martes, 21 de julio de 2026
San Miguel de Salinas
5:00
Me despierto en La Torre.
Apago uno de los dos ventiladores que ventilan mi cama. Me acerco a la ventana: entra una brisa fresca.
Oficio de lectura.
Me acuesto.
8:00
Voy a la ermita.
Saludo a Pablo que está en a cocina con Lucía, Carmen y Javier. Le pregunto que cómo ha pasado la noche porque sé que él y Ana vinieron malucos de Madrid. Cosa de un virus o así. Me dice que está perfectamente restablecido.
Lucía y Carmen me piden, por favor, que las regañe. Me disculpo: «ahora tengo que ir a rezar».
Deciden acompañarme a la ermita.
Rezamos un Avemaría y luego, mientras preparo el altar para la misa, Lucía —como una nueva Lorenza de Brindis— sube al presbiterio y se pone a predicar desde detrás del ambón. En esto llega Pablo y se lleva a las dos niñas. Me siento para mirar fijamente al sagrario.
9:00
Misa de san Lorenzo de Brindis. Hoy sí toca. Ornamentos blancos. La casulla es la que usé en mi ordenación el día de san José de 1988.
9:45
Salgo para San Miguel. Tengo que parar en El Realengo para despejarme.
10:35
Llego a San Miguel pero no puedo entrar en el garaje porque están haciendo obras y han aparcado un camión en la puerta.
Consigo aparcar cabe la farmacia. Joan me ha dejado un mensaje: no va a venir porque no se encuentra bien.
La puerta de la iglesia está cerrada. Allí esperan algunos de los habituales. Abro y lo preparo todo con la ayuda de una amable colombiana que es nueva en la parroquia. No recuerdo su nombre.
11:05
Empieza con cinco minutos de retraso la misa de once.
11:40
La amable colombiana ha proclamado la primera lectura y el salmo y ahora me ayuda a recogerlo todo. ¡Qué amable!
12:00
Ella se sienta para rezar el Rosario. Yo me quedo de pie para rezar el Ángelus.
Luego me entrego a las tareas del despacho parroquial.
Me llaman del hospital. Que si puedo ir. Que sí.
Estoy yendo a buscar mi coche, aparcado cabe la farmacia, cuando me vuelven a llamar del hospital: que no vaya, que perdone, que ha sido un error.
Vuelvo a mis tareas de despacho.
Llegan dos hondureñas jovencísimas Una de ellas va a bautizar a su bebita en octubre. La otra va a ser la madrina. Les habían dicho que yo ya me había ido y que iban a encontrar al nuevo párroco. Dicen que se alegran de que no me haya ido. ¡Qué amables!
He quedado a la una y cuarto con una novia. Preparo su expediente.
Tengo que ir a la farmacia y tomar la medicación para mi artritis.
A la una y cuarto en punto llega la novia. Charlamos. A las dos menos diez nos despedimos.
14:00
Doña Nati está de vacaciones en el mar. ¿Dónde comeré? Mi nevera está vacía. Me acuerdo de un restaurante que abrieron unos ingleses. Estuve una vez y me gustó. Allá que voy.
Consigo aparcar en la puerta. Me felicito.
Nada más entrar, el olor, la densidad del ambiente y el ser humano que —tocado con un elegante turbante— sale a mi encuentro con una hospitalaria sonrisa me revelan que el local ha cambiado de dueños.
Ya es tarde para dar marcha atrás. Me digo: «¡Animo, Vicens!» Y suspiro: «Bendita sea doña Nati».
Me entregan un menú plastificado y pringoso que me sirve para comprobar que no solo han cambiado los dueños sino también los platos. También me sirve para espantar un par de moscardones que parecen interesados en compartir mi mesa.
Pido una ensalada y unos macarrones y una copa de red wine.
Cuando traen mi comanda, lo bendigo todo, me lo zampo humildemente, doy gracias a Dios por los alimentos, pido la cuenta —veintidós dólares con propina incluida— pago, agradezco el servicio y me voy a Masymas.
