Lo malo de las ansias infinitas es que son muy ansiosas. Cuando poseen a un presidente de gobierno suelen conducir al gobierno a un delirio extremo.
Los chinos, que son muy prácticos, dicen que si uno quiere organizar la provincia, primero tiene que organizarse él mismo, luego tiene que poner orden en su casa, en su barrio, en su municipio, en su comarca... total que para apaciguar la provincia hay que ser muy viejo y estar cargado de méritos y de paciencia, cosa que se aviene mal con la ansiedad.
Aquí, paciencia, poca. Pero por ansias que no quede: llamar infinitas a las nuestras es quedarse corto. Si Cervantes viviera escribiría una novela ejemplar titulada El zapatero ansioso.
Nuestras ansias de paz nos llevan a abrir fosas comunes, a perseguir a Pinochet sin tregua, a pedir reparaciones para los moriscos expulsados de España antes de Franco, a luchar con denuedo por los derechos de los babuinos... lo nuestro, ¡vaya!, no es ser prácticos. Lo global, lo global: ¡eso es lo es lo nuestro! Nosotros siempre a lo grande.
En Españita ya no hay pinos. ¿A quién le preocupa eso? Lo nuestro es el calentamiento global. ¿Vamos a plantar pinos? No, que eso es fascista. Lo que vamos a hacer es desmontar las centrales nucleares y poner molinillos de viento que dan mejor rollete. Las centrales nucleares se las dejamos a los franceses que son unos paletillos preocupados solamente por poner en orden sus provincias.
En Españita pasa con el agua como con todo: o calvo o tres pelucas. Inundaciones que harían temblar a Noé o una sequía de espanto. Pero como los embalses y los transvases son fascistas aquí andamos bebiendo agua de mar desalinizada; y el que quiera lujitos y se los pueda pagar que trasiegue San Pelegrino, Acqua Panna, que de algo tienen que vivir los italianos.
¿Oiga, eso de las desalinizadoras contamina? Sí, claro, pero solo contamina el Mediterráneo que, al fin al cabo es el Mare Nostrum. ¿A quien le preocupa eso? Lo nuestro es lo global: salvar focas.
Y así con todo, capturamos un pirata y nos sale carísimo y no sabemos qué hacer con él porque ni siquiera sabemos si es un pirata de verdad o es un bebé. En el primer caso habría que llevarlo a la ONU para que decidan y, en el segundo habría que devolvérselo a su madre deshaciendonos en excusas: lo sentimos mucho, señora, es que nuestro ejército -como Doña Bibiana Aído- no distingue muy bien y tiende a confundir cualquier ser vivo con un pirata.
Y así, desplegadas sobre la aldea global nuestras alas como ansias infinitas de paz, el mundo, atónito, nos mira y se pregunta: ¿será verdad tanta belleza?