San Miguel de Salinas
viernes, 8 de mayo de 2026
Camino al hospital me sobrecoge la visión del sol naciente que parece un gran ojo entre las nubes del horizonte. No sé por qué divago: si alguien viera esto por primera vez en la vida ¿no tendría miedo?
La amable rutina del hospital deja paso a la amable rutina de la parroquia.
Pido a Matthew que me compre una caja de Paracetamol de un gramo y él va y lo hace. ¡Qué amable!
Un penitente. Muy bien. Luego la misa de once y luego tengo que asentar dos partidas de bautismo y, mira por dónde, encuentro en buzón una aviso de Correos. Antes de ir a Correos tengo hacer algunas cosas en el despacho.
En Correos hay cola. ¿Mucha cola? Sí. Aprovecho para trastear en las RR SS.
Cuando llega mi turno me entregan un paquete. No consigo leer los datos del remitente. Viene de Madrid. ¡Qué emoción! Lo abro y, ¡oh! Es un libro del cardenal Sarah intitulado El cántico del Cordero. Yo no lo he comprado. Yo no lo he encargado. Yo no lo he pedido. Yo no lo he pagado. ¿Cómo se explica entonces este fenómeno? Solamente hallo una explicación. Hay alguien que:
1. Conoce mi dirección.
2. Conoce mi debilidad por los regalos materiales.
3. Me ama.
Realmente, no carezco de nada. Algún día —quizá en el Cielo— sabré quién me ha dado esta alegría.
Llego con algunos minutos de retraso a casa de doña Nati. Allí me esperan ya Joan y Matthew. Celebramos, precisamente, la venida de Matthew. Doña Nati ha preparado mesa y comida de gran solemnidad.
A las tres y media o así nos despedimos. No hay tiempo que perder porque a las cinco y cuarto he quedado con José Manuel.
Visita al Santísimo, rosario de mayo, sesión ante el sagrario, vísperas…
A las cinco y cuarto llega, puntualmente, José Manuel. En su calidad de presidente de la Junta de Cofradías se está encargando de preparar los estatutos de la Junta.
A las seis —como estaba previsto— llegan los padres de Isabel y de Ariadne, las dos niñas que se bautizarán mañana. Llegan también Manoli —en su calidad de catequista— y José Vicente y Rosi como padrinos. Tenemos que hacer una breve catequesis de preparación.
A las seis y media nos despedimos y salgo para Los Montesinos porque tengo que celebrar allí. Me asiste don César, el diácono. Por cierto, don David, el archidiácono, está en Nápoles y ha asistido al Papa en la misa que ha celebrado allí.
A las ocho media ya he vuelto de Los Montesinos, he pasado por Masymas y me he zampado una cena ligera con un paracetamol de un gramo.
Voy a ver el Pasapalabra y las noticias con doña Nati.
Completas. Cierro la iglesia y vuelvo a la casa abadía.
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Es usted muy amable. No lo olvide.