San Miguel de Salinas
sábado, 30 de mayo de 2026
Dos acontecimientos amables cambian mi amable rutina sabatina de esta mañana:
1. A las nueve, encuentro con José Miguel en la iglesia para ajustar la megafonía.
2. A las doce primera comunión de ocho niños —cuatro zagalas y cuatro zagales— en Torremendo.
El pueblo esta de fiesta y hay volteo de campanas y coro y archidiácono —don David ha vuelto de Nápoles— y todos están muy guapos y muy contentos. ¡Qué bien!
Un acontecimiento amable cambia mi rutina sabatina de esta tarde, víspera de la Santísima Trinidad:
Doña Nati y yo estamos invitados a comer en casa de Irene y Raúl con Roberto, María —la lituana a cuya simpatía es sensible Roberto— Enrique y su prometida Sara.
Se puede decir que la misa de ocho en San Miguel también escapa a la rutina sabatina —aunque no hay coro— por varias razones:
1. Porque la misa siempre es una especie de milagro y siempre es distinta cuando uno se atiene a las rúbricas y no inventa nada.
2. Porque hoy es una misa solemne y voy revestido con los mejores ornamentos: esos que solamente se usan en las solemnidades.
3. Porque, aunque somos pocos —unos diez— los congregados, mi ángel de la guarda me sugiere que hoy es un día especialmente indicado para cultivar esa mirada contemplativa que anticipa algo de la visión que gozan los bienaventurados alumbrados por el lumen gloriae. Entonces —zas— los coros de los ángeles y de los arcángeles y de todas las jerarquías del cielo llenan el templo de San Miguel que resuena con un Santo, Santo, Santo polifónico y secreto.
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