San Miguel de Salinas
viernes, 22 de mayo de 2026
De seis a nueve
Ttres horas de rutina tranquila y magnífica: levantarse con movimientos muy lentos, ofrecer las obras del día, desayunar, asearse, abrir la iglesia, ir al hospital alabando al creador por el sol saliente sobre las salinas, preparar el altar, rezar laudes, celebrar la primera misa del día, sentarse ante el sagrario, recogerlo todo con la ayuda del doctor S, ir a visitar a los enfermos, rezar el oficio de lectura, volver a San Miguel…
…
¿Volver a San Miguel? Adiós rutina tranquila y magnífica. El coche no arranca.
Aunque, si bien se mira, esto de que el coche no arranque empieza a tener ya algo de rutinario, de previsible, de familiar y hasta de entrañable.
Después de varios intentos, consigo ponerlo en marcha con la batería auxiliar.
El resto de la mañana va a llevarme a realizar una serie de gestiones imposibles en cualquier lugar que no sea San Miguel de Salinas.
Ante todo hay que llevar el Lamborghini al taller de Bruno. En cualquier otro lugar del mundo te dirían «vuelva usted mañana» o «hasta el mes que viene no podemos dedicarle nuestro valioso tiempo». Bruno se queda con mi coche. Muy bien.
De paso hacia la iglesia, entro en el ayuntamiento. Una amable funcionaria me saluda: «¿Qué le trae por aquí, don Javier?». Le explico que he perdido mi DNI y que necesito hora para la unidad móvil de la Policía Nacional que vendrá en junio para expedir esos documentos. La amable funcionaria me dice que ya están repartidas todas las horas, pero que me pone en la lista de espera y que no deje de ir al Paseo el tres de junio porque lo más probable será que me hagan un hueco. Pero necesito algo más: necesito que me gestionen la firma digital. ¿Podré hacerlo presentando mi pasaporte? Sí. Muy bien, gracias. Ya tengo hora para renovar el DNI.
Cruzo una calle y voy al cuartelillo de la Guardia Civil. Allí encuentro a Angelita. Está desolada porque el miércoles, al volver del mercadillo, encontró su casa desvalijada. Me conduelo con ella. Un guardia sale a mi encuentro. Nos conocemos porque es el que suele tratar conmigo la organización de la fiesta de la Patrona. Le explico lo que me lleva allí: necesito denunciar la pérdida de mi cartera con mi DNI, licencia de manejar, tarjeta de crédito y tarjeta de puntos de Masymas. Amable y diligentemente, me lleva a una dependencia en la que otro guardia redacta la denuncia y me entrega una copia. En el entre tanto, una guardia me pregunta que si soy el párroco. Cuando le digo que sí, me da las gracias. ¿Por qué me da las gracias? Porque hace unos días desayuné en la panadería y pagué también su desayuno y el del otro guardia con el que ella estaba. ¿Por qué lo hice? Lo hice porque unos narcotraficantes malos acababan de asesinar a dos guardias. Era mi manera de solidarizarme con los buenos. Nos despedimos estrechando nuestras manos.
Cruzo la calle y voy a la gestoría de Inma. Le explico que necesito una nueva licencia de manejar porque he perdido la cartera. Me dice que va a pedirme hora en un centro de Guardamar que se dedica a hacer las pruebas psicotécnicas a los conductores. Allí, según me dice, pueden gestionarme la nueva licencia dado que las dependencias de Tráfico están colapsadas. También me cuenta que a Zakarías le han ampliado el permiso de residencia por un año más. Nos felicitamos y nos despedimos estrechando nuestra manos.
Son las once menos diez cuando llego a la iglesia. Eran las nueve cuando intentaba arrancar mi Lamborghini en el hospital. En menos de dos horas he vuelto a San Miguel, he dejado mi coche a Bruno y he pasado por el ayuntamiento, la Guardia Civil y la gestoría.
…
Ni la mañana ha terminado ni han terminado las gestiones pero hay que volver a la magnífica y tranquila rutina para celebrar la segunda misa de la memoria de santa Joaquina Vedruna con imperturbable parsimonia.
¿Por qué celebro la memoria de santa Joaquina Vedruna y no la de santa Rita? Por error. Seem ha metido en la cabeza que santa Rita es mañana. De hecho, cuando empieza la misa —«el Señor esté con vosotros»— y veo a Rita y a su hermana Gloria pienso: «mañana es el santo de Rita». Error mío.
…
No hay tiempo que perder. Tengo que ir a la casa abadía para coger mi pasaporte.
Por la ranura del buzón que está en la puerta de la casa abadía asoma un sobre. Abro el buzón. Entre la correspondencia hay una aviso de correos. Tengo que ir a recoger una carta certificada. Muy bien.
Voy a correos con mi pasaporte y con la denuncia de la pérdida de mi DNI por si me encuentro con uno de esos funcionarios imperiales de los tiempos de la dinastía Ming.
Delante de mí hay cuatro seres humanos. Todos son conocidos. Celebramos encontrarnos y comentamos lo que nos ha llevado allí. Cuando me toca contar mi historia y hablo de lo de los documentos perdidos todos se conduelen conmigo sinceramente y me siento muy amado y muy importante.
Llegar a la ventanilla me lleva como media hora pero ha sido una media hora alegre.
Me atiende la funcionaria de siempre. Nos conocemos desde hace quince años y, además, ha oído mi relato de la pérdida de los documentos así que no me pide documentos.
Con mi carta certificada, con mi pasaporte y con la denuncia de la pérdida del DNI, salgo para el ayuntamiento porque necesito gestionar lo de la firma digital. La funcionaria encargada de la firma digital me dice en voz alta que eso se gestiona los martes. Luego mira disimuladamente a derecha y a izquierda, baja la voz y añade: «Venga, vamos a hacerlo ahora que no hay nadie». Y, a partir de ese momento, me siento como el niño de doce años que —con dos amigos— saltaba la tapia de los Cuenca para espiar a los mayores que estaban haciendo un guateque. ¡Qué emoción!
Luego cruzo la calle y voy al ambulatorio. Allí cuento lo de la pérdida de mis documentos y la amabilísima recepcionista que me recibe me hace algunas preguntas y me entrega mi nueva tarjeta sanitaria en menos de diez minutos. Se lo agradezco mucho y miro y remiro la tarjeta que es mucho más bonita que la antigua porque la antigua era de un color verde goma de borrar —por no decir verde moco— y la nueva es como una enseña medieval, roja y plateada.
Aún tengo tiempo para ir a La tiendesica de la marquesa que está cerrada hasta el veintisiete de mayo por descanso —merecido— del personal y para allegarme a la nueva pizzería que han abierto cabe la tienda de Isabel. También la pizzería está cerrada pero, una cartel, anuncia que abrirán a las siete y ofrece un número de teléfono para hacer reservas.
Aún tengo tiempo para reservar una mesa para cinco —Ana Isabel, Wilder, Luciana, Camila y yo— y para las siete y media.
…
Cuando me despido de Ana Isabel, de Wilder, de Luciana y de Camila y llego a la casa y me pongo a escribir el Diario y llego hasta aquí se me plantea un dilema: si cuento todo lo que ha pasado durante la cena terminaré de escribir el Diario a las seis de la madrugada de mañana pero, si no lo cuento, todo lo que he escrito carecerá de interés.
Decido no contarlo y que sea lo que Dios quiera porque tengo mucho sueño.
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