San Miguel de Salinas
jueves, 9 de julio de 2026
Me despierto en La Torre y, al contemplar las vigas de mi piso —una cambra o cámara que antaño se usaba para almacenar cosechas y hogaño aloja a un cura—, recuerdo la primera vez que amanecí aquí hace cosa de treinta y siete años.
Don Pablo Barrachina —santo varón, Dios lo tenga en su Gloria— me había ordenado un año antes y mis padres me habían asignado el antiguo palomar de La Torre como dormitorio.
Excuso decir que me sentía yo el cura más afortunado del mundo en aquellos tiempos en que no había teléfonos móviles ni —en La Torre— teléfono fijo.
Mis padres, en cambio, se afligían en Madrid cada vez que pensaban en «el pobre Javier» y lo imaginaban durmiendo en el palomar de una vieja torre abandonada en medio de un secarral.
Dieron órdenes para que la vieja cambra de una de las casas de El Poblet se transformase en un palacio. Casi todos mis hermanos son arquitectos. Se lo encargaron a Alejandro, mi hermano del alma. Tuvo la buena idea de distribuir las habitaciones con tabiques de dos metros y sin techos para que uno pudiera despertar en cualquier parte de la cambra y contemplar las vigas de madera americana y las cerchas de 1900.
Digo: recuerdo la primera vez que amanecí aquí, en este palacio, y —lleno de gratitud— bendigo a Dios con la seguridad de que Él multiplicará sus bendiciones sobre buenos y malos.
A eso de las doce salgo para La Lloseta.
A las dos y media estoy con Jesús en un restaurante de donde sirven el mejor arroz negro del mundo y otras delicias.
A eso de las seis me despido de Jesús y voy a Torrellano para dejar mi Lamborghini en manos de Rosarito. Ella me entrega las llaves de un Ford Fiesta que es como el Halcón Milenario pero que tiene aire acondicionado, cosa de la que no pueden presumir ciertas líneas del Metro de Madrid o del AVE o mi Lamborghini.
A las siete y media estoy haciendo la exposición del Santísimo en San Miguel y es como si estuviésemos en otra galaxia o algo así porque, entre el sonido del órgano y el olor del incienso y el espectáculo de la custodia mostrando la Hostia Blanquísima, Pura Santa, Inmaculada, siente uno el deseo de cantar: «¿Quien teme al lobo feroz?».
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Es usted muy amable. No lo olvide.