por fortuna, encuentro a Matthew y a Joan en la puerta de la iglesia: me ahorro un viaje.
Doña Nati me puso ayer este mensaje: «Te echo de menos. No me acostumbro a la nueva situación. No cambies la dirección de envío de Amazon, así, al menos vendrás para recoger tus libros. Un abrazo muy fuerte, si te dejas».
Se alegra no poco cuando llamo a su puerta, le pido las llaves de la casa abadía y le pregunto que si me invita a comer.
Antes de salir para Torremendo hago una visita al Santísimo. Primera visita al Santísimo en san Miguel en mi calidad de cura de Granja.
En Torremendo saludo al archidiácono, a su amable esposa y a sus pequeños nietos.
A las doce y media he terminado con mis gestiones y voy a casa de doña Nati. Todavía tengo que hacer algunas cosas con mi Mac y me deja un cómodo sillón para que trabaje.
A la una y media llega Roberto con una fuente de estofado de ternera y patatas fritas que ha preparado su madre para su abuela y para el cura. Saludo a Roberto cuando llega y me despido de él cuando se va. Entonces llega Eva y nos sentamos a la mesa para el aperitivo. Me ofrecen un quinto y lo acepto.
A las dos menos diez, nos despedimos de Eva. Ella se va y nosotros empezamos a comer.
A las dos y diez hemos tomado café, hemos recogido la mesa y nos sentamos en el recibidor para rezar los misterios gozosos. Los dirijo yo. Ruego a doña Nati que me despierte si me duermo.
A las dos y media hemos terminado el rosario y ruego a doña Nati que me deje dar una cabezadita en el sillón antes de volver a La Torre.
A eso de las tres y piquito, me despido de doña Nati y salgo para La Torre.
Ya en La Torre, cuando voy hacia la piscina, me encuentro con el jardinero y —según nuestra costumbre— charlamos largamente de política echando pestes de Sánchez y de sus secuaces pero sin desearles nada malo porque los amamos.
A las siete me instalo en la ermita para leer, rezar y preparar la misa de ocho.
Fátima —qué amable— ha planchado el paño de hilo que cubre el comulgatorio. Yo lo lavé ayer. Falta le hacía. Ha lavado y planchado también el mantel del altar y el cubremantel. Falta les hacía.
A las ocho en punto comienza la misa de las ocho en punto: por las ánimas del purgatorio porque es lunes.
Cenamos en el patio de la Casa Grande a base de espárragos y paté. Muy bien, gracias.
Tertulia con un güisqui escocés envejecido en Jerez. Muy bien.
A eso de las once se levanta la sesión. Fátima y yo nos allegamos a la ermita para las últimas oraciones del día.
Completas.
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