miércoles, 25 de marzo de 2026

Diario. Miércoles, 25 de marzo de 2026

San Miguel de Salinas.

miércoles, 25 de marzo de 2026


¿Puedo mover el brazo izquierdo? Sí. ¿El derecho? También. ¿Tengo más brazos? No. Me felicito. 


Contemplando el amanecer sobre las salinas, recuerdo lo que decía Chesterton sobre el apetito eterno de infancia de Dios. Como los niños no se cansan de oír una y otra vez el mismo cuento —¡cuéntalo otra vez!— Dios, eterno Niño, no se cansa de pedir cada mañana al Sol: «Hazlo otra vez». 


Misa en el hospital —por Jaime— y luego otro espectáculo conmovedor: la devoción con la que Mauricio y su madre reciben la eucaristía. 


En la puerta de la sacristía de San Miguel han dejado una caja expósita. La abro. Contiene:

1. Dos Biblias. Una muy grande. 

2. Un crucifijo. 

3. Un fanalito de plástico con la Santa Faz. 

4. Un templete de plástico con la Santa Faz. 

5. Dos imagenes de la Virgen, de esas de barro y de medio bulto, para colgar. 

6. Una imagen de Jesús Niño con la Cruz. 

7. Cuatro cuadros con diferentes imágenes. 

Imagino que ha muerto una piadosa anciana y que los deudos han hecho almoneda de sus objetos piadosos. 

Joan se lleva un cuadro de la Virgen. 


Segunda misa de la Encarnación. 


Como me encuentro mucho mejor de los huesos, me dirijo con alacridad al despacho parroquial. En el arciprestazgo me han encargado la exposición de uno de los tema preparados por el Servicio de Atención Sacerdotal para la formación del clero. Leo el tema y no entiendo nada. No importa. Vuelvo a leerlo y nada. No importa, ya volveré sobre él. Me gusta el título que parece una adivinanza y un trabalenguas: «¿Qué perfil y qué acentos deben promoverse en las personas y en las comunidades según León XIV?»


Como con doña Nati que me regala un Paracetamol de un gramo. ¡Qué amable!


Felicito a dos Encarnas y mando un mensaje al arcipreste: que si la celebración penitencial es a las ocho y media. Que sí. Que mejor si estoy allí a las ocho y cuarto. Programo mi teléfono para que me avise a las siete y media y voy a la iglesia. Abro las puertas del cortavientos para que entre el solecito. Visita al Santísimo. 

Cuando terminé con Brahms empecé con Robert Schumann. Hoy las Danzas de la liga de David, Op 5. 



Mi testamento filosófico

(Jean Guitton)


Sócrates se despide y Guitton se queda charlando con Blondel. Luego Guitton va a darse otro paseo por la nave y a enterarse de lo que dicen de él.

«—¿Tenía hijos?

—Tenía sobrinos, su hermano era prolífico. 

—Pero ¿él no estaba casado?

—Sí. Su mujer se llamaba Marie-Louise. Estuvo casado veinte años. 

—Un paréntesis en una vida tan larga. 

—Las mujeres no le interesaban. 

—¿Por qué se interesaba?

—Por él mismo.

—Y aparte de eso. 

—Por nada. Nada le interesaba más allá de él mismo. Un egoísta perfecto. No se puede usted hacer una idea». 


Los desconocidos siguen hablando y nos enteramos de cómo conoció Guitton a la que sería su esposa por veinte años. Pero, entonces, aparece ella. 

«—¡Marie-Louise! Esperaba que viniese. ¡Oh! ¿No habrá escuchado lo que dicen estos dos imbéciles?

—Jean, deje a los imbéciles y sea inteligente: venga conmigo al paraíso». 


Luego Guitton encuentra a Dante y hablan de amor y de poesía. Después de Dante vuelve el diablo. 



A las siete y cuarto salgo para La Inmaculada de Torrevieja. El amable sacristán me consigue un alba, una estola morada y un botellín de agua. 

A las ocho está terminando la misa que celebra don Fernando y yo estoy empezando a escuchar confesiones. 

A las nueve menos cuarto termina la celebración penitencial. He confesado a quince penitentes. 

También han estado confesando don Fernando y el arcipreste. Se nos une el Vicario de zona, don Aurelio, obispo de Torrevieja. 


El arcipreste nos invita a una cena ligera en su casa. 

Yo tomo un pincho de tortilla de patata y una copa de Ribera del Duero y —por no parecer descortés— pruebo un dulce de almendra que ha hecho el arcipreste. No me arrepiento. Más aún, lo felicito. 

A las nueve y media declaro que me siento muy feliz pero que tengo que irme y —con no poco esfuerzo— me levanto de la mesa. Don Fernando —que me trata con mucho respeto— no dice nada, pero el Vicario y Arcipreste no se cortan un pelo y dicen, casi a coro: ¡Qué viejo estás, Javier! 

El arcipreste nos enseña la terraza de la casa parroquial que él ha convertido en un jardín. Luego, entre todos, recogemos la mesa. Me despido agradeciendo la hospitalidad. 


A las diez y veinte llego a San Miguel, rezo completas, apago las luces y cierro la iglesia.

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