viernes, 18 de septiembre de 2026

Diario. Jueves, 17 de septiembre de 2026

 Granja de Rocamorix

jueves, 17 de septiembre de 2026


Por la mañana —como de costumbre— voy a La Lloseta. 

Tenemos retiro. Predica don Eduardo. 


Luego vuelvo a La Torre para comer, recojo todo y salgo pronto para Granja de Rocamora porque quiero llegar con tiempo para preparar el entierro de José. 

Era viudo. Asisten al funeral sus dos hijas y su hijo. Como la costumbre en Granja es salir a la puerta de la iglesia para recibir a los dolientes, salgo a la puerta. Mari Carmen, según la costumbre en Granja, va delante de mí llevando el crucifijo de la sacristía. Mientras vamos hacia la puerta recuerdo que mi doña Arquilatría me pidió una foto de ese crucifijo, pero enseguida se me olvida. 

También es costumbre salir a la puerta para despedir a los dolientes pero, antes, anuncio que celebraremos la segunda misa en sufragio por su alma el día 23. 


A las cinco, don Paco y yo teníamos reunión con las catequista. Como el entierro ha empezado a las cinco, don Paco y las catequistas han empezado su reunión sin mí. 

Me uno a ellos cuando termino. Son cinco catequistas. Ya conocía a Ana y a Ester, hija de Mari Carmen. Don Paco me presenta a Sandra, a Beatriz y a… He olvidado el nombre de la quinta. Luego don Paco anuncia que se tiene que ir. Lo invito a cena. Acepta. Me quedo con las catequistas. 

Nos despedimos a eso de las seis y media y yo voy al  despacho para —entre otras cosas— buscar un papel que me ha pedido don Paco. No lo encuentro. En cambio encuentro la copia de mi nombramiento —el original lo perdí en la mudanza— que me ha traído don Paco del obispado. ¡Qué amable!


A las siete y media o así voy a casa de Estefanía a la que todos llaman Fani para hacer unas compras. Fani me presenta a Lola, la hermana de don Venancio.

Con mis compras vuelvo a la casa parroquial. 

Mientras preparo la cena suena el teléfono:

—Dígame—digo. 

—¿Eres Javier Vicens?—oigo. 

—Sí, soy yo—digo. 

—Soy Jose Vivancos—oigo y no doy crédito a lo que oigo. 

—¿Jose Vivancos de toda la vida?—me oigo decir. 

Como él mismo reconoce, solamente nos vemos en funerales y eso. Probablemente nos vimos por última vez en el funeral de Jorge o, quizá, en el de Arantxa. 

Jose está tratando de reunir a toda la pandilla de los que —niños entonces— veraneábamos en Villalba. Llama para convocarme y para pedirme los contactos de Pablo y de Alejandro. 

¡Vaya sorpresa!


Don Paco —ave nocturna— llega a las nueve y media o así. 

Son las once o así cuando nos despedimos. 

Brezo fompletas bedio bormido y… zzz.

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