15:30
Llego al garaje con mi compra, pero el garaje sigue bloqueado por el camión.
Aparco a media milla de El Paseo y cargo con mi compra hasta la casa abadía.
Nada más llegar enciendo los dos aparatos de aire acondicionado. Mientras coloco la compra, la temperatura baja de 29ºC a 28ºC. Mientras me pongo ropa fresca de andar por casa, la temperatura baja de 28ºC a 27ºC. Empiezo a rezar el rosario. Cuando termino, la temperatura en la casa es de 26ºC. No carezco de nada.
16:40
Apago uno de los aparatos de aire acondicionado y me encierro en el cuarto de estar para leer y estudiar.
Lectura del evangelio de san Marcos y de un sermón de san Juan Enrique Newman.
Estudio de las cartas de san Pablo.
Durante el estudio hago dos pausas de hidratación para saborear sendas limonadas.
18:30
Vísperas sin pausa de hidratación ni nada.
18:45
Desde que me anunciaron mi traslado de parroquia, he ido llevando a La Torre libros, ropa y objetos de cotillón. También he tirado infinidad de cosas inútiles que guardaba aquí y en La Torre.
Cada mudanza me obliga a luchar contra el síndrome de Diógenes. ¿Por qué razón he conservado durante más de seis años —sin usarlos— unos zapatos viejos con su caja y todo? ¿Por qué razón, en otra caja, conservo unos veinte bolígrafos de los que la mitad ya no pintan? ¿Por qué he ido amontonando hasta cien ejemplares de cierta revista que he ojeado conforme llegaban y nunca jamás volveré a consultar? Y así.
Vuelvo a encender el segundo aparato de aire acondicionado y aprovecho la quietud de esta tarde de verano para vaciar armarios y cajones y para llenar bolsas de basura.
19:15
Interrumpo mi actividad para prepararme una porción de queso de Burgos con un dedalillo de miel de Torremendo. No me duele nada. Reanudo mi labor con júbilo y eso.
19:45
Doy por terminada mi lucha contra el síndrome de Diógenes. He llenado cuatro bolsas grandes con basura. Tendría que ir a la iglesia para mirar fijamente al sagrario pero estoy vestido con ropas de holgar y algo sucio.
Apago los dos aparatos de aire acondicionado, me doy una ducha, me revisto con las austeras ropas de presbítero español —pantalón de pana incluido— y miro la temperatura: ha subido hasta los 28ºC.
20:15
Salgo de la casa abadía y noto el golpe de calor húmedo y el ambiente caliginoso y entro en la iglesia que conserva, por milagro o por otras causas, algo de frescor.
Me siento ante el sagrario con un ventilador a mi derecha y otro a mi izquierda. Una voz me dice: «Tú, sibarita, si consigues librarte de las llamas del infierno, pasarás añales tostándote en el pulgatorio (sic)». Como no sé si la voz es de mi ángel de la guarda o de alguno de mis demonios particulares, fijo mis ojos fijamente en el sagrario y procuro no pensar y dejar que sea Él quien remueva y aquiete en mí lo que le plazca.
Vuelvo a Masymas porque no tengo leche para el desayuno.
Mientras voy, me llama Ana: que la cofradía de Nuestra Señora del Carmen tiene un regalo para mí. ¡Qué buenas que son las de la cofradía!
En el paso de cebra que hay delante de Masymas cedo el paso a Inma que no es una cebra y que me saluda agitando con donaire su pañuelo.
«Diablos —pienso— ¡cuánto voy a echar de menos este pueblo!».
…
Uno de mis asesores científicos me ha explicado que Dios no solamente ha creado millones de galaxias sino que luego se ha divertido metiéndolas todas en un agujero negro, como quien juega al golf. Lo pienso y lo pienso y me maravillo.
Bendito sea Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Es usted muy amable. No lo olvide.