San Miguel de Salinas
martes, 19 de mayo de 2026
8:00
Desayuno con tres pastillas amarillas pequeñas, una pastilla amarilla grande y una pastilla azul enorme.
9:00
Abro la iglesia y me siento ante el sagrario.
Oficio de lectura y laudes.
10:00
Saludo a Joan y me revisto para ir al confesonario.
Me siento en el confesonario. Tercia.
Alguien llama a la puerta del confesonario. ¿Será Bernardo?
—Oiga, ¿quién es?
—Soy José Miguel.
Es José Miguel que ha venido por el asunto de la megafonía. Después de analizar la situación llegamos a las siguientes conclusiones:
1. Pensar en cambiar toda la instalación no es realista.
2. Habría que cambiar el micrófono inalámbrico.
3. Habría que cambiar el cable del micrófono que se usa para las preces.
4. Habría que ajustar los volúmenes.
Empezamos por el final y ponemos manos a la obra.
Mientras yo hablo y canto con el micrófono inalámbrico, Jose Miguel recorre la iglesia. Su veredicto es este: hay que subir el volumen. Gloria, que acaba de llegar, es de la misma opinión. Enseño a Jose Miguel a subir el volumen del inalámbrico.
De paso, subo el volumen del micro que se usa para las preces para que José Miguel compruebe por sí mismo que algo falla con el cable porque se oye un ruido espantoso. Bajo el volumen del micro averiado.
Mientras canto el Te Deum desde el ambón, José Miguel recorre la iglesia. Luego él y Gloria vuelven a coincidir en el veredicto: hay que subir el volumen. Otros feligreses que han ido llegando son de la misma opinión.
Enseño a Jose Miguel a subir el volumen del ambón (del micro del ambón).
11:00
Misa.
Estoy leyendo el salmo 67: Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa.
Nos sorprende a todos un ruido que a mí me parece un «poing» pero que, mas tarde, cuando comentemos el hecho extraordinario, dirán unos que les pareció un «zuiiiip», otros que oyeron un «cataplán» y Bernardo que fue un «pum».
Carmen suelta un «¡Ay!». Bernardo suelta un «¿Eh?». La asamblea se agita. Yo, entrenado desde mi tierna infancia en la parsimonia, sigo con el salmo como si nada.
Cuando, tras el ofertorio, voy a la esquina del altar para el Lavame Domine, hallo cabe el lavabo una piedra del tamaño de mi puño.
Lo litúrgico —es decir, lo apropiado, conveniente y obligatorio en Misa— sería seguir adelante como si nada. Pero el diablo se apodera de mí y tomo en mi mano la piedra y la sopeso y la encuentro liviana como piedra pómez o escayola. Y luego, contra toda decencia litúrgica, me pongo a mirar hacia la cúpula y toda la asamblea se distrae conmigo.
11:30
Después de cantar el «Venid y vamos todos con flores a María» pregunto a la congregación que si se ha oído bien. La respuesta, unánime, es que sí.
11:45
Ya en la sacristía, solamente Joan puede darme una explicación científica de lo que ha pasado durante la recitación del salmo.
Coincide conmigo en que lo que se ha oído ha sido un «poing» que es el ruido que hace un trozo de escayola del tamaño de mi puño cuando cae desde quince metros de altura sobre un lavabo de cristal y no lo rompe aunque lo tañe.
Solamente Joan —siempre atenta a todo lo que pasa en misa—testifica que un little bird echó a volar desde una pechina justo antes de que se oyera el «ping» que a Bernardo le pareció un «pum» y que hizo temblar a la congregación.
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