sábado, 21 de marzo de 2026

Diario. Sábado, 21 de marzo de 2026

 San Miguel de Salinas

sábado, 21 de marzo de 2026


Todos los sábados lo mismo. 

A las once, misa en San Miguel. 


Pero este sábado es distinto porque MGC nos ha invitado a comer —a Joan y a mí— en La Horna. 

Después de misa salimos para allá. Joan conduce mi Lamborghini y yo —en el asiento del copiloto— voy leyendo Mi testamento filosófico de Jean Guitton. De vez en cuando me río y Joan me pregunta el porqué y yo le cuento cosas del testamento de Guitton. 


Llegamos a La Horna. María nos lleva a dar un pase por  la finca y nos muestra —entre otras cosas— los gallineros, las oliveras recién podadas y los granados que empiezan a despertar. 

Luego nos ofrece un aperitivo legendario y, acto seguido, nos sirve una comida mítica. 

Antes de despedirnos, nos colma de regalos y de bendiciones.


A las cinco menos cuarto, Joan me deja en Torremendo para que yo celebre allí la misa por un difunto.  


A las seis menos cuarto llego a San Miguel, a tiempo para celebrar la misa por varios difuntos. Allí me informan de que ha muerto un hijo de JM. Otra pena para el pueblo. 


….


Jean Guitton

Mi testamento filosófico


1. Mi muerte.

2. Mi entierro.

3. Mi juicio. 


1. Mi muerte.

Guitton está en el lecho de muerte, son las nueve de la noche. En otra habitación del apartamento parisino conversan su sobrino Théophile y su secretaria y enfermera polaca, Marzena. Suena el timbre, Marzena abre la puerta y luego anuncia a Guitton una visita: es el diablo. Viene con una misión: hacer dudar al moribundo. Y acaban hablando de la verdad, de la duda, de la certeza…

Cuando el diablo —harto de Guitton— se marcha, entra «suavemente de puntillas (…) un hombre vestido de burgués de los tiempos de Luis XIII». 

—«¿Cielos! ¡Blaise Pascal!». 

En efecto, Pascal ha venido de parte de Dios para estimular la última reflexión del filósofo moribundo. ¿Cómo se explica la indiferencia religiosa? ¿La religión es la mística? ¿Por qué cree Guitton en Dios? Estas son las preguntas que trae Pascal para Guitton de parte del Cielo. 

Hablan de todo ello y, en un momento determinado, el ángel de la guarda de Guitton golpea en los dedos a su protegido. Guitton gime y explica que su ángel suele hacer eso cuando lo ve próximo a hacer una tontería. Pascal profetiza: «Un día hablarán del ángel de Guitton como se habla del demonio de Sócrates». 

Cuando Pascal, después de despedirse de Guitton, se va, olvida el sombrero en el sillón. 

Marzena entra llorando y dice que hay un muerto en la puerta preguntando por Monsieur Guitton. Lo describe como «un muerto con bombín» y Guitton no necesita más: «Hágalo pasar inmediatamente». Es Bergson. 

El autor de La risa, saluda citando a Hugo y a Mallarmé. Dice venir de parte de una santa con la misión de preguntar algunas cosas. Hablan del testamento de Bergson que Guitton —como albacea— tendría que haber hecho cumplir pero que —como sabio— violó cuando —pensando que el Cielo lo absolvería— permitió la publicación póstuma de ciertos Cursos. 

«—Guitton, ¿qué me dice usted de la Ilustración?

—Querer la libertad sin el cristianismo, empresa difícil. Las ideas de persona y de libertad forman un todo con la idea de Dios personal.

—¿La Ilustración es, pues, una contradicción?

—Está en tensión entre su polo metafísico panteísta, que inspira racionalismos totalitarios, y su polo ético-político, que aspira a la libertad. 

—Guitton, ¿podemos decir que la Ilustración parasitaría el cristianismo?

—Digamos que habita en él. Y si lo hiciera morir, se apagaría muy rápidamente. Es lo que decía a mis maestros en filosofía, a Brunschwicg, a Bréhier. Ya sabe, aquel que escribió una “Historia de la filosofía”.

— ¿Bréhier no fue católico?

—Lo fue, al principio de su carrera, después cambió. Pero me quería. Me invitaba a comer. Su hija era una buena cocinera. Creo que me la quería colocar». 

Hablan de más cosas y Bergson se va olvidando su bombín junto al sombrero de Pascal. 

Entonces vuelve a entrar Marzena desencajada: 

«—Esto continúa, señor, Ha venido otro más. 

—¿Quién?

—El Papa».

No es una alucinación de la secretaria: Pablo VI aguarda en el recibidor a que lo hagan pasar a la habitación de Guitton. 

Conversan largamente. Montini solamente tiene una misión: conseguir que Guitton haga un acto e amor de Dios antes de morir. Hablan como viejos amigos y Guitton confiesa que ha pasado la vida entera razonando y que prefiere razonar a rezar y hacer actos de fe a hacer declaraciones de amor. Reconoce que cuando se pone a pensar en Dios, a veces acaba rezando a Dios pero que, cuando se pone a rezar directamente, no tarda mucho en quedarse dormido. 

Guitton, que ha escrito tantas cosas sobre Dios y sobre Jesucristo, ¿podrá decir antes de morir simplemente: Jésus, je t’aime?


2. Mi entierro

Guitton acaba de morir. Sus últimas palabras han sido Jésus, je…»

Mientras los franceses organizan su funeral, Guitton decide ir a Toledo para contemplar el cuadro conocido como El entierro del conde de Orgaz. Allí se encuentra con El Greco y declara ante él que España es su «patria mística y espiritual». 

Charlan de lo divino y de lio humano hasta que suena un teléfono. 

El Greco lo descuelga y —tras una breve conversación— conmina a Guitton a volver a París porque está a punto de comenzar su entierro.

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