La Torre
domingo, 29 de marzo de 2026
Anoche olvidé tomarme el Paracetamol. Me he despertado con un entumecimiento general. No importa. Omeprazol en ayunas y diez minutos después, desayuno y Paracetamol de 1 gramo.
Oficio de lectura, laudes, oración ante el sagrario y, a las 9:30 salgo para Torremendo. Justo a esa hora comienza la procesión de Ramos presidida por el archidiácono. Acaban de entrar en la iglesia cuando llego yo y empieza la misa.
A las once vuelvo a San Miguel y ayudo a Joan a poner orden en la iglesia que, después del concierto de ayer, quedó patas arriba.
El amable archidiácono se ha ofrecido a presidir también la procesión de san Miguel para que yo no tenga que exhibir —como Coriolano— mis heridas ante el pueblo.
A las doce y media en punto, con volteo de campanas y todo, el archidiácono, revestido con dalmática roja, irrumpe en la iglesia como torbellino de fuego seguido por los niños hebreos que llevan ramos de olivos y salen al encuentro del Señor aclamando: Hosana en el Cielo. El coro rompe a cantar. Yo espero en la sede hasta que todos —autoridades, niños, catequistas, monaguillo, archidiácono, lectores— hallan sus sitios. Luego pido al archidiácono que —por favor— me traiga las gafas que he olvidado en la sacristía y hago la hermosa oración colecta que es todo un programa para celebrar la Semana Santa: aprender de los misterios de la Pasión de Cristo para merecer —si tal cosa es posible— participar en la gloria de su Resurrección.
La breve homilía que pronuncio es, con ligeras modificaciones, la que he pronunciado en Torremendo.
Durante la comunión, Macarena protagoniza un episodio de «descanso en el Espíritu» con desmayo incluido. Como los feligreses de San Miguel no saben mucho de fenómenos paranormales, se produce un revuelo y hasta el jefe de la Policía Local con su uniforme de gala acude a socorrer a la mística Macarena. Yo, impertérrito, parsimonioso, impasible el ademán y eso, sigo distribuyendo la comunión como si nada. He atendido a unos cien comulgantes y el archidiácono ha subido a dar la comunión a los del coro. Calculo que me quedan unas treinta formas y veo que la cola de comulgantes llega hasta el final de la iglesia y no decrece porque, por cada comulgante que comulga, se incorpora otro que aspira a comulgar. Por fin vuelve el archidiácono pero —vaya— no tiene más que dos formas. Como es venezolano está acostumbrado a hacer milagros. Mientras voy al sagrario para partir la forma grande que está en el viril, él, con sus dos formas, da la comunión a unos veinte feligreses. Por vía de milagro han comulgado todos y ha quedado una partícula para la reserva.
Al terminar la misa salimos —el archidiácono, el monaguillo y yo— a la puerta para saludar a la congregación y para asegurarnos de que nadie se va sin un programa de mano de la Semana Santa.
A las dos y cuarto recojo a doña Nati y vamos a comer a casa de Heidi y Armin.
A las cuatro y media dejo a doña Nati en casa de Esperanza porque tienen partida de parchís. Yo preparo mi maleta, rezo la hora sexta y salgo para La Torre.
La población de La Torre, hoy, asciende a treinta almas:
1. Once adultos: cinco matrimonios y un cura. Todos católicos.
2. Diecinueve niños de entre cero y diez años. Todos bautizados pero no todos civilizados y muchos de ellos, amentes.
Todos —adultos y niños con uso de razón— hablan inglés. Algunos hablan, además, español. Cinco hablan —además de inglés— alemán. Cinco hablan —además de inglés—portugués.
A las siete menos cuarto estoy revestido de fuego en la sacristía de La Torre.
En la ermita hay un caos como de jungla vietnamita: uuu, aaa, Ha. No importa. Me revisto parsimoniosamente.
Cuando subo al altar los portugueses empiezan a cantar una antífona en latín a dos voces y —como por ensalmo— los amentes dejan de hacer ruidos. Cesa el canto de entrada y los amentes se agitan de nuevo.
A las diez y media los niños ya han cenado y me avisan: va a empezar la cena de los mayores. Los que nos sentamos en una table ronde somos once:
1. Marta —catalana—y Víctor —gallego.
2. Dominic —inglés— y Rocío, mi sobrina.
3. Lucía y Pablo.
4. Nuno —a mi derecha— y Leonor —a su derecha.
5. Yaminah y Sebastian, alemanes.
Todos viven en Oxford.
Dominic ha preparado un pollo al horno con muchas patatas y guisantes.
Hablando con Nuno intuyo que estoy ante un santo que —además— es un sabio. Busco su libro en Amazon y lo hallo: The Traveling Anatomist.
Rocío me anuncia que van a acostar a los niños y que, luego, se reunirán en el zaguán para la tertulia y la última copa. La `parte más alta y más noble de mi alma me grita que allí he de estar yo. La parte más baja y rastrera y miserable de mi alma dice que tengo sueño, que me voy a la cama y que mañana será otro día.
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