sábado, 25 de julio de 2026

Diario. Viernes, 24 de julio de 2026

 San Miguel de Salinas

viernes, 24 de julio de 2026


La rutina del viernes empieza yendo al hospital. Allí celebro a las ocho menos veinte la primera misa de la memoria de san Sarbelio. 

Después de la misa voy a la habitación de Ramón a quien di la unción de enfermos el miércoles pasado. Aún vive. Saludo a sus hijas y hacemos la recomendación del alma. Me despido y voy a dar la comunión a Mauricio y a Ana María. 


Son las nueve menos cuarto o así cuando me siento para mirar el sagrario pero no fijamente. Mi mirada va del sagrario al crucifijo y al final se detiene en el crucifijo. Toca meditar entrando en las llagas de Nuestro Señor. El verdugo que clavó al madero las manos del Señor debió de ser tan bruto como yo pero no pudo dejar de observar que esas manos —fuertes y delicadas— no eran manos comunes. No tenía tiempo para contemplaciones: ale, pum, pum, pum, ya está. Ya están cosidas a la cruz y sangrando esas manos que ni el más bruto puede contemplar sin estremecerse. 


Son las nueve y cuarto o así cuando salgo para San Miguel. 


Como Joan se rompió ayer un tobillo, me toca preparar el altar y todo antes de ir al confesonario. 

Tercia. Lectura del Evangelio de san Marcos. Lectura de uno de los sermones parroquiales de Newman. 


A las once en punto comienza la segunda misa de la memoria de san Sarbelio. 


Como no está Joan, me toca recogerlo todo y preparar los libros y el cáliz para la misa de Santiago Apóstol.


Tengo un correo del ecónomo. Me manda algunas observaciones sobre las cuentas parroquiales de San Miguel y Torremendo y me insta a revisarlas y a responder a algunas preguntas. Toca ir al despacho para revisar las cuentas parroquiales y responder al ecónomo. 


Tengo que llamar a Delia. ¿Cantará el coro en la solemnidad de Santiago? No, no cantará. ¿Y el domingo? Tampoco. Toca llamar a Andrés. ¿Podrá venir a tocar el día de Santiago? Sí. ¿Y el domingo? También. Me felicito y le advierto de que el día de Santiago harán su primera comunión tres hermanos que vienen de Dallas, Texas. Tengo que llamar a Gerardo. ¿Podrá venir a limpiar la iglesia? Sí. ¡Qué bien!


Toca ir al banco antes de reunirme en El Prado con doña Nati, Gracia, José María y Hanna. 


El Prado está atestado de extranjeros. De hecho, somos los únicos españoles aparte de los dueños y los camareros. 


Nos despedimos a eso de las tres y media. Llamo a José Miguel. Le explico que Joan tiene su coche en el aparcamiento de la Zenia y que necesito que me acompañe para recogerlo y llevárselo a casa. ¿Podrá? Sí. ¡Qué amable!


Quedamos en vernos a las cinco en la iglesia. Tengo tiempo para hacer mis oraciones y para dejar a Gerardo limpiando la iglesia. 


A las cinco en punto llegan al garaje José Miguel y la Policía Local a la que he llamado porque un coche bloquea la salida del garaje. La policía se dispone a denunciar al infractor cuando llega el amable dueño del coche. Se libra por los pelos. 


Jose Miguel y yo vamos a casa de Joan para recoger a Laura que tiene que darnos las llaves del coche y guiarnos hasta el lugar en el que está aparcado. Cuando lo hallamos, José Miguel y Laura vuelven directamente a casa de Joan. Yo tengo que parar en la gasolinera. Luego me pierdo. 

Mientras trato de salir del laberinto en el que ando perdido, suena el teléfono. Es Joan. No lo cojo. Suena otra vez. Es lLaura. Nada. Suena otra vez,. Es Gerardo. Yo a lo mío. Finalmente llego a casa de Joan y recojo a José Miguel. Volvemos a San Miguel y lo dejo en su casa dándole las gracias muchas veces por su servicialidad. 


A las ocho he quedado en el Collie con Cristina, Ana Isabel, Wilder, Lucia y Camila. Se les ha unido Alejandra, una amiga de Luciana. Cenamos. Muy bien.

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