San Miguel de Salinas
sábado, 7 de marzo de 2026
1:30
Me despierto en La Torre con un estruendo como de tempestad. Está diluviando.
5:00
Oficio de lectura.
8:00
Laudes.
Lira trigésima segunda del Cántico espiritual.
Quando tú me miravas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por esso me adamavas,
y en esso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.
Es sabido que repartir todos los bienes entre los pobres y aún dejarse quemar vivo, no sirve de nada si no hay amor. En cambio, el alma que ama tiene a Dios por prisionero y como atado con un cabello. Pues no hay cadena que ate a Dios, mas un cabello de amor si lo ata. El alma lo sabe, sabe que no hay mérito en ella y canta: «Si hay en mí alguna gracia es la de tus ojos que, al mirarme, la imprimen en mí».
9:00
Misa en La Torre con MVP, AZV y sus diecinueve amigas de Recoletos.
Luego —qué amables— me regalan un bizcocho hecho por ellas.
9:45
Tercia.
Salgo para San Miguel.
10:40
Llego a San Miguel y encuentro la iglesia invadida por el grupo teatral que va a representar la Pasión. Joan ha huido. No me extraña. Por doquier pululan técnicos de luz y sonido; focos, cables por el suelo… Preparo el altar para la misa.
11:00
Cesa el jaleo, empieza la Misa.
Terminada la misa, reaparecen y reconquistan el espacio los de la compañía teatral. También yo huyo.
13:30
Voy a casa de doña Nati. Me ha pedido que vaya pronto porque después de comer se va Murcia con Roberto.
14:15
Visita al Santísimo aprovechando que los cómicos se han ido a comer.
Misterios gozosos.
Vuelven los cómicos y huyo.
15:00
Hay que preparar la homilía del tercer domingo de Cuaresma: el pozo de Sicar.
15:30
Hay que meditar. Me encierro en el despacho y paso la media hora de oración espantando aves ligeras y ninfas de Judea.
16:00
Vísperas.
16:30
Viene Miriam con su novio y dos testigos para hacer el expediente matrimonial. Bajamos a los locales que, invadidos por los comediantes, tienen muy buen ambiente. El aula en la que hacemos el expediente ha sido convertida en un camerino que tiene hasta un espejo enmarcado en candilejas y todo.
17:20
Me despido de los novios y vuelvo a la iglesia. Caos. Todo está manga por hombro. Me digo a mí mismo: «Muy bien, Vicens, no pasa nada». Pero ni yo mismo me lo creo. Respiro hondo y me digo: «¡Parsimonia!». Una señora regordeta y muy simpática me pide permiso para preparar en la sacristía la mesa de la Última Cena. Le doy permiso. Un señor alto, con barba y bigote, me dice que si puedo abrir la puerta del garaje. La abro. Una señora me pregunta que dónde está el cuarto de baño. El señor alto me dice que quién tiene las llaves de los locales parroquiales porque alguien ha cerrado la puerta los comediantes tienen que entrar…
18:00
Empieza la misa. En el banco de autoridades, las autoridades. En los bancos de cofrades los cofrades que han erigido en el presbiterio los estandartes de sus cofradías.
Empiezan las lecturas. Al fondo de la iglesia, un niño llora, su padre lo agita, unos entran y otros salen. Yo, para mí: «Oh ninfas de Judea». Pero nada. Empieza el salmo y empieza a sonar un teléfono. Acaba el salmo y el teléfono sigue sonando. Un señor muy grande avanza por el pasillo central y decide sentarse en uno de los primeros bancos. El archidiácono ha empezado a proclamar el evangelio justo en el momento en que el señor grande provoca un tumulto entre los que ocupaban el banco en el que quiere sentar sus reales.
Termina el evangelio e incoo el Credo porque no veo cómo puedo predicar en medio de tanta agitación.
Durante la comunión, una niña toma la Hostia en la mano y se va con ella por el pasillo. La persigo hasta el último banco donde ella se sienta y —con gran inocencia— sonríe a su madre mientras le muestra la Sagrada Hostia. Tomo el Cuerpo de Cristo de las manos de la inocente niña y vuelvo al comulgatorio. El coro sigue cantando y el archidiácono ha subido allí para dar la comunión a la Schola Cantorum.
Terminada la misa, dos señoras entran en la sacristía. Sus ojos —cuatro— están llenos de lagrimas. Al parecer, la misa de hoy tendría que haberse celebrado por una señora que murió la semana pasada. La familia de la difunta ha acudido a iglesia y está desolada porque ni siquiera he mencionado su nombre.
Salgo al presbiterio y pido silencio. Los cómicos ya están retirando la alfombra y los muebles del presbiterio y hay un follón notable. Vuelvo a pedir silencio. Entonces pido perdón a los deudos de la difunta y les prometo que mañana celebraré la misa en sufragio por su alma.
Necesito —¡Oh ninfas de Judea!— un respiro, un poco de silencio. Huyo. En la puerta de la iglesia sale a mi encuentro una señora y me explica con gran delicadeza que, desde su punto de vista, yo he obrado mal al arrebatar la Sagrada Hostia de las manos de la inocente niña. Tomo sus manos entre las mías, le doy la razón en todo y sigo mi camino. Me sale al paso JM, el presidente de la Junta de Cofradías. Imposible encontrar en San Miguel alguien tan amable y cortés y considerado como él. Me dice que tengo un puesto de honor reservado en el banco de los cofrades. Para mí, la verdad, es un consuelo ese detalle. Pero —después de agradecerle ese consuelo— le ruego que me disculpe y que me permita seguir mi camino. Él es un caballero y me deja en libertad.
